Los toros. Autor: Mara Martín

Es la tercera vez que vengo a España y la primera en que llego en la época de las corridas de toros. No te diré que no lo dudé, pero al final me fui a una corrida en Zaragoza. Voy  a tratar de contar lo de los toros, aunque sé que es inenarrable. Es como si dijera -Es un horror, pero el espectáculo es algo increíble. Tal vez, aunque sea una vez en la vida,  tendrías que ver eso. Una salvajada. Las corridas de toros son una salvajada, sin excusa.

Tampoco sé si entendí todo o si las cosas son como a mí me parecieron, pero siempre pasa lo mismo. Todas las visiones son parciales y subjetivas, así que tomalo como de quien viene y si te parece que no fuera así, bien también. Con más razón tendrás que venirte a verlo con tus propios ojos.

Las corridas están prohibidas en Catalunya, pero los españoles dicen todo tipo de cosas al respecto. Que los toros nacieron para eso.  Que pasaron seis o siete años libres, viviendo como reyes, para un día hacer esta faena. Que gracias a las corridas hay toros, porque en los países en que no existen ya no se crían. Que si el toro es realmente valeroso la gente pide por él y se le perdona la vida, -se lo cura y se usa de semental-. Que de los toros vive más gente que de la industria. Que esto y que aquello, y en general ven la cosa como algo lógico, perfectamente normal.

Además, sin toros no hay fiesta.

Un tipo sentado al lado mío,  me explicaba por qué si el matador no mataba al primer golpe, (la primera estocada, que supuestamente tiene que ser mortal) ya no le dan la oreja de premio. Claro, comenté,  porque el animal sufre inútilmente y no sabés cómo se puso, casi me gritó que eso es lo de menos, aquí no se trata de lo que le pase al toro sino de la capacidad del torero.

Tal vez todo el mundo vió una corrida de toro en la televisión  y hasta leyó, como yo, algunas cosas sobre la ceremonia de la corrida, cómo el torero se mueve en la arena, qué es lo permitido y lo prohibido. En lo personal, leí también a Hemingway, que habla mucho sobre los toros. Él era un admirador de la tauromaquia y en una oportunidad escribió que cuando le dan la estocada final, el toro da un paso más porque no sabe que está muerto.

Dentro del delirio general de haber ido a ver ese espectáculo, me decepcionó, ¿me desilusionó? ver que eso es una mentira. Cuando el toro está mortalmente herido cae al suelo con todo su peso, no da un paso más. Digo herido y  ni siquiera muerto, porque lo mata realmente un tipo que se arrodilla a su lado, después de la supuesta estocada final y le clava un punzón, destrozándole el bulbo raquídeo. Eso me lo contó también mi vecino de banco.

Siempre me imaginé una cosa distinta. Un toro bravío que es muerto, adelanta una pata y se derrumba.

Nada de eso.  La corrida empieza con el toro entrando a la arena con todos sus bríos y unos tipos que tienen unas capas de un lado amarillas y del otro rosas llaman su atención, con movimientos de la capa, con gritos, y el toro empieza a correr hacia una especie de receptáculos en los que se meten estos hombres y cuando llega, a veces empuja con su cabeza y hasta clava sus cuernos, porque sabe que ahí está lo que se movía.

El toro se lanza sobre lo que se mueve, no quiere matar a nadie. Lo criaron libre, supongo que  con otros toros y vaquillonas, porque a los de su raza no los ataca (algo más para estudiar cuando tenga ese tiempo que ojalá nunca tenga). Por muchos detalles me parece que el toro nunca ha peleado. No es que luchó por su vida o por su manada, con otros toros, por ejemplo. No es que sabe cómo atacar.  Eso digo yo, el tío Jorge dice que en los criaderos se pelean entre ellos y que los dejan pelear para que aprendan a clavar los cuernos. Pero no le creo, semejantes toros no van a dejar que se anden lastimando,

Lo que yo ví, es que el pobre en vez de tender a hundir los cuernos tiende a empujar con la cabeza, porque como nunca los usó, no sabe que son su fortaleza.

¿Cómo será la vida del toro antes de esto?. Porque si ataca a todo lo que se mueve, menos a otros toros, obviamente es porque vivió con ellos, o porque son sus pares. Pero cómo harán para que ataque a los hombres, cuando lo normal sería que no lo haga, ya que siempre debe haber tenido hombres cerca suyo. Y ataca a los hombres, porque a veces los banderilleros están sin capa y el toro se les tira encima.

