Los encantadores de tormentas. Autor: Ricardo José Gómez Tovar

En aquella ignota isla del Pacífico Sur, cubierta por un perenne sudario de niebla, los barcos acostumbraban a quedarse al pairo a unos dos kilómetros de distancia del litoral, temiendo que sobre ellos descendiese una de las imprevisibles tormentas que descargaban toda su furia contra los buques que osaban acercarse más de lo que dictaran las prevenciones de la prudencia o la experiencia de navegación en dichas latitudes. Sólo los navíos que nada conocían de la siniestra costa, pensando al verla dibujada en sus cartas, sin trazos de advertencia particulares, que no se trataba más que de otro litoral en el que recalar durante unas horas para efectuar su necesario abastecimiento o llevar a cabo su misión, caían como moscas atrapadas en una tela de araña, desorientados por una niebla que no era más que la antesala de una inminente y repentina ferocidad a cargo de los elementos. El capitán Winchell, surgido de ninguna parte para hacerse cargo de un esbelto bergantín goleta de tres palos que se había construido trece meses antes en unos astilleros galeses, contemplaba desde el puente de mando del Halcyon, pues así se llamaba la joven nave, los contornos de litoral que se ocultaban a su vista de marino veterano tras la neblinosa cortina. Con bruma o sin ella, aunque tuviese que desembarcar a tientas en aquel puerto que no alcanzaba a distinguir, el capitán Winchell debía llegarse hasta tierra y recoger a un pasajero, pues tal era el objeto de su travesía. Bajando a su camarote, el capitán hizo una seña a su segundo de a bordo, un hombre de poco más de cuarenta años que había navegado junto a Winchell durante diez de sus quince años de carrera en el mar y en quien confiaba como en un hermano, para que se reuniera prontamente con él. Ya dentro, el capitán le preguntó:

–¿Qué sabe de esa isla, Stark?

–Su nombre no figura en las cartas de navegación, como ya habrá visto, capitán; sin embargo, el cocinero melanesio que subió a nuestro barco en Santa Isabel, en las Islas Salomón, dice que los nativos la llaman Yvapoiva, que significa algo así como “Envuelta en tempestades”.

–Envuelta en la niebla, querrán más bien decir… –comentó Winchell recordando el aspecto que ofrecía la costa a la que debía acercarse.

–En cuanto se enteró de que pretendíamos desembarcar allí, sacó de su macuto un amuleto típico de su tierra. Tendría que verlo, capitán. Es una especie de bolsa estrecha confeccionada con cañas entretejidas, con tres anillos de conchas ensartados en la parte central del amuleto y una mata de pelo de cerda atada al extremo en forma de bucle. El cocinero dice que contiene las reliquias de sus antepasados y que la fuerza del mana nos protegerá.

–¿Del mana dice usted?

–Es un poder sobrenatural que emana de los espíritus. Los isleños de las Salomón creen a pies juntillas en la magia, capitán.

–Si la niebla no deja de abrazar esa costa, yo mismo le pediré prestado su amuleto al cocinero.

–Sugiero que enviemos un bote de reconocimiento antes de intentar atracar en la bahía. Con esa bruma, otra cosa sería poco menos que un suicidio. ¿Quiere que vaya eligiendo a los hombres que lo tripularán?

–No esperaba menos de usted, Stark. Que estén listos en quince minutos. Ah, y distribúyales armas. No sabemos qué pueden encontrarse allí ni si el pasajero que debemos recoger estará ya esperándonos en la playa.

Una chalupa fue arriada veinte minutos después con seis hombres cuidadosamente elegidos por el segundo de a bordo, Jedediah Stark. De entre todos ellos, llamaba la atención un marinero alto y huesudo al que todos llamaban India Josh, y cuya popularidad entre la tripulación tenía mucho que ver con las variopintas historias con las que amenizaba las travesías oceánicas con pulso casi homérico. Era uno de esos hombres tan necesarios a la marina como los sextantes y otros instrumentos de navegación ya que, sin su presencia a bordo, la mayoría de los hombres se desmoralizarían y acabarían por perder el rumbo. Según se iba acercando el bote al litoral, India Josh percibió que algo cambiaba en el aire, como los perros que huelen la humedad inminente en el aire.

