Lejos de las alturas. Autor: Providencia Miras Flores

Elisa Romero Castillo, la joven heredera de los Duques de la Alameda, como cada mañana, paseaba en chancletas por entre los senderos de los jardines del Palacio Monumental, el edificio de más valor arquitectónico del variado y abundante patrimonio de los Romero Castillo, una de las familias más acaudaladas del continente, acaso del planeta. Eran los únicos minutos del día, aparte de las horas de cama, en que la rica heredera descendía de las alturas. En los dominios del Palacio Monumental no había riesgo de que algún intruso la sorprendiera lejos de los ciento setenta y tantos centímetros con los que, encaramada a unos zapatos o a unas botas de pronunciados tacones y doble plataforma interna, salía al encuentro de la vida.

Pero aquel día no iba a ser uno cualquiera. En el futuro, Elisa, de veinte años recién cumplidos, lo recordaría como el día en que la vida la colocó a la altura de sus circunstancias, o sea, a ras de tierra.

La presencia de Ramón, el jardinero, regando los rosales, los tulipanes y las hortensias, la habría incomodado si el hombre, al borde de la jubilación, no padeciera  una miopía extrema que le obligaba a usar unas gafas de culo de vaso. Además, cuando se inclinaba sobre los parterres, nunca llevaba las gafas puestas. El problema surgió cuando, justo en el momento en que pasaba por delante de Ramón, quien acababa de incorporarse para saludarla con una reverencia, Elisa descubrió a un individuo  con una cámara de fotos encaramado al murete que bordeaba los jardines. Sólo la colaboración o la negligencia de algún miembro del servicio de seguridad podría explicar que el reportero hubiese llegado hasta ahí. Cuando la joven heredera quiso reaccionar, ya era tarde. El fotógrafo, muy ágil, conseguido su botín, había tomado las de Villadiego.

La muchacha, angustiada, se imaginó en unos segundos todas las consecuencias que podrían derivarse de la intrusión del reportero. En las próximas fechas, las fotos saldrían publicadas en alguna revista impresa y, por consiguiente, circularían por las redes sociales, blogs y páginas webs ciberespaciales, o sea, que todo quisque la vería junto al jardinero, de poco más de ciento sesenta centímetros, con su altura real. Si hubiera estado sola, la cosa no tendría importancia; al carecer de referencias con la que compararla, difícilmente podría la gente percatarse de que sus ciento setenta y tantos centímetros eran en realidad ciento sesenta raspados; pero la presencia de Ramón, un hombre de baja estatura, lo cambiaba todo. Maldita sea. Tenía que hacer algo, sí, pero, ¿qué? Ignoraba la identidad del astuto reportero, lo más probable es que se tratase de un paparazzi, y que, por lo tanto, ofrecería el material en exclusiva al mejor postor, y el mejor postor, en estos casos, casi siempre resulta la revista de cotilleo de más tirada. Debía actuar con premura si no quería que su aureola sensual cayera por los suelos. La clave radicaba en el jardinero. Tenía que hacerlo desaparecer del mapa nacional para que ningún francotirador informativo verificase su corta talla, sí, pero ¿cómo? Aunque podía ordenar que lo jubilaran anticipadamente, esto no impediría que los periodistas lo localizaran en su domicilio. Se sintió impotente por primera vez en su corta vida, ella, la rica heredera.

Justo cuando se retiraba a sus aposentos para ahogar las penas contra la almohada, en las escalinatas de mármol que conducían a la galería, le sobrevino una idea que le mudó el semblante, de nuevo luminoso.

Bajó los escalones a saltos, y llamó a gritos al jardinero.

Éste, con la cabeza gacha, se aproximó a la heredera arrastrando los pies. El tono en que le había llamado no auguraba nada bueno para él.

-Dígame, señorita Elisa –dijo bajando los ojos.

-¿Usted tiene familia en Latinoamérica?

-¿Yo? No, señorita.

-¿Le apetecería hacer un viaje a Cancún?

-¿A Cancún?

-¿Quizás a Punta Cana?

-¿Punta Cana, Cancún? ¿Y qué pinta un hombre como yo en cualquiera de esos sitios?

-Pinta lo mismo que los miles y miles de turistas europeos y americanos que acuden allí a pasárselo en grande. Podría permanecer una buena temporada con su mujer, con todos los gastos pagados, por supuesto.

-No tengo mujer. Soy viudo y sin hijos.

-Con mayor motivo. Disfrutaría de los encantos de la zona con entera libertad, sin que los remordimientos de conciencia le importunaran.

-No necesito ir a Cancún o a Punta Cana para disfrutar de la vida, señorita; yo soy feliz en aquí, trabajando en el jardín, y, luego, en mis ratos libres, cuidando el pequeño huerto que tengo en mi casa. Me siento en la gloria hurgando las entrañas de la tierra.

-Pues deberá encontrar la forma de sentirse dichoso también en Cancún o en Punta Cana.

-¿Por qué, señorita?

-Porque lo digo yo. Y no se le ocurra volver hasta que se lo ordene.

-Como usted mande –el jardinero se cuadró-. ¿Preparo ya las maletas?

-No se preocupe. Ya me encargaré yo de ese particular. No se mueva de aquí. Dígame su talla y su número de pie…

-¿Mi talla, señorita?

-Sí, para encargarle ropa y zapatos nuevos.

-Pero…

-No hay peros que valgan, Ramón.

El hombre, ruborizado, bajó la cabeza como signo de sumisión

Dos horas más tarde, fue trasladado al aeropuerto en un coche con los cristales ahumados.

Ramón sólo permaneció en Cancún un trimestre. El primer día del cuarto mes, se murió de pena. Sin las flores de los jardines del Palacio Monumental y sin su huerto particular, la vida para él carecía de sentido.

La familia de la joven heredera costeó los gastos de repatriación del cadáver. Una semana después de la muerte del jardinero, se celebró el sepelio en su localidad natal, un pueblecito de las montañas famoso por sus antiguas minas de carbón. Elisa, acompañada de sus padres, asistió al acto fúnebre enlutada y calzada con unos zapatos negros provistos de doble plataforma interna y altísimos tacones de aguja.

 

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