Berlín Insondable. Autor: José Fernández del Vallado

Hace un día frío y gris. Los matices llamativos y metálicos del grafiti tiñen los portales de edificios cenicientos y remozados durante los años cincuenta o sesenta.

Es invierno, en concreto Navidad. Estoy sentado fuera, adecuadamente abrigado, en el banco de un café que bien podría ser el kebab de un turco o quizá no se traté de un bar, sino de una tienda de bebidas; e incluso al hombre con gafas y aspecto académico que atiende tras la barra, ni siquiera le concierna el país donde ahora mismo se encuentra.

A mi derecha, una camarilla de emigrantes germanizados o germanos genuinos, da rienda suelta a su “turca.” A mi izquierda está Ricardo— mi amigo— y a su lado, observando la calle con aire alienado, su mujer Elena. Es rubia y de complexión proporcionada. Sus ojos son dos esferas azules y traslúcidas que contemplan el sombrío atardecer sin en apariencia inmutarse.

Los tres estamos en silencio; desorientados. Y así permanecemos en la ciudad de Berlín, al otro lado del muro, en su zona oriental.

Si estoy acompañándolos es porque me lo pidieron ¿o no sucedió así y fui yo quien se enquistó como una cuña en sus problemas?

La situación es la siguiente. Enviaron a su hijo a este lugar y ahora hemos venido a liberarlo de los sortilegios que el influjo berlinés ejerce sobre su espíritu.

Todo empezó una mañana. Me di cuenta de lo poco que sabía de la tierra a la que viajaba en el momento en que el avión aterrizó y una voz de resonancia delicada —que sin dudarlo se dirigía a mí— emitió unos sonidos indescifrables. Lo reconozco. El alemán no me resulta armonioso. Tal vez sea porque no me acostumbro a su acento, o porque se trata del idioma que los malos predican en las películas.

Otra cuestión me sorprende. Hasta ahora y a lo largo de mi vida había visitado algunas ciudades, y en todas fui capaz de reconocer de entrada y sin equivocarme, sus peculiaridades.

Sin embargo aquella mañana —la primera— me vestí y con apenas cuatro grados y un viento de cristal inmaculado que entretejía en surcos mi semblante, di mis primeros pasos sobre unos adoquines de mortero articulado, y una sensación desconocida me venció. Era una debilidad amenazadora que en instantes se adueñó de mí, y maceró mis sensaciones en un sopor entumecido. Chispeaba. Alcé la cabeza, dejé que la llovizna empapara mi rostro y me di cuenta. No era un lloviznar uniforme, sino la clase de goteo que solo tiene lugar en Berlín: aquel que arrastra consigo un olvido transmutado en mutilación permanente. A mí alrededor todo era diáfano y precioso y tan extraño que… ¿no podía ser cierto? Como la arquitectura de la Bauhaus: lineal… «La forma sigue a la función» es su precepto. De hecho, los objetos y elementos que componían el paisaje estaban en su sitio ¿o no lo estaban? Había orden y desorden. Era, en seguida lo entendí, el mismo caos que debió presidir el lugar en los últimos días de la brutal contienda en aquel fatídico año cuarenta y cinco de finales de abril de otro siglo. Cuando una ciudad soberbia, convertida en eje del imperio de la arrogancia, sucumbía. Convirtiendo la cuadriculada resolución alemana en un grandioso contrasentido de locura ilimitada. Quizá por eso Berlín me parecía ahora una ciudad libre y extraña a la vez; porque tras un suplicio de automutilación interminable, no acababa de creérselo, y necesitaba expresarlo de alguna forma, o a su manera…

Me dirigí hacia la Alexanderplatz, el centro de Berlín, y donde se ubica la Fernsehturm, o dicho de otra forma, la torre de televisión. Accedí hasta su restaurante y mientras desayunaba un café con tostadas a doscientos siete metros y pico del altura, mis ojos descubrieron por primera vez el brillo casi velado y hermético, que destila una ciudad que ha sabido regenerarse en nueva crisálida y sobrevivir, transformándose en un lugar que hoy abre sus preciosas y radiantes alas al mundo.

