A pie pelao. Autor: Jairo Alfonso Ramos Jiménez

El inicio de las fiestas decembrinas hace que los recuerdos lleguen a mi mente de manera melancólica, tal vez porque representan, sin el más mínimo cuestionamiento, el inatajable paso de los años que va dejando huellas tanto en el cuerpo como en el alma, esas que demuestran que uno ya se está poniendo viejo; sin embargo esos mismos recuerdos, también, arrancan sonrisas que me revitalizan sobre todo porque fueron momentos vividos con tanta intensidad que, hoy, años después, me reafirman que si valió la pena vivir la vida tal cual como la he vivido.

Son tantos los recuerdos de mi juventud enredados en las telarañas de mi mente que a veces me es difícil hacer memoria de todos los pormenores que pueden rodear una anécdota; no obstante, hay una vivencia que hoy, más que nunca, puedo relatar sin olvidar el más mínimo detalle. Parece mentira pero en este momento estoy viendo el día que decidí hacer un viaje, en solitario, por gran parte de la costa Caribe colombiana. Con mis dieciocho años recién cumplidos, un poco de dinero y unas ansias inmensas de conocer el mundo, me aventuré a salir de mi pueblo sin comentar a nadie mis planes. No tenía un rumbo definido así que dejé que el destino escogiera por mí. Esperé a la orilla de la carretera a que pasara el primer autobús sin importar si iba al sur o al norte. Fueron minutos de espera que por momentos me hicieron pensar en desistir de mi idea; sin embargo a las seis y treinta de la tarde me encontraba montado en un autobús que se dirigía a la ciudad de Cartagena de Indias.

La alegría por el inicio de la aventura no me permitió detectar que el automotor presentaba fallas mecánicas que más adelante me impedirían llegar a la ciudad. Así fue. A los cinco minutos de haber pasado por la población de Malagana, el autobús se detuvo y no hubo poder humano que lo hiciera andar de nuevo. Allí, en medio de la oscuridad y en una carretera solitaria había terminado mi aventura. Eso pensé; sin embargo el destino se apiadó y me envió ayuda de la manera más inesperada.

Un camión, casi destartalado, se detuvo a mi lado. Su conductor me reconoció. Era un viejo amigo de mi padre quien me ofreció su casa para pasar la Nochebuena. Acepté de buena gana sin saber que la casa se encontraba ubicada en un poblado llamado “San Basilio de Palenque”, un antiguo asentamiento formado por negros esclavos que llegaron a la región buscando la libertad y sobre todo un lugar donde poder perpetuar las costumbres traídas desde el lejano continente africano.

Arribamos al poblado pasada las ocho de la noche después de recorrer un largo trayecto de carretera destapada que dejó mi cuerpo adolorido y cansado. Al bajarme del viejo camión noté que la calle principal no conocía la modernidad del pavimento; sin embargo esa no fue mi mayor sorpresa. La ausencia de fluido eléctrico a pesar del tendido de cables y el hecho de que todas las casas estuvieran iluminadas con antorchas que trataban de vencer la oscuridad de la noche, fue mi mayor preocupación, ya que significaba una velada llena de calor y mosquitos.

Mi anfitrión, al notar mi inquietud, me tranquilizó diciéndome que la oscuridad era momentánea y se debía a un problema de racionamiento eléctrico pero que a las once de la noche todo quedaría solucionado. Con esa esperanza dimos un recorrido por gran parte del poblado con el fin de pasar el tiempo y de conocer a la familia y amigos de mi anfitrión.

–            ¡Quiero qué conozca a mi “kuagro”! – dijo

La expresión me era desconocida; pero él me explicó que era la forma organizativa más característica de la estructura social palenquera, la cual consiste en grupos conformados por miembros de un rango de edad que se constituye desde la infancia hasta la muerte.

Los encontramos en el Barrio Arriba, reunidos alrededor de una antorcha y sentados encima de unas grandes rocas, mientras tocaban diversos tambores. Suspendieron la actividad al percibir nuestra presencia. El saludo de bienvenida no lo entendí porque fue hecho en la lengua palenquera, una expresión idiomática que conjuga aportes españoles y bantúes. En ese momento me di cuenta de la gran riqueza cultural que albergaba el poblado y comprendí que estaba a punto de pasar una de las mejores Nochebuena de toda mi vida.