Cuando quieren sacar a un toro de la arena, porque está demasiado débil como para torearlo, cuando se cayó varias veces antes de que el torero aparezca, meten en el ruedo a un grupete de toros mansos y ellos caminan por la arena. El toro hace contacto visual con ellos y se juntan, hasta que alguien los arría  y el toro “malo” se va tranquilamente con los buenos.

Después de que el toro entró en la arena y persiguió un rato a los de la capa, aparece un hombre a caballo, dos en realidad, pero uno hace el trabajo y el otro observa, me imagino que siempre puede haber un imprevisto que haga necesario que participe. Estos caballos tienen los ojos tapados, o sea que no ven al toro, tal vez lo presientan o sientan en el temblor de la arena que el toro se le acerca, tal vez le teman, si alguna vez un toro llegó a lastimarlos.

Tienen un manto muy largo, que lo cubre entero de un material que el toro no puede horadar, parece un tejido muy grueso de metal, no sé qué podrá ser, pero el toro pone el cuerpo, empuja con los cuernos, trata de meter la cabeza abajo. El hombre apoya sus piernas, también muy protegidas, sobre el manto y tiene grandes zapatotes de hierro.

O sea que el pobre toro, que va hacia ellos porque se mueven, no tiene la menor posibilidad de salir airoso de ese trance. A lo sumo, haciendo mucha fuerza, logra correr al caballo de lugar, pero el caballo resiste y el hombre, en ese momento, le mete al toro un enorme clavo  en el lomo. Lo “pica”.

Pocos días después de ir “a los toros”, fui en Madrid  al Museo Thyssen Bornemisza y vi cuadros de toreadas. Me impresionó especialmente uno que muestra al picador en un caballo y el toro embistiéndolo, con otro caballo muerto al lado, despachurrado. Lo que me llamó más la atención es que los caballos no tenían manto. O sea que antiguamente la lucha era un poco distinta, si el toro alcanzaba al caballo podía abrirle la panza de una cornada.

Después confirmé que efectivamente les pusieron esa capa protectora porque morían demasiados caballos y esa muerte sí que se considera innecesaria, porque en esencia, no hace al espectáculo.

Es un golpe, clava y retira. La sangre empieza a salir con bastante fuerza, a veces a borbotones y el toro empieza a respirar con fatiga mientras se le  empapa el cuerpo y la arena empieza a enrojecerse si se queda quieto, lo que es su tendencia natural.

El toro queda perplejo, no sabe qué fue ese dolor, -sigo pensando que a él nunca le había dolido nada- y en general empieza a mirar a todos lados, como no sabiendo qué hacer. Pero el hombre lo azuza, le grita, mueve al caballo, hasta que el toro de nuevo arremete y de nuevo el jinete le clava el punzón.

He  visto hacer esto hasta tres veces y uno de los toros se cayó al suelo después de estos ataques y no se levantó más. Enseguida lo mataron. La gente comentaba que es como todo, que el picador va a lo que le ordena el torero y como el torero ya no tiene ganas, porque es el último día de la temporada y está cansado, ¡venga, y se quiere ir de vacaciones!, pues le dice que lo dañe, para que esté más manso. Que el tío del caballo bien sabría  hacer la faena de otro modo, dejando al toro más sano.

Después de esto, el toro está confundido, sorprendido, dolorido. No se lo ve enfurecido, como te hacen creer que se pondrá el toro con los ataques. El toro solamente parece enojado cuando está completamente sano, cuando está entero, después siempre parece mareado y debe estarlo, con la cantidad de sangre que pierde. Por eso la corrida no puede durar mucho, porque el toro acabaría muriendo, aunque el torero ya no lo toque.

Después vienen los banderilleros, unos que se paran delante del toro y llaman su atención y cuando el toro se avalancha, lo esquivan y le clavan dos banderillas en el lomo. Las banderillas tienen la punta con un desnivel, como los arpones o los anzuelos de pescar, o sea que con poco que entren no salen más. La punta queda ahí haciendo juego, porque la banderilla es larga y se mueve mucho cuando el toro corre, con lo que el agujero se hace cada vez más grande y cada vez sale más sangre.

