Estancia: Los albores. Autor: Daniel Campodónico

Recién entrado el año del 1800, un viejo estanciero llamado francisco, enfrenta el dilema de tener que arrear quinientas cabezas de ganado en pie, desde las fronteras con el imperio portugués hasta la plaza fuerte y puerto, de Montevideo. Y como en vísperas de toda guerra, los hombres jóvenes reclutados por uno u otro bando… Escasean, el viejo estanciero acompañado únicamente por su fiel Ponciano,     —esclavo ahora liberto que por edad y costumbre, continúa haciendo la misma vida de antes—, se ve obligado a  contratar a un grupo de adolescentes, casi niños, para ayudarlo en tan dura faena.

Así parte de la estancia los albores, el grupo compuesto por dos adultos algo mayores ya, y seis quinceañeros; todos de a caballo, quinientas vacas y una carreta cargada con algunas armas y provisiones varias.

Ponciano es el carrero al frente de la caravana, cinco cuadras detrás, la vasta tropilla levanta el polvo rodeada por los jóvenes y Francisco, quien recorre constantemente el perímetro dando instrucciones a los novatos, consiente de los peligros que él y Ponciano saben: llegarán. Tanto así, que le prohibió a su propio hijo, allá en la estancia, el privilegio de acompañarlos.

Desmontó y entró en el casco aquella tarde, enfadado:

—Cuatro niños blancos y el indiecito Vaimaca, es todo lo que queda en el pueblo

—Se lo dije señor Artigas, ya imagino quienes son, los tres hijos de terratenientes: Rivera, Oribe, Lavalleja… y el monaguillo franciscano. Mi hijo Ansina también nos puede acompañar.

—Padre, yo también puedo ayudar

—No Gervasio, tú con trece años eres el menor, te quedarás en casa

—Pero padre…

—Hazle caso a tu padre José Gervasio, él sabe lo que hace

—Ya está decidido; Ponsiano, ve a preparar la carreta: marchamos con el sol

***        ***        ***

Se acerca el medio día y Lavalleja frunce el ceño al levantar su vista al cielo, celeste; para ver a esa enorme ave, negra; con sus dos alas desplegadas y estáticas. Tres plumas abiertas rematan cada una… y se inclina un poco, comenzando a describir un gran círculo allá en lo alto.

—Mirá tarta —y la señaló con su dedo

—Es… es un cu… un cuervo —explicó Oribe a su mejor amigo, el único capaz de llamarle así.

Del otro lado, a la izquierda de la vasta tropilla de ganado, iban juntos Vaimaca y Rivera en silencio; cuando el caballo de Rivera se clavó. Comenzó a bufar pisoteando el suelo y entonces ambos, miraron al piso mientras la araña, levanta sus patas delanteras y con ellas todo su torso, para mostrar en advertencia el rojo intenso de su pecho, que contrasta con lo negro de esta tarántula que parada sobre sus traseras, abre ahora sus dos colmillos blancos que parecen húmedos… y no falta imaginación para verlos gotear veneno. Es más grande que la palma de un hombre abierta. Rivera alienta a su caballo a matar, a que pise a la araña pero Vaimaca, le manotea la rienda:

—No… no es necesario

Y quedaron mirándose fijo a los ojos, ambos mantuvieron la mirada sin ceder y entonces… todo pasó muy rápido. El monaguillo que venía más atrás, con una pluma en su derecha mientras se las ingeniaba para sostener el tintero con su izquierda al tiempo de mantener apoyado ese grueso libro a lomos del caballo; hizo un buen relato de lo ocurrido:

Un pájaro color negro azabache, gigante, cayó en picada como enviado por el señor, sobre el animal peludo y posando sus dos patas en el suelo, lo tomó de inmediato con el pico para impulsarse de nuevo en un solo movimiento; dos, tres aletazos y ya estaba alto, y siguió aleteando rumbo a las sierras, aquellas que están allá, sobre mi horizonte izquierdo.

—Te lo dije… no era necesario —y le suelta la rienda

Rivera no le respondió… (¡Indio de mierda!). Mucho más atrás, cerrando la tropilla de ganado Ansina le ceba mate al viejo Francisco, sin enterarse de nada. Mientras Ponsiano, allá en el extremo delantero, al frente de todo avanza sentado en la banca de su carreta, con las riendas atadas a un lado y practicando bajito un candombe en su tambor de repique, golpeteándolo, con su dedo índice y mayor va llevando la caravana hacia delante, a su ritmo, durante todo el largo… Y caluroso día sin parar, hasta ver el sol delante suyo, en línea recta con su frente y todo teñido de rojo sobre verde pradera; con un monte a su derecha.

