Anita. Autor: Ludmila Greco

Todo sucedió en India cuando Amritsar ya quedaba atrás, el calor nos empujaba a las montañas. El objetivo era claro, adentrarnos en el Himalaya y disfrutar, aunque sea un rato, de sus bajas temperaturas. Teníamos 2 opciones: ir en avión o por tierra (tren a Jammu y después empezar a sortear caminos de montaña, si es que estaban abiertos). Como consecuencia de nuestra forma de viajar, tratando de abarcar la mayor cantidad de lugares posibles, elegimos la segunda opción, haciéndonos cargo de lo poco viable que podía llegar a ser. Eran 45 min de avión contra 2 días por tierra (con suerte).  Algo de la incomodidad de viajar por tierra en algún punto nos seduce. ¿Será acaso el viajar con la gente? No lo dudamos mucho y sacamos boleto de tren a Jammu, nuestra primera escala en este éxodo al norte.

El tren a Jammu salía por la mañana temprano, serían unas 5 horas. Queríamos darle una segunda oportunidad al tren, dado que la primera no había sido muy agradable.  Salíamos un miércoles desde una estación mucho más pequeña que Delhi. El caos no era tanto, no sonaba tan mal, pero… (Siempre hay un pero en todas las historias)… Llegamos y el tren no estaba anunciado. Estaba demorado, termino llegando a la estación dos horas después. Tardamos en encontrar el andén correspondiente, y una vez que lo hicimos, descubrimos que no teníamos asientos asignados. Nos miramos, y elegimos unos asientos al azar, suponiendo que en cualquier momento nos sacarían de ahí. Sin saberlo terminamos eligiendo no solo unos simples asientos de un tren. No sabemos bien que elegimos, pero esos asientos resignificaron, en cierto modo, nuestro encuentro con India. Si bien hace poco que estamos aquí no terminamos de sentirnos cómodos, y no solo por la comida picante  y el clima; la gente, el relacionarnos, el diálogo, el encuentro son esos puntos sobre los cuales reflexionamos con mayor frecuencia. ¿Qué del intercambio con la gente buscamos? No sé, pero algo que no sea  solo comprar y vender. Desgraciadamente nos estábamos acostumbrando a que si alguien se acerca es para vendernos algo.

Volvemos al tren. Volvemos a nuestros asientos no legales. Se sentó frente a nosotros un joven hindú. Nos sonríe. Pero el primero tramo del trayecto nos tratamos con un dialogo cordial y distante. Nos pregunta de donde somos, no conoce Argentina (ni de nombre). No es la primera vez que nos pasa.

Al par de horas de haber arrancado, y tras haber realizado numerosas paradas, el tren atropella a alguien, o así nos dicen. Anuncian que estaremos una hora como mínimo parados, bajo el sol del mediodía. El joven nos avisa que se baja y que se toma un taxi. Nosotros no sabíamos ni donde estamos, asique nuevamente nos dedicamos a esperar. Esperar, solo esperar. Esta acción que tan poco practicamos y que tanto malhumor genera está siendo bastante frecuente en nuestro día a día. Que fácil se confunde esperar con perder el tiempo y todo lo que el tiempo conlleva. ¿Será de esas cosas que el viaje nos invita a practicar?

Esperamos. A la hora el tren arranca. En la siguiente estación se sube un matrimonio. Nos miran y nos dicen algo en punjabi (un dialecto de la región donde nos encontrábamos). Les sonreímos en señal de no tener ni idea de lo que nos está diciendo. La señora insiste y señala los asientos libres. Nos sentamos los 4 enfrentados, tratamos de entablar un diálogo pero ni ellos hablaban inglés, ni nosotros punjabi. A los minutos llega corriendo el joven que se había bajado antes.

Estábamos los 5 sentados, cuando interpretamos que la señora le empieza a contar al joven que habíamos tratado de comunicarnos y no habíamos podido. A partir de ese momento el joven se convirtió en el traductor. Sobre todo ella se mostraba muy interesada en nosotros. Hacía preguntas, que nos llegaban traducidas, nosotros contestábamos y la respuesta se traducía otra vez. A pesar de la dificultad de la comunicación la señora no dejaba de mirarnos y sonreírnos. ¿Por qué siempre nos preocupamos tanto por aprender inglés para venir acá, si el idioma es otro? La gente habla otro idioma, el inglés es una segunda lengua que les impusieron.

No sabemos muy bien como pero entre los 5, en esos asientos que no nos correspondían, se formó una suerte de cotidianeidad a la cual no estábamos acostumbrados. Nos preguntaban cosas, pero también nos contaban otras. El joven hindú nos mostró fotos de su familia y su trabajo. Pidieron que les mostremos fotos nuestras. Llego la hora de presentarnos. Nuestros nombres eran tan difíciles como para nosotros los de ellos, salvo el de la señora: Anita.

Anita que nos miraba y nos sonreía, y con la cual, de cierto modos nos entendíamos más allá de la lengua. Anita nos decía que éramos hermosos, nos abrazaba. (Creemos que fuimos los primeros extranjeros que vio en su vida). Nos preguntó si estábamos casados. Nos reímos, no sabíamos que decirle. Claro, que no estamos casados pero aquí el casamiento tiene otro valor. ¿Qué es estar casado? Además de la libreta de matrimonio y el arroz. Le dijimos que más o menos, que hace mucho que estamos en pareja y que vivimos juntos pero que aún no nos casamos. La conversación continuó.

Al rato, próximo a llegar a destino Anita toma su cartera. Busca y le da a Ludmila dos regalos. Un lápiz labial y una plancha de Bindi, (unos 30 puntitos rojos adhesivos que utilizan las mujeres casadas). Nos dice también que nos va a dedicar sus oraciones de la mañana.

Llegamos a Jammu, nos despedimos con un abrazo sabiendo que posiblemente nunca volveríamos a vernos, pero que nosotros al menos no los olvidaríamos tan fácil.

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