Miscelánea. Autor: Edap

Teodoro se alejó del muelle siguiendo la línea de la costa, y atracó el barco cerca de una cala a la que solo se podía acceder por el mar.

-Es toda vuestra – pronunció mirándonos fijamente, señalando la blanca arena.

De barba rala y aspecto bonachón, dejó el timón plegando las velas.

-Resultaría de agravio que ni siquiera bajaseis del barco. Los buenos días son ocasionales, y estamos en época de bonanzas. El sol no quema como en España – viró su cabeza hacia la derecha a la vez que llamaba a su mujer -. Jane, ven por favor. Nuestros invitados se han quedado mudos.

Jane afable, subió a la cubierta con un gorro de paja, parecido a una Pamela, adornado con dos grandes flores vistosas de vivos colores. El cuerpo le cubría un pareo conjuntado, junto a unas zapatillas de un verde intenso, mientras nos miraba a través de unas oscuras gafas de sol.

-¿Qué os parece mi mujer? – sonrió Teodoro -. Está bellísima. En pocas ocasiones se viste de esta forma, solo cuando vamos a España le gusta estar despampanante – dijo enorgullecido. Jane se contorneaba grácil, sin ningún pudor, haciendo que sus curvas subieran y bajaran con cada uno de sus pasos -. El sol se va a marchar y no vamos a poder disfrutar de este cálido día.

– El agua os espera. Sed valientes. ¡Venga! – susurró Teodoro tirando el ancla.

Ellos sonreían. Lo hacían siempre. Él nos guiñó el ojo. Ella derramaba toda su belleza.

Jane se mostraba feliz y complacida. Teodoro se acercó a su vera, cogiéndola de la mano le acompañó hasta la escalera que había desplegada.

En el mar en calma destellaban los rayos del sol.

Jane se acercó a la escalera colgante y comenzó a bajarla. Al tocar con sus pies en el agua la piel se le erizó, y sin reparo se dejó caer, salpicándonos. Complacida se le escapó un grito entre la comisura de sus labios carnosos, saliendo despedido el gorro y el pareo, que flotaron durante unos instantes en el manso mar.

-Teodoro, cariño, ¡venga! – animó a su marido e hizo un gesto con la mano para que nos tirásemos.

-Ahora vamos, no se preocupe. El agua, seguro está muy fría – dijo mi mujer indecisa. Nunca había soportado el agua a menos de veinte grados. Y esta prometía.

-O bajáis o subo y os tiro. Está buenísima. La playa está a escasos metros. Después podemos tomar el sol. ¡Venid! – nos volvió a indicar a la vez que Teodoro se tiraba desde la proa al mar, gritando a pleno pulmón – venga, ¡venid!.

Y sin pensarlo más veces, antes que Teodoro se reuniera con su mujer, nos tiramos de cabeza. El eco de su voz pudimos escucharlo durante unos segundos, tiempo suficiente para que Jane lo volviera a llamar y comenzaran a jugar cual niños.

-Lucía, ven. Mira los pececitos como se pasean cerca de mis pies. Está lleno. Esto es el paraíso. Hay una Miscelánea. Dorados, plateados. ¡Qué ricura!.

El azul del cielo se mimetizaba con el oscuro mar, en una simbiosis perfecta, que se abría hacía los acantilados. Perfectas rocas esculpidas que se elevaban varios metros por encima del mar, mostrándonos la magnificencia de una naturaleza apabullante, llena de vida.

-Esa cascada es bellísima – le señalé -. Tenéis una tierra espléndida, mágica y llena de encanto.

-Esto es el cielo. No dudes que el cielo existe, y lo estamos pisando ahora mismo – pronunció Teodoro sonriente -. Esto es Asgard. Odín lo sabe bien.

Jane movió la cabeza de adelante hacia atrás en una profunda y estruendosa carcajada que nos contagió.

Al llegar a la orilla, tumbados, comprobamos que realmente estábamos en el día perfecto he indicado.

A las dos horas partimos de nuevo rumbo al puerto. Jane, distendida no paró de explicarnos parte de su vida, condensada en una charla que se mantuvo hasta bien entrada la madrugada.

-Teodoro me enamoró por su sencillez. Yo era bien niña. Mi padre nunca dio la aprobación de este encuentro. Ellos nunca vieron bien tanta diferencia de edad. Pero el amor cuando nace, ya se sabe. Viene y ya está. No se puede hacer otra cosa – explicaba a la vez que calentaba un poco de agua para tomar una infusión y entrar en calor -. En España se vive muy bien. Tenéis sol – nos dijo al vernos acurrucados, el uno junto al otro -. Y sois muy pasionales – sonrió -. Pero, como os decía: no es fácil esto del amor.

