En Roma: Claudia….Autor: José Fernández del Vallado

Invitado por la «Società Geográfica Italiana» me desplacé a Roma para exponer mis teorías sobre la Tectónica de Placas.

Me llamo Lorenzo y soy catedrático en geografía. Voy a tratar de referir, tal como se desarrollaron, los hechos que tuvieron lugar en este apasionante viaje.

Durante los primeros días todo transcurrió con placidez. Roma es un lugar increíble, que reúne una variedad de monumentos únicos. Así que mientras por un lado dedicaba mi tiempo a las conferencias, emprendí las salidas a la ciudad. Lo hice con cierto desorden. Más bien por casualidad que por acierto, dediqué primero mi tiempo a ver las obras de la Roma renacentista, para después enfrascarme en la clásica. Al menos, esa era mi intención inicial.

Empecé por sus calles y plazas más representativas: La Piazza de Spagna, La Fontana de Trevi y San Pedro del Vaticano.

Hasta ahí todo fue bien.

El primer sentimiento de desasosiego o ansiedad tuvo lugar cuando visité la construcción romana de «El Castillo de Sant´Angelo».

Encuadrado en un grupo de diez personas, nos condujeron a la cámara de las cenizas. Bajábamos unas húmedas y tortuosas escaleras y sin apenas detenerse, el guía relataba sucesos triviales y agregaba otros desapacibles. Como la epidemia de peste que asoló la ciudad en el año quinientos noventa, y en la que miles de ciudadanos murieron.

Antes de acceder a la cámara, y mientras el guía continuaba explicando, me enfrasqué con mi Canon y entretenido me quedé rezagado en un tramo del pasillo. En ese momento, clavándose en mi nuca, percibí una sensación y un ostensible mareo me llevó a perder el equilibrio. Doblando mi torso me apoyé en la basa de una escultura. La sensación duró unos instantes y cesó. Sin constatarlo siquiera, lo supe: alguien estaba a mis espaldas. Y quienquiera que fuera, me observaba. Con aprensión y una angustia inexplicable, me aventuré a echar un vistazo y entonces me relajé. Se trataba de una mujer; era alta y de complexión delgada. A primera vista me llamó la atención su elegancia; sobre todo por su vestimenta y sus manos pálidas y frágiles, acabadas en dedos como delicados tallos de bambú; pero también su forma lánguida y serena de moverse. Una túnica con capuchón y unas gafas de lentes oscuras, me impidieron ver sus ojos y de forma parcial su semblante. ¿Estaba allí desde que había entrado en la sala? Dado que no advertí de entrada su presencia y el guía tampoco aludió nada al respecto, lo más razonable era suponer que formaba parte del personal que velaba el monumento. Y así debía ser, me dije a mí mismo, deseando infundirme una serenidad casi desaparecida. Volví a contemplarla. Se dio la vuelta y caminando con notable ligereza, se introdujo en el vano de una estatua. Impresionado, me disponía a dirigir mis pasos hacia el lugar donde la había visto desaparecer, cuando el guía, que había dado media vuelta, me rogó que hiciera el favor de no separarme del grupo.

Transcurridos unos días comencé a impartir conferencias. Debo añadir que desde un principio estuvieron presididas por la polémica. Estaba claro, mis teorías generaban controversia y no acababan de conquistar a algunos colegas y desde ahora también opositores.

Reanudé mis salidas programadas. Visité El Coliseo, las Termas de Caracalla y el Palatino.

El temblor se produjo cuando contemplaba la cúpula de El Panteón. Una grieta de una anchura considerable comenzó a nacer y atravesarla. ¡Era un terremoto! Aterrado me acuclillé, resguardé la cabeza entre mis brazos y pensando que todo se acababa ahí, aguardé a que la violencia del desplome me enterrara. No sucedió así. Una anciana risueña me preguntó si estaba bien. Lentamente retiré las manos, y con una mezcla entre vacilación y sonrojo dibujada en mi mirada, respondí afirmativamente. Sonrió turbada y con cierta emoción me explicó que hablaba mi idioma desde la guerra civil, donde luchó con la República.

Más repuesto decidí tomar un tentempié en el Caffe Della Pace. Anochecía y era un lugar agradable, cercano a la Piazza Navona.

Mientras removía el café llegué a una conclusión acerca del absurdo suceso. ¿Había sido debido a mi fobia por los espacios cerrados? Se trataba de una apreciación personal, y tampoco acababa de convencerme. Aún así, fue lo más que llegué a suponer. Por otra parte comencé a olvidar y encontrándome relajado me dejé llevar por el influjo de aquel atardecer primaveral. En tanto presenciaba como, aunado entre la afluencia de turistas que Roma acogía, un singular desfile de ciudadanos recorría las calles.

La visión duró un imperceptible segundo. Asociada al tumulto creí distinguir la silueta de la misteriosa mujer. De un apurado trago que casi calcinó mi garganta despaché el café y resuelto a alcanzarla, me levanté y comencé a caminar con soltura. Un chico con la constitución de un boxeador cerró sus palmas como cerrojos sobre mi brazo y me exigió que abonara la consumición. Era el camarero. Obviamente, la perdí.

Los días pasaron volando.

El último fin de semana, concretamente un sábado, impartía una conferencia en la «Università de La Sapienza».

Para la época del año en que nos encontrábamos me sorprendió aquella noche cálida y estrellada, en la que todo parecía estar en orden.

El recinto que, dadas las inmejorables condiciones climáticas solicité se organizase al aire libre, se encontraba lleno a reventar.

