Un viaje de perros. Autor: Javier Rodríguez

El viaje comenzó al acostarme. De pronto vi siluetas poco definidas, sin apenas matices. El tacto se me había almohadillado, lo que supuso un retraso sensitivo, pero se compensó con una dilatada capacidad de audición y, especialmente, por la expansión del olfato. Pude escuchar un caracol cercano arrastrándose, lo que me produjo el efecto de un puñado de gravilla instalada en mis muelas que iba masticando intermitentemente. Pero sobre todo fue el olor, como digo, porque percibí la humedad de las hormigas bajo la tierra y el verde, que tiene olor, de los matorrales.

Me había convertido en perro, me dio igual la raza, aunque creo que pequeño, de esos con el corto, el morro alargado y generalmente marrones, de los de patada vamos, y, aunque solo conseguí destacar una silueta roja porque era mi compañera, se me mostró claramente el augurio de una aventura. El olor era excitante, prometía acción y sabía con seguridad que emanaba de aquel monasterio. Superé el recorrido del caracol, comprobé que las hormigas continuaban trabajando bajo la tierra y confirmé que sin duda se había desarrollado un sexto sentido en la frente, creo que el de la curiosidad, así que seguí el camino.

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