Perdido. Autor: Alejandro Quintana Tomás

Era la primera vez que Yago perdía un tren. Corrió por la estación abarrotada pidiendo perdón a cada encontronazo. La prisa no está reñida con la educación. Tal vez, si no se hubiera entretenido a recoger el bolso de aquella chica, hubiera llegado a tiempo. Pero cuando alcanzó el andén el convoy ya había arrancado. Se sintió estúpido al correr tras él, a sabiendas de que era inútil perseguir un tren en marcha. Y más estúpido todavía cuando detuvo su absurda carrera. Se quedó mirando la parte trasera del último vagón, con su macuto tirado en el suelo, resollando y sudoroso. A pesar del aire helado, se sentía arder. Bien, ya era una realidad. Estaba sólo, sin dinero, sin saldo en el móvil, en una ciudad desconocida, en un país cuyo idioma apenas hablaba y sintiéndose el tipo más estúpido sobre la faz del planeta.

Perdido, tan cerca del final a sólo unos kilómetros de España. Se sentó sobre el macuto y dejó que el abatimiento le invadiera. ¿Por qué no? Tuvo ganas de quedarse allí sentado y nada más. Algo después el frío se le metió en los huesos y notó el sudor de la camiseta en la espalda. Consciente de lo absurdo de permanecer sin hacer nada, se levantó y deshizo andando el camino que había hecho a toda carrera. Debía pensar y mantener la calma. No era para tanto. Alguien le dejaría hacer una llamada, conseguiría algo de dinero. Tomaría el siguiente tren, lo único que quería era pasar la frontera. Una vez en su país se sentiría más seguro. En Barcelona tenía amigos, podría quedarse unos días en su casa hasta conseguir dinero suficiente para regresar a Lugo. Sabía que su lugar estaba allí, porque había buscado otro lugar muy lejos y no lo había hallado.

Había viajado por media Europa: Bruselas, Berlín, Ámsterdam, París, Londres, de nuevo Berlín, Nápoles, Milán, de nuevo París. El entusiasmo que le llevó a buscarse un nuevo lugar, lejos de lo conocido, de lo cómodo, se había esfumado. Lo único que había descubierto en su deambular era que deambular no era lo suyo. Le costaba demasiado aprender idiomas, hacer amigos, mantenerse en los trabajos que encontraba. No se sentía a gusto en ninguna parte y, paradójicamente, echaba de menos el hogar de donde había, ahora se daba cuenta, huido. Cuando decidió volver tuvo la fantasía de exagerar su experiencia: contar a todos lo bien que lo había pasado, las chicas que había conocido, los amigos que había hecho. Pero ahora se sentía un inútil total, incapaz siquiera de tomar un tren a tiempo, y mucho menos, de aparentar lo que en realidad no era. Volvería a casa. Trabajaría en el restaurante de sus padres. Llamaría a Isabel y le propondría salir de nuevo. Tal vez le perdonara.

Con el ánimo renacido de unas cenizas pasajeras, se encaminó hacia el mostrador de información. La chica que lo atendía hablaba un buen español, casi sin acento. Yago le explicó su problema y ella, con una sonrisa, le alcanzó un teléfono y le indicó que marcara el cero antes del prefijo de España. ¿Así de sencillo? ¿Había estado tan preocupado para, al primer intento, solucionar su problema? Dio las gracias, sonrió a la muchacha y marcó el número de su hermana.

— ¿Yago? —respondió Lucía al escuchar su voz— ¿Desde dónde llamas?

— Estoy en Perpiñán, Francia —dijo, contento de escuchar una voz conocida—. No puedo hablar mucho, tengo un problema.

Yago explicó su peripecia procurando parecer divertido, despreocupado. En realidad no había para tanto, todo había quedado en una anécdota.

— No te preocupes, enviaré el dinero cuando vaya de camino al restaurante —dijo Lucía.

Al ver que la chica de información atendía a una pareja de mochileros, sin prestarle a él atención alguna, Yago decidió alargar la conversación.

— Muchas gracias, hermanita. ¿Cómo va todo por ahí?

Yago escuchó un resignado suspiro.

— ¿Qué más te da? —respondió Lucía—. Como siempre hay mucho trabajo, papá no deja de quejarse, mamá nunca se queja y tú, a tu bola.

— Ya voy a regresar, estaré unos días en Barcelona, pero vuelvo a casa —Yago sintió que necesitaba tragar saliva—. Quería daros una sorpresa.

— No te preocupes… —dijo