La ermita de Tamajón. Autor: David Mateo Cano

Un chico después de estar encerrado todo el fin de semana en casa, decidió salir de su hogar para cambiar de aires y refrescar así el cerebro, ya que éste se acartona cuando alguien lo tiene inactivo durante mucho tiempo llegándose a obsesionar con cosas absurdas,  al día siguiente tenía que trabajar por lo que no podía irse muy lejos, de manera que buscó en Internet algo que no le hiciera recorrer muchos kilómetros, creyó dar con el sitio idóneo en Los Pueblos Negros de Guadalajara, los cuales se caracterizan por estar hechas sus viviendas de pizarra negra. Inició el viaje al mediodía poco después de levantarse, la vagancia e inactividad en aquel fin de semana se había apoderado de él por completo, nada más montarse en el coche se sintió bien, la conducción fue agradable y relajada, apenas encontró tráfico hasta Guadalajara, una vez en esta ciudad cogió una carretera comarcal que debería de llevarle hasta su destino, la calzada a pesar de ser secundaria se hallaba en buen estado, las curvas en ocasiones eran de unos ciento ochenta grados, se detuvo al lado de un castro que vio por el camino, estaba casi derruido pero le llamó la atención, tomó unas cuantas fotos con su cámara siguiendo a continuación con el viaje, iba observando todos los detalles que se mostraban a ambos márgenes de la carretera, pudo ver según conducía un cartel que indicaba el comienzo de la ruta, atravesó unas casas para pocos kilómetros después llegar a Tamajón, allí vio varios coches aparcados, él dejó el suyo más adelante junto a una pequeña ermita que existía frente a la carretera, el joven con la cámara en la mano quiso tomar cuantas más fotos mejor, al ser invierno la noche comía espacio al día con precipitación, comenzó a andar, subidos en unas rocas había un grupo de personas charlando, la cima sin ser muy elevada si tenía un desnivel de unos veinte metros aproximadamente, a lo lejos se podía contemplar la grandeza del Ocejón que por aquel entonces se encontraba cubierto de nieve de mitad para arriba, iba haciendo fotografías de las rocas, el color oscuro de las mismas le daban un aspecto volcánico al entorno, le llamó la atención ver a alguien tumbado bocabajo, él se acercó por detrás sin que el individuo se percatara de su presencia, le dio algo de vértigo, comprendió el ¿Por qué? de semejante postura, el hombre estaba preparando una cuerda para realizar escalada, aquello para un montañista experimentado no sería nada destacable pero para alguien que realizara escalada la cosa sí era atrayente, además cabía la posibilidad de que nadie hubiera subido antes al monolito, ganándose en este caso el derecho a bautizarlo con el nombre que deseara como marcan las normas de la escalada, dejó al hombre con sus quehaceres siguiendo él recorriendo la zona, aunque eran poco más de las cinco el sol había desaparecido por completo, mientras caminaba por los alrededores notaba como el frío se hacía cada vez más intenso, una ligera brisa lo envolvía todo, cruzó la carretera para fotografiar unas incrustaciones calcáreas que se asemejaban a acantilados, después con el zoom de su cámara acercó la ermita, quería hacerse con una instantánea del entorno, para su sorpresa la foto no salió, sin embargo se rebobinó el carrete de forma automática, desde que salió de casa no había probado bocado y empezaba a tener hambre, la zona le había gustado, así que tenía la firme intención de regresar otro día para contemplar el resto de pueblos con más meticulosidad, antes de dirigirse a su vehículo se fue hacia la entrada principal de la ermita, en ésta figuraba un letrero que rezaba, “Virgen de Nuestra Señora María de Los Enebros”, se podía divisar en el interior de la ermita unos asientos, la imagen de una Virgen y velas encendidas, pero no era posible pasar al existir unos barrotes incrustados en la entrada que impedían el acceso, él se giró hacia detrás comprobando que ya era noche cerrada, las velas del interior alumbraban la capilla dándole un aspecto singular que le llamó mucho la atención, maldijo su suerte al haberse quedado sin carrete, aquella qué duda cabe habría sido una fotografía perfecta, miró hacia atrás otra vez, no vio a nadie, entonces una idea se le cruzó por la cabeza, quiso contemplar aquel sitio desde dentro, observó los barrotes, estaban bastante separados, él era de contextura delgada, haciendo algo de contorsionismo podría burlarlos, no sin dificultad eso sí, puso manos a la obra, con varios giros de su cuerpo consiguió meterse dentro, lo que más le costó fue introducir la cabeza, de hecho, una vez que traspasó los barrotes la sintió dolorida, pero el dolor después de conseguir un objetivo siempre pasa a un segundo plano, si fuera la oscuridad era patente dentro de la ermita le daba la impresión de estar en pleno día, las velas lucían con una potencia inusitada, merodeó de un lado a otro, la edificación no tendría más que unos cuantos metros de largo y algunos menos de ancho, por lo que en un par de pasos se la recorrió en varias ocasiones, se sentó en uno de los bancos contemplando la cara de la Virgen, ésta a diferencia de las vírgenes que había visto anteriormente tenía una sonrisa en los labios, su rostro era el de una mujer feliz, se acercó hacia ella y le tocó la cara, después volviéndose de espaldas buscó un asiento para acomodarse, se sintió desorientado, creyó que había dado demasiados pasos sin encontrarse con ningún obstáculo, se giró y un agujero se abrió en la tierra, inició un descenso que parecía no tener fin, había caído en un pozo sin fondo, por más que descendía no llegaba jamás al final, gritó con desesperación, la oscuridad era absoluta, él seguía descendiendo y gritando, su suerte estaba echada.

 

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