La altura de los recuerdos. Autor: Providencia Miras Flores

Huyendo de la desesperación que le aguardaba en la soledad de su casa, nada más salir del cementerio en el que había enterrado a su mujer, con el corazón gimiendo de dolor, Alejandro erró por las calles de la ciudad durante horas y horas; al oscurecer, como un sonámbulo, subió a un autobús que le condujo al aeropuerto. Allí, en el primer mostrador, pidió un billete para cualquier sitio.

-Cualquier sitio es ningún sitio. ¿No puede concretar más? –le preguntó una joven de sonrisa artificiosa.

-Me da igual el sitio que sea, siempre y cuando esté lo más lejos posible de esta ciudad.

-¿Le parece bien la capital de algún país escandinavo?

-Por ejemplo.

-¿Estocolmo?

-Estocolmo. Perfecto –respondió Alejandro como un autómata.

Dos horas después, por la ventanilla del avión que volaba rumbo a la  capital sueca, el viajero errante miró hacia abajo y, por entre las nubes, le pareció divisar en un trozo de tierra, no lejos del mar, la mano de una mujer haciéndole gestos ostensibles desde una ventana. Una mano fina que llevaba en el dedo anular un anillo con dos nombres grabados: Raquel y Alejandro. Una mano que sólo podía pertenecer a una persona, lo cual resultaba imposible… ¿O no?

En cuanto el avión aterrizó en su destino, el hombre llamó por teléfono a su domicilio. Le respondió su propia voz desde el contestador automático. Había sufrido una alucinación, otra más. ¿Cómo iba a distinguir una mano desde miles de metros de altura? Además, ella estaba en el cementerio, había visto con sus propios ojos cómo depositaban el féretro en el nicho… Pero, ¿y si hubiese vuelto a la vida transformada en otra?

Cogió un avión de regreso en el mismo aeropuerto de Estocolmo, poco después de aterrizar.

Varias horas más tarde, con el corazón palpitante, introdujo la llave en la puerta de su casa.

-¡Raquel! –gritó desde el vestíbulo.

Silencio.

“¿Y si sólo pudiera verla desde las alturas, cerca del cielo?”, se preguntó el viudo dominado por el desvarío.

Le respondió la fotografía enmarcada de boda que colgaba de la pared del vestíbulo, y el perro de porcelana a escala real que parecía aullar de tristeza desde un rincón del pasillo, y la reproducción de “La Gioconda” que presidía el salón, y la música silenciosa que flotaba en el ambiente, y el olor a jazmín del ropero, y la mullida almohada de la cama matrimonial.

Han pasado varias semanas desde el meteórico viaje a Suecia, y el hombre no ha vuelto a subir en un avión.  Días atrás, el jardinero de la urbanización, un hombre que ha adquirido toneladas de sabiduría frecuentando el subsuelo, tras escuchar la increíble experiencia que había vivido Alejandro más allá de las nubes, le dijo unas palabras inolvidables:

-Por mucho que frecuentes los cielos, Alejandro, a los seres queridos difuntos sólo los encontrarás a ras de tierra, en la morada de los recuerdos.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s