Debo decirte que este momento es el único en que se siente que hay algo de valentía en el hombre, porque el animal no arremete contra el manto o la capa, -que no los hay- va derecho al hombre y el banderillero tiene que esquivarlo con mucha  precisión, como para que el toro pase tan cerca, que le posibilite clavarle  las banderillas. El toro es tan alto que puede llegarle a la altura de los hombros. O sea que esa maniobra merece su respeto.

Los banderilleros fueron tres en todos los casos, -menos el del toro que cayó después de lo del caballo y no se levantó-. Así que para el toro son: los tres puntazos que le metió el picador, -de arriba para abajo, con todo su cuerpo haciendo fuerza-  y los seis arpones que tiene clavados en el lomo. Ya está completamente bañado en sangre. Ya empieza a mear, mea casi todo el tiempo desde aquí hasta que muere.

Pienso que es de miedo, porque ya sabe que va a morir, no puede no darse cuenta. También porque ha sufrido una pérdida de líquido tal, que su metabolismo estará descompensado. Hace ya rato que tiene la lengua afuera y cada vez respira con mayor dificultad.

En ese estado se encuentra con el torero.

Sólo algunas  veces un poco antes, cuando el torero también se ocupa, solo o con los otros,  de clavarle las banderillas, lo que no siempre hace.

Ahí están, el toro medio muerto y el hombre recién entrado al rodeo.  Aún así si el toro lo llega a atropellar lo tiraría al suelo, o lo haría volar por los aires, por supuesto. También puede ser que lo atropelle con tanta suerte que también le clave un cuerno, pero estoy segura de que es suerte, no es que el toro pueda posicionarse para clavar los cuernos y menos ahora, que ya no sabe quién es.

Parece que hasta fuera perdiendo la visión, porque cada vez le da más trabajo al torero hacer que el toro se sienta atraído por él y su manto y corra en su dirección.

Empieza  la toreada. ¡Oleeee, Oleeee!. Eso ya sabemos cómo es. A veces el torero es más guapo, a veces se cuida más. He visto uno con ambas rodillas en tierra, haciendo que el todo arremeta y bancándose el momento de la llegada del toro girando el cuerpo. Pero el toro tiene muy poca plasticidad, es una mole, está cansado y mareado y va hacia el trapo, no hacia el hombre. El toro no piensa que lo están engañando. Él no tiene estrategia. Así que con sólo no estar atrás del manto cuando él lo alcanza, es suficiente para que el torero se salve.

El torero también le clava unos pinchos, más pequeños y después tiene que matarlo. La primera vez que lo ví no comprendía cómo podía durar tan poco la corrida. Cómo en un abrir y cerrar de ojos pasa todo. Parece hasta absurdo que lo maten tan pronto, que sea tan breve la faena del torero.

En realidad todo es increíble.  Que lo lastimen tanto de entrada, que lo maten tan pronto, con tan poca pelea.

Pero es el tema de la sangre perdida. El toro morirá de todos modos y tienen que hacer que el momento de la muerte esté en manos del torero, porque ahí está gran parte de su lucimiento. Es importante cómo torea, pero es más  importante cómo mata.

El tiempo en que debe morir es una decisión del torero, no hay normas. Así que si él resolvió que es el momento de la muerte, tiene que dar la estocada final, en un lugar tan preciso, que si da mal el golpe, el toro no cae. Queda medio vivo. La gente se enoja, silba. No porque el toro sufra, eso se las trae floja. Igual ya está sufriendo desde el comienzo.  Lo silban como silbarían a un jugador de fútbol que patea mal un penal. Sólo eso.

Si se equivoca dos veces, peor. Pero los puntazos se los dió, aunque no fuera en el lugar correcto. Así que al toro le quedan los minutos contados, parece que él mismo estuviera pidiendo que lo maten.

Está indefenso, no tiene fuerza, ya casi no se mueve, así que el torero se le para adelante y  trata de que baje la cabeza para poder meterle otra estocada. Porque si falla de nuevo, ya la rechifla del público le sería  insoportable. Lo hace  mostrándole el manto, que apoya en el suelo o a veces incluso agarrándolo de los cuernos y bajándole la cabeza con las manos.

Cuando la estocada entra donde tiene que entrar, el toro cae. Es una sola cosa, todo es un solo movimiento. No hay un paso más. El público siempre festeja. Se siente un enorme suspiro de alivio. Aplauden, aunque consideren que el torero fue un gilipollas. Porque lo que aplauden es la muerte del toro, que es un acto silencioso y casi secreto del otro tipo, el que se arrodilla junto al toro y lo mata.  La tarea del torero es derribarlo y que ya no se pare.

