La Provença: más allá del horizonte. Autor: María Dolores Haro Barrionuevo

El sol, aún metido entre sábanas azul oscuro, se desperezaba poco a poco mientras yo rascaba con energía el hielo de la noche fría que cubría las ventanas del viejo Renault. Estaba feliz de abandonar mis amadas montañas por una semana, pues ellas son las que equilibran mi vida pero a su vez me roban continuamente la visión del horizonte, la etérea línea que separa el cielo de la tierra, mi otro apreciado tesoro. Me había olvidado de él, tras tanto tiempo sin disfrutarlo.

Una mañana que la nieve caía con dureza, admiraba melancólicamente imágenes de los confines de la Tierra en internet y curioseando encontré una interesante pareja que ofrecía alojamiento en su casa burguesa exclusivamente para disfrutar de los mejores horizontes de Francia. No lo dudé y contacté con ellos, dos días después abandonaba, muy temprano, por unos días Briançon, la ciudad más alta de Europa.

Atravesé el majestuoso Puerto de Lautaret, con sus más de 2057 metros de altitud. La fuerza de su paisaje siempre me ha dado respeto, me intimida su belleza intacta durante miles de años. Con la ventanilla abierta me gusta expandir mi brazo completamente, fingiendo tocar las cimas de todas sus montañas. El viento que se siente en el puerto de Lautaret es misterioso, cuando lo siento imagino que esconde luchas continuas de guerreros del viento seco del sur contra guerreros del viento húmedo del norte y que encubre batallas en las laderas siempre cubiertas de nieve. Las cimas son tan altas en el puerto de Lautaret, que en su recorrido solo puedes intuir el horizonte; pero poco a poco desciendes y los valles se abren ante ti repletos de diminutas aldeas recostadas a los pies de los Alpes.

Mi rumbo era el Ardèche francés, una encantadora región repleta de grandes extensiones de viñedos, perfumada por miles de campos en flor y maquillada con delicadeza por los preciosos bosques de castañas y el río Rhone. En una de sus dulces y verdes colinas encontré mi destino: “La Provença”. Un desgastado cartel de madera colgado en un muro ancestral de piedra anunciaba su nombre y la entrada principal a la elegante mansión burguesa. La casa estaba rodeada por un inmenso jardín mimosamente cuidado, con columpios, merenderos y un pequeño bosque salpicado de creativas cabañas de juegos de madera.

Cuando llegué, la pareja, medianamente anciana me esperaba en la puerta principal. Con un abrazo más que acogedor, me dieron la bienvenida y las gracias por escoger compartir su horizonte. Rápidamente me invitaron a recorrer la casa junto a ellos. Constaba de once habitaciones, tres salones grandes, dos pequeñas salas de té, varios baños, una vieja cocina y cuatro terrazas principales. Estaba intacta desde principios de siglo, techos altos, ventanas elegantemente colocadas y miles de muebles antiguos cargados de historias conformaban la majestuosa casa. En los pasillos, viejos álbumes con fotografías en blanco y negro de otras generaciones estaban dejados sobre mesas de porcelana. Mi habitación situada en el primer piso te trasladaba a los primeros años del novecientos, en sus armarios pude encontrar zuecos de madera de principios de siglo, distinguidas pamelas estivales de paja… Estaba tiernamente asombrada de la magia de la mansión, del cuidado que desprendían todos sus espacios.

Cuando acomodé mis cosas de la mochila, descendí por la ancha escalera de caracol de mármol, en la terraza que pertenecía a la cocina me esperaba la pareja con un delicioso café y un bol repleto de tentadoras trufas artesanales. Embrujada por la energía positiva de la mansión, y cómoda por la hospitalidad de la pareja, iniciamos una larga conversación mientras me dejaba llevar por uno de los primeros horizontes que desde la mansión se me brindaba.

Cada lado de la casa, con su particular terraza ofrecía un horizonte diferente. La parte Sur me regaló los días claros, la imagen del valle que lindaba muy a lo lejos con mis queridos Alpes, dónde el verde chocaba confusamente con el blancor de las montañas. Desde la parte Este que albergaba el jardín de la cocina, pude vislumbrar, compartiendo exquisitos “Petit déjeuner”, el límite de las pequeñas colinas verdes que limitaban tímidamente con un cielo aún inmenso. Las terrazas Oeste y Norte amagaban el horizonte traviesamente, pues las colinas, al igual que mis montañas se hallaban muy cerca. Cada contemplación me llenó de nuevas energías, pero sobre todo fue la compañía y la casa la que me embriagó de paz y de inquietas bondades.

Cuando inicié mi vuelta ascendiendo los Alpes, no dejaba de pensar en la entrañable pareja que intercambiaba la vista de su horizonte a cambio de escuchar la inmensidad de historias que la casa guardaba. En cada café, cada comida, cada paseo que compartimos, me contagiaron de vivencias de la casa, de visitas del verano, de retornos de largos viajes, de nacimientos, de recuerdos de familiares y amigos. Escuchar aquellas historias rodeada de antigüedades me hizo pertenecer por instantes también a la mansión.

Ahora sé que el siguiente viajero que llegué para disfrutar de las vistas y los horizontes del Ardèche se llevará como yo las vivencias de más de tres generaciones, y quizás escuché también mi historia, la de una mujer que ama las altas montañas pero no puede dejar de ver el horizonte.

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Un Comentario

  1. Humberto Hincapie

    !Este es un verdadero relato de viaje! Muy bien hecho, felicitaciones Maria Dolores.
    Lamentablemente la mayoría de los escritos de este año son cuentos, no relatos de viajes.

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