Todo deseo tiene una respuesta. Autor: Jairo Alfonso Ramos Jiménez

Estoy en la Terminal de Transportes. No sé a dónde viajar; pero debo hacerlo. Es preciso que abandone esta ciudad lo más pronto posible para ver si logro recuperar un poco las fuerzas y las ganas de vivir, ya que últimamente he soñado que la muerte ronda a mi lado, y creo que es por el stress que me está asfixiando, así que me voy a tomar unos cuantos días de vacaciones. Llevo tantos años encerrado en las cuatro paredes de mi oficina, resolviendo la vida de los demás, que ya me estoy olvidando de vivir mi propia vida.

Observo en la pantalla de despachos. Cinco autobuses saldrán en treinta minutos a diferentes destinos. No sé cuál abordar, y a la larga, creo que eso no es importante porque no hay nadie que me espera al final del camino. Decido que sea la suerte quien escoja mi destino. Miro a todos los lados  buscando una señal y no la encuentro; pero por alguna razón, llega a mi mente el día de mi nacimiento: dieciocho, entonces considero que esa es la señal e interpreto que debo subir al autobús que tenga ese número en sus placas. El despachador de boletos, se extraña ante mi pregunta, y con desdén dice que el  que va para Cartagena cumple con mi exigencia. Constato que es así, compro el boleto y espero con paciencia a que se anuncie su partida.

Nunca he estado en Cartagena. Lo único que se de ella es que está llena de historia y de fantásticas leyendas, capaces de erizar los vellos hasta del más valiente. Sin duda es un buen destino y espero poder disfrutar de todos sus atractivos turísticos y venir renovado tanto física y mentalmente.

El tiempo ha pasado rápido. El altavoz anuncia que es hora de abordar el autobús. Antes de hacerlo, apago mi teléfono móvil, para que nadie de la oficina se le ocurra interrumpir mi merecido descanso. Camino hasta el sitio de abordaje, observo a los demás pasajeros y soy el último en subir. Me acomodo en la silla catorce. Nadie viaja a mi lado, es más, solo vamos veinte personas.

La puerta se cierra y el autobús inicia su trayecto sin sobrepasar la velocidad autorizada. En menos de  cuarenta minutos abandonamos el casco municipal para entrarnos en la maravillosa y segura carretera  que nos llevara a nuestro destino.

Al principio del viaje, me agrada estar solo, sin compañía a mi lado; pero al reparar que todos van acompañados de alguien especial, no puedo dejar de sentir una especie de nostalgia que en cierta manera constriñe mi corazón, puesto que me recuerda los muchos años de soledad que he vivido, las oportunidades de amor que he dejado pasar, y las inexorables huellas que el tiempo ha dejado en mi rostro. Este recorderis de mi vida hace que desee que en la próxima parada, una hermosa mujer aborde el autobús y se siente a mi lado como enviada por Dios para mitigar esta soledad que me agobia, así sea por estas cortas vacaciones. Creo que me lo merezco.

El conductor anuncia que pronto llegaremos a nuestra primera parada. Cuando nos detenemos, no dejo de mirar con insistencia la puerta de acceso. Cuatro pasajeros bajan, nadie sube, y el autobús reanuda su marcha.

Me siento torpe, estúpido, por creer que se cumpliría mi absurdo deseo. He pensado como niño siendo un hombre maduro, casi un viejo, puesto que mi rostro está plagado de arrugas y mi cabeza llena de canas. Es mejor leer un libro que seguir pensando en pendejadas que jamás se van a realizar. Viví solo y así moriré.

Busco entre mis cosas y encuentro un libro: El Coronel no tiene quien le escriba, del escritor colombiano Gabriel García Márquez. Su historia, en cierta forma, se parece a la mía. Ambos esperamos algo que sabemos que nunca va a llegar. No puedo dejar de sonreír por la coincidencia, sólo espero que al final de mi vida, no tenga que decir a grita voz, como su protagonista: “mierda”.

El conductor anuncia la próxima parada.

Ni me inmuto, sigo ensimismado en la lectura del libro; pero para sorpresa mía, alguien se sienta a mi lado, y cambia todo el panorama. Dudo en mirar quién es. Después de unos segundos, me atrevo. Comienzo por mirar sus zapatos, son unos viejos y sucios tenis, lo que me hace pensar que es una persona joven. Continuo detallando sus piernas, son delgadas. Su abdomen es plano y su rostro es extremadamente hermoso y joven. Es una mujer de no más de veinte años.

Sonríe por amabilidad.

