El próximo es él. Autor: María Rubio Lacoba

[Sonido de móvil. Pipipí Pipi Pipipí]

Este es Adán. Que al final se viene. Como pa no: Tropea, costa calabresa, en el mero puntapié a Sicilia, casitas horadadas en la roca como nidos de quebrantahuesos, playas de arena rubia, delicadamente tamizada, y las aguas esmeralda del Tirreno para infusionarnos desnudos noche tras noche. La sarta de esques alambicados  ―es que no sé italiano; es que a ver qué hago mientras estás en ese curso― se habrá disuelto cuando haya visto en Google Images las fotos del paraíso. Y te lo querías perder, Adán. “Fantaaastic shine, canturreo, mientras voy a leer su mensaje.

“Signora Eva Aguirre: il Suo aereo partirà da Madrid Barajas alle 8 am. Buon viaggio. Alitalia.”

Sosiega. El próximo es él.

Esta maleta pesa ―aufff― más de los 10 kilos permitidos. Pues a ver qué saco: ¿las zapas, y pasas de la tontuna de hacer turismo al trote cochinero? Pues no. Será una tontuna, pero es mi tontuna. ¿El pareo tahitiano? Total, eres de interior: tus veranos no se han vestido con pareos coloristas sino con calzonas vaqueras deshilachadas. Ya. Pero también lo puedo anudar al cuello, y sus tonos polinesios me recuerdan a Paul Gauguin, al museo d’Orsay, a que él me lo compró. Pareo adentro. ¿Y la bolsa de aseo, que parece la de un hippie en los Caños de Meca?: piedra de alumbre, jabón de Aleppo, aceite de argán, condones con dibujos de caballitos de mar y anémonas… ¿Y qué hago con los libros?

[Pipipí Pipi Pipipí]

Este sí es Adán.

–        Sí, dígame.

–        Hija.

–        … Hola, Thelma.

–        Que no me llames Thelma, que soy tu madre. ¿Lo llevas todo?

–        Sí, madre.

–        ¿Has echado el pareo? ¿El cargador?

–        Sí. Y condones de caballitos de mar.

–        Ay, nena, no te pases. Nos mandas un mensaje al llegar… ¿Pero qué suena a toda castaña?

–        Una canción de Francisco Nixon. Va de una chica que se pilla por el novio de su hermana. Se dedica a perseguirle por la piscina, en las fiestas del pueblo. Y un día, ya un poco trompa, va y le arrea: “Mi hermana sabe que te quiero, y quiero que tú lo sepas antes, y que lo sepas por mí.”

–        Qué lástima de chiquilla. A ver si encuentras tú un Marcelo o algo, y te olvidas del Adán ese.

–        Di que sí, Thelma. A rivederci, bella.

Si hubiera sido él, habría reprochado mi empeño por seguir porteando libros, con lo que mola una tableta. “Ya no te digo un Ipad: para ti, con el lector que regalan en El País te llega”, me atizaría, con sus exquisitas habilidades sociales de primate.

Ahora ―cuando sea él― me lo volverá a decir y se lo volveré a explicar: que no quiero renunciar a mis libros, a inspirar sus portadas ―uhmmm―, a acariciar sus guardas ―shimmm―, a subrayar los párrafos que me sanan o que me arañan, a dedicármelos con una frase de esas cursis que tanto me gustan. “¡Pero es que en la playa se mooojan!” Y dale.

[Pipipí Pipi Pipipí]

–        ¿Y para qué crees que se ha inventado el papel de forrar?

–        ¿Pero qué dices, tía?

–        Ay, Jelen, que estaba hablando en voz alta, como decía uno que lo dijo. Nada. Cosas. ¿Me acercas entonces a la estación?

–        Pues claro, para eso te llamo. ¿Vas tú sola o hay que recoger a Adán?

Pues todo indica que el paraíso será sólo para Eva. Y ni tan mal, porque si Adán viene, no viviré mi viaje. Me enfocaré sobre él, en lugar de abrir plano; querrá monologar, y yo leer la tarde entera en silencio; dirá que hemos venido a aprovechar, y no a echarse a un lado y mirar, sin más.

En la cata de proseccos y Peronis, en cambio, sí estaríamos de acuerdo. En la música, también: nos entretiene pasar ratos buscando las notas guía de Vampire Weekend. Nos dio mucha pena que Sunday Drivers se dejaran, y mucha alegría que se juntaran Silvia Pérez Cruz y Javier Colina. Si estamos saltarines, ponemos Mumford & Sons a todo meter; si nos ovillamos, lo hacemos con el susurro de José González. Y entre jijís y jajás, mientras preparamos la cena le canto, lechuga en mano: “Dime, dime qué va ser de ti sin mí”, de Delafé.

[Pipipí Pipi Pipipí]

Ahora sí.

“Eva: q libro t llevas al final? Espero tu postal. Disfruta :)”

Pues ahora no.

Es mi librero fiel. Me recomendó un par de libros, y como soy géminis zurda, para según qué cosas me cuesta decidirme; así que compré los dos. Juguemos a la serendipia: los abro al azar, y al que me diga las palabras más hermosas, le toca unas vacaciones en Tropea.

A ver qué tal huele ―uhmmm― el último de Kate Atkinson: “Me desperté temprano y saqué al perro y fui a visitar el mar. Las sirenas del fondo subieron para verme. (…) Y él, él me siguió de cerca. Sentí su talón de plata rozándome el tobillo. Y entonces, mis zapatos, rebosaron perlas.” Oh, cielos.

Veamos cómo empieza Sobre la felicidad a ultranza, de Ugo Cornia: “Esta es la crónica bastante fiel de unos años sumamente penosos, y pese a todo bonitos, que en un momento dado me tocó vivir. Lo único que puede decirse es que las cosas suceden y debemos dejar que sucedan. Pero esas cosas que suceden tienen como principal virtud destrozarte la cabeza.” Toma castaña. Adentro los dos.

“Suso, se vienen los 2. Tu postal, antes o dps, como siempre, llegará :)”

Qué escandalera montan las dichosas ruedecitas de la maleta por las aceras.

Ahí está ya Jelen esperando.

¿Pues sabes qué, Adán?

Que haces bien en no llamar: somos demasiados trofeos para ti.

Y encima, el apartamento no tiene wifi.

Fatal.

Para tu Ipad.

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