Pasajera en tránsito. Autor: Álvaro Germán Morales Collazo

Daiana subió a los saltos. Sentía el celular vibrándole en el bolsillo del pantalón deportivo, pero no podía hacer muchas cosas a la vez. Pasó la tarjeta por la máquina y esperó a que le diera el boleto. Giró sobre sí misma y se enfrentó al corredor central. Poco a poco, la sonrisa se fue borrando de su rostro. El celular ya no vibraba. Había unos veinte pasajeros, aproximadamente diez de cada lado, pero ninguno era Pablo. Se sentó en el último asiento libre. Repasó uno a uno los rostros de los pasajeros. Miró desconsolada por las ventanas a la calle. Pensó que aún se podría bajar. El celular le volvió a vibrar. Miró quién la llamaba. Era Pablo. Atendió.

-Hola, Pablo. ¿Dónde estás?

El otro demoró un instante en responder.

-¿Cómo que dónde estoy?- preguntó desde el otro lado del teléfono- En el ómnibus, el 172. Como te dije. ¿Dónde estás vos?

Ella lo pensó unos segundos. No se decidía entre indignada e intrigada, por lo que le salió una bizarra fusión.

-Vos me dijiste en la tercer parada desde la plaza, el 172 de las dos de la tarde- dijo enérgica- Bueno, yo me lo tomé. Pensé que ibas a estar arriba.

-¿Me estás jodiendo? Yo voy en el 172 de las dos de la tarde. Te dije que te lo tomaras en la tercera parada porque es la que te queda mejor, yo vengo arriba desde la salida.

-No te veo- dijo ella y continuó escrutando a los otros pasajeros.

-Y yo no te veo a vos. No te lo tomaste, decime la verdad. Me querías dejar plantado y no te animaste a decírmelo en la cara.

-¿Qué? ¿Estás loco? Vos me estás haciendo una broma a mí, y ahora se deben estar riendo de mí todos tus amigos.

-No podemos ir en el mismo ómnibus y no vernos. En el mío no van veinte personas.

-En este tampoco- dijo ella exaltada, como si la coincidencia fuera algo positivo.

-Tampoco veo a nadie mirando como que busca a alguien.

-Yo veo a un hombre que mira hacia el fondo como desubicado, pero no sos vos.

-¿Cuál es el número de vehiculo del ómnibus?- preguntó Pablo.

Ella se dio cuenta de la estratagema.

-Decílo vos primero.

Él se rió.

-Que bromista resultaste. Decime algo… ¿Algún otro día nos vamos a ver? Yo aún te quiero conocer, ya no me basta chatear y pasarnos fotos. Sería bueno tener algo… real.

-¿Cómo que algún día? ¿Sos tarado? Yo me tomé el ómnibus que vos me dijiste a la hora que me dijiste y en el lugar que me dijiste. Hoy nos vamos a encontrar. ¿Me entendiste?

Él rió de nuevo.

-Muy bien.

-¿Y para qué querés saber el número del vehiculo?- sonó inocente ella.

-Porque no puede ser el mismo. Cuando nos demos cuenta de que los números son diferentes, va a ser evidente que nos tomamos la misma línea pero a diferente horario.

-Bueno, decílo.

-Si lo digo vos me vas a seguir jodiendo.

-Te lo estoy mandando en mensaje de texto. Cuando te llegue decime el del tuyo en voz alta. ¿Te parece?

Ella escuchó el sonido del mensaje que le llegaba.

-Dale. El mío es 485- dijo y leyó el mensaje.

Decía: 485.

Permanecieron unos segundos en silencio.

-Es imposible- dijo él.

-Claro que es imposible.

-Pasajeros sentados…

-42- completó ella.

Otro nuevo silencio.

-El conductor es cuarentón, va escuchando cumbia, tiene una remera…

-Roja.

-Mierda- exclamó él- Es imposible.

-No puede ser que vayamos en el mismo vehiculo- continuó ella y se incorporó decidida. Avanzó por el corredor mirando a cada unos de los pasajeros.

-¿Me ves?- preguntó ya sabiendo la respuesta.

-Claro que no te veo. ¿A qué altura vas?

-¿Cómo a qué altura?

-A que altura. ¿Por dónde va el ómnibus?- pareció impacientarse Pablo.

-Estamos justo ahora pasando el obelisco.

-El mío está a veinte metros. Ahora…, justo ahora…, lo estamos pasando.

Ella volvió a recorrer la distancia hasta el fondo y miró por la ventana trasera a la concurrida calle.

-No viene ningún 172 atrás de este- dijo decepcionada.

-No podía ser tan fácil.

-No van a largar dos ómnibus de la misma línea, que van los dos vacíos, con tan poco tiempo de diferencia.

-Es lo único que se me ocurre.

-¿Y cómo es que tienen el mismo número de vehiculo?- preguntó ella.

-Es cierto. Se me había olvidado. Entonces es imposible. Los números de vehiculo son como la cedula de identidad del ómnibus, como su huella digital. No puede haber dos con el mismo… A menos que sean el mismo. Esto es rarísimo. Es como si estuviéramos en realidades paralelas.

Esta vez ella se rió. Ocupó el último asiento.

-Realidades paralelas, que simpático- dijo aún riendo.

-No, en serio- dijo él y se tomó un instante para organizar lo que continuaba- Los dos vamos en el mismo ómnibus, es la misma línea, y hasta el mismo vehiculo. Lo tomamos a la misma hora y casi en el mismo lugar. Sin embargo no vamos juntos. Es como si de algún modo, nuestras realidades se hubieran bifurcado. Todo coincide aún, menos nosotros.