Mi mujer se levantó acercándose al fuego y extendió las manos. Con el frío calado hasta los huesos se dirigió hacía la maleta y sacó el jersey de lana. Jane la miró asombrada.

– Hace calor, mujer. Estamos en verano – se frotó los brazos -. Sois encantadores. Si queréis podéis mirar a través del cristal – señaló – podréis ver miles de estrellas.

Una atmósfera asombrosa hizo que asomáramos la cabeza por los ojos de buey. Nunca antes habíamos visto el cielo tan estrellado. Acostumbrados a ver las estrellas más intensas, el cielo nos parecía un enorme mosaico que había renacido ante nuestros ojos. No sabíamos dónde mirar.

-En latitudes más al norte el sol no llega a ponerse. Roza el horizonte y vuelve a elevarse, iniciándose un nuevo día – explicó Jane.

-¿Qué locura? – dijo Lucía.

-Es cuestión de acostumbrarse – sonrió Jane.

Teodoro que estaba al tanto de todo nos avisó que vislumbraba el puerto. El haz de luz del faro estaba aproximadamente a una milla. Nos tomamos la infusión.

-Mañana iremos al mesón de Karson. Un viejo amigo de Teodoro. Os encantará – afirmó con autoridad -. Es espectacular. Un muy buen hombre. Alguien en quien podéis confiar.

-¿También es de la familia? – pregunté.

-¡No! – exclamó Teodoro -. Tú y yo somos los únicos que aquí tenemos parentesco. Y ya ves. Si miramos el árbol genealógico, nos separan algunas generaciones -. Jane cogió el timón, acercándose Teodoro para darme un abrazo -. ¡Un saludo Vikingo! – soltó con profunda voz – no hay nada como tener la misma sangre – sonrió.

La apacible quietud del mar nos acompañó hasta la llegada al puerto.

Habíamos comenzado a caminar por el camino polvoriento que nos llevaría a la taberna de Karson, cuando mi mujer vio cruzar por la carretera un cervatillo. Los frondosos bosques llegaban hasta la orilla del mar. Un manto verde se extendía más allá del horizonte.

-Es precioso – dijo mi mujer.

Teodoro sonrió. No dejaba de hacerlo. Desde que habíamos llegado no paraba de mostrarnos su parte más afable. En su caminar daba pequeños saltitos que amortiguaba cada vez que su mujer le estiraba de la mano hacía abajo. Sin embargo, no se sentía cohibido. Su espíritu juvenil solía salirle casi siempre.

-¿Y esos ojos? – miró Jane a Lucía.

-Herencia de mi padre. Son de Castilla, Manchegos. Donde se escribió el Quijote.

-¿Qué me dices? Cervantes es uno de mis preferidos.

La conversación sobre el Quijote acabó llena de palabras vikingas. A falta de dinero para poder construirse un drakkar Teodoro optó por comprarse la embarcación donde navegábamos, oferta que no pudo rechazar. Le llevó cuatro años reconstruirlo añadiéndole algunos vestigios vikingos.

-Tener el barco me dio la oportunidad de volar libre. Mi primera visita fueron las islas de Lofoten. Después conquisté a Jane. Las mujeres no se resisten a un buen capitán.

Jane le dio con el codo a la altura de la cintura.

-Y cuidado – se dirigió a mí – son muy vengativas.

Teodoro sonrió y prosiguió contándonos el porqué de su venida a estas tierras en el extremo sur de Noruega. Un país lleno de lagos, ríos, bosques, cascadas, tierras abruptas, en una mezcla mágica.

-Cuando acabé la carrera de medicina no tuve más remedio. Me marché a trabajar a Copenhague. Y desde allí, visité varias veces Oslo. En pocos meses me mudé. Trabajé como médico y conocí a Jane. Me cambió la vida.

El fulgor en sus ojos le hizo emocionarse. Jane no dejó de custodiarlo, cogida de la mano, con unos andares algo desgarbados, se sintió complacida.

Fue así como su coquetería se acentuó. De vez en cuando se giraba para sonreírnos saludando. Apenas mostraba sus dientes desordenados, bajo esa tez blanquecina, carente de pigmentación que le diera un tono más saludable.

-Octavio. ¿Por qué decidisteis venir? – preguntó Teodoro.

