La vida en la penumbra. Autor: Providencia Miras Flores

Santiago Arizmendi entró a grandes  zancadas en el hospital, como si se dispusiera a cumplir con un engorroso trámite burocrático, y, noventa minutos después, salió cabizbajo y arrastrando los pies, con la moral por los suelos; le acababan de entregar el documento de deportación hacia el otro mundo. No había nada que hacer, excepto encomendarse a una de esas misteriosas remisiones espontáneas que traen de cabeza a los médicos y que los creyentes atribuyen al poder de la fe. El quiste que parecía un tumor era un tumor cancerígeno que parecía un quiste, un tumor que, con varias metástasis, resultaba inexpugnable. Los médicos, como mucho, le concedían tres meses de vida.

En las dos noches siguientes, pese a ingerir varios somníferos, Santiago Arizmendi apenas logró conciliar el sueño. Su pensamiento era un hervidero de  imágenes tétricas, a cual más funesta. De pie, en el balcón de su vivienda, con  la mirada perdida en la inmensidad del cielo, se sentía furioso y atemorizado al mismo tiempo, dos sentimientos difícilmente conciliables, pero que su sistema  nervioso, aquellas horas eternas, albergó sin ninguna duda. La muerte, a los cincuenta y cinco años recién cumplidos,  sin el amor de la mujer amada, sin haber concebido un solo hijo, sin libros publicados y sin ni siquiera un triste árbol plantado, le producía una ira extrema, mientras que la incertidumbre acerca de cómo afrontaría los últimos momentos multiplicaba sus temores hasta lo inconmensurable.

Conforme transcurrían los días, el miedo, lejos de remitir, se acentuó, sin que dieran resultado ninguna de las variopintas actividades que Santiago emprendió para plantar cara a la adversidad: caminatas salpicadas de descansos por el paseo marítimo, periódicas visitas a la psicóloga más prestigiosa de la ciudad, clases de yoga con una mujer que transmitía paz y serenidad a todos los alumnos menos a él, charlas con un consejero espiritual, visión de películas de los hermanos Marx y de Charles Chaplin, lecturas atropelladas de libros de autoayuda… La dignidad, entendida como la conquista del respeto y la admiración de sus congéneres, había sido el poderoso estímulo que había guiado la conducta de Santiago a lo largo de su vida, y temía que todo lo que había cosechado en los últimos años se fuera al garete en los momentos postreros.

Una tarde de mayo, una semana después de que la Medicina  emitiese su inmisericorde sentencia, Santiago Arizmendi perdió el autobús que solía coger a primera hora de la mañana para desplazarse desde su domicilio al paseo marítimo, situado a más de siete kilómetros. A regañadientes, se adentró en el metro, el medio de transporte que, por su oscuridad, menos le agradaba. Sorprendentemente, a los pocos minutos, comprobó que, bajo tierra, los temores de la superficie se diluían, como si su maltrecho organismo, en el submundo, se hallase en su elemento.

Interpretó el mensaje de la manera que más le convenía a sus fúnebres circunstancias. Cuanto más tiempo de su escaso tiempo permaneciera bajo tierra, cerca de los dominios de la muerte, menos riesgo correría de sucumbir a ella cobardemente en la hora final, o sea, con llanto y rechinar de dientes, eventualidad ésta que le aterraba mucho más que la defunción propiamente dicha.

Dejó de recorrer el paseo marítimo, canceló las citas con el yogui, la psicóloga y el consejero espiritual, suprimió la visión de películas, redujo los minutos de lectura y se estableció en el metro, en el último vagón, desde el alba hasta el anochecer.

Pero las cosas no transcurrieron tal y como Santiago Arizmendi preveía. A las dos semanas, una mañana en la que lucía un sol espléndido y soplaba una agradable brisa mediterránea, al descender las escaleras mecánicas del metro y sumergirse en las honduras de la tierra, notó un cosquilleo en el pecho que de inmediato se le reprodujo en el estómago, como si algo o alguien se removiese en sus entrañas acicateado por lo que se avecinaba: un nuevo día en un vagón del metro. No le costó mucho identificar a ese algo o alguien: la ilusión por vivir.

En el metro, yendo de un sitio a otro sin un destino fijo, ya que el destino radicaba en el viaje, observando a los múltiples pasajeros que entraban y salían del vagón, Santiago Arizmendi comprendió retrospectivamente que, durante los días precedentes, no se había familiarizado con la oscuridad de la muerte, sino con la penumbra de la vida, una vida diferente a la que había vivido hasta entonces, pero vida al fin y al cabo. El tiempo, cuando escasea, se transforma en un capital muchísimo más valioso que el oro ese que proclama el tópico de los tópicos; se convierte en el tesoro que alienta la continua maravilla de existir. Buscando la muerte, el hombre terminal se había reencontrado con la esencia de la vida.

El lunes de la séptima semana, Santiago Arizmendi, sentado en un asiento del último vagón del metro, junto a las puertas automáticas, volvió a sentirse inquieto por su inminente porvenir. Si abajo, en lo más profundo, había tanta vida como arriba, al aire libre, ¿no le entraría un ataque de pánico en cuanto sintiera la presencia de la muerte? En definitiva, ¿sería capaz de morir como siempre había vivido?

Esa noche, acuciado por los recelos, volvió a pasarla en vela, echado en una hamaca, en el balcón de su casa, con la vista prendida del fondo del horizonte.

La inquietud provocada por las dudas que le asaltaban se esfumó a la mañana siguiente. Se había preocupado en vano. Lo supo un minuto antes de exhalar el último suspiro, en el metro, gracias a un misericordioso y fulminante infarto de miocardio, mientras contemplaba el formidable espectáculo protagonizado por el lenguaje sin palabras que intercambiaban los dos jóvenes enamorados que estaban sentados frente a él. Si la vida suya constituía un relato de dignidad, la muerte también formaba parte del mismo. Era el punto final.

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