Los gorriones son azules en Alduir. Autor: Álvaro Germán Morales Collazo

Mirta, no llegaré esta primavera a tu lado para plantar los crisantemos. Disculpa que sea tan directo y valla al grano, pero es la forma en que me gusta hacer las cosas, así soy yo, bien tú lo sabes. La nave en la que vuelvo a casa se ha retrazado, el viaje demorará dos meses más de lo previsto. Este mensaje es más que nada, para darte las explicaciones pertinentes.

Me ha ocurrido algo de lo más curioso.

Sabes que mis negocios estaban en Alduir, nada tenía que hacer yo en la luna salvaje del tercer mundo, pero la reunión duró menos que el viaje parar llegar, y sabes como suele hacerse en este tipo de ocasiones, uno no viaja tanto para acudir a la reunión, ponerse de acuerdo y emprender el retorno. Se supone que algún tiempo de esparcimiento, casi siempre relacionado con el turismo, debe de estar disponible, de otra forma el viaje revelaría su verdadero rostro de cuestión mundana, lo cuál, dicen, no es conveniente para la imagen de la empresa que nos tiene contratados. Es un mal heredado de las primeras colonias, tan ansiosos estaban de viajar y conocer otros lugares, que no conciben que otros tengamos otros intereses. En otras palabras, no se puede recorrer 16 años luz de distancia y no hacer la ruta turística, de ello depende aunque parezca mentira una gran industria, y no es por justificarme, me conoces y no es mi estilo, pero no hubo forma de eludir ese caldero montañoso, húmedo y lleno de alimañas de lo más extrañas y bizarras.

Cuando llegamos lo primero que nos dijeron fue una especie de advertencia que por supuesto tomamos para la broma, se nos dijo que el lugar no era un parque temático, que realmente era salvaje, tanto que un veinte por ciento de la superficie aún permanecía inexplorada, y que inclusive en las partes más humanizadas, todos los días se descubría y catalogaba alguna especie nueva o se identificaban yacimientos de recursos donde hasta entonces no se había visto nada. Se nos dijo que no nos sacáramos los trajes, ya que si bien la atmósfera es apenas diferente de la de casa, exigiría una aclimatación debida, que llevaría bastante más tiempo que las seis horas que dura el tour. No se qué te produce, pero a mí la palabra tour ya me suena a algo poco serio, por eso tal vez lo tomamos tan para la broma. También porque la entrada parecía un Hawai primitivo y exótico y el presentador hablaba como si se estuviera dirigiendo a niños en un zoológico, lo cual con seguridad era lo que hacía la mayor parte del tiempo. Se nos dijo que podíamos llegar a sentirnos un poco más livianos pero que era algo normal por la pequeña diferencia gravitatoria y otras cosas más que a esa altura no escuchábamos con claridad. Las leyes naturales son muy similares a las de cualquier otro lado, como que las especies venenosas lo advierten con colores coloridos y que hay que alejar los dedos de cualquier cosa con más dientes que uno. Luego se nos asignó un guía para cada grupo, y se nos dejó entrar en la jungla dirigida de la luna mayor del tercer mundo de Alduir.

Caminamos durante mucho rato. En teoría podíamos seguir tres horas en una misma dirección y luego volver. Aunque la duración del tour se calculaba en seis horas esto no era una regla estricta, y de ser necesario, podía excederse. La jungla era realmente exótica, muchas de sus especies vegetales tienen la particularidad de ser iridiscentes, es decir que parece que brillaran en un hipnótico verdoso resplandor. El camino de piedra estaba claramente marcado y se notaba más trabajo humano del que los organizadores hubieran admitido, serpenteaba entre las montañas y las colinas como una ruta terrestre. A lo lejos se veían bosques de árboles enormes, de más de cincuenta metros de altura y de troncos que en su base parecían edificios. El cielo estaba plagado de bandadas de aves de colores, de la vegetación circundante surgían sonidos pululantes y chillidos de desconocidas procedencias. Llegados a la hora de camino se escuchó un fuerte rugido viniendo desde la montaña que el camino rodeaba, pero al instante entendimos que era una exageración propia del tour, para darle más realismo al concepto de salvaje. Difícilmente algo más grande que un perro podría convivir con el hombre en ese paraje y lo sabíamos. Tal vez ese efecto hubiera hecho saltar a más de un joven estudiante de Astrofísica, pero no a un montón de ejecutivos cuarentones. Más allá del nerviosismo natural, lo único que despertó el suceso fueron más sonrisas.

