La lengua de todos. Autor: Providencia Miras Flores

Marco Arribas, el viejo muy viejo, uno de los viajeros más pintorescos de la historia de los viajes, recorría el mundo desde hacía casi un año en busca de la estación en la que tomaría el último tren. El hombre, además de carecer de patria, era pintoresco por variadas razones, entre otras: por viajar siempre sin equipaje, por su don de lenguas (hablaba español, francés, inglés e italiano)  y, sobre todo, por su edad, tan avanzada que había olvidado los años que tenía. Llevaba consigo una tarjeta de plástico que le permitía adquirir en cada sitio que visitaba lo necesario para su estancia. Pero los años no pasan en balde, ni siquiera para un viejo sin edad como Marco Arribas, y necesitaba establecerse en alguna parte. No quería morir en tierra de nadie, deambulando de aquí para allá, acaso en medio del polvo del camino o, ay, en un folio en blanco. El problema radicaba en que, hasta ese momento, pese a haber visitado más de un centenar de ciudades durante el último año, no había encontrado el  lugar que colmase sus expectativas.

Le habían aconsejado que recorriera el litoral mediterráneo, desde Francia hasta los lindes de África. Y eso es lo que estaba haciendo. Se encontraba en el centro de una ciudad costera de la que tenía inmejorables referencias.

En las horas que llevaba en la villa, había hecho lo que solía hacer cuando visitaba otras ciudades.  Todas se merecían gozar de las mismas oportunidades. En cuanto reservó habitación en un hostal próximo a la estación de ferrocarril, se dedicó a pasear a la buena de Dios por las calles de la localidad hasta la hora del almuerzo; después de dar buena cuenta de un potaje casero y unas butifarras al horno en un restaurante a la antigua usanza ubicado en la Plaza Mayor, uno de esos raros establecimientos cuya oferta gastronómica consiste exclusivamente en platos caseros, se dirigió al corazón del casco histórico. A media tarde, exhausto de tanto andar, decidió hacer uso del transporte público. ¿Autobús o metro? Sus piernas lo decidieron por él, ya que le habían conducido a unas escaleras mecánicas que se zambullían en el subsuelo.

Como le daba igual ir a un sitio que a otro, se montó en el tren que se hallaba estacionado en el andén, en el último vagón, y aguzó los sentidos. Su cabeza, pronto, se llenó de olores: jazmín, vainilla, canela, limón, azahar, rosa, salitre…, humanidad. Este fue el olor con el que más se deleitó. Pero lo que le impresionó sobremanera fue el espectáculo literario que se mostraba a sus perplejos ojos: todos los viajeros tenían un libro abierto delante de los ojos y, mucho más sorprendente,  las historias, desmenuzadas en letras de colores, sobrevolaban las coronillas de los lectores, como si estuvieran escritas en el aire. ¿Estaría alucinando?

Tal vez sí, pero se trataba de una alucinación maravillosa, tal y como comprobó cuando, minutos después, una bella mujer que se había sentado a su lado le preguntó si era el protagonista de un cuento breve; la mujer, con un rostro surcado de hermosas arrugas, formuló la pregunta en una lengua extraña que Marco Arribas comprendió perfectamente, como si fuera su lengua materna y él se dispusiera a acoger a su interlocutora entre las letras de su propia historia.

Marco cabeceó con energía. Por supuesto que era el personaje de un cuento. Y, para que éste tuviera final abierto, le preguntó a la mujer si quería desempeñar el papel de cicerone. “Soy nuevo en la ciudad”.

Quería, claro que quería.

“¿Cómo era posible que se entendieran si hablaban en lenguas diferentes?”, se preguntó el hombre sumido en la perplejidad.

Y fue entonces cuando la mujer resolvió el enigma:

-La Literatura, la buena, siempre habla un lenguaje universal.

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