Contesto su gesto de la misma forma, para después entrar en el más absoluto de los silencios; aunque en mi cabeza se producen miles y miles de pensamientos en donde ella es el personaje principal. Quiero preguntarle cómo se llama, qué hace, dónde vive y sobre todo si se dirige a Cartagena; sin embargo no me atrevo. Qué tonto soy. Yo acostumbrado a hacer las más crueles e imprudentes preguntas a las personas que asisten a mi oficina y no me atrevo a hacerle unas tontas preguntas a una joven que podría ser hasta mi propia hija.

El conductor anuncia que en una hora aproximadamente estaremos arribando a nuestro destino final. Esa noticia me perturba; pero al mismo tiempo me llena de una fortaleza que me permite preguntarle si se baja en la próxima parada o en Cartagena.

Se quita sus anteojos, dejando al descubierto sus hermosos y enigmáticos ojos negros, antes de contestar que en efecto se dirige a mi mismo destino. Por un segundo y por una única vez, tengo el presentimiento que jamás debí preguntarle; sin embargo su blanca y resplandeciente sonrisa borra mis temores, haciendo que nos mezclemos en una larga y simpática conversación que abarca los más recónditos y extraños temas: brujería y sexo. Dice ser una bruja que va a descansar a Cartagena para recuperar fuerzas para seguir ayudando a la humanidad con sus conocimientos exotéricos o con su cuerpo. En mi interior pienso que es una ramera, una esplendorosa ramera que puede volver loco a cualquier hombre; porque si no lo fuera, jamás habría tratado esos temas con un desconocido.

–            ¿Quieres mis servicios?

Que pregunta tan tentadora. Ella me podría predecir el futuro y a la vez calmar mis ansias viriles sin el menor de los compromisos.

–            ¿Cuánto cobras por los dos servicios?

Me mira y de nuevo esboza su enigmática sonrisa. La respuesta que escucho, de nuevo me sorprende.

–     Puede ser mucho o ser totalmente gratis. De ti depende

Esa frase me hace dudar de mi primera impresión sobre aquella mujer. Una bruja jamás trabajaría gratis y mucho menos una prostituta. ¿Quién es realmente esta mujer? Mis pensamientos son interrumpidos por dos situaciones. El conductor informa que estamos ingresando a la ciudad de Cartagena y porque la mano de la  mujer se ha posado sobre mi virilidad.

–         ¿Cuánto estás dispuesto a pagar?

Me quedo callado ante la pregunta; pero con mi corazón latiendo a mil. La mujer nota mi estado y sin darme tiempo a reaccionar me abraza y me besa con una inusitada pasión.

–         Es sólo el principio… cuando lleguemos a nuestro destino puedes conocer el cielo… o el infierno

El autobús se detuvo, y así mismo la mujer se levanta de su puesto. Me mira con actitud picaresca para indicarme que en diez minutos me espera en la cafetería del terminal de transporte para escuchar mi decisión.

Tengo ganas de salir detrás de ella, de inmediato, para no perder un solo segundo de su  compañía; pero a la vez creo que debo respetar su petición de vernos en diez minutos. A lo mejor tiene que ir al baño para darse un retoque, para hacer más esplendorosa su singular belleza.

Me dirijo a la cafetería. Miro el reloj. Faltan cinco minutos para el encuentro. Estoy nervioso. Parezco un adolescente que se enfrenta a su primera cita con la expectativa de poder acostarse con la chica de sus sueños.

El tiempo transcurre. Ella no aparece. Un extraño presentimiento me abriga, creo que me ha robado; pero al revisar mis pertenencias encuentro mi billetera y todo lo de valor. ¿Entonces por qué no aparece?

El plazo se cumple. Decido esperar otros diez minutos; sin embargo mi actitud es inútil porque ella no se asoma por la cafetería. ¿Qué hago, Dios mío? La respuesta que retumba en mi interior me indica que debo continuar mi viaje tal cual como lo planee: en la soledad.

Intento abandonar el lugar pero una sensual voz me lo impide: es ella.

–         ¿Cuál es tu respuesta?

La miro por unos instantes, analizando la situación y repaso toda la conversación que he sostenido con ella para concluir que debo contratar sus servicios pero no los que me propuso, ante lo cual le pregunto:

–         ¿Qué tanto conoces Cartagena?

Su respuesta me permite conseguir al mejor guía turístico, puesto que ella es nativa de la ciudad y conoce cada rincón de la misma.

Antes de iniciar el primer recorrido, expresa con una sinceridad que no deja la menor duda:

–         ¡No soy ramera ni bruja, sólo soy una estudiante de psicología!

Aquella confesión me produce la primera de muchas carcajadas que estoy seguro daré en estas vacaciones.

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  1. Humberto Hincapie

    Hola Jairo Alonso, que hubieras hecho si te resulta lo que dijo primero? Muy bueno tu cuento, que es medio relato.

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