***        ***        ***

Sin luna, un fuego; están todos durmiendo dentro del círculo de luz. A su alrededor el vacío y arriba las estrellas. Grillos.

—¡Vamos muchachos… Vamos…, marchamos con el sol!

Aplaude y grita Francisco, con voz fuerte y clara despertando hasta a los caballos; uno relincha.

—¿Cuál sol?, yo sólo veo estrellas —bajito le dice Lavalleja a Oribe, al oído, y mientras se sacudían el rocío del poncho Ponciano ya tenía pronto el mate, Rivera seguía durmiendo y Ansina comienza a sacudirlo; Vaimaca de torso desnudo siempre estuvo sobre su caballo:

—¿Dormiste así? —le preguntó el monaguillo que ahora se despereza. Y Francisco para de aplaudir.

Leche fresca para los gurises, mate para los adultos, galleta y membrillo para todos… y al amanecer estaban marchando.

***        ***        ***

Ya amaneció, y vos estás en los fondos de tu rancho juntando adobe a orillas del río; cuando la perrada comienza a ladrar. Entonces los ves venir, a esos dos bultos oscuros, a lo lejos y con el sol brillando a sus espaldas. Llevas tu mano a la frente y uno se va pareciendo a carreta, el otro, a un jinete. Un jinete que acelera, un jinete a todo galope, un jinete de torso desnudo y entre su pelo largo, ya puedes ver su rostro, sus ojos, y es un indio quien pasa raudo junto a ti y sigue, para frenar bruscamente, cuando las pesuñas del animal tocaron el agua negra, de un río de igual nombre y negro también, el carrero que más calmado arriba, frena a tu lado, y te saluda:

—Buenas…

—Buenas

—Dígame paisano… ¿cómo está el cruce por acá?

—Este es un cruce largo, cien cuadras o más, llano en su mayoría pero no se engañe negro, que en el medio se pone bravo

—Se agradece, cruzaremos por acá —te dijo mientras descendiendo de su carreta, puso una alpargata en el fangoso suelo y se dirige ahora a pie, al borde del río donde Vaimaca, parado sobre su caballo observa: a una orilla arbolada lejos… al otro lado de ese oscuro y silencioso río, quebrado de golpe por el chapoteo de la cola de un Surubí, que entre los juncos de al lado se aleja nervioso ante la llegada de Ponciano, quien se paró junto al indio con un puñado de fango en la mano:

—Ayúdame con las ruedas, ataremos las de repuesto con tientos de cuero mojado firmemente a las delanteras

 

Y hecho esto comenzaron a cruzar, primero el indio a caballo; veinte metros detrás la pesada carreta. Tú los observas un momento, como se van alejando, y vuelves a tu tarea de palear adobe a la carretilla pensando ya en terminar de una ves ese costado del rancho; cuando sientes vibrar el suelo. Le das la vuelta al rancho y dos jovencitos montados al frente de una vasta tropilla de ganado… cuyo final se pierde en la vista… Allá a las cansadas adivinas a un tercer jinete, mientras los dos primeros comienzan a cruzar el río así sin más. Son Oribe y el monaguillo franciscano:

—Allá al al fre… frente está la carreta, va… vamos

Y juntos aceleran el paso por el agua mientras que el ganado, se apelotona en la orilla a beber, más y más siguen acumulándose y con ellos, otros tres jinetes jóvenes: Ansina, Lavalleja y Rivera, muchas más vacas, y Francisco:

—Buenas paisano —te saluda alzando su mano izquierda y desmonta.

 

La dupla de Orive y el monaguillo, continúa intentando darle alcance, a ese bulto que se supone carreta ya casi saliendo del otro lado; cuando comienzan a llegar a la parte torrentosa. Con el agua por la montura Oribe comienza a titubear como quien nota un peligro; el caballo del monaguillo también. En la orilla, Lavalleja busca rodeando la tropilla a su amigo el tartamudo Oribe —sin saber que Ya estba en el agua— por tierra; mientras Rivera y Ansina se arriman al veterano Francisco, quien te pregunta:

—¿Vio pasar a un negro en carreta… Con un par de muchachos montados?

A todo esto, Ponciano y Vaimaca ya en tierra firme, esperaban al resto del otro lado sin ver, que el monaguillo y el tarta Oribe estaban en problemas.

Con el agua por la montura y en torrente, el caballo del monaguillo, muy nervioso, comenzó a encabritarse y este cayó al agua. Oribe estaba a pocos metros y veía asustado como la corriente arrastraba a su amigo, intentó gritar:

—So… so… co… co… —con los nervios su tartamudez lo dejó casi mudo y comenzó a ponerse colorado de tanto hacer fuerza para poder gritar sin que nada le saliera, mientras el monaguillo era arrastrado río abajo lanzando manotazos inútiles y ya cansado, amenazaba con ahogarse.