Al terminar de bordear la elevación quedé maravillado por lo que creí una bandada de aves que había descendido entre unas plantas de hojas circulares. Me detuve un instante, asombrado por la peculiaridad de lo que veía. Lo juro, Mirta, hacía mucho tiempo que no me sentía tan gratamente sorprendido. Porque esas aves que saltaban traviesas entre las hojas y picoteaban el suelo, eran gorriones, lo juro Mirta, gorriones como en la tierra, pero estos, para mi asombro y mi regocijo, eran azules, de un tono metálico y brillante. No recordaba lo último tan hermoso que había visto. Uno de ellos voló hasta mi mano abierta y extendida y se posó justo en mi palma. Lo miré, nos miramos, yo supongo que con cara de tonto, él como esperando que le diera algo. Recordé cuando les arrojábamos migajas de pan a las aves que bajaban a nuestro patio sobre todo en primavera, cómo más de una vez un gorrión había repetido idéntico comportamiento. Supongo que no era nada extraordinario, cualquiera que le ofrezca migajas de pan a un gorrión, logrará ver cómo cada vez los pequeños y simpáticos animalitos van perdiendo todo pudor, hasta volverse verdaderos aventureros que bien podrían comer de una mano, pero en Alduir, a 16 años luz de la tierra, era ciertamente algo que nunca hubiera esperado experimentar. Giré sobre mi mismo para llamar la atención del resto del grupo y cuando volví a mirar al pajarito azul, este había aumentado notoriamente de volumen. Parecía ahora un gorrión regordete, tanto que el pecho le daba contra el diminuto pico. Lo quedé mirando sorprendido, parecía un ave diferente. Fui notando cómo se hinchaba sin aumentar de peso, era como si se estuviera inflando. El resto del grupo había acudido a mi llamado y miraban el espectáculo maravillados. Yo sonreía cuando miraba, supongo que para parecer simpático en las fotos que tomaban. El pequeño animalito ya parecía del tamaño de una paloma. Extrañado saqué la mano y el gorrión permaneció en el mismo lugar flotando. Era como si nunca hubiera dependido de mi apoyo y como si efectivamente se estuviera volviendo un globo. Me asombró sobre manera el hecho de que en ningún momento demostrara la menor dosis de miedo, este asombro pronto se tornó en desconfianza. El animal continuó inflándose ante las miradas de todos los presentes. Cuando llegó al increíble tamaño de una pelota de baloncesto comenzó a vibrar. Muchos de nosotros pensamos en alejarnos, pero la estrechez del camino y lo concurrido que era el grupo, no permitía muchos movimientos. Luego de unos segundos en los que se sacudió como presa de un temblequeo epiléptico, estalló sin hacer ruido, en una nube de polvo azul brillante. El polvo me alcanzó por completo, Mirta, todo mi traje se cubrió de esa especie de polen azul. Las ocho o diez personas que estaban más cercanas también estaban cubiertas, el resto, de una forma u otra había resultado salpicado. Limpié lo mejor que pude el visor de mi casco tan sólo para observar aún sin poder salir de mi asombro, cómo el grupo entero entablaba una alocada e histérica huída a lo largo del camino y en dirección al hotel. Se muy bien cómo funcionan estas cosas, digo, las relacionadas con la histeria colectiva. Primero habíamos visto un hermoso y dócil gorrión con la particularidad de ser azul y de encontrarse en un lugar tan exótico y tan alejado de casa. Cuando comenzó a hincharse la fascinación pasó a desconfianza. La explosión había desatado la reacción. Me imaginé al guía tranquilizando a los más alterados, luego me enteré, al llegar al hotel, que fue el que corrió más rápido, y que aún no podían sacarlo del alterado estado nervioso en el que se hallaba. Si bien creo entender que nunca había ocurrido un suceso como ese, y que hasta el momento se desconocían los gorriones azules explosivos de Alduir y que todo fue un gran descubrimiento, no entiendo la reacción exagerada primero de los organizadores y después de las autoridades coloniales. Se dijo que algunos de los trajes no estaban del todo descontaminados y se nos mantuvo en aislamiento tres días enteros. Justamente los tres días en los que planeábamos recorrer la parte más vieja de la principal ciudad del planeta. Esto no pudo ser, por lo que no podré llevarte las imágenes que me has pedido del casco viejo, ni del puerto de aguas turquesa, ni del famoso filón del diamante más grande jamás encontrado, que tiene el tamaño de un edificio de nueve pisos y que brilla con todos los tonos del arco iris cuando la luz lo atraviesa.

Al cuarto día debieron liberarnos, no porque parecieran dispuestos, sino porque las leyes diplomáticas son muy estrictas a ese respecto. De modo que en este momento me dirijo hacia casa. El viaje ha sido retrazado a propósito para realizarnos estudios virales y de toda especie que te imagines.

Al principio, como te he dicho, no entendí lo que me pareció una reacción un tanto exagerada, pero con el paso de las semanas me he comenzado a sentir un tanto extraño, lo cual demuestra los efectos de la sugestión o que realmente algo extraño está ocurriendo. Aparentemente ese polvo azul era una especie de polen o de esporas, o de otra cosa ni una ni otra, nadie lo sabe. A pesar de que el ave parece un gorrión, por supuesto no lo es, y el desconocimiento en torno a él es total.

Como te he dicho, en tres meses llegará nuestro crucero a la tierra con la delegación completa. No deberías preocuparte, pero también podrías contactar al doctor Yong, ese especialista que ha atendido a tu familia desde que tengo memoria. No creo sea nada grave, pero más vale estar precavido. Los síntomas no son severos, pero sí un tanto extraños. En ocasiones me dan mareos y una gran acidez estomacal, y ayer, después de haber almorzado, sentí una gran arcada que se originaba desde mis más profundos adentros, eructé prolongadamente y escupí una pluma pequeñita de un color azulado, que el viento de la ventilación alzó en un juego travieso por el aire de la recamara.

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