-La vejez de mi padre me enseñó lo importante que es conocer y tener experiencias. Fue la premisa durante muchos años. Al principio dudé de sus palabras. Con el tiempo, he aprendido algo. Aunque siempre queda por aprender. Mi padre tenía su sabiduría, y años de experiencia.

-Un hombre muy sabio.

La luz en la conversación acabó por llenar los huecos vacíos que durante años había tenido alrededor de la figura de mi padre. Un dolor que se intensificó por su ausencia, y que no fui capaz de retomar.

-Hoy, vas a experimentar lo bueno – sonrió Teodoro.

-Tengo hambre – bostezó Lucía. Extremadamente delgada sus ansias por comer no le provocaban exceso de peso.

Jane que no dejaba de custodiar a Teodoro alzó los brazos soltando un grito agudo que acabó sonando estridente.

Jane se tocaba de vez en cuando el pelo. Y atusaba el poco de Teodoro. El camino se hizo largo, demasiado largo. No podía con mis pies. Después del trayecto entre poblaciones acabamos en la entrada de una villa, que apenas tenía siete casas, atravesada por una vía asfaltada en la que no vimos ningún coche circular.

-Ahí está. ¿Qué os parece? – dijo Teodoro señalando con el dedo meñique.

-¡Al fin! – me senté en el suelo quitándome el calzado.

Jane sonrió. Extendiéndome la mano me ayudó a levantarme. Caminé descalzo hasta la puerta. El silencio del bosque acabó empapando nuestra alma.

Karson nos recibió con honores.

Una gran puerta de madera, muy similar a los portones de los  castillos, réplica de muchas puertas de la meseta castellana, la había adornado con guirnaldas y flores frescas. Jane llamó la atención de mi mujer y se aproximaron a olerlas.  Lucía cogió una diminuta rosa que colgaba de uno de los recipientes y buscó el mejor lugar en el cabello de Jane. Jane no paraba de sonreír ofreciéndose en todo momento, hasta que Teodoro la piropeó.

Karson salió al vernos tras los cristales. Nos hizo pasar adentro. Tras el par de puertas acristaladas color caoba se abría un auténtico museo casero, rústico, acogedor. Todo de madera. Hasta los vasos. Un culto exquisito que nos acabó explicando. Sus antepasados Vikingos aun le fluían por las venas.

De largo mostacho, canoso y ojos glaucos no dejó de sonreír. Karson, parecía cortado con el mismo patrón que Teodoro y Jane.

-Sentíos como en vuestra casa.

La mesa central estaba rodeada de sillas diferentes, talladas a mano. Los recargolados respaldos eran auténticas obras de arte, representando escenas de la vida vikinga y los dioses protectores.

-Todo esto son obras de arte. Tienes un museo. Deberías pensar en abrir puertas al mundo – dijo mi mujer.

-Lo he pensado muchas veces por los comentarios que me han hecho Jane y Teodoro, pero pensándolo bien, que te voy a decir, prefiero la tranquilidad – sonrió mostrando unos labios tirantes.

Al fondo fotografías de la familia estaban expuestas cronológicamente, bajo las cuales había un largo y cómodo sofá que ocupaba unos cuatro metros. A la derecha, una puertecilla acababa dando a una cocina, en la que no había ningún armario superior.

Los platos encima de la mesa no habían dejado hueco ni siquiera para poder dejar el tenedor. Karson era así. Le gustaba la abundancia. Le encantaban las visitas.

-Provad esto – señaló un plato con decoración de ramilletes verdosos en el que había cortado finas lonchas de jamón -. No vais a probar nada igual – sonrió distendido.

-En España hay mejores – dijo Teodoro.

El hambre nos apretaba. Pasamos a la acción. El salmón estaba perfecto. El Rommegrot me costó tragarlo. El cordero en todas sus variedades, Pinnekjott, Farikal … y las Reker exquisitas. Un muy buen cocinero.

La noche corrió. Una parte del pasado se vaporizó, fusionándose entre nosotros. Otra experiencia que nos llevó a sentirnos, parte de su vida, de un origen común. Una Miscelánea de palabras fluyó entablando el principio de una buena amistad.

El sol había descendido de su cenit dejando paso al principio del ocaso. Dos niños de mediana edad, sobre unos catorce años, rubios, de ojos azules, vestidos con ropas elegantes, caminaban felices hacía el puente que dividía el pequeño pueblo.

Jane por ese entonces hacía más de dos horas que se había levantado, y dedicado las primeras horas de la mañana a leer el viejo libro que tenía guardado en la octava estantería de la biblioteca a mano derecha. Tres mil libros llenaban los estantes, ordenados por temáticas y colores. Una pulcra del orden.