Después empiezan a ocurrir dos cosas simultáneamente. Por un lado, entran como diez tipos, vestidos de fajina, con tres caballos enormes, que también tienen los ojos tapados, pero no absolutamente, como el del pinchador. No da esa sensación, parece más bien que sólo les impidieran mirar para el costado. Los caballos traen una estructura de madera en la que enganchan  al toro, creo que de los cuernos, por la posición en que va  y cruzan con él la plaza.

Los toros salen siempre por el mismo lugar, a la derecha del palco de honor y el lugar del Presidente de la corrida, por donde salen también los caballos y los hombres. Pero siempre muere en la vereda de enfrente. Tal vez para que todos los presentes puedan disfrutar del espectáculo del arrastre. Tal vez necesiten verlo muerto un rato, verlo pasar muerto, como para digerir, naturalizar un poco esa cagada,  con la visión del cuerpo inerme.

La otra cosa que ocurre mientras tanto es que el torero saluda. Si fue malo, saluda en el centro de la plaza y se va. Si fue más bueno, puede dar una vuelta al ruedo y la gente se va parando cuando él pasa y el tira flores, botas de vino y ropa de todo tipo. También algunos objetos que no pude identificar a la distancia.

De cada bota toma un poco, sosteniéndola bien alto, en ese gesto tan típico y se la devuelve al dueño, como toda la ropa, que puede o no ser besada por el agasajado.

Si el torero les pareció buenísimo, la gente se pone de pie toda junta y saca pañuelos blancos –flipé con eso, todos van a la Plaza con un pañuelo blanco en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero-, aplauden a rabiar. Lo de los pañuelos blancos es en realidad un pedido al que actúa como Presidente de la corrida, para que le dé al torero una oreja animal, o las dos, cuando fue muy destacada su actuación. Pero el presidente no se deja  convencer con facilidad, porque todo esto estaba ocurriendo en la Plaza de Zaragoza, que es muy prestigiosa. Las malas lenguas dicen que en los pueblos pequeños no se le exige tanto a los toreros y que por una faena más o menos le pueden dar una oreja.

El sumun del amor del público y de la bonomía del Presidente es que al torero le den las dos orejas y el rabo, pero ya con dos orejas un tipejo, que va con ellos a todos lados, -porque no es un tipo cualquiera, cada torero tiene su gordo- lo levanta en andas y lo da vueltas en  la Plaza, mientras el público está loco de alegría y después lo saca por la puerta grande, que queda en la parte opuesta al palco.

Son seis toros por día. Creo que se llama rodeo, no a cada corrida, sino a la fiesta de toros de un día y creo que siempre son seis toros.

El día en que fuí, 13 de octubre, uno se murió de entrada y otro se caía. Se le doblaban las patas de atrás y caía de culo, entonces los de las capas lo azuzaban para que se pare, -faltaba que lo empujaran  de atrás o hicieran palanca entre todos para mover esa mole, de 560 kilos-. El bicho se paraba, caminaba un poco y se iba de trompa. No me acuerdo muy bien, pero creo que le habían hecho las pinchadas desde el caballo y le había clavado algunos banderines.

Frente a ese cuadro el torero no puede hacer su faena, pero tampoco lo mata, porque no se ganó el derecho, no hubo lucha, no lo venció. Esas son sus creencias, claro está, porque la verdad es que nunca nadie se gana ese derecho. Entonces hacen entrar a los toros mansos y se los llevan a todos juntos, porque los mansos apenas los empujan un poco marchan y el otro se va con ellos.

De los otras cuatro corridas, a un torero lo silbaron, a otro lo aplaudieron, a otro le quisieron dar una oreja y el Presidente no aceptó y al último le dieron  las dos orejas y lo sacaron por la puerta grande.

En casi todos los sentidos el público se comporta en las corridas igual que en una cancha de fútbol, pero jamás insultan a los toreros a los gritos, ni le sacan a la madre. Solamente los silban cuando no les gusta lo que hacen, pero también silban a los toros cuando no quieren ir a la lidia, cuando se queda parado, cuando se comporta como un flojo.

No conforme con esto, al día siguiente fui a una corrida de Rejones, que te las cuento luego.

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