Viaje desagradable. Autor: Néstor Quadri

Me encontraba sentado esa tarde junto a la ventanilla del tren mirando el  paisaje, que en ese ocaso se desplegaba ante mis ojos, con esa bonita puesta de sol.  Luego, al llegar la oscuridad, comenzó a ser salpicada por los brillantes puntos plateados de las estrellas, que titilaban en el cielo.

Había programado ese viaje de vacaciones con gran cuidado, teniendo en cuenta el más mínimo detalle, para poder descansar placenteramente entre las montañas. Era una asignatura que tenía pendiente desde hacía algún tiempo, postergada de continuo, por asuntos de trabajos de mayor urgencia en la ciudad.

Mientras el tren recorría los kilómetros con la voracidad de un león hambriento, persiguiendo una presa invisible, yo estaba cómodamente ubicado, dado que el asiento de mi acompañante no había sido ocupado. Nunca pensé que luego, se  me haría tan desagradable ese viaje en tren.

En un momento dado, cuando me vino el sueño, alcé el pestillo del asiento y haciendo presión con la espalda, el respaldo se inclinó silenciosamente, para  entregarme al descanso. No sé por cuánto tiempo estuve durmiendo, pero al volver a abrir los ojos en la madrugada, estaba iluminada por la tenue luz de la luna llena, donde se veían a lo lejos y entre las sombras, unas hermosas montañas nevadas.

Creí que esa luminosidad me había despertado, pero de inmediato descubrí que era consecuencia de la voz baja y monótona de un hombre sentado en el asiento de atrás, que hablaba interminablemente y prácticamente sin parar.

Debía estar hablando con alguien, que evidentemente no le contestaba y se mantenía en silencio. Traté de percibir lo que le decía  y comprendí que le reprochaba que no prestara la colaboración adecuada, en los trabajos de la sociedad. Me parecía ridículo que, ante esas permanentes acusaciones el acompañante no esbozara ninguna respuesta.

Deduje que el hombre que hablaba estaba ubicado justo tras mío, y su paciente oyente estaría sentado en el asiento que daba al pasillo. Como realmente me molestaba ese monótono susurro y quería volver a dormir, me limité a emitir un corto chistido para que se callara.

– ¿Escuchaste ese chistido? dijo el hombre enojado. El acompañante tampoco contestó. Supuse que posiblemente, él también estaría agradecido de aquel pedido de silencio.

Sin embargo, el hombre no prestó ninguna atención a mi reclamo y siguió con su molesta verborragia. Entonces, tosí varias veces, como forma de aclararle que estaba despierto, que escuchaba todo y que ya mi paciencia se estaba acercando al límite.

– ¿Oíste?… ahora tose el desgraciado – dijo el hombre alzando un poco la voz. Escuché el ruido de otros asientos del tren donde, sin dudas, algunos  pasajeros se asomaron para enterarse de lo que sucedía.

Y entonces, me harté. En una reacción espontánea me impulsé con el respaldo hacia adelante, y luego me di vuelta rápidamente, para recriminarles. Pero la frase de protesta que iba a decirles me quedó atascada en la boca, cuando constaté que solamente estaba sentado un hombre viejo y en el asiento que daba al  pasillo estaba desocupado.

Mientras el estupor me invadía, verifiqué atrás y a los costados. Pero realmente no había nadie. Sólo se trataba de un viejo, que me miraba con sus ojos de sorpresa y que seguramente estaba desequilibrado mentalmente. Entonces, se me fue el deseo de protestar y sin decir absolutamente nada, volví tranquilamente a mi posición normal en el asiento.

Evidentemente ese viejo estaba en un estado tal de locura, que lo hacía desvariar. Luego, ya no me importaba ese tema, porque había vuelto el silencio y ese pobre desdichado, seguramente debía haberse apaciguado ante mi repentina reacción.

Al fin pude relajarme, y luego de unos instantes, mis párpados se cerraron y volví a sumergirme en el sueño.

Al poco tiempo, sentí que comenzaba a faltarme el aire. Entonces me desperté sobresaltado, sintiendo la presión de dos manos frías, que con sus dedos me estaban estrangulando. Me invadió la angustia y luché con todas mis fuerzas para separar esas manos de mi cuello.

Al final, después de un esfuerzo sobrehumano, logré zafarme y volví nuevamente a absorber el aire a bocanadas y con desesperación. Mientras tanto, el viejo que estaba parado frente a mí, me miraba impasible, con su cara inocente de indulgencia y luego, silenciosamente se sentó en su asiento.

Al cabo de unos instantes, me repuse  indignado y emití un enérgico carraspeo, como forma de despejarme la garganta, pero retumbó como si fuera un grito, que estremeció a  todo el vagón.

Luego de un momento, alcancé a ver que por el pasillo, se acercaba con su cara de sueño el guarda del tren, mientras yo estaba masajeándome el cuello. Seguramente, los otros pasajeros al escuchar el ruido, habrían ido a despertarlo para advertirle de la situación. Detrás del guarda escuché entre las sombras a alguien que pedía paciencia, sugiriendo que podía haberme dado un ataque.

– ¿Pasa algo, señor?- ¿Se encuentra bien?-, me preguntó el guarda tratando de aparecer lo más amable posible.

Quise responderle que el viejo de atrás había tratado de ahorcarme, pero las palabras no podían salir de mi boca. Se produjo entonces un murmullo airado. El guarda discutió con alguien que exigía que encendieran las luces, mientras que otro, terciando, sostenía que yo debía haber tenido una pesadilla.

Cuando consiguió alejar a los curiosos y que retornaran a sus asientos, se inclinó para cerciorarse de que yo estaba vivo y que respiraba. Pausadamente y  muy amistoso, me indicó que se quedaría en el vagón en un asiento cercano, por si me pasaba algo. En tanto, yo con mi garganta estrujada, no podía emitir palabra alguna. Mientras trataba de calmarme, noté que prácticamente en el momento de sentarse, el sueño venció al guarda.

En ese mismo instante, el viejo de atrás comenzó nuevamente con su perorata, pero ahora era como un susurro monocorde, que casi no se escuchaba. Parecía que su enojo con su compañero virtual no había disminuido y continuaba con sus continuos reproches.

Ese murmullo y mi indignación por lo que me había hecho, me carcomían los nervios. Sentía que mi voluntad de no reaccionar, estaba a punto de quebrarse. Hasta que cuando ya el delirio hizo tormenta en mi cerebro, abruptamente cesó el parloteo infernal del viejo. Con mi rostro fatigado y descompuesto, comprendí que por fin, la normalidad se había restituido y había terminado mi tortura.

Sin embargo, ya no pude conciliar el sueño y luego de un buen rato, observé ya en la claridad del amanecer, cuando se despertó el guarda y se retiró apurado. Allí, me di cuenta que estábamos llegando a la estación terminal del tren en las montañas. Antes de que nos detuviéramos, corrí hacia la puerta, decidido a ser el primero en bajarme, llevando mi equipaje en las manos.

Cuando me retiraba rápidamente por el andén, escuché al guardia del tren que me llamaba. Se acercaba escoltado por un policía. En ese mismo instante, sentí un alarido que provenía del vagón, mientras alguien comentaba que allí había un hombre muerto.

Instintivamente miré mi camisa y noté que tenía una pequeña mancha de sangre.

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