Teodoro más Mediterráneo se levantó frunciendo el ceño, al ver que el día iba camino de apagarse.

-Hoy podemos ir a ver al viejo Murguel. Ese canalla.

Jane levantó la cabeza y lo miró fijamente.

Hubo un silencio cortante, junto a una mirada sibilante que deshizo el hielo de los picos más altos, abriendo una brecha que acabó cubierta del silencio más absoluto.

-Es una persona cariño. Murguel, es un viejo hombre de la vida. Un ermitaño apacible, generoso y cabal. ¿Porqué le tienes tanta manía?

Jane arrugo los labios queriendo transmitir un silbido corto y agudo, sin llegar a conseguirlo. Se detuvo un instante a probarlo de nuevo, desestimándolo al cabo de unos minutos.

-De niña siempre tuve el mismo problema – le contestó a Teodoro -, por mucho que quiera juntar los labios y silbar, no hay forma. Me siento ridícula cada vez que insisto, y como ves, fallo.

Teodoro imitó sus gestos. Ella se enervó por un instante, girándose bruscamente, dándole la espalda.

-Estoy esperando tu contestación.

Jane era dura. La sequedad de sus gestos ante una adversidad como la que se le  estaba planteando la dejó agria. Su rostro distendido se transformó en tenso y malhumorado.

-No te rías de mi dificultad. Sabes que no acepto este tipo de cosas. Todos tenemos cosas – vociferó.

-Murguel siempre te respetó. Es un buen hombre – volvió a decir Teodoro más tajante.

El sol resplandecía en toda su intensidad. Algunos rayos caían en la ventana  posándose sobre la mesa.

-Sabes Teodoro, que… – cayó de golpe.

Diez minutos más tarde Jane se sentó en la mesa cabizbaja, pensativa. Sacó de su bolso la cartera y desplegó varias fotografías. Teodoro la observaba desde el otro lado, atento, en silencio. Me miró. Encogida volvió a cerrar sus labios en un acto de enfado. Volvió a mirarme. Esta vez a los ojos. Y sin preámbulos habló hasta que su rostro cambió. Murguel había sido el primer novio que tuvo a la edad de veinte años.

-¿Qué le hizo cambiar de vida? – expresó Lucía asombrada.

Jane le sonrió. Esta vez no fue natural. Se le notaba todavía cierta tirantez. Quería arrancar y se detenía. Finalmente hizo por soltarse.

-Estuvo años encerrado, diciendo que esta forma de vida no la entendía. Se marchó al bosque, a una vieja casa de unos amigos. Me abandonó sin darme demasiadas explicaciones. Siempre dijo que yo era la mujer de su vida. Y ahora, cuando pienso en todo aquello, no soporto sus palabras. Me dolió la forma en la que lo hizo. Siempre lo consideré una persona indeseable. Llegó a conquistarme con su encanto. Acabó defraudándome. Es una persona vacía que va en busca de una esencia que nunca va a tener – dos lágrimas resbalaron cayendo encima de la mesa.

Dos horas más tarde íbamos camino de la cueva Florsten, donde Murguel vivía desde hacía más de veinticinco años.

El camino sin asfaltar estaba en muy buenas condiciones. Grandes árboles se elevaban a cada lado, parecido a un fantástico cuento de hadas, sin carruaje. Nosotros no dejábamos de mirar al frente, esperando en cada curva encontrar un castillo encima de las cimas. Lucía asombrada, miraba en todas direcciones, posando sus ojos en cualquier indicio de vida.

-A la derecha, podréis ver unos pequeños montículos en medio del mar. Esos puntos verdes, son las islas de Lofoten. Están lejanas, pero os aseguro que su belleza son un verdadero paraíso – nos explicó Jane con una sonrisa en los labios –. Queda poco. En breve llegaremos.

Algunos patos habían emprendido el vuelo. Graznidos de cuervos se abrían paso entre el follaje del bosque.

-Vais a conocer a alguien de mi pasado. La juventud lleva a frustraciones, a tener que asimilar, aprender y encauzar ciertas experiencias. Es alguien especial – expulsó todo el aire de sus pulmones, sonando entre sus labios una palabra inentendible que Teodoro nos dijo con posterioridad que era un mantra.

Hora y media más tarde llegamos a la entrada de la cueva, donde Murguel se asomaba para recibirnos.

-Hacía días que os esperaba. Sabía iba a tener visita – sonrió.

-Buenas Murguel. ¿Cómo te va la vida? – lo saludó Jane dando dos pasos al frente.