Concentrado en mi programa, exponía ciertos matices que había añadido a la teoría de la “Deriva Continental” cuando me invadió un sentimiento de vértigo. Alcé la cabeza y allí estaba. Acomodada en uno de los asientos centrales. Verla allí, a pesar de mi intento por evitarlo, me condujo a un estado tal de nerviosismo, que en unos instantes mi cuerpo bailaba con la consistencia de un flan. Pero aún peor resultaba hablar; era poco menos que imposible. A partir de ese momento mi discurso derivó en una serie atropellada y cada vez más tenue de balbuceos. ¿Escuché aplausos? No, abucheos. Transcurrido un intervalo de desconcierto, entre toses e insultos airados, los asistentes comenzaron a levantarse de sus sillas y desde la primera a la última fila desalojaron el cercado.

Al final sólo estábamos los dos.

Mi boca se cerró. Dejé de pronunciar incoherencias y aferrándome al atril alterado y confuso, no pude dejar de observarla con un interés que en breves segundos se convirtió en fascinación.

Descendí del estrado, caminé hacia ella y esta vez no escapó. Ardiendo en deseo la abracé y me di cuenta. No era un espíritu… Y estaba allí ¡entre mis brazos! como si siempre hubiera sido así.

Cerré los ojos y al abrirlos ¡no estaba…!

Me descubrí tendido en la cama de un hospital.

El dictamen de los doctores: Desvanecimiento debido a la fuerte tensión padecida durante la conferencia.

Esa noche dormí agitado y tuve ensoñaciones en las que manteniendo una distancia insalvable, la figura de una mujer de mil novecientos años, invocando a dioses nobles y antiguos, fluctuaba ante mí…

Tras ser dado de alta, días después hacía el equipaje con el deseo de olvidar y regresar cuanto antes a España. Entonces recibí una visita. Era Giacomo, un colega italiano que me admiraba y quería.

Afectado por mi fracaso y a la vez agraviado por mi actitud de indiferencia, se empeñó en llevarme a visitar Las Catacumbas. Dado mi estado de desgana, estaba claro que aquel no era el lugar indicado donde llevarme. Pese a todo Giacomo, aparte de inquieto y enérgico, era testarudo como una mula, y si algo se le metía entre ceja y ceja, no había manera de hacerlo cambiar. Ante su redoblada insistencia no encontré fuerzas, y me arrastró directo a la encerrona.

Nos adentramos en pasillos angostos y claustrofóbicos, cercados por celdillas donde los cristianos de antaño, depositaban a sus muertos.

En todo momento me moví con reserva y sin separarme del grupo. Cubierto el tramo final nos disponíamos a salir y entonces, surgiendo del interior de la galería oí la voz que me llamaba: “Laurentius, Laurentius…”

Permanecí indeciso y agarrotado. Miré hacia delante. Ajenos al acontecimiento mis acompañantes, incluido Giacomo, continuaban alejándose. Entre tanto yo seguía escuchando la voz, o el rumor… y no lo dudé. Era la dicción inconfundible y quebradiza de una mujer. Sin atender a aquella oratoria integrada por ruegos suaves y balbucientes, seguí progresando hacia el exterior y, mientras avanzaba de espaldas al oscuro pozo de las catacumbas, giré la cabeza e invoqué a su interior: “Por favor… Dejadme…” Y sin meditar añadí: “No lo entendéis. No puedo ver con claridad.” Atrapado en un ensueño de paz sedante, con inseguridad concluí: “Está en tu mente. Jamás ha existido.”

Volví la mirada hacia delante y me centré de nuevo en el espacio que quedaba para alcanzar a luz del exterior; apenas diez o quince metros. La voz, de una sutileza innegable, repitió: “Por favor…”

Súbitamente dejé de caminar. Me di la vuelta y me quedé inmóvil, incapaz de dar un paso. Un soplo de vaho helado acarició mi semblante, el silencio era infinito; un aroma a algalia y agua de rosas me envolvió seduciéndome. Braceando como si me ahogara y dialogando como si no fuera yo, pregunté: “Está bien… Dime ¿Dónde te encuentras? Necesito verte.”

Resonando en las paredes de la necrópolis, el murmullo de una cascada se transformó en una ruidosa algazara. La voz, complacida, pronunció. “El amor es ciego.” Y me preguntó. “¿Me amas todavía?” Entregado a un impulso que recondujo y reorganizó mis palabras, no pude sino confesar: “Sí.” Seguidamente, en mi interior nació una revelación apasionante, y dije: “Hace mil novecientos años. ¿Recuerdas, Claudia…?”

Una caricia cálida. Una mano al estrechar la mía. Unos labios al acomodarse a los míos…

La voz concluyó:

“Puedes irte. Pero debes saberlo. Te estaré esperando…”

Tres horas después el avión sobrevolaba el Mediterráneo.

Mientras me alejaba, a través de la ventanilla, contemplé en silencio el perfil de bota de Italia. No era para siempre comprendí, y me olvidé del miedo. Al otro lado del velo oscuro de la muerte, un viejo amor y una vida eterna, aguardaban mi retorno definitivo…

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  1. estrella

    Es una historia inquietante y misteriosa hasta el final, su protagonista no puede dejar de sucumbir a la fascinante Claudia, antes incluso de saber de su existencia.
    Roma debe producir esa sensación de que todo es posible, hasta de encontrar aquello que no sabías que buscabas.
    Extraordinario relato!!
    Un abrazo José!!

  2. Aerua

    Me ha parecido muy cautivador y entretenido el relato (y a ratos escalofriante). Me veía paseando por Roma como si fuese el protagonista. Me ha encantado.

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