Días de selva. Autor: Lucas Fernández Canevari

Si hablamos de Perú, Puerto Maldonado merece un párrafo aparte, sobre todo por ser una ciudad que no se coindice con la concepción que tenemos de las ciudades típicas peruanas. Tal vez se deba a no tener tanta influencia Inca. Si bien afirman que llegaron hasta las puertas de la selva amazónica, nunca pudieron (o quisieron) conquistar.

Puerto Maldonado es la capital del departamento de Madre de Dios, situada a unos 500 km. de Cusco. El viaje transcurrió entre la salida del acoso de vendedores de todo tipo de mercadería (cuadros, metales preciosos, artesanías, “Massage”, drogas, tours, etc.) y entrar en un mundo absolutamente tropical. Ya al subir al micro sabíamos que iba a ser distinto, éramos los únicos turistas.

Una de las tantas cosas que aprendimos viajando (el viaje y la capacidad de asombro merece un post aparte) es la multiplicidad de paisajes que tiene Perú, pero nunca nos imaginamos algo como lo que vimos en Pto. Maldonado. Se sentía como estar en una calle al mejor estilo brasileña, toda la gente en ojotas, bermudas, camisas abiertas y donde todo el mundo se mueve en moto. El clima se presta. Un promedio arriba de los 25 grados.

Pero nosotros queríamos dejar la ciudad (menos de 100.000 habitantes) para meternos en el corazón de la selva. Contratamos unos días en una cabaña en la Reserva Nacional Tambopata. Nos pasaron a buscar por el Hostel (una señora con 4 hijitos) y nos llevaron hasta el puerto donde salió nuestra lancha.

De a partir de acá la aventura fue otra. Era meterse cada vez más en el corazón del Amazonas. Era estar en el medio de la selva. Estar rodeado de monos, aves, carpinchos, caimanes, tarántulas, lobos de río, arboles, un rio de 500 metros de ancho y todo lo que eso conlleva.

Nuestra visita consistió en contratar lo que ellos llamaban “lodge” (una cabaña) en el medio de la Reserva Nacional de Tambopata, donde ya venía el paquete armado con algunas excursiones. Eso fue algo raro para nosotros, ya que tratamos de huirles a los paquetes armados y a las agencias de viajes, pero a veces no quedan alternativas. No es fácil meterse río adentro y menos cuando uno no conoce.

Al llegar nos ofrecen un par de botas de lluvia, que sin saberlo se convertirán en los mejores compañeros de viaje. Un estrecho sendero une el río con las cabañas, atravesando charcos, crecidas y maleza. De costado se veían machetes que fueron usados recientemente con la leña apilada. El camino estaba forzosamente armado, pero así y todo seguía siendo un paraje en el medio de la naturaleza.

Nuestra mente ya empezaba a imaginarse como sería pasar un tiempo en un lugar así. Con un modo de vida tan distinto, donde parece que lo único importante es conseguir el alimento del día, luego disfrutar de la naturaleza. Y ese alimento se consigue principalmente de los árboles y el agua. Si se quiere ir a lo de un vecino se necesita un bote, y remar entre medio de árboles. Y la soledad, debe ser una sensación fuerte. Uno se debe sentir muy solo, pero a la vez estando tan acompañado. Solo teniendo inmensidad de vida alrededor.

Son lugares que a uno lo invitan a hacer una pausa. Parar la pelota, y ver donde se está parado. Reflexionar sobre la vida que llevamos y la naturaleza te invita a entender que la vida es mucho más simple. Intento no caer en un cliché, pero resulta impresionante la cantidad de cosas que tenemos y no necesitamos (segunda invitación a escribir un post aparte “minimalismo”). Pero cuando uno más cosas tiene, más son las preocupaciones y termina “apoderándose” de nosotros.

Volviendo al viaje en sí, con el paquete que adquirimos venían algunas excursiones. La más interesante que la visita al Lago Sandoval. El mismo surge como una crecida del río, después el río volvió a su cauce dejando en el medio un pedazo de tierra que lo separan del lago. Es decir está el río, luego un sendero de 3 kilómetros de tierra, y luego el lago. Pero como había llovido bastante, poco antes de llegar al lago agarramos una canoa y navegamos entre medio de los árboles, y terminamos saliendo de entre los juncos.

Lugar impresionante. Sobre todo impresionante por lo distinto a lo que veíamos en las zonas aledañas al rio, porque su cauce era imponente y llevaba consigo el alboroto de un río movido. En cambio, el lago, era paz y tranquilidad, era la quietud y la calma. Logramos ver y escuchar varias especies de aves, y a lo lejos vimos una familia lobos de ríos (nutrias). Son momentos donde a uno le gustaría saber más de las distintas especies para poder apreciar los lugares de la forma en que se merecen.

Navegamos un poco por el lago y descansamos en una playa. Aprovechamos para comer, mirando con cuidado donde nos sentábamos porque había varios hormigueros, pero de hormigas que realmente dolían cuando picaban. “Hormigas de fuego” las llamaban, porque dejaban la sensación de ardor en la piel. Pero el mayor problema no lo tuvimos en tierra, si no en el agua. Algunos compañeros decidieron darse un refrescante baño en el lago, con tal mala suerte que una raya (http://es.wikipedia.org/wiki/Potamotrygon) clavó su aguijón a un neozelandés justo cuando este estaba saliendo del agua.

Al principio nadie dimensionó correctamente el problema. El herido salió del agua sin problema alguno. Estuvo sentado un rato. Dijo que empezó a sentirse mal, nos subimos al bote y emprendimos la vuelta. En ese transcurso su cara empalideció. Sentía náuseas y parecía que en cualquier momento se desmayaba. Llegamos a tierra y todavía tenemos un trecho de 3 km hasta el río. Le dolía tanto el pie y lo tenía tan hinchado que no podía pisar. Lo subimos a una carretilla y turnándonos y luego de un gran esfuerzo llegamos a orillas del río donde esperaba 2 botes. Uno para llevarlo a él al hospital (todavía tenía un trecho en bote hasta la ciudad y de ahí un taxi al hospital) y otro para llevarnos nosotros a las cabañas. A la noche el herido volvió rengueando, con el dedo vendando y el ánimo recuperado. Hablamos de lo sucedido y nos invitó unas cervezas por llevarlo en la carretilla.

Más allá de sus peligros y el calor sofocante, nos fuimos de Tambopata con el sueño de incursionar más profundo en el corazón de la selva y sabiendo que tarde o temprano, nos íbamos a reencontrar con la selva amazónica.

 

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