-Bien. Aquí. ¿Has visto el cielo de esta noche?

Jane movió la cabeza oscilándola, dándole la negativa.

-Ha sido perfecta, la mejor de todos estos años. Una noche estrellada. Fulgurante.

Teodoro se adelantó y le estrechó la mano. Murguel preguntó por los nuevos visitantes. Jane nos presentó. El ermitaño nos invitó a pasar.

La estancia se abría paso en la sólida roca. Un pequeño fuego a tierra labrado en la piedra ascendía hasta la cima para evacuar el humo de la combustión, diez metros arriba. Varios libros con el lomo desgastado los tenía en una estantería vieja y carcomida. En sus ropajes raídos podía verse claramente el paso del tiempo.

-Sois nuevos en estos parajes – caminaba en dirección al interior de la gruta. Sus pies apenas los levantaba del suelo, y un olor a ahumado invadía cada rincón -. No tengáis miedo. Pasad – indicó girándose – esta es vuestra casa. Jane lo sabe muy bien. De todas formas, podéis sentaros en este lugar – señaló un rincón lleno de heno -. Es el mejor sitio de la gruta. No temáis lo renuevo cada cierto tiempo. Aquí es donde paso la mayor parte del tiempo. Observo, medito, miro los viejos libros desgastados, e intento buscarme en cada rincón. A veces no me encuentro – sonrió sonrojándose -. Ya estoy viejo, y los viejos ya se sabe, las neuronas le fallan. Soy el último espécimen de estas tierras. Aquí en invierno hace un frío que pela, y como sabréis no estoy para visitas– nos miró uno a uno-. Me habéis alegrado el día. Anteayer comencé a sentirme mal al ver las fotos con Jane – Jane se estremeció -. No te preocupes – se dirigió a ella – no hay nada que temer. A veces en la vida las cosas no son como uno quiere, y se ha de aceptar. Por lo demás tienes todo el don del mundo para que disfrutes de cuanto tienes a tu alrededor. Hace años que dejé de lado el miedo al fracaso. Y tú – le señalo con el índice – eres una mujer estupenda. No pierdas la alegría.

No nos pongamos melancólicos. Es tiempo de celebración. Esta visita es muy especial – se levantó dirigiéndose a un habitáculo interior del cual trajo unas frutas del bosque -. ¿Os apetece?, son frutos del bosque. Toda una delicia.

A Jane los ojos se le llenaron de luz. Teodoro sonreía. Nosotros estábamos encantados. Lucía no dejó cabo suelto, sus preguntas exhaustivas hicieron recobrar vida al Ermitaño. Toda una fantástica epopeya que nos llevó hasta bien entrada en la noche a una de las mayores aventuras de este viaje.

Ni Yankis, ni indios, ni pirámides o un crucero por el Mediterráneo. Descubrir parte de un pasado, en un familiar lejano había sido dar en la diana.

Al día siguiente trajimos al ermitaño una paella española, fruta del tiempo comprada en el mercado, y dos trozos de carne elaborada a la más antigua tradición Noruega. Este día fue el estrellato, de Teodoro y Jane, al fin iban a casarse. Veinte años de noviazgo a bordo de una felicidad extrema, que proclamaron a oídos de Murguel.

-Los Ovnis son muy comunes por aquí – pronunció el ermitaño -. Y se llevan a las novias.

Las carcajadas sonaron en la gruta, más profundas que un fugaz eco.

-Todo tiene un ciclo. Un ciclo que no hemos de romper. Hay que vivirlo.

Al día siguiente Teodoro se alejó del muelle siguiendo la línea de la costa, y atracó el barco cerca de una cala a la que solo se podía acceder por el mar. El vaivén de las olas mecía el barco en la noche estrellada. Guardamos en la mochila todo lo vivido. Lucía sonrió. Teodoro y Jane no decían nada, parecían mudos. Una sonrisa a tiempo te renueva. Ellos fueron dos grandes mensajeros. E iniciemos el vuelo siguiendo la estela de la vía láctea. El billete de avión no pudimos detenerlo.

-¡Bon voyage! – alzó la voz Teodoro.

Y con estas palabras volvimos a España diez días después. Murguel murió al mes siguiente de un paro cardíaco. Jane pudo sanar a tiempo su mal. Una miscelánea de sensaciones, que acabaron por florecer. Todo un lujo.

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Un Comentario

  1. luisa cacheiro q

    Lo veo profundo este escrito de miscelánea y natural,con algunos recuerdos del pasado .

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