Un viaje para desafiar el tiempo. Autor: Heidi Pohl

Hay momentos en la vida en que el río de los acontecimientos, de los cambios, las decisiones y el movimiento incesante característico de esta época de la historia nos lleva por delante, dejándonos exhaustos, ensopados en nuestros propios pensamientos, desorientados sobre quién somos más allá de las apariencias. En esos momentos nos preguntamos qué es lo importante, para qué diablos estamos en este río furioso que hace de nuestro día a día una carrera inclemente contra el tiempo. Un tiempo que no nos pertenece, nos esclaviza, un tiempo que jamás alcanza, un tiempo que se convierte en un espejismo más en nuestras vidas postmodernas. Es entonces cuando es necesario, indispensable y sobre todo aconsejable parar, atreverse a saltar fuera de la marea furiosa y simplemente respirar y observar. Esto implica para mí apagar el celular, guardar el portátil en algún cajón, desafiar el no estar “disponible para las cosas urgentes” y lanzarse a la aventura de la vida, desde lo simple, lo cotidiano, un viaje hacia lo esencial. Para hacerlo hay que superar la barrera de la urbe con su tráfico incesante, sus moles de cemento y bueno las “comodidades” que creemos el maná del presente. Lejos de los tsunamis de información, de los avisos incitándonos a consumir infinidad de productos, del ruido…

Empaco en mi coche estrictamente lo necesario y recorro la cordillera central Andina Colombiana, hacia el Norte subiendo hasta páramos y luego descendiendo por enormes faldas de montañas mágicas pintadas de cascadas cristalinas, de pájaros, de nubes suspendidas sobre los valles. A medida que desciendo aumenta la temperatura, surgen flores de miles de colores. El silencio que me acompaña, me permite escuchar mi respiración, acompasarla, generando un nuevo ritmo, que ayuda a aquietar mi mente  y abrir mis ojos a aquello que por andar corriendo muchas veces se me vuelve invisible. Cinco horas me llevan a mi destino, Barichara un antiguo pueblo colonial, suspendido en el tiempo en el departamento de Santander. Cuando abandono la carretera central, cruzo un puente que me permite superar las corrientes de un río enorme, el Suárez que hace parte de uno de los cañones más impresionantes en Colombia, el del Chicamocha.  El río corre de manera desaforada, ha llovido mucho y su caudal parece fuera de sí arrastrando todo lo que encuentra a su paso. Y sin embargo yo lo observo desde arriba, desde otra perspectiva, entiendo su furia, su fuerza y sin embargo no tengo que hacer parte de él, mi ritmo está dado en ese momento por mi deseo de conectarme con algo más grande. Observo por unos instantes el paisaje y entiendo que el mismo no está constituido solo por el río, hay muchas más cosas por descubrir, mi corazón está ansioso y me invita a seguir, a pasar el puente para que empiece la aventura…

Me recibe un pueblo que fue fundado en 1705 por don Francisco Pardilla y Ayerbe. Barichara en dialecto Guane (etnia que habitó el territorio en épocas prehispánicas), significa lugar para el descanso. Sus calles adoquinadas suben y bajan exaltando la geografía irregular, pintándola con casas de adobe y teja española con un toque colonial que a veces se vuelven como de azúcar recordándome las casa de los hobbits con puertitas diminutas y fachadas orgánicas. La plaza principal conforma una pequeña planicie con un parque adornado con árboles antiguos de los cuales cuelgan por doquier orquídeas salvajes. Tiendas de abarrotes rodean la plaza exaltando la imaginación con sus estantes en madera que llegan hasta el cielo, atiborrados de productos de colores. A la izquierda la casa de la cultura invita a ser visitada  con su fachada señorial y los calados y frisos finamente tallados. Enfrente majestuosa y sin embargo compuesta de una arquitectura sencilla, la iglesia principal con su fachada rústica se hace presente de una manera hermosa. Recorrer sus calles es como descubrir un nuevo mundo, cada una es diferente, presenta una nueva perspectiva. El calor hace que mis pasos sean lentos, bajo los aleros que crean sombras sobre las calles de piedra. Mi morada por estos días será el Hostal la casa de Hercilia. Miguel y Daniel, sus hijos, conservaron la casa luego de su prematura muerte y la convirtieron en un lugar para todos, con una cocina enorme que invita a conversar, hamacas uniendo corredores, muebles de mampostería, bichos hechos en metal oxidado que asemejan enormes hormigas que surcan las paredes, duchas con vista a las estrellas carentes de techo y en general una sensación de estar en casa, de pertenecer, de honrar a aquella mujer que inspiró todo esto.

