El tren. Autor: Daniel Campodónico

Recién, el tren, echó a andar, sonando fuerte su silbato, y poco a poco soltando humo, fue acelerando su trajinar mientras la gente, toda sentada con las ventanas abiertas al día de verano —cortinas verdes flotando al viento sobre cabezas negras que sobresalen a los asientos— iban escuchando esa música clásica que sale por los parlantes hasta que un niño rompió a llorar, quebrando la monotonía de aquella música funcional que dormitaba en el aire cálido y yo mirando por la ventanilla para afuera, me puse a contar uno dos tres cuatro cinco los segundos que transcurren uno dos tres cuatro entre columna y uno dos tres columna que pasan uno dos cada vez más rápido uno…

Aburrido, viendo el sopor en el que estaban todos en ese vagón, decidí levantarme y avancé por el pasillo, abrí la puerta y me quedé parado un momento entre ambos vagones; escuchando el Tracatrác – Tracatrác – Tracatrác, mirando pasar los durmientes bajo mis pies. Luego di un paso largo para llegar a la barandilla del vagón de enfrente, abrí la puerta y entré. Cerré la puerta a mis espaldas y en seguida me invadió un olor… cuando se me aproximó un individuo de voz ronca:
-Que mal vestido que estás, pero mirá ese desastre de pantalón, y los zapatos, ni siquiera están limpios; (¡qué hijo de puta, que buena camisa tiene!); y ese pelo, todo revuelto… podrías peinarte al menos; (súper moderno el corte, ¿dónde se lo habrá hecho?). Luego de mirarlo de arriba abajo, avancé por el pasillo y ese olor… ¿a qué es?, entonces una vieja con voz de pito, bien chillona, se me paró enfrente:
-¡Ay esas canas!, y ya le está saliendo a usted barriga; (pero que hombre tan joven); y las bolsas en los ojos… tiene usted unas ojeras de viejo; (como quisiera yo tener veinte años menos); ¿por qué no se hace un lifeting?
La aparté de en medio con mi mano y seguí avanzando por el vagón… mmmm… ya sé, olorcito a envidia ¡qué rico!, y abrí la puerta. Tracatrác – Tracatrác – Tracatrác, di un paso largo y pasé al siguiente vagón.

Al entrar, fue lo primero que vi: tu pelo, tu pelo negro y brillante flotando al viento que entraba por esa ventanilla abierta al sol; y no lo pude evitar,  me senté a tu lado. Conversamos. Reímos. Nos besamos. Allí fue cuando entré en un sueño, un sueño del que luego desperté:
-Lo siento, pero debes irte ahora, debes continuar…
Y te pusiste de pie a mi lado extendiendo tu mano hacia mí, la tome, y poniéndome yo también de pie, caminamos juntos por el pasillo del tren hasta el final. Y allí sonó, entre tú y yo la puerta cuando se cerró.
Tracatrác – Tracatrác – Tracatrác, me quedé allí un rato, observando los durmientes pasar bajo mis pies, Tracatrác – Tracatrác – Tracatrác; y de un pequeño salto pasé al siguiente vagón.

Allí un tipo se me arrimó, para cortarme el paso poniendo la palma de su mano en mi pecho, y señalando con su dedo a otro, me explica:
-Ese hijo de puta, habría que matarlo… no sirve para nada y hace puras cagadas no más –y lo miraba con rabia, parecía que se lo quería comer. Por las dudas me aparte de él y seguí avanzando cuando el otro individuo, se me paró enfrente y con voz firme me dijo:
-Es un mentiroso de mierda, un manipulador desgraciado que le echa la culpa siempre a los demás, habría que matarlo mirá… -y este tipo me pareció tan envenenado como el primero, no sea cosa que me contagie seguí avanzando cuando un tercero:
-Estos pelotudos… ninguno sirve para nada, como me gustaría… -y yo salí corriendo, porque ya vi que en cualquier momento, igual se la iban a agarrar con migo y apurado como iba abrí la puerta y Tracatrác – tracatrác – tracatrác. Estire mi paso, me paré en el vagón de enfrente y ya desde antes de entrar, noté que el pequeño vidrio de la puerta estaba todo empañado. Abrí y jadeos, suspiros, ruido de copas y vapor en el aire; un tumulto de cuerpos desnudos me impide el paso. Piernas, pechos, espaldas… y  caderas y labios y manos y todo mezclado se me hacía casi imposible avanzar pero… de a poco, me fui metiendo de costado en aquel entrevero de cuerpos sudados, con sus manos que sostenían copas de vino tinto, olvidadas ya por esas bocas que estaban en otra cosa mientras yo, seguía tratando de pasar y ya casi, ya casi llego al otro lado cuando alguien, con su mano cálida me toma por el tobillo; sacudí mi pierna y seguí. Abrí la puerta, Tracatrác – Tracatrác – Tracatrác, y respiré pasándome la mano por la frente; al abrir los ojos de nuevo, observé que no había próximo vagón, pues estaba ya la locomotora adelante de mí, y me pareció además, que el tren, iba perdiendo velocidad poco a poco y, cada vez más lento, se fue deteniendo, hasta, quedar inmóvil; por completo. -¡Destino…! –Gritó el maquinista de capucha.

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