-Qué idea- dijo desanimada ella- Y ahora decime… ¿A dónde vamos?

Él se rió.

-Es una sorpresa. Aunque ahora que estamos yendo por separado ya no va a ser lo mismo… Vos no te preocupes, yo te aviso dónde bajarte.

-La única razón por la que no me preocupo es que el recorrido es céntrico, y que son las dos de la tarde.

Él demoró en responder.

-Ahí diferimos- dijo dudando- Son las 2,34

-No, no, son las 2,08, lo veo perfectamente en el reloj encima del espejo del frente del ómnibus, al lado de una foto de Cabo Polonio y otra que debe ser de la familia del gordo cumbiero. Además mi celular marca la misma hora.

Él volvió a demorar.

-Sí- dijo alargando el siseo- No es el Cabo, es algún lugar con mucha arena pero no es el Cabo. Yo también lo veo, pero marca las 2,34… 35 de la tarde. Mi celular también dice lo mismo.

Se quedaron unos segundos en silencio.

-Si es una broma…

-No es una broma- respondió resuelto.

-¿Cómo puede ser que estemos a tiempos diferentes?

-Ya te lo dije. Nuestras realidades se separaron. De alguna forma yo estoy casi media hora en el futuro. O mi línea temporal está adelantada. O vaya a saber qué mierda. ¿Cómo podría saberlo?

Ella rió histérica.

-Nunca me había pasado algo tan raro.

-Ah, porque yo me paso viajando entre realidades.

Ambos rieron.

-Tal vez sólo uno de nosotros esté en una realidad paralela, y el otro siga en la de siempre.

-Oime, Daiana- dijo él una vez se hubieron calmado- Yo te iba a avisar que te bajaras en Plaza España. Vamos a no dar más vueltas. Yo me bajo y te espero. Vos te bajás y me vas a tener que ver, porque igual te espero mucho más de media hora.

-Es buena idea.

-Si uno de nosotros está en una realidad paralela, eso no puede durar por siempre. Digo, llegado el tiempo justo, todos coincidíos. Los hombres pasamos por la vida en tiempos diferentes siempre, pero al final nos encontramos.

-A no ser que en realidad nos encontremos con versiones alternativas de nosotros mismos, con fantasmas oscuros con extrañas intenciones. Que vivamos continuamente transitando entre realidades y que sólo tengamos contacto con versiones todo el tiempo. Que esto sea algo tan común y tan internalizado, que no se note, que sea algo como natural. Que siempre nos terminemos encontrando, pero con versiones de esas personas. Tal vez alguna de ellas sí lo sabe, y haga cosas extrañas para beneficiarse de la exclusividad de ese conocimiento.

-Bueno- sonó sorprendido- Ya armaste toda la teoría.

-Estoy divagando.

-Ambos rieron.

-¿No ves nada raro en el ómnibus?

-¿Por qué preguntás? Ya te dije. Hay un tipo en el frente que mira todo el tiempo para todos lados, como si también buscaría a alguien o como si estuviera perdido

-Ah…

-Y ahora que miro… A la derecha hay otro que mira todo el tiempo nervioso el reloj y como que se contiene para mirar para atrás. La mujer a su lado no parece conocerlo, pero no se ha cambiado de lugar a pesar de haber otros asientos dobles libres. Parece nerviosa. Mira cada cartel de las calles que vamos cruzando.

-¿Qué más ves?

-Cuando el ómnibus frena en las paradas…, nadie se sube. Hace mucho que nadie sube, incluso no se si alguien se ha subido después mío. Creo que no… Ahora que lo pienso. Parece incluso como si no lo vieran al ómnibus. Se detiene, espera unos segundos con la puerta delantera abierta, y después sigue de alto. La gente en la calle parece extraña, como acartonados, como si estuvieran actuando y lo hicieran mal. Hoy o soy yo, o la gente está muy extraña. Dos hombres de la fila de la izquierda me están mirando, de frente, parece que ni pestañean, como si miraran a través mío, como si no tuvieran nada detrás de los ojos.

-No les prestes atención. Ya casi llegamos. Por fin nos vamos a conocer en persona.

-Espero que no me hallas mentido en muchas cosas.

-¿Y vos?

Ella se rió.

-Muy pocas.

Ambos rieron.

-Me encanta que hayamos conectado así de rápido. Es química, sabías.

-Sí. Yo no soy de hacer esto, pero contigo… No se, fue como algo raro. En seguida conectamos.

-Eso fue una suerte… Ahora enfocate.

-¿Cómo?

-Eso, enfocate. ¿Sabés qué? Me estoy quedando sin batería. Me esperas un ratito que la cambio por otra cargada y te llamo de nuevo.

-Sí, claro- dijo ella sorprendida.

-Te llamo.

-Sí, Pablo. Pero algo raro está pasando. Siento como si todos me miraran, hasta la gente en la calle. Cuando el ómnibus entre frena… Pablo… ¿Pablo?

Daiana levantó la vista atemorizada. Los veinte pasajeros la miraban de frente. Sus rostros lucían inexpresivos, ni siquiera había brillo en el fondo de sus profundos ojos. El ómnibus frenó a mitad de cuadra. La gente en la calle miraba hacia el interior y una multitud se fue agrupando. El conductor la miraba a través del espejo con gesto serio. El reloj marcaba en 0,00. Afuera se había nublado. Y el teléfono de Pablo daba fuera de servicio.

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