Fue Ansina quien agudizando la vista, vio a oribe haciendo señas como un loco y salió sin decir nada a todo galope rumbo al agua. Francisco salió tras él y tú te quedaste allí, con la pala en la mano sin  entender muy bien lo que ocurría mientras Ansina, cabalgaba salpicando agua haciendo la diagonal para alcanzar al monaguillo y cuando sacaba ya de su montura el lazo, el caballo se vio forzado a reducir la marcha. Con el agua ya por el pecho del animal, Ansina sabía, que tendría una sola oportunidad. Francisco en cambio, siguió recto hacia el otro en peligro, el tarta oribe; y tú en la orilla, llevando la mano a la frente lograste ver al negrito Ansina, haciendo girar tres veces el lazo y arrojarlo; lo ató a su montura y comenzó a venir; lo había logrado. Francisco tomó el caballo de oribe de las riendas y lo trajo consigo a tierra.

–¿Por qué no gritaste pidiendo ayuda?

—N… N… no pu… pude

–Maldito tartamudo, tu amigo casi muere por tu culpa

—Pe.. pero yo no… no pu… —y todos lo miraban a él

—Tartamudo de mierda, eres un cobarde –le seguía gritando furioso el viejo Francisco, el tarta se defendió

—Us… usted es un… un… —y parecía que iba a explotar como un globo hinchado

—¿Un qué, tartamudo de cobarde?, vos no tenés coraje…

—Usted… usted es un desgraciado de mierda hijo de mil putas —entonces francisco se dio media vuelta y se fue.

—Usted es un desgraciado de mierda hijo de mil putas… lo dije… lo dije… usted es un desgraciado de mierda hijo de mil putas —el primero en tocarle la cabeza en señal de aprobación fue Lavalleja.

Una vez recuperado el monaguillo del susto, todos juntos cruzaron el río y vos, volviste a tu tarea de palear adobe a la carretilla.

***   ***   ***

Comienza la tropilla a dejar atrás el río, el canto de sus pájaros ya no se oye, es medio día, y es la chicharra la que suena ahora en el aire estático; mientras ellos siguen avanzando por la pradera abierta bajo el sol.

Francisco sabe que kilómetros delante se encuentra el paso entre las sierras, (allí hay un puesto de soldados), y espuela a su caballo. Cruza en quince minutos de galope toda la tropilla de ganado hasta llegar al frente, y desde allí ve a Ponsiano, más adelante en su carreta. En el horizonte comienzan a recortarse las sierras. Francisco, ya no al galope si no trotando, arrea dos novillos gordos con el, llegando donde el negro y su carreta.

—Iré hasta las sierras, te dejo estos dos novillos

—¿Son para el peaje?

—Para el peaje, sí —y espuela de nuevo.

Al galope va, francisco meta espuela, sujetándose la boina, y ve a lo lejos, allá en la sierra, figura humana; tira de la rienda y para el galope. Observa. Allá en lo alto hay un gaucho montado: boina roja, poncho azul, caballo blanco. El gaucho desde allá arriba, podía ver no sólo a Francisco, sino a toda la caravana que se aproximaba. También a los soldados que tenían su puesto abajo, en el medio del paso, cortándolo en dos; y se quedó allí observando; hasta que la tropilla de ganado comenzó a apiñarse en el cuello de botella de las sierras.

Los mayores: el negro Ponciano y francisco, el indiecito Vaimaca y Rivera, entran al paso con los dos novillos al frente, detrás, las quinientas cabezas de ganado y al final: Oribe, Lavalleja, el negrito Ansina y el monaguillo franciscano cierran el convoy.

Al verlos venir, dos soldados de la corona se paran en el camino frenando su avance. A ambos lados del paso había más; una veintena de uniformados en total.

–¿A dónde se dirigen?

—Vamos al puerto de Montevideo, a embarcar este ganado. Aquí les traje dos novillos para ustedes —y le hace señas a Vaimaca para que entregue la paga, pero este, se rehúsa.

—Ni el camino ni la tierra tienen dueño, no tenemos que pagar para pasar por aquí

—Perdonen al indio —interrumpe Rivera acercándoles los novillos— es un salvaje que no reconoce autoridad

—Pues que se cuide… aunque parece que ustedes no están con los rebeldes —y le hace la seña a sus compañeros para que los dejen pasar.

El gaucho de boina roja, poncho azul y caballo blanco que todo lo observaba desde lo alto, echó a andar la montura para seguir su camino, bajando las sierras por el otro lado.

Finalmente toda la tropilla cruzó el paso, y continuaron marchando hasta la caída del sol.