Paso la primera parte de la tarde simplemente en el mirador observando como las montañas del valle se van transformando con la luz, adquiriendo un tono azulado. Es imposible describir la grandeza del espectáculo, simplemente hay que vivirlo. Entonces recuerdo que Javier al saber de mi “retiro” voluntario de la ciudad del ruido me da el número de Maca, su antiguo amor, una mujer a la que ha admirado siempre por su valor de ser quien realmente es, más allá de las expectativas de su familia de origen vasco y de rancio abolengo. La llamo de manera desprevenida, me contesta amorosa y me invita a su casa en la frontera del pueblo. Vive en una pequeña reserva natural, en una casa de adobe sin pretensiones acompañada de sus dos perros, tres gatos y su mayor tesoro, su hijo Esteban, un pequeño de menos de un año, enormes ojos azules, bucles de oro y una infancia pintada de aire puro y libertad. Esteban nació allí en esa misma casa, sin partera (que no alcanzó a llegar por un derrumbe en la vía) asistido por las manos de su padre primerizo y una madre experta en yoga y en el arte de la intuición. Hablamos horas desafiando el tiempo, alargando el atardecer y el olor a tierra húmeda recién regada por la lluvia. Nuestra conversación salta de un tema al otro entretejiendo experiencias, sueños, vivencias. Se hace de noche, ya habrá otros espacios compartidos, presiento que este es el inicio de una gran amistad. Esa noche duermo plácidamente, la tensión en la espalda ha desaparecido, ya no hay cabida para sueños inquietos, tan solo el rumor de los grillos que bailan en el silencio de mi mente.

Un nuevo amanecer, el pueblo se percibe inquieto, es el día esperado, millones de hormigas “culonas” saldrán de sus hormigueros para dejar fecundar sus huevos, por los machos, a varios metros de altura enredándose en las nubes. En esta región consumir hormigas tostadas es un deleite que solo se puede saborear una vez al año… La gente se organiza en pequeños grupos y se dirigen hacia los bordes rocosos y antiguos del valle, con su instrumental de caza listo; unos guantes de caucho, jeans,  camisas de tela gruesa y botellas de coca cola vacías. Es inevitable sumarme a este tumulto de comensales inquietos. El ritual comienza cuando la primera hormiga  sale del pequeño orificio en la parte superior del avispero elevando con dificultad su enorme cuerpo; ZAZ con un movimiento muy rápido Alejandro la atrapa y la introduce en su prisión de plástico en la que poco a poco se sumarán muchas otras. Me inquieta su supervivencia como especie, todo el pueblo está atrapándolas a lo largo y ancho del territorio… -Tranquila -me dice “el pilo”, un biólogo retirado que lleva dorando su vejez en este lugar una década- de cada hormiguero salen infinidad de reinas cargadas de huevos, muchas de ellas lograrán sobrevivir y crearán sus propios hormigueros que pueden llegar a albergar hasta medio millón de individuos. Si no fuéramos su principal depredador  una vez al año, nos invadirían las culonas hasta en los pensamientos… –

Volvemos lentamente con el botín, el calor arrecia. Todos se dirigen a sus casas para proceder con el tostado, el pueblo se cubre con un olor dulzón a quemado, el ambiente es de fiesta de compartir el manjar  con amigos, familiares e inclusive foráneos como yo.

Aún con el sabor espeso en mi boca de los insectos, como a resina de árboles aromáticos, me dirijo al mirador. Un lugar al final del pueblo con vista a todo el cañón. Allí trabaja Alejandro mi jefe de expedición de caza de culonas. Su mujer e hijas están allí también. Los dos son guías turísticos y manejan este pequeño local vendiendo café y colaciones a los turistas. Alejandro durante nuestra caza matutina me habla de las pinturas rupestres prehispánicas que hay siguiendo el Valle hacia abajo. ¿Usted me llevaría?, ¿podría dejar el mirador encargado a su mujer en la tarde? – Se nota que usted no es de acá-me responde- si quiere ir vamos, ya veremos cómo organizamos lo del mirador, para mí lo más importante es seguir los pasos que nos dicta el corazón. Fue así como encontré muchos abrigos rocosos en la zona con dibujos de la cultura guane que ya nadie sabe ni siquiera que significan-

