Los Rusos. Autor: Mara Martín

Voy a contarte algo de los rusos y no quiero que pienses que exagero. Son una gente muy distinta a  nosotros, eso primero y principal. Segundo, son abruptos. Especialmente los hombres cuando deben ser atendidos en un mostrador de cualquier tipo y esas mujeres (que no sabés si tienen 60 años o están muy avejentadas) que se ven mucho trabajando en las estaciones de metro, en los controles de cuanta cosa se te ocurra, que solamente hablan ruso, pero además parecen no concebir la posibilidad de que alguien no lo hable.

Así que cuando estás tratando de gestionar algo, con sonrisas, con gestos, con alguna palabra en inglés, o cuando estás haciendo el check in en un hotel, se acercan al mostrador, casi siempre hablando en voz demasiado alta y te empujan un poco. Ponen el cuerpo, hacen sus reclamos, como si vos no existieras, como si la empleada hubiera estado ahí, sin hacer nada. Yo los miraba y decía, “epa, epa, estoy aquí”, obteniendo como respuesta miradas bastante alejadas de la cortesía.

En cuanto a los empleadas públicas (metros, trenes, y miles de etc. porque en Rusia el Estado todo lo controla), cuando un extranjero les reclama algo, o les habla en inglés, le dicen algo en ruso, pero como el otro no responde como ellas quieren, (que en general se trata de que circulen), lo empujan. Aunque no puedas creerlo, con las dos manos para adelante hacen ese gesto de “correte, correte” y he visto que a algunas personas han llegado a tocarlas.

En caso de que esta mujer tenga ante sí un vidrio, una reja, cualquier cosa que le impida empujar, se ocupará de eso cualquier persona que quiera pasar por ahí. Los que deberían estar haciendo la cola detrás tuyo. Ellos no tienen tiempo que perder. Si no entendés, correte. Pero es increíble la forma en que te gritan, eso no lo vi en ningún otro lado.

Los jóvenes en general, suelen ser más amables. Con gestos, escribiéndote la cosa en un papel, del modo que sea, lo intentan un poco más.

Pero lo del mal trato es un tema nacional, una decisión, una modalidad. En el comercio para el turismo inclusive. Lo que en cualquier país de morondanga está escrito en lengua local y en inglés, por lo menos, en Rusia no.  Las guías de los buses que hacen el recorrido por la ciudad, las personas que venden las excursiones. Todo es en ruso y te hablan en la calle ofreciéndote una excursión, en ruso, y si decís que no comprendes te lo explican de nuevo, en voz un poco más alta y así hasta que salís corriendo.

En casi todas las ciudades hay un bus que tiene grabaciones en todos los idiomas de la tierra, así que te subís, buscás tu idioma y te escuchás el relato de toda la historia y los sitios del lugar. Bien, ese bus existe en Moscú y San Petersburgo y es lo único que tiene la guía en todos los idiomas.

Todas las demás empresas que hacen excursiones en bus, o en barco, son sólo en ruso. Sólo en San Petersburgo he visto algunos barquitos con guías hablando en distintos idiomas, pero eran barcos ya contratados por un grupo, que seguramente viaja junto. Ví todo lo de los barcos porque el recorrido que hacen lo hice a pie, con lo que pude meterme en cada iglesia, en cada palacio, ver de cerca cada monumento. Todo lo que está a las orillas del Neva y que desde el barco le sacan fotos, yo lo toqué.

San Petersburgo es una ciudad hermosa, que tiene un poco de Venezia. Tiene costa de mar, un mar muy sereno, pero no sé por qué de aguas oscuras, como sucio. Tiene el rio Neva, con varios brazos que la atraviesan de lado a lado y un canal transversal que une los brazos del río entre sí. Por lo menos eso es lo que me acuerdo.

Cada cuadra o dos cuadras hay puentes, más o menos artísticos y son especialmente bellos los que cruzan la avenida principal de la ciudad, que se llama Nevrinsky. En el puente en que doblaba para ir a mi hotel, hay cuatro esculturas de bronce, bien grandes, una en cada punta, que se llaman “Los domadores de caballos” y son hombres desnudos con sus respectivos caballos salvajes. Son tan bellos que alguno de los zares  mandó a hacer copias y las regaló, creo que a un juego a Napoli y el otro no me acuerdo.