–Va a caer una buena, amigos. Os lo puedo asegurar. Mis huesos lo sienten como si estuviéramos en el mismísimo puerto de Bombay–.

Según lanzaba esta aseveración, la neblina que atenazaba la costa empezó a disiparse. Las formas que habían estado ocultas se perfilaron claramente a los ojos de los tripulantes de la chalupa. De pronto, la niebla pasó a convertirse en una cortina de agua que se hacía cada vez más densa. Un viento huracanado empezó a soplar con la fuerza de una galerna, amenazando con volcar el bote y ahogar a los que iban dentro, y en la bóveda oscura en la que se había convertido el cielo azul y sereno que brillaba momentos antes comenzó a estallar una fragua de temibles truenos y relámpagos.

–Algo parecido a esto me ocurrió una vez en un sampán bengalí –dijo India Josh, entrecerrando los ojos para evitar que el agua le entrara en ellos y al mismo tiempo ayudar a que su memoria se concentrase mejor en la anécdota que se disponía a relatar–. La embarcación que iba delante de nosotros fue fulminada por un rayo. Sin embargo, la nuestra se salvó milagrosamente.

–¿Qué lo impidió? –preguntó otro de los hombres, tratando de protegerse la cabeza con un trozo de lona.

–El destino, supongo… y los “encantadores de tormentas” –añadió India Josh con una inflexión de misterio que sólo los cuentistas natos son capaces de modular, y que le capacitaba para mantener en ascuas incluso a los más escépticos de entre su audiencia.

Los demás componentes de la chalupa, calados hasta los huesos, miraron a su compañero con una mezcla de incredulidad y reverencia. El agua, mansa hasta unos minutos antes, era ahora un mar terriblemente picado que amenazaba con estrellar su embarcación contra los escollos que tenían delante. Entonces, tan repentina y misteriosamente como se había desencadenado la tormenta, empezó a escucharse un sonido que todos identificaban, aun en su lejanía, con el de una flauta. Sólo podía provenir de la costa, ya que el Halcyon se hallaba a un kilómetro y medio de donde estaba la chalupa y, con la galerna que soplaba y el ruido sordo del embravecido oleaje, era imposible que pudiese llegar ningún sonido producido a bordo hasta ellos.

–Es la flauta de los encantadores de tormentas –aseveró India Josh como si estuviera hablando en medio de un trance–. Nunca he podido olvidar ese sonido.

Con el mar en semejantes condiciones, la chalupa sólo tenía una opción posible: encaminarse hacia la costa. Inútilmente se les hacía señas desde la cubierta del Halcyon. En vano se desgañitaba el vigía, en vano se carcomía por dentro el capitán desde su puente de mando y estudiaba sus cartas de navegación una y otra vez, con el concurso del lugarteniente Stark, para conocer la causa de que la chalupa enviada a tierra no contestara a sus señales. Los tripulantes del bote se aferraban a los bordes de su cascarón de nuez, a los cañones de las armas que portaban y los unos a los otros, esperando con ello no salir disparados hacia un ahogamiento seguro. Las salpicaduras del oleaje les bañaban las ropas, empapadas previamente de un sudor tropical, y enturbiaban aún más su campo de visión. El sonido de la flauta se mantenía por debajo del rugido marino como una referencia constante, un ruido de fondo que empezó a poner nerviosos a algunos hombres, que creían hallarse irremisiblemente abocados hacia un trasunto de la isla de Circe.

–Es una isla embrujada –decían atemorizados. –Si no nos destrozan los arrecifes, acabaremos prisioneros de alguna tribu de hechiceros, si no de caníbales.