Nos ponemos en camino al atardecer y nos toma casi 1 hora llegar al lugar. Cruzamos por la parcela  de doña Felicia una mujer de más de 80 años con una vitalidad única y quien es conocida en la región porque es la última artesana que trabaja la cerámica según la tradición ancestral. Arriba en el recodo está una de las piedras con pictogramas. Subimos por un terreno escabroso y nos introducimos en una gruta custodiada por unas avispas esta vez de un color azul celeste. Tenemos que entrar de cuclillas y permanecer en esta posición pues el alto de la cueva no supera los 90 cm. De espaldas, echada sobre la tierra, comienzo a observar el techo. Al principio no veo gran cosa, sin embargo poco a poco comienzo a ver las figuras hechas en colores rojo sangre y negro. Es un dibujo que se extiende por todo el techo representando figuras antropomorfas, algo que identifico como estrellas y finalmente Alejandro me comparte lo que le dijeron un grupo de arqueólogos a los cuales el guio hace un tiempo -ellos dicen que esto es la representación guane del universo, los cuatro puntos cardenales, los cuatro elementos y el ser humano como un elemento más del sistema…. -Quedamos en silencio un buen rato, que sencillo principio, me pregunto ¿cuándo y cómo se nos habrá olvidado algo tan básico?…. Regresamos conversando alegremente. Como si nada Alejandro me cuenta que tuvo un accidente hace seis meses cayéndose de espalda 16 metros. La consecuencia dos vértebras fisuradas. Es un milagro que esté caminando y su siguiente plan es hacer parte del primer maratón de fondo que se hará en la zona, 120 km con un ascenso total de 1500 metros…. tiempo para realizarlo 72 horas…. ¿Alex y para qué va hacer eso? – Para superar mis límites, para hacerme uno con la montaña, para tener la visión que algún día tuvieron del Cañón los valientes guerreros felinos guane, para agradecer el estar vivo –

Regresamos ya bajo el manto de la oscuridad. Ceno algo ligero en el local de Wilson, un hombre afable de la zona, que le apuesta a este local bonitamente decorado, un lugar como dice él para conversar con los que llegan alrededor de una comida sencilla y casera.

Mi próximo destino Guane, un pequeño corregimiento que adoptó su nombre de los antiguos habitantes de estas tierras, cuya patrona es Santa Lucía, reina de los ciegos y en cuyo honor se construyó la iglesia en el año de 1600. Barichara y Guane están unidos por un romántico camino real que cruza entre pequeños bosques, cascadas, rebaños de cabras y puertitas de ingreso a antiguas casas campesinas. Ya lo he recorrido varias veces a pie, esta vez lo haré en mi coche por una angosta carretera que bordea los precipicios, no me imagino lo que me espera… Casi al llegar a mano izquierda descubro por primera vez una humilde casa enredada entre raíces retorcidas. Unas enormes esferas conformadas de bejucos cuelgan del techo y un hombre parecido a un quijote macondiano fuma un cigarrillo sin filtro mirando al infinito. No lo puedo evitar, me detengo y le pregunto si esas esferas son hechas por él, al acercarme descubro que la maraña de raíces son infinidad de objetos trabajados de acuerdo a su morfología. Me invita a seguir y me dice con una dignidad que me impacta-  mucho gusto señorita, soy Gabriel, ex policía, oriundo de estas tierras y que con el devenir de la vida me di cuenta que lo que me gustaba realmente era tallar la madera. Soy artista a mucho honor y eso sí hecho a pulso….- sé que he llegado a este lugar simplemente para escuchar, así que me siento y durante tres horas acompañadas de café amargo, este hombre me cuenta toda su historia (la cual seguramente será el material para otro relato de viaje) y me lleva por cada uno de los objetos recreados con sus manos, desenmarañando un mundo de fantasía. – Sabe una cosa la madera le habla a uno, solo es cuestión de sentirla de escucharla, ella está esperando simplemente ser redescubierta, ser transformada en algo hermoso-

Con el corazón llenito me despido de don Gabriel y Ana su esposa. Antes de partir don Gabriel me baja una esfera y me la da diciéndome: “Yo sé que usted aprecia esto, estas esferas son hechas de bejucos que recogen los descendientes de los guanes en la vereda Butaregua, yo las hago en honor a ellos. Viven como a una hora de aquí,  le regalo esta escultura para que vuelva algún día  y los visitemos juntos…”

El último día de mi estadía en Barichara me dedico a escribir este relato en el patio colonial de una enorme y antigua casa que hoy en día se ha convertido en una  Escuela de Artes y Oficios para que la gente de la región aprenda de gastronomía, de cerámica, de talla en piedra, de tejido. Me tomo lentamente un café y saboreo los fabulosos panes de papa que Araceli horneó en la mañana. Estar aquí ha sido una experiencia maravillosa, pues me ha reconectado con la magia de lo cotidiano, con los rituales, con la alegría de sabernos vivos, con los sentidos, con sencillas e inspiradores historias de vida de las cuales todos podemos hacer parte y sobre todo con mi corazón que me dice al oído: nunca se te olvide quien eres, confía en seguir aquello que te apasiona siempre….

 

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  1. Óscar Guerrero

    El viento del cañón, que en las horas de la tarde refresca la piel, a la vez es la voz de todo lo bueno, como tu relato.

  2. elena sofía

    “un viaje hacia lo esencial…” “surgen flores de miles de colores…” “generando un nuevo ritmo…”
    Sí, definitivamente “mi ritmo está dado en ese momento por mi deseo de conectarme con algo más grande”.
    Gracias Heidicita!

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