Los que hacen los trabajos duros en Rusia, los que son más maltratados, viene de los países “que terminan en Tan” (Rusos dixit), Kyrgyztan, Ubeskystan, Kakastan y varios otros, que están al sur de Rusia y al norte de Afghanistan, al oeste de Mongolia. Y hay orientales, pero la verdad es que yo que en algún momento me creí que podía distinguirlos, por lo menos a los japoneses, vi mucha gente oriental en este viaje, de la que no pude saber qué eran, si chinos, coreanos, japoneses, o qué. Hay algunos negros, dicen que casi todos de Costa de Marfil y muy pocos latinos.

Parte de la personalidad de los rusos es no darte bola, aún cuando ven cosas como que estás perdiendo tu tren. Los propios policías, o guardas, los propios empleados de los trenes, tienen tu pasaje en la mano -me pasó- y ven que tu tren sale dentro de 10 minutos en una estación que no es esa, sino la que está enfrente, cruzando la avenida, para lo que hay que bajar a un pasadizo subterráneo y subir del otro lado y caminar como cien metros, buscar los carteles, (todo en ruso, por supuesto), ver en qué andén sale tu tren y encontrar el lugar. En fin, están viendo que vas a perder el tren y solamente te gritan en ruso, ni siquiera hacen un gesto con las manos para decirte que cruces la calle.

En esa ocasión, -cuando me pasó-, un tipo de unos treinta años, uno de los “Tan”, agarró mi valija y mi mochila y empezó a correr, y yo atrás. Hicimos un recorrido que me pareció larguísimo y cuando llegamos a la estación correcta, vió los carteles y salió corriendo para el tren, y yo atrás. El tren estaba por salir y no me dejaban subir porque mi vagón era uno de los últimos y no se puede ascender al tren en un vagón que no sea el que te corresponde. Finalmente, después de intentar en varias puertas (cada puerta tiene su guardia, por supuesto, todo tiene su guardia), una mujercita me dejó subir justo cuando el tren cerraba las puertas. Creo que nunca besé a un hombre con tanto amor.

Ese día y ese conflicto habla también de cómo son los rusos en general. Mis amigo estaban en su casa, tienen auto, no les costaba nada llevarme a la estación, siendo que hay tres o cuatro estaciones, todas alrededor de una especie de plaza enorme, de donde salen los trenes para el sur, el este y el norte. Ellos sabían perfectamente la posibilidad cierta de conflicto, porque el día anterior me llevaron a comprar el pasaje, explicándome que si lo compraba por internet después tenía que hacer un trámite en la estación que no iba a saber hacer y si iba sola a comprarlo, cualquier cosa que variara del tren que yo había anotado de internet,  (Nro. Hora, destino, todo en ruso) la empleada solamente me iba a gritar y no iba a poder resolverlo.

Lo que quiero decir, es que mis amigos, que estuvieron en casa de vacaciones, que son buena gente, que me festejaron el cumpleaños, que son amables y cariñosos, sabiendo que si tenía el menor conflicto se me iba a complicar la cosa, se quedaron a mirar la TV.  Así son ellos, no es que no tengan buenos gestos, no es que sean malas personas. Pero si tienen ganas y si no tienen ganas parece ser la norma que más aplican. No sienten en ningún caso que pudieran ofrecerte un poco más. En fin, los rusos, son rusos.

El día que llegué a Moscú fui a un bar y me fijé si mis amigos me habían contestado. Les había avisado desde Cracovia que iba a ir en avión y les pedía la dirección. Nosotros estábamos bien comunicados, nos escribimos cada tanto y cuando les dije que iría a Rusia se pusieron contentos y en total disponibilidad. Me habían escrito que ese día se iban a un concierto, que si quería ir con ellos los esperara en la estación de tren a las 8 (eran las 5). Bueno, mail va, mail viene, terminaron diciendo que mejor los esperara en el medio de la estación del subte, porque las estaciones tienen muchas salidas. Pero ese mail ya no lo leí porque me había ido del bar.

