¡Viajeros al tren!. Autor: Jaime Andrés Roldán Londoño

Por amores, azares y jugarretas del destino había derrapado de nuevo en aquella Buenos Aires de encuentros y desencuentros. No hablaré de ello, tal vez en otro momento lo haga. Hablaré esta vez de la nueva partida, de esta que son muchas partidas, las de siempre.

Volví a salir en un vagón de tren, esta vez un viaje largo, un viaje soñado y dibujado tiempo atrás. 1200 kilómetros para surcarlos en 24 horas, vagón de turista, pasaje barato, sillas incomodas, encuentro con la vida.

Un gusano inmenso, verde, como de 10 cavidades y con vertebras, genial metamorfosis. Viajando en las entrañas de este gigante, en sus vísceras, fuimos saliendo de la estación de Retiro. La Maleva despojada de su rueda delantera cojeaba en el furgón del equipaje, medio equipaje en bolsas y las alforjas abrazándose tomaban el sitio que les daba el maletero. El gusano inquieto tragaba gente de todo sexo y condición, voraz animal con capacidad titánica. Perezoso y a un ritmo pianísimo comenzaba a dejar la capital. Adiós, adiós, adiós… a lo que venga.

Jubilo en el interior, bolsas, bolsitas, maletines, termos, juegos. Cada individuo se preparaba como podía y sabía para ser movido por el gusano. Por las ventanas de doble pared discurría una ciudad acompañada por un luminoso sol que calentaba algunas cabezas y el cuerpo de esta serpiente – gusano.

Viajar en tren, es lo mejor… dice la vieja canción infantil, chu chu!, dice la del ritmo caribeño, yo no digo nada, me maravillo y guardo silencio. Bancas de tres, bancas de a dos, clase turista, bancas de 90 grados, bancas duras, bancas viejas, bancas que pueden cambiar de posición. Todavía los hay que vienen a despedir a los viajeros pero no vi ninguna pareja de enamorados que corriera a su lado. Al tren le tocó salir solo como quien recorre el camino que sabe de memoria. La ciudad en su inmensidad desafía al animal que tímido se va apartando de ella entre villas, avenidas por las que no pide permiso al pasar, parques con deportistas mañaneros y barrios con distintas pinturas. Luego respira nuestro animal en la libertad de la estepa, furioso carruaje con sus diez vagones, turista, coche cama, pulman, restaurante, furgones y centro de operaciones. Con la sabiduría de quien sabe de memoria los caminos vamos a saludar a los pueblos de paso, destino Tucumán, norte argentino.

En los trenes palpita la vida de una forma distinta, te vez, te reconoces y saludas a tu semejante como diciendo: aquí estamos, vamos juntos, seamos. Un saludo, el mismo o diferente destino por el mismo riel. Manos laboriosas trazaron el camino de rocas, madera y fierros, un camino inacabable.

A mi lado una mujer que se dice poeta, que ha bebido del budismo y que se ha dejado seducir por la India. Nos encontramos en la palabra, pensamos que nos queda un camino largo. Al otro lado, inquietas adolescentes que juegan a las cartas cuando sus teléfonos celulares no acaparan su atención, todos van conectados a algo. Las madres acomodan a sus hijitos y disponen viandas y maletas, sobre nuestras cabezas hay techos hechos de valijas. Los perezosos padres y algunos viejos apoltronan sus traseros hacia una larga jornada y entre las paredes de este viejo tren todos soñamos que llegaremos a algún lugar mientras viajan los sueños y las palabras.

Como si fuésemos infantes y como en el principio del principio nos vemos mecidos por los rieles, solo faltaría el arrullo de la madre y una canción de cuna para recordar cuando salimos del vientre. En vez de esto tenemos la estrepitosa tonada de una cumbia argentina o la melosa rítmica reggaetonera salida del parlante del teléfono celular de la adolecente de la banca de adelante, eso entre los despistados jóvenes viajeros que llegaron últimos buscando su asiento, preguntando por su vagón.

Entre tanto nuestro rítmico gusano hace rato viaja volando entre lustrosos rieles que el tiempo ha brillado. Algunos como yo preguntamos por las vidas de los otros o respondemos preguntas como si abriéramos puertas. Parece que todos conocieran la larga jornada y de infinitas bolsas como cornos de la abundancia brota comida para alimentar todas las bocas, yo me guardé la economía para ir a conocer el vagón restaurante cuando el hambre lo ameritara.

La gran estepa argentina hace presencia y este solitario animal con sus entrañas llenas de almitas se abre paso en un ritmo que no asusta al viento, no se podría decir que voláramos, apenas si atinamos a querer planear. Estos viejos trenes no conocen todavía de altas velocidades, no son balas, son flechas. Flechas de madera y viejos fierros visitando pueblos fantasmas cuyos espectros saludan al paso. Al lado de la vía  viejas y caídas casas de lo que  otrora fue prospero apenas si resuenan al paso de nuestro viejo vapor.

