Enlightenment, sobrevivir a Varanasi. Autor: Miguel Ángel Vélez Martínez

Aquí los padres se rapan la cabeza y visten túnica blanca. Son los encargados de prender fuego a la leña donde yace el cadáver de su hijo. El cuerpo arde durante 3 horas hasta alcanzar el Nirvana. De nada vale lo que seas o tengas, sólo queda libre el alma. Los shadows, los niños y otros pocos más que ya no recuerdo son sagrados. Ellos cuando mueren son envueltos en sábanas con piedras pesadas y atados con correas, se dejan caer al fondo del río desde una barca lejana a las orillas de la ciudad.

Estoy en Varanasi, la antigua Benarés. Llevo tres días paseando entre mierda y miseria mientras escucho historias de su gente rodeado de toda una escenografía increíble. De nuevo, escucho la historia sobre el origen de la cabeza de Ganesha y vivo el culto al shivalingam. Miro avergonzado a quienes se purifican bañándose en las aguas del río a la misma vez que el sonido de las campanillas se funde con los suspiros del esfuerzo de mi remero. Esto es un flujo continuo de personas, pobreza y enfermedades, donde el rico reparte granos de arroz en los platos que sujetan los miserables, y éstos se los pasan a los más miserables aún. Al final, esos mismos granos de arroz llegan en cadena a la vaca de turno que paradójicamente parece ser que es la única que engorda. Cuando decido alejarme de lo que me resulta un bullicio humano sin sentido es cuando llego a una de las azoteas con vistas al Ganges. Una vez allí, desde la altura, pido algo de comida. Llevo toda la mañana entre dolor, hambre y sufrimiento y, según dicen aquí, llenar el estómago es lo único que tiene esta vida.

Hoy es domingo, hace un sol espléndido y los tonos ocres y dorados de los edificios tiñen de alegría la ciudad. Familias enteras vienen con sus hijos desde lejos a tomar su baño ritual en estas aguas sagradas. Hoy, para muchos de ellos, es un día especial. De repente, soy consciente de que llevo toda la mañana ensimismado, horrorizado por la marea que supone ver tanta humanidad, digiriendo todo esto de manera solitaria cuando realmente he ido acompañado todo el tiempo. Ahora, a modo de enlightenment, miro a mi pareja quien me devuelve una mirada cómplice negándose a hablar. Entonces, el cocinero nos sirve el desayuno, quien amablemente con la naturalidad de quien conoce bien a sus clientes, y para nuestra sorpresa, nos pregunta aquello de “¿andáis por aquí buscando el cielo?” Y los dos al unísono le respondemos aquello de “quizás”.

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Un Comentario

  1. alisetter

    Muy chulo éste relato, me ha traído muchos recuerdos de aquélla abrumadora ciudad. No conseguí encontrar la espiritualidad que dicen te invade allí… pero sí todas estas sensaciones de las que hablas 🙂

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