Del mismo modo sus poros exudaban el hedor a rancio que sus edificios actuales —de diseños sutiles y modernos—, se esforzaban por encubrir. Efluvio que no cesaba de traspasar un solo día en forma de diminutos alfileres la mente de los berlineses, y también la de algunos visitantes, que veíamos más allá de donde debíamos o queríamos… sin pretenderlo.

Yo lo vi impreso en los ojos de Germán, el hijo de Ricardo, un muchacho tímido y afable, el día en que lo acompañé al barrio de Scheunenviertel y caminamos por la Oranienburger Strasse, admirando sobre nosotros las ventanas de los edificios vestidas de brillantes y multicolores adornos navideños y en la calle, sus prostitutas de lujo.

Tenía un problema que empezó a perfilarse en España y en aquel entorno, que si por un lado ofrecía un semblante cálido y culto, de cariz relajado y autónomo, coexistía también con un reverso más tortuoso. Lo vi en sus ojos. Estaba poseído por la ciudad. Trataba de descifrarla; de averiguar su sentido o razón de ser. Lo mismo hice yo los primeros días, indagar por qué bajo aquella apariencia de disoluta libertad y en la que podías encontrarte, como a mí me sucedió, un par de jóvenes corriendo en cueros por la calle y no ver a un policía durante días, cohabitaba esa sensación de contención, cautela, e incluso a veces miedo inexplicable, oculto bajo una fachada de aparente rebeldía y olvido de algo que nunca podrá ser olvidado. La herida continuaba abierta y supuraba el mismo absceso nauseabundo que brotó de los millones de almas masacradas en una cruzada que dejó de ser simplemente muerte, para convertirse en algo más consumado, excéntrico y siniestro: el hecho de convertir la agonía en un impúdico proceso industrial.

Y allí estábamos. Trataba de ayudar como podía a mis amigos. Ellos así lo habían querido. O fui yo quien se inmiscuyó con la única intención de averiguar un fragmento más de una Europa desfigurada. Moviéndonos como dos malditos hechizados, recorríamos la milagrosa Oranienburger Strasse. Buscábamos el portal donde según el anuncio que había leído, encontraría un piso a un precio razonable en el cual alojarse durante los meses de invierno.

Yo estaba solo y de paso y apenas era nadie o nada desde hacía tiempo. En cambio él tenía una vida por delante. Lo cual no quería decir que yo no la tuviera, pero mi juventud, aunque perviviera en mí, había sido dilapidada. Y aquellas mujeres con cabelleras plateadas y figuras exquisitas como las modelos de la pasarela de París, no cesaban de insinuarse ante nosotros.

Nos detuvimos delante de un portal. Volviéndose a mirarme avergonzado, Germán me rogó si podía quedarme esperando. Había un bar aclaró, con la obvia intención de desviar mi atención. Era evidente. No deseaba que el casero lo viera aparecer con alguien que podría pasar por su tío o su mismo padre.

Empezó a subir las escaleras y me quedé allí mirando. Es difícil definir cómo me sentí. Creo que estaba muy cerca de padecer, probablemente, la misma sensación de un niño que por primera vez se descubre perdido en una calle interminable, llena de seres feroces y desconocidos. No saber cómo expresarme ni hacerme entender, no tener siquiera la certeza de en qué lugar estaba, me llevaba a observarme sumido en una situación de orfandad y desamparo.

El bar estaba solo a unos metros. Alce la mirada hacia su rotulo. Rezaba: Kommunist.