***        ***        ***

Vaimáca se despierta de pronto, alterado sin saber bien por qué, (¿Un sonido…?, tal vez), observa el fuego casi extinto y a todos durmiendo. El ganado algo nervioso es lo único que rompe la oscura calma de la noche, pisoteando… Bufando… Se amontonan en un gran círculo que se estrecha. (¿Depredadores…?), observa a los caballos más cerca a su derecha, y estos están tranquilos; decide levantarse y en silencio camina rumbo al ganado. Ve a un novillo pararse sobre sus patas y dar un brinco, allá, por el medio de un denso círculo asfixiante que se estrecha, pisotean… Bufan… Y fue Rivera, quien notando ahora el movimiento, abrió un sólo ojo, lo suficiente para ver las espaldas de Vaimaca perdiéndose en lo oscuro rumbo a la masa de nervios. Se levantó y dio un rodeo. Un gruñido… Un gruñido es lo que escucha Vaimaca ya junto al ganado y se agacha, observa, distingue entre las muchas patas un bulto mediano que se mueve esquivando, eludiendo pisotones en el centro, (¿Un perro cimarrón?); chilla cuando una pezuña le raspa el lomo y allí lo reconoce: no es un depredador solitario, es uno de los canes que los acompañan (¿Retobao…?, sí, es el Retobao), Vaimaca lo llama silbando entre dientes y golpeteando con su palma en el suelo; el Retobado escucha y procura dirigirse hacia allí pero el ruido, inquieta aún más al ganado que se comprime y pisotea cercando al perro que no puede pasar, no encuentra espacios y Rivera, ya del otro lado de la gran masa mortal, observa, recoge cuatro o cinco piedras, espera. Vaimaca comprendió rápidamente: (Debo calmar a los animales), y respirando pausado, comienza a palmear a los de afuera: —So… So… —repite con voz calma intentando adentrarse y los palmea—: Tranquilos… Tranquilos… —con voz armónica avanza tocando cuartos traseros, lomos, cabezas, cuernos y por fin; se agacha para tomar al Retobado. Al ver esto, Rivera lanza las cinco piedras una tras otra al lugar donde estaba agachado Vaimaca y el ganado, asustado, empuja y pecha al indio que cae, lo pisan, grita, Rivera pronto recogió otra piedra y la lanzó; no llegó a estampida porque no salió del centro pero Vaimaca, seguía gritando; el perro ladra; varios novillos saltan en el lugar y todos despiertan, corren hasta allí y Vaimaca, ya no grita… Gime. Ansina comienza a calmar a los animales, Francisco ordena a los jóvenes traer a los caballos y Rivera se les une. Calmados ya los animales los mueven de allí, y aparece el cuerpo del indio sin vida, con unos pocos huesos sanos; el Retobado corre directo a los brazos de Rivera.

***     ***     ***

Comienza a llover sobre el final de la noche. Ansina y Ponsiano pico y pala, abren una fosa en la tierra mojada. Truena, cuando el cuerpo de Vaimaca es puesto en ella y un relámpago los ilumina a todos, parados junto a la fosa bajo el chaparrón. Nadie dice una palabra. Sólo el monaguillo se atreve abriendo su Biblia, a pararse a los pies de la tumba y recitar un salmo: “Hay un tiempo para cada cosa, hay un tiempo para sembrar y otro para cosechar; uno para vivir y uno para morir; otro para destruir, y otro para construir”. Luego terminaron de cubrirlo y finalmente, se detiene la lluvia y comenzó a clarear.

—Vamos muchachos… Marchamos con el sol —repitió Francisco Artigas montando su caballo mientras su hijo, allá en la estancia los albores, se despierta alertado por los perros. A medio vestir se levanta José Gervasio y observa tras la portera, a un extraño gaucho montado: boina roja, poncho azul, caballo blanco.

—Buenos días mozo… ¿es usted el dueño de estas tierras?

—¿Qué se le ofrece?

—Agua para mí, y comida para mi caballo; puedo pagar por la ración

—Deje al animal en el establo y venga usted al casco, allí hay mate y galleta para desayunar

Ya en el casco junto al fogón, el gaucho sin nombre comenzó a narrarle a José, su travesía desde la plaza fuerte de Montevideo hasta aquí.

—Recuerdo cuando crucé el paso por las sierras, perdí un día entero para subirlas pero valió la pena: cuando estaba en la cima, vi a un grupo de adolescentes cruzando con ganado por el paso, obligado tuvieron que pagar peaje a los soldados

—Esos jóvenes, había un negro y un indio con ellos

—Sí, recuerdo que el indio no quiso pagar

José Gervasio se levantó y encamino sus pasos rápidos al establo, ensilló su mejor caballo y salió de allí a todo galope, dejando al extraño con el mate en la mano y una galleta a medio masticar en la boca.

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