Un viaje sorpresa. Autor: Mireya Betancort

Mauricio vivió siempre en la ciudad.

La mayor ilusión de su vida era conocer  el campo pero nunca había tenido la oportunidad de hacerlo.

Desde pequeño le gustaba escuchar las historias que sus tíos contaban sobre la manera en que vivían; levantarse  de madrugada a ordeñar, amansar un caballo, curar los animales, esquilar, picar leña, arar, plantar maíz, cosechar, recorrer los campos con viento, con frío o con sol, eran tareas que le atraían. Le encantaban las comidas que ellos preparaban; suculentos guisos  camperos con abundante carne de oveja o de cerdo, chorizos caseros, zapallo, boniato y choclos recién cosechados, acompañados con un exquisito pan casero recién sacado del horno, eran sabores que ahora, solo estaban en su memoria.

A Mauricio le gustaba escuchar canciones folklóricas, leer cuentos gauchescos   o mirar alguna película que  tuviera como personajes  o trama central la vida del campo, de esa manera  sentía más cercana  la idea de cumplir su sueño.

Aunque, al igual que su perdido amor de juventud, cada vez le parecía más imposible.  Sus tíos ya habían vendido sus propiedades y se habían venido a vivir al pueblo, entre sus amigos no había ninguno que se sintiera atraído por el campo y mucho menos que viviera en él.

Aquella mañana se había levantado temprano como todos los días y luego de aprontar un mate amargo, prendió la “Radio rural”, para oír las noticias, cuando escuchó una  que cambiaría su destino:  En el paraje EL Chalchal acababa de instalarse un nuevo emprendimiento, era una estancia turística y estaban necesitando personal  para atender el comedor.

Él había hecho, hace tiempo, un curso de Turismo Rural que incluía un módulo de gastronomía. No lo pensó dos veces. Fue corriendo a buscar papel y lápiz y cuando repitieron  el pedido tomó nota de todos los detalles.

Sin decírselo a nadie, tomó su “Currículum” que hace tiempo dormía en un cajón, preparó un bolso con la ropa imprescindible, puso en su billetera el documento de identidad y algo de dinero y se fue a la Terminal de ómnibus  embarcándose en el primero que salía con rumbo a aquel lejano paraje. El corazón parecía salírsele por la boca de la gran emoción que sentía ¿sería que finalmente podría conocer el campo? Y aún más ¿sería que podría quedarse a trabajar allí?

Eran casi cinco horas de viaje, tenía para rato. Se acomodó en el asiento, que afortunadamente estaba sobre la ventanilla y se dispuso a disfrutar del paisaje.

Ante su vista comenzaron a desfilar todas las imágenes que tantas veces había esperado: sobre las verdes colinas  se veían pastando ovejas con sus corderitos recién nacidos, más allá las vacas, algunas negras, otras coloradas  y un lote muy grande  con sus terneritos, con seguridad era algún tambo porque eran holandesas, de color blanco y negro. Un gaucho en su pingo sacudía su poncho arriando una tropilla con caballos de distinto pelo, ¡un zaino, un bayo, una yegua tubiana con potranco!-se alegraba de poder reconocerlos por su color.

Por allá se divisaba una casita entre los árboles, con su chimenea humeante, seña de que allí  se estaba preparando algo rico. Más cerca un corral y un embarcadero. Un monte de eucaliptos y a su sombra descansando otro grupo de animales. Aquí un paisano en un tractor terminando de sembrar la tierra

A lo lejos se veían los cerros de matiz azulado. Al pasar un puente pudo sentir la frescura del agua del arroyo que se deslizaba sin pausa allá en el fondo y  abriendo la ventanilla  aspiró el suave olor a madreselvas que subía del monte. Así todos sus sentidos se iban llenando de aquello que por tanto tiempo había anhelado.

Mientras las horas transcurrían el sol iba descendiendo hacia el horizonte y todo comenzó a teñirse de diversos colores entremezclados, primero amarillo, luego violeta, anaranjado y finalmente rosado.

Cuando llegó a  destino ya era de noche, no sabía si llegar o esperar hasta el otro día para presentarse, pero ¿cómo podría hacer? , en el apuro y ante la emoción del viaje, había olvidado llamar por teléfono para saber si podían recibirlo.

Estaba en medio del campo como él siempre lo había querido, no tenía otro lugar a donde ir,  así que avanzó por el sendero; al intentar abrir la portera dos perros furiosos lo hicieron detener en seco. Nuevamente el corazón parecía salírsele por la boca, ¡pero esta vez de susto!

La casa se iluminó. Una voz a lo lejos llamó a los perros y estos se tranquilizaron, entonces pudo entrar.

Y ¡oh!, ¡cuán enorme fue su sorpresa!

¡Quien salió a recibirlo  era su ex novia, compañera del curso de Turismo Rural, a la que nunca había podido olvidar!

Ella muda de asombro se arrojó a sus brazos mientras susurraba en forma entrecortada, entre risas y llanto:

-¡Eres lo más hermoso que me ha pasado en este apartado lugar del mundo!

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