Que fue primero, ¿El huevo o la gallina?, que fue primero, ¿El tren o los pueblos de paso? Hoy supe en conversaciones posteriores que en cuanto al tren, este fue primero. Los pueblos fueron como hijos que iban naciendo a su paso, los pueblos fueron los amores del tren con el espacio. Pero el padre Estado, el mayor, el tirano, fue aniquilando al tren, mutilando sus amores. Entonces los hijos se fueron quedando solos y muriendo allí donde habían nacido, a la vera del camino y ahora como en una película de ficción solo vemos fantasmas, espectros de vidas pasadas. Pero como en todo, hay amores más fuertes, amores que resisten a eso del tiempo y allí siguen meciéndose al lado del camino esperando a su viejo amante a las mismas horas de siempre, cumpliendo la cita. Tanto amado y amante están viejos, los pueblos, en estos casos la estación con un movimiento lento y el maquillaje caído, el tren como viejo lobo que todavía cumple su cita en el mismo cascarón. Aunque maquillado, deja las arrugas en su piel, el embate del tiempo y los golpes de sus hijos bastardos. Estos golpes son algo literal, todavía se suceden. Sentí los primeros llegando a la estación de Rosario Norte y comprendí el por qué de la doble ventana. El tren es humilde y siempre entra por la puerta de atrás de cada ciudad que visita, no se da las ínfulas de gente importante y accede por el portón de los desposeídos, pero apenas llegando un par de rocas quieren aniquilar al gusano tratando de atravesar su dura piel. Se escucha el estruendo pero nuestro sabio animal no pierde el rumbo, se resiente lo sé, le duele, pero no se detiene.

El viaje sigue al interior del tren mirando las caras de quien lo habita. Algunos altruistas pudieron conversar con Morfeo y se les ve estableciendo el dialogo del sueño mientras el trayecto los mece, caras de viejos con la boca abierta, gente ya viajada. Hay interminables filas al vagón comedor para buscar el caliente y puro líquido, el agua para cebar más mates, hay yerba para todo el camino. El piso se llena de migajas de galletitas y migas de pan de los sanguches de milanesa, es un completo tapete de migajas, navegamos sobre harina procesada.

En la madrugada el viejo visita a algunas de sus amantes y se detiene en algún pueblucho, siempre las bocinas anuncian la llegada del gigante, él es un caballero que pide permiso para cruzar avenidas pero luego derrapa tranquilamente en sus parajes. Descargamos como tullidos bultos queriendo correr y estirar las piernas. Hombres y mujeres fuman sus cigarros desesperadamente ya que, en el interior del animal no es posible. Afuera se escucha el pregón de ¡Café, café!, ¡Alfajores por diez pesos!, ¡garrapiñada!, y golosos todos comemos mientras nuestro gigante descansa y como Caronte lleva nuevas almas a cruzar su destino. Fuera de las ventanas el día se ha cerrado y la luna hoy no a asistido  a la jornada, debe andar perdida en otra galaxia. Nos acompañan a cada tanto unos tímidos faroles de la vida que palpita en el exterior, una calle, una casita, mientras nuestro vidente que conoce el camino apenas palpándolo, sigue abriéndose paso.

A la hora de la comida vuelvo al vagón comedor, tranquilísimo lugar con mesas para leer, pensar y ver la noche. Dentro del vagón no existe la noche ni el sueño aunque algunos lo consigan. Algunas luces se apagan como invitando a dormir, pero no son todas, ni todos aceptan la invitación. A estas horas las relaciones están establecidas y la conversación avanza como los kilómetros. Es de mañana y nos han sorprendido las horas. En la estación de la banda desciende un número considerable de pasajeros, no todos llegan al final, igual que en el juego de la vida. Me despido de mi amiga la poeta que de seguro seguirá escribiendo versos para seguir resistiendo. Las bancas se hacen más amplias y de nuevo la luz al exterior. La estepa, la inmensidad, los sembrados, el ganado, algunas casas. De nuevo un bocinazo fuerte y profundo, el más largo, se acerca el destino, aparece, o más bien lentamente se deja ver la ciudad de Tucumán. Juntamos 24 horas y el ritmo disminuye para entrar en la urbe. Como en otras ocasiones por la puerta de atrás, la parte vulnerable, los desposeídos en sus ranchos nos muestran el rostro, un rostro que dibuja una sonrisa saludándonos al paso. Entre basurales, fuegos y uno que otro árbol frutal todavía hay espacio para la risa. En la inocencia de los niños uno de ellos levanta sus bracitos dándonos la bienvenida. Cloacas y ríos de agua sucia son el preámbulo y luego la vieja estación, guarida de nuestro gusano que pugna por un descanso, agradeciéndole que nos haya traído a buen puerto lento pero con buen paso. El techo de valijas desaparece y todos cargan con sus pertenencias, yo voy ligero buscando a mi compañera para preguntarle cómo le fue. Cubierta por una capa del polvo de los caminos sigue bella e intacta. Incorporo su rueda, la revisto de su equipaje y me avisa que está lista.

Ahora el viaje ha de seguir en dos ruedas, el sueño del tren quedo atrás con sus kilómetros y lejanía. Preciso partir en búsqueda de nuevos caminos. Salgo de la estación.

 

 

 

 

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  1. luisa cacheiro q

    Está bien,va describiendo lo qué ocurre en determinados momentos y las gentes qué allí van.
    Mi recuerdo de cuándo hice mi viaje desde Hendaya hasta Ginebra,en tren,fue divino.

  2. alfavil

    Buenisimo. Me recuerda mi viaje por tren de Córdoba a Buenos Aires. Eso es lo que debe hacer un buen relatode viaje: desatar los recuerdos del que lee.

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