–¡Dejad de temblar! –impuso con autoridad India Josh, quien sabía que aquellos hombres, ahora envenenados por el pavor a un enemigo misterioso, nada temían cuando los elementos se oponían a ellos a plena luz del día o en circunstancias que pudiesen comprender racionalmente–. No me ahogué aquella vez en Bengala, así que no estáis hablando con un fantasma. ¡Maldita sea vuestra estampa! Puede que también salga bien parado de ésta. Pero escuchad…

La tormenta, que hace un momento enarbolaba toda su furia, parecía haber disminuido de intensidad obedeciendo a un repentino impulso de origen desconocido. La flauta se hacía cada vez más audible, creando una sensación de extrañeza entre los tripulantes de la chalupa. Se diría que el propio Pan, hijo de Hermes y semidiós de la mitología griega, les estuviera aguardando en la playa, guiando sus pasos con la siringa en la que las Náyades habían transformado a la ninfa homónima, perseguida por la lascivia esgrimida por el protector de pastores y rebaños. Tal vez fuera esta deidad el pasajero que el Halcyon debía ir a recoger a aquella isla envuelta en súbitas y rugientes tormentas. En aquel momento, los tripulantes del bote habrían podido creer cualquier cosa.

–Veo a un hombre sentado en la playa, India Josh –observó el marinero Garth, que ocupaba el puesto situado más a proa dentro de la chalupa–. Debe de ser el flautista…

–Querrás decir el “encantador de tormentas”, muchacho –replicó en tono sarcástico el veterano marinero–. ¿O quién te crees que ha hecho que dejara de soplar la infernal galerna que teníamos encima?

Mientras el bote arribaba al litoral atravesando un trecho de agua apacible, todos contemplaron al enigmático personaje a quien muy posiblemente debían la vida. Había dejado de tocar su extraña música, al igual que la tempestad había cesado de emitir su rabia desatada sobre los tripulantes de la frágil embarcación. Era un indio bengalí, aunque vestido con un batiburrillo de ropas occidentales. Su cabeza lucía un turbante Safa de seda en apagado color marrón rojizo, tonalidad dotada irónicamente de connotaciones de luto o muerte, cuyo shamla, o cresta formada por un extremo plegado en forma de abanico, ondeaba suelto sobre el rostro sin vida de su dueño. La flauta que había tenido en sus manos momentos antes ahora estaba semienterrada en la arena de la playa, donde había resbalado cuando el intérprete del instrumento fue alcanzado por un rayo de la tormenta que ayudó a alejar.

Epílogo

Al capitán Winchell le costó trabajo creer en el relato de los hechos ocurridos en la isla de Yvapoiva, aun viniendo de los labios de un marinero tan veterano y poco inclinado a arrebatos de fantasía como India Josh. El hombre que la tripulación de reconocimiento había encontrado muerto en la playa, el pasajero que el barco debía recoger, era un comerciante bengalí llamado Ut Sandong. Los nativos de la isla apenas sabían nada de él, exceptuando el hecho de que había sido desembarcado en su litoral una semana antes por “una canoa de un solo árbol”, imaginativa descripción de una balandra de un solo palo, y se mostraban terriblemente esquivos, por lo que apenas ayudaron a despejar las incógnitas de su identidad. Entre la tripulación del Halcyon, y no en pequeña parte gracias a las habilidades como cuentista de India Josh, pronto empezó a difundirse la historia del encantador de tormentas de Yvapoiva, del hombre que logró hacer que una violenta tempestad amainase gracias a la música de su siringa, pero que pagó con su vida semejante audacia. Hoy día, ya casi ningún barco recala en Yvapoiva, la isla “envuelta en tempestades”, y los que lo hacen jamás se han quejado de otra cosa que no fuese el sofocante calor o el carácter huraño de sus habitantes y, por supuesto, nunca han oído hablar de encantadores de tormentas ni de nada parecido. El cocinero melanesio sigue creyendo que fue la magia de su amuleto, el mana de los espíritus de sus antepasados, lo que salvó a la tripulación de perecer en la tempestad.

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