Otro negocio en Rio. Autor: Gustavo Luben Ivanoff

“Rio de Janeiro continúa lindo”, repito después de escuchar “Aquel abrazo” por Gilberto Gil.

Disfrutando del aire en la cara, conduzco mi descapotable lentamente por la Avenida Atlántica. Copacabana enciende sus primeras luces, y eso es como una señal, la noche Carioca comienza.

El bronceado de mi piel contrasta con el color dorado de mis cabellos. Traje blanco, sobre remera celeste… “Parezco Don Johnson” pienso recordando la serie Miami Vice.

La luna se asoma sobre el mar… quizás sea un buen momento para observarla.

Estaciono cerca de un bar de moda. Al descender, una Bossa Nova acompaña mis movimientos de película, enciendo un habano y apoyado en mi auto lanzo la primera voluta que va tomando forma de mujer, al disipar el humo azul, vislumbro una imagen llena de curvas que grácilmente se acerca. Abro la puerta y la invito a subir. Con un disimulado gesto de dedo índice sobre mi boca le indico que guarde silencio.

Sube con sugestivos movimientos felinos. Observo sus piernas perfectas, esa morena sabe que pasearé mi vista por allí para luego observar desde las alturas el valle profundo que se dibuja en su generoso escote.

Sin prisa, subo y no necesito mirar a sus ojos para saber que me observa con interés.

Recorremos un corto trecho sin prisa, disfrutando ese aire maravilloso, que da de pleno en nuestros rostros y da movimiento al cabello. Ella determina el momento de dar fin al silencio cuando decide romperlo:

– Antes que nada, lindo… esto no es gratis, cobro 100 dólares.

Disfruto de una última pitada a mi puro, sin responder. Ella desliza su mano sobre la mía. Mi silencio y falta de atención visual parece tornarla impaciente.

– ¿Escuchaste? Cobro… 100 dólares.

– No hay problema – respondo con naturalidad.

– Por adelantado – se apresura en contestar.

– No hay problema, con 50 arreglamos.

– Noooo chiquito, sos muy lindo pero dije 100, y son 100 – dijo firmemente pero sin perder su feminidad seductora.

Detengo el auto. El reflejo de la luna nos da de pleno en la cara. Es realmente hermosa, los vale, ¡sí que vale eso y mucho más!, así que no demoro más el negocio, me acerco al punto que mis labios rozan el lóbulo de su oreja y le susurro:

– Chiquita, yo cobro 150, así que con 50 arreglamos…

No quiero perder ni un gesto, por lo que me alejo sin quitar mi vista de su rostro, el que demuestra que fue sorprendida. Mueve los ojos como buscando una respuesta al tiempo que su mano tapa la boca entreabierta. Le sonrío mostrando mis dientes blancos, sabiendo que es un arma de seducción garantido. Me mira, sonríe y pregunta:

– ¿Solo por amor?

– ¡Solo por amor! – respondo al tiempo que arranco velozmente, dejando atrás la luna sobre el mar, la Avenida Atlántica, Copacabana, en fin, un Rio de Janeiro, que “continúa lindo” y con una noche increíble, más cálida que el día.

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