Ellos sabían que yo estaba ahí y pudieron fijarse en la salida principal de la estación, pero no lo hicieron. Se fueron al concierto. Como a las 9, después de pedirle a varios, logro que un pibe los llame por teléfono y ella dice que me tome un taxi y vaya a la casa (luego dijo que le había dicho también que me avise que fueron al concierto y volvían a las 12, pero el pibe de eso no me dijo nada).

Como tenía la dirección en ruso, me subí a un taxi y le mostré la libretita. El tipo me dijo que le pagara, un montón de plata, pero si no le pagaba no se veía dispuesto a partir. Así que le pagué. Cuando llegamos al barrio bastante lejos del centro (después en el subte llegaba en menos de media hora y era muy fácil todo), no encontraba la casa.

Me imaginé a mi misma dando vueltas por ese lugar, un barrio de monoblocks, sin saber si encontraría la casa, sin saber qué hacer si se hacían las 12 y no los encontraba. A todo esto mi teléfono había dejado de funcionar, con lo que dependía de que alguna persona me prestara el suyo, porque casi no existen los teléfonos públicos en Rusia y hay poquísimos en Europa del Este. Los pocos que hay, se pagan solamente con tarjetas, que nunca supe dónde se vendían. Jamás pude hablar de un teléfono público desde que salí de Italia.

Total que estaba en el taxi, con un “Tan” que sólo hablaba en ruso, ya de noche, sin saber dónde estaba, si me había llevado a la dirección que le dí o me estaba por robar. Era mi primer día en Rusia.

Como fuera, arreglamos que me llevara a un hotel, a cualquier hotel, y me llevó a uno muy grande, de 28 pisos en ele y si bien supe que sería carísimo me quedé allí. Le tuve que pagar otra vez al tipo. Esa noche gasté más que en una semana de mi vida normal en el viaje.

Apenas entré al hotel se me pasó todo, porque lo que encontré fue algo tan fascinante que contraté la habitación, fui a dejar las cosas, miré un poco por el ventanal y bajé enseguida para ver el espectáculo. Estaba lleno de rusos, verdaderos  y auténticos rusos, vestidos en su gran mayoría de traje negro y algunos con trajes de una tela gris medio brillante, que parece gustarles.

Rusos medio gordos y de pelo cortísimo, haciendo negocios, contrabandeando relojes, sacando cosas de valijas negras, chupando, riéndose. El hotel tenía cientos de recintos, saunas, cafeterías, restaurantes. En algunos directamente no me dejaron entrar, a pesar de mis reclamos y en otros pude verlos. Los tipos se juntan y fuman en esas pipas con muchos caños y chupan y hablan a los gritos o hablan muy bajito y algunos buscan cosas en internet, con una compu arriba de la mesa, entre las gomas de la pipa,  con cinco o seis tipejos mirando la pantalla.

Pero verlos. Ver a los rusos es una experiencia única. Después los volví a ver en distintos lugares, incluso vi dos o tres grupos haciendo el viaje del barquito, en San Petesburgo, los ví en los trenes, los ví. Sólo rusos, nunca una mujer, todos de traje negro, todos rapados, las caras coloradetas, nunca otra ropa. A esos les diremos “Los Rusos”, porque después hay muchos hombres en Rusia que no son así, que se ponen un jean, que usan camperas de colores claros, que se dejan crecer un poco, un poquitín, el pelo, que son la mar de amables.

“Los Rusos” obviamente, van a ese hotel a hacer sus negocios y consecuentemente, el hotel está también lleno de putas. Hay dos tipos de putas. Unas putas más sencillitas, que cuando acuerdan con el sujeto el tipo pasa disimuladamente y le da plata a una de las varias mujeres que están sentadas en el hall, mujeres comunes, de mediana edad, pero que obviamente son las madamas de las pibas.

Hay otras prostitutas que parecen trabajar por su cuenta. Ellas son en versión mujer lo que son los travestis en Buenos Aires o en París, sólo que como realmente son mujeres se puede poner unos zapatos y botas de 20 centímetros de altura, y una ropa que no llega a ser sexi, ni fina, pero ropa de mina. Muy pocas tienen tetas artificiales.