Cuando el fluido eléctrico iluminó a San Basilio de Palenque, “el llamador”, un pequeño tambor que se toca con los dedos, anunció que la hora de reunión había llegado. Esa noche estaban previstas dos reuniones, una en el Barrio Arriba, y otra en el Barrio Abajo. Nosotros nos acercamos a la primera. Allí  estaban congregados habitantes de todas las edades y de ambos sexos; pero con una diferencia con relación a la otra celebración: yo era el único participante de raza blanca, al principio me sentí como un mosco en leche, y creo que ellos se incomodaron un poco; sin embargo a medida que los minutos fueron transcurrieron, percibí una aceptación plena de mi presencia.

La fiesta se desarrolló al son de instrumentos típicos como los tambores, la marimbula, la clave, la guaracha y las maracas. Las melodías que brotaban de aquellos instrumentos interpretados por los negros cimarrones y bailadas por las esbeltas mujeres, era un espectáculo digno de mostrar en cualquier teatro del mundo, y yo era un espectador privilegiado.

La diversión se inició con un género musical conocido como el bullerengue sentado. En éste, es la mujer la que toma la iniciativa e interpreta versos que son respondidos por un grupo de mujeres al son de un palmoteo que marca el ritmo. Los jóvenes poco a poco se animaron lanzándose al centro del ruedo para dar inicio al baile. Ninguno calzaba zapatos. Según supe más tarde el motivo para bailar a pie pelao era la sensación indescriptible que produce la música cuando se capta por el sentido del tacto, algo que nunca había experimentado hasta esa noche.

Como era el único joven que no estaba bailando, todos los presentes se confabularon para que una esbelta y preciosa mujer me invitara al centro del ruedo en el preciso instante que comenzaba la ejecución de la danza conocida como “Son de Negros”, la danza del enamoramiento entre el hombre y la mujer palenquera. Los gritos y los aplausos no se hicieron esperar al ver que me despojaba de mis zapatos y calcetines, y aceptaba la propuesta de menear mi cuerpo al ritmo de la música africana. El tambor alegre, la guacharaca de caña de corozo y las palmetas retumbaron provocando que mis vellos se erizaran de la emoción. El nerviosismo y la poca coordinación de mis movimientos corporales no fue impedimento para que esa noche gozara de lo lindo, no sólo con la exótica y sensual danza si no también con los versos improvisados en forma de sátiras que se cantaba entre si los bailarines como parte del ritual de enamoramiento, durante ese momento el baile se paraba y los instrumentos musicales disminuían su intensidad para que los presentes pudieran oír con claridad la palabra expresada. Me sorprendió el ingenio picante pero no vulgar de las mujeres para replicar cada uno de los versos que surgían de las mentes alborotadas de los cimarrones que aprovechando la ocasión y ayudados por el licor, expresaban sus sentimientos a la mujer que consideraban podía ser la madre de sus hijos. Esa noche, tres mujeres no resistieron el galanteo y terminaron aceptando la propuesta amorosa que recibieron, con la esperanza de formalizar la unión en los próximos meses.

El jolgorio duró hasta al amanecer. El cansancio y los excesos de ron y comida fueron espantados con un baño comunal que se celebró en la orilla del arroyo que restituyó las fuerzas que se habían perdido por el esfuerzo nocturno realizado.

La despedida de mi aventura en San Basilio de Palenque fue después de un típico desayuno de la región. Salí al son de los tambores y en el mismo camión destartalado en que llegué. Nunca pude regresar al poblado pero jamás olvidaré que fue una de las mejores Nochebuenas que he pasado en mi vida en donde tuve la oportunidad de bailar a pie pelao al son de un bullerengue y conocer una cultura africana enclavada en la costa norte colombiana. Un legado cultural considerado Patrimonio Intangible de la Humanidad.

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  1. ONEY

    UNA HISTORIA QUE PERMITE IMAGINAR CADA MOMENTO CON LA CERTEZA QUED E VERDAD CADA SITUACION CADA MINUTO QUE TRANSCURRIERON FUERON VIVIDOS INTENSAMENTE , GRACIAS POR COMPARTIRLA.EXITOS

  2. olga

    me gustó mucho la forma como poco a poco nos estás metiendo en esa historia que parece que la estuvieramos viviendo igualmente.

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