A una temperatura que rondaba los tres grados centígrados, quedarme fuera podía resultar una locura. Con las manos embutidas en los bolsillos y la cabeza ladeada, caminé insuflándome una forzada apariencia de serenidad y abrí la puerta del local. Una vaharada de nicotina ahogó mis sensaciones. Eché un discreto vistazo. El ambiente estaba envuelto en una densa fosca. Súbitamente retrocedí veinte años, me reencontré fumando un Chesterfield apoyado sobre la barra y pedí una cerveza. Que el camarero me atendiera sin dirigirme cualquier frase incomprensible me hizo sentir aliviado. Me senté sobre una banqueta y allí permanecí, deseando encontrar sentido a las conversaciones misteriosas e ininteligibles que la barahúnda de gente que llenaba el local articulaba.

Un hombre se abrió paso hasta mi lado y me dispensó una ristra de palabras. Lo miré con desconcierto y dije.

—Perdona… No entiendo. Soy español.

Se quedó mirándome con ojos de asombro. A continuación, masculló.

—¿Spanisch?

Asentí con aturdida satisfacción.

Sus ojillos ebrios se iluminaron. Su bocaza se abrió y dejó escapar una chirriante carcajada. Se volvió hacia otro teutón y, sin dejarme de señalar, ladró.

—¡Hier haben wir eine Spanisch! (Aquí tenemos a un español). Tampoco entendí nada.

El otro, un elemento más grande que el anterior, vociferó más todavía.

Me sentí mareado. Miré a mi alrededor y descubrí una barra llena a rebosar de militares SS. Eran la Sonderkommando Berlín, El comando especial para Berlín que Hitler creó en aquellos años turbios. Cada vez entendía menos y además estaba solo. Mis ojos, desorbitados, no hacían sino mirar y seguía sin entender, mientras mis manos, como tenazas temblorosas, apresaban la jarra. Escondí la cabeza entre mis brazos y comencé a sollozar.

Un rayo de luz se abrió paso entre mis pensamientos. Era la puerta exterior. Acababa de abrirse.

Sentí una mano cálida descansar sobre las mías y una voz habló en mi interior.

—Calma. No te harán nada. No son ya los feroces nazis que una vez fueron…

Lentamente descubrí la cabeza y mi mirada se topó con la sagacidad penetrante de unos ojos verdes como brillantes y delicadas cuentas de cristal de Murano. Aún así, seguí sin entender.

La voz me serenó de nuevo.

—Tranquilo… Esos brutos se han ido. Ahora estás conmigo.

¿Entendía? No… No estaba claro del todo.

Cuando mis ojos fueron capaces de apartarse de su iris, fui vislumbrando más: un cabello rubio, unos labios finos, con un arco de Cupido perfecto y una comisura coronada en un rictus sensual y un físico con un talle elegante, sabiamente ondulado por la madre naturaleza.

Se acurrucó hasta igualar sus ojos a mi altura y me preguntó.

—Y ahora ¿quieres decirme cómo te llamas y explicarme qué haces aquí perdido?

Tampoco la entendí pero, respecto a mí, saber qué hacía allí era lo de menos. Y además ya lo sabéis. En lo que concernía al nombre de ella y su historia, era otro cantar.

—Si es todo lo que quieres saber o hacer… Está bien. Te lo contaré, me dijo.

Y comenzó.

—Me llamo Olga Stackhova y soy rusa.

Jugueteó con sus dedos pálidos, de uñas largas, y algo azorada añadió.

—Bueno… Mi padre lo era. Yo en realidad soy ruso-española.

Guiñó un ojo, sonrió con atrevimiento y señaló hacia la puerta que sellaba el desván que se hallaba al final de unas escaleras de traza interminable.

En el intervalo de un segundo nuestras miradas se encontraron sugiriendo algo más que simpatía y dadas las circunstancias está vez sí la entendí, y espléndidamente además.

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  1. estrella

    Este relato es una gran historia, cómo recorres las calles de Berlín y te sumerges en su pasado y en su presente, me gustó mucho.
    Un abrazo José!!!

  2. Aerua

    Muy apasionante este relato. Te introduce en el Berlín más oscuro y auténtico. Me parece fantástico el final.

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