Lo de las tetas implantadas es un tema latinoamericano, no hay en ningún otro lugar tantas mujeres con esas tetas, casi no he visto eso, ni siquiera en Ibiza, ni en Sicilia, en ningún lado. Sólo más las argentinas. Es un berretín de tercer mundo.

Y como viene medio a tono, no tengo que dejar de decir que en Rusia no se ven gays en la calle. Muchísimo menos un travesti. Preguntado que hube a mis amigos, me dijeron que si, que hay absoluta libertad, bla, bla, bla, que sólo ellos de casualidad no conocen ninguno. Saben que hay, pero ninguno de sus amigos es gay, ni saben de un amigo que tenga un amigo gay. De modo que los pobres homos de Rusia, no salieron del placard, pero no creo que los dejen. “Los Rusos” no podrían soportarlos.

Por supuesto que en aquél hotel me senté en varios bares a tomarme una cerveza. Pero a todos molestaba. A las putas porque les ocupaba las mesas, a los tipos porque era un testigo de su transa y a los dueños porque mi consumo siempre era menos que el de putas y rusos. Pero yo me quedaba igual. No voy a contar detalles, porque a lo mejor lo que para mí fue interesantísimo en esas transas es lo normal y habitual para el caso y yo nunca lo había visto, tan en detalle.

Otra cosa que hice fue quedarme mucho tiempo en el hall del hotel, viendo llegar a los contingentes, estudiando las conductas. Viendo que hay grupos de orientales en los que todos parecen sucios y miserables y otros grupos de orientales en el que todos están mejor, más prolijos. Me quedé viendo a los jóvenes europeos en su relación con este mundo extraño. Viendo muchas cosas y pensando que era lógico que el taxista me llevara a ese hotel, porque debe ser el hotel al que más veces ha ido por su trabajo. Toda Rusia parecía juntarse ahí.

Un día en que estaba lloviendo fui a ver la ciudad nueva que están haciendo en Moscú. Hay que imaginarse un par de manzanas de Manhatan, o de Retiro, o de cualquier ciudad que tenga grandes edificios y poder pensar que alguien decidió hacer eso en Moscú, con lo que hicieron los planos y arrancaron. Están haciendo como veinte edificios, los que serán los más altos de la ciudad, todos al mismo tiempo, pegados unos con otros.

Es como una ciudad adentro de otra ciudad, sólo que esta ciudad está vallada y en obras. Pero en la parte alta de lo que van haciendo todavía están las gruas y tuvieron la viveza de ponerles luces de colores, algo muy artístico. O sea que eso que de día ves que es una gigantesca obra en construcción, de noche, desde un mirador muy estratégico, parece una ciudad del futuro.

En eso andaba  y quería tomarme un té. Necesita un baño. El tema de la falta de acceso a los baños es un problema en todo el mundo, me parece ya casi increíble que las ciudades no puedan resolver eso, así que pienso que son los comerciantes los que presionan para que no haya baños públicos y siempre ganan. En Barcelona  ahora, también han sacado muchos bancos que estaban en zonas muy visitadas por los turistas, como alrededor de La Sagrada Familia, con la excusa de alivianar el tránsito peatonal, pero todos saben que es para que cuando estés cansado de dar vueltas te tengas que ir a un bar, en vez de sentarte un rato en la vereda.

Ese día de Moscú, ya casi a mediodía, descubrí una especie de bar o restaurante, dentro de un Parque, con algunas mesas afuera, pero me mandé adentro, porque hacía frío. Silencio total. Estaban “Los Rusos”, fumando en sus grandes pipas al mismo tiempo que comían alguna cosa. Ninguna mujer, sólo “Los Rusos”  con sus trajes negros, algunos de ellos realmente jóvenes.

Lo de que no haya mujeres es la norma en algunas regiones, pero no es exclusivo del Este. Ya lo conté en los pueblitos de Italia, Córcega, Cerdeña, donde hay siempre cientos de tipos en los bares y ninguna mujer. Después no estuve en pueblitos, sino más bien en ciudades y en las ciudades siempre hay mujeres en los bares, locales y ajenas. En Rusia obviamente también, menos en los lugares donde están “Los Rusos”.

Volviendo al día en que llegué a Moscú, en aquel hotel me entretuve mucho hasta que me dio sueño y me fui a dormir, no tomé de momento ninguna resolución. Ví un mail de mi amiga preguntando qué me había pasado, que había mirado si estaba en el centro de la estación y no estaba y que luego cuando volvieron a casa no me encontraron. Es rusa, no es su problema lo que a mí me pase, soy una persona adulta, sabré qué hago. Pero no le contesté porque quería pensar.

Al otro día me levanté, desayuné, averigüé como ir a su casa y le escribí un mensaje diciéndolo que iba para allí, que no se preocupara por lo del día anterior, que olvidáramos todo eso y empezáramos de nuevo.

Apenas llegué salió a recibirme, muy contenta, a los abrazos e hizo algún comentario, a lo que le repetí que el día anterior lo olvidáramos. Y ella se lo dijo a su marido cuando vino. Ese día fui a la Plaza Roja, con todo lo que tiene de fuerte, pero el Mausoleo de Lenin estaba cerrado; nunca pude visitarlo porque estaban preparando la Plaza para los festejos de octubre.

Los  actos militares son todavía de la onda del viejo comunismo, ponen todo lo que tienen y hacen esas formaciones perfectas y grandísimas, pero la gente va, como en todos lados. Critican tanto militarismo, pero van a sus desfiles. Hay militares y guardias de otras fuerzas, en los lugares más insólitos, donde vos te preguntás, y para qué estará este sujeto aquí.

El tren que casi pierdo, que es el que tomé para ir de Moscú a San Petersburgo, es un bonito tren con cuatro camas por box, muy tranquilo, que no hace ningún ruido y te permite dormir perfectamente, es como si no se moviera. No sé cómo lo logran, porque en realidad va bastante rápido.

El tema de las velocidades y las distancias es todo un tema. Cuando tomé el avión en Finlandia (Helsynsky, parada técnica en la ruta San Piter-Barcelona), ví en la pantalla el avión haciendo su recorrido, con lo que siempre podés saber por dónde vas, qué país está cruzando, a qué altura, qué temperatura, todas esas cosas. Helsynsky-Barcelona es cruzar bastante de la Europa y entre esas dos ciudades, hay menos de tres mil kilómetros, menos de lo que me separa Ushuaia, la ciudad en que vivo en Argentina, de la capital, que es Buenos Aires.

Hay una cosa mala que siempre hago, como casi todos los que andan solos (esto me lo señaló hace tiempo un amigo argentino), y es sentarme lejos o por lo menos no juntos, con los otros que andan solos. Por ejemplo, cuando subís a un bus para hacer la vuelta por la ciudad, hay unas parejas, unos grupetes y dos personas solas. No vas y te le sentás al lado a una de ellas, como para ver si trabás alguna conversación. Te sentás separada, casi diríamos lo más lejos posible y claro, así nuca vas a conocer gente. No es que ande puntualmente buscando gente, pero digo, ya que estamos, podríamos charlar un poco, pero no.

Bueno, concretemos. Moscú es grandísima, la ciudad más grande que he visto en este viaje, viven ahí veinte millones de personas y se nota. Más cuando venís de recorrer Montenegro, que entre todas sus ciudades junta ochocientas mil almas.

Tiene la Plaza Roja, en la que está el Kremlin, aquella famosa iglesia ortodoxa con las cinco torres de colores que sale en todas las fotos, una iglesia más pequeña y el Mausoleo de Lenin. Tiene esa nueva ciudad que están construyendo y cientos de iglesias y monumentos y puentes, (porque la recorre el río Moscú) y es linda. Teniendo en cuenta también que tiene Parques y Plazas y mucho verde, como casi todas las ciudades europeas.

San Petersburgo en cambio, es lindísima. Además de los ríos y canales, los puentes, los miles de estatuas, monumentos, parques y museos, tiene personalidad. Si  tuviera que elegir una ciudad de todas las que conozco, para recomendársela a alguien que quiere quedarse en el mismo lugar veinte días, teniendo todos ellos algo nuevo que hacer, viendo cosas hermosas, diría Buenos Aires, París o San Petersburgo.

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