Las postales y los libros del recuerdo. Autor: Iván Marcos Peláez

Ayer Juan  estuvo viendo de nuevo sus postales y fotos antiguas, también se puso a cacharrear entre algunos de los viejos libros de su enorme  biblioteca. Necesitaba evadirse y volar de la rutina que estaba sintiendo durante  las pasadas semanas. La responsabilidad y la presión  en el trabajo de aquella multinacional volvían a ser incesantes. Odiaba los horarios fijos, detestaba las  malditas corbatas  y las risas forzadas para alegrar a unos clientes que ahora le importaban una mierda. Pero lo que de verdad le consumía era  perder horas de su vida en  los interminables atascos de tráfico. Allí en el coche pensaba en la vida y en los años de su juventud cuando con una mochila al hombro recorrió todos los continentes.

Durante los últimos días había empezado a sentir aquellas mismas sensaciones que otra vez experimentó hace una década, la necesidad de dejarlo todo y mandar a tomar por saco esa vida programada y establecida. Al acabar  de releer los dos últimos libros sintió una punzada en el estómago. Pudo ver que su firma le recordaba  el haberlos comprado en aquellas viejas librerías de segunda mano en Katmandu y Chiang Mai.

Quizá es que sentía nostalgia  por tener que ver cada día  su mochila guardada en el armario cogiendo polvo. O quizá lo que le martirizaba era por el frío intenso que  sentía en aquel país que gobernaba Europa, la poderosa Alemania. El frío de aquella capital del mundo quedaba muy lejos del Mediterráneo que tanto amaba y donde se iniciaba su vida.

Esa tarde de sábado veía por la ventana como el termómetro de la calle marcaba diez grados bajo cero,  la nieve caía en copos gigantes y por un instante pensó que deseaba estar muy lejos de allí. Por su mente pasó que quería ver y sentir de nuevo el calor de los trópicos acariciando su piel. Se preguntaba por las casualidades y los extraños giros que  conforman la vida.

Recordó el mar de su ciudad natal, el ser de provincias en el sur le había marcado parte de su vida, un lugar donde nadie viajaba no era el medio natural para haber salido trotamundos. Pero la biblioteca le marcó parte del camino, los libros siempre respetaron su pasión viajera aunque para sus amigos siempre fuera visto como un marciano. Ellos se sentían llenos y realizados con coches caros, pero para Juan la vida y la juventud se centraba en tener dinero para poder vivir los sueños que había leído en la biblioteca de su barrio, los viajes eran su  pasión, la llama que iluminaba su vida.

Pensó en las fotos que llenaban su escritorio, y de la soltería de sus años locos que llegaron a su fin cuando el amor apareció con aquella viajera que  la vida le puso en aquel barco de Malasia. Un minuto más tarde y no hubiera llegado a aquel ferry que sin saberlo cambió su vida.

Pensó en la felicidad del caos de sus años viviendo en Asia y ahora sintió una punzada en el pecho al haber aceptado el trabajo en aquella multinacional que les había llevado a vivir en aquella jodida ciudad del norte de Europa que ahora tanto detestaba.

Así fueron pasando los minutos hasta que de repente cayó en la cuenta que  se había ido la luz del sol, el reloj marcaba las nueve y sintió  que llevaba allí  más de  dos horas. Delante estaban  los últimos quince  años de su vida en estado puro. De repente cerró los ojos y pudo recordar todos y cada uno de aquellos viejos momentos que ahora tanto añoraba. La nieve y el viento ya no golpeaban en la ventana, ahora podía sentir el calor del mundo y de la intensa vida que ya había quedado atrás. Viajes, lugares, amores, amigos y aquellas postales y libros que fue acumulando por medio mundo.

Allí, sentado en su pequeño despacho y delante de sus recuerdos volvió a sentir la vida en estado puro. Los recuerdos se iban sucediendo y la vida iba pasando como dicen que ocurre al morir y ver todos los instantes de la vida. Allí delante estaba viviendo y sintiendo de nuevo el viaje por Sudamérica al terminar la carrera, volando al año sabático tras cinco años trabajando en China o aquella inolvidable aventura en el Transiberiano para olvidar a su novia de la facultad.

Sintió escalofríos al pensar en aquellos viajes, pero la piel se tensó realmente al mirarse al espejo y ver unas canas que le mostraban los rigores de una vida que pasa demasiado rápido. Allí delante del espejo a su lado sintió el reflejo de sus dos hijas gemelas que le llamaban para contarles un cuento antes de irse a dormir. Su sonrisa  mostró un gesto pícaro al leer en una postal aquella frase del viejo Sócrates en la que afirmaba que era más importante el disfrute que la posesión.

Aquellas postales repasaban muchos de sus viajes, notificaciones a casa para indicar a la familia que todo iba bien, pero también había muchas otras de gente que le quería  y que por un instante le hicieron recordar viejas amistades ahora ya olvidadas.

La nostalgia se esfumó al sentir el calor de unas hijas que le agarraban por la pierna y le pedían que les contase aquel cuento de dar la vuelta al mundo. A sus niñas les fascinaba aquellos cuentos escritos por un tal Julio Verne que también les llevó otras veces al centro de la tierra y a la luna.

Las historias de países lejanos fueron pasando por su mente cuando acariciaba a sus hijas y les daba un beso de buenas noches. Phileas Fogg iba rumbo a Japón en un barco que también fue el suyo y que cambiaría su vida para siempre….

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