Teruel existe. Autor: Antonio Tejedor

Ser turista es muy duro. Más, para todo aquel que se precie y quiera hacerse acreedor de tal nombre. Comenzando por los madrugones en unos días reservados para el dolce far niente. Además, hay que buscar el momento propicio, la época del año que otorgue al lugar una característica, si no única, al menos emblemática. Por eso fuimos a Teruel en pleno invierno. Doscientos kilómetros entre la niebla y las nubes bajas de febrero hasta encontrarnos un paisaje en el aún se escucha el sonido de los villancicos, árboles plateados por la escarcha y un campo blanco sin huellas de actividad humana.

Dejamos el coche al lado del acueducto, un vestigio sin más beneficio en la actualidad que dar fe de la necesidad del agua, antes y ahora. El cielo gris por la capa de nubes ocultaba a ese dios esquivo y sordo, amante resentido que parece gozar con llevarnos la contraria. Subir la cuesta que nos lleva al centro histórico a varios grados bajo cero me obliga a suplicar la bendición de unos rayos que mitiguen el frío extremo. Una oración desdeñada que nos empuja al primer bar donde recomponer el estómago con un café caliente. La ciudad puede esperar

Puesto que ejercemos de turistas, comenzamos por el tópico, por el centro de la ciudad: la plaza del Torico. Torico: diminutivo de toro. Lo que no existe en el diccionario es el diminutivo del diminutivo, que sería la definición más aproximada de la figura animal que apenas se divisa sobre la columna, en mitad de la plaza. En el suelo de la misma han instalado una iluminación moderna que, a pesar de tanta tecnología, no acaba de funcionar bien. Quizás por eso, los turolenses se han levantado al grito de “Teruel existe”, un slogan que han extendido por todo Aragón para hacerse visibles y no ser abandonados al albur del tiempo (meteorológico e histórico), que parece ensañado con ellos. Los pocos que se atreven a pasear por la plaza, caminan envueltos en pieles y lanas como momias renovadas. En torno a sus pasos, el aliento los transforma en seres fantasmagóricos que deambulan en medio de la bruma. Solo falta el aullido del lobo.

Cuesta un esfuerzo salir del bar y enfrentarse al aire gélido que traspasa los guantes y deja los dedos ateridos. La bufanda tampoco es suficiente para evitar las lágrimas que el frío arranca de los ojos en una oración fúnebre. Nos acercamos a la catedral, un edificio semejante a esos tipos de apariencia anodina, callados, que pasan desapercibidos, que no muestran nada porque todo lo guardan para sí en su interior. Allí, en el interior, descubrimos la maravilla de un artesonado mudéjar que suspende el ánimo y deja al turista con la boca abierta para que salgan los suspiros (y de paso, contribuyan con su aliento a calentar el ambiente). No resulta difícil, entonces, mirar hacia abajo, a los bancos de madera, e imaginar al campanilleo de dientes en las horas de rezos y cánticos de maitines de los monjes de antaño.

Camino hacia el paseo del Óvalo con el cuerpo encogido dentro del gabán, las manos en los bolsillos. Más que andar, salto, boto sobre las punteras de los zapatos y pataleo los adoquines como un niño enrabietado. Los labios resecos y temblorosos se niegan a satisfacer el vicio del cigarro. Hay una extraña calma en estas calles casi huérfanas de vehículos, de voces bajas, de campanas que asustan como llegadas de ultratumba. Al llegar al paseo, unos metros más abajo, se abre una arruga profunda que desgarra la piel del páramo y se aleja. Una arruga a la que han puesto nombre: río Turia. Ahora miro hacia atrás, le doy la espalda a la brisa que hiere la cara y la acartona. Tengo enfrente unos guerreros en vigilancia permanente: dos torres. Ambas compiten por atraer los ojos de la ciudad y de los viajeros, dos huellas que los mudéjares se empeñaron en dejarles para alimento de orgullo perenne. Algo común a cada cultura y más enraizado, si cabe, cuanto más pequeño se es, quizás como defensa ante la fanfarronería del grande, demasiado proclive a servirse de la cantidad y no de la calidad. Yo, que provengo de otra ciudad pequeña –también acaparadora de orgullos varios-, soy consciente de esa unión de los nativos ante el exterior como guardianes de la esencia de lo que creemos nuestro y casi siempre único, el caniche que ladra ante el dóberman en demanda de visibilidad. Aunque eso traiga en su mano una cierta conmiseración que muchas veces es cruel por lo que conlleva de desprecio.

Teruel, ciudad pequeña, y en la que, sin embargo, más de una vez me inundó la sensación de pérdida como cuando uno camina de noche, ajeno a los edificios que dejas en las aceras no porque te hayas abandonado a una ensoñación placentera sino porque toda la energía la pones en el suelo, en no tropezar con algún adoquín levantado, en conservar el cuerpo intacto que se siente de cristal. En la defensa del frío. Un frío que no me atreví a retar sobre el puente de hierro que une la ciudad con los barrios y donde los más osados se enfrentan al invierno como los rusos que se bañan en los jordanes del hielo.

Tras despachar un plato de jamón y un solomillo de cerdo a la trufa, el dios nos concedió la indulgencia de unos rayos que dieran motivo a la sonrisa. Un breve paréntesis para acercarnos al mausoleo de Los Amantes donde cada palabra del guía salía precedida por una nube de vaho entre el taconeo de los turistas, incapaces de sujetar los pies entumecidos. ¿Que tiene de extraño que, a pesar del supuesto calor del amor, los amantes de Teruel se han hayan quedado de piedra? Muy cerca de allí, unas motas de color modernista que salpican la urbe en edificios singulares para romper la uniformidad que el pragmatismo de nuestros días extiende a cada bloque a cada calle y declarar, además, que no solo existe un pasado, sino muchos pasados y que este presente también lo será, pero con la seguridad de que no dejará huellas con que alimentar el orgullo de generaciones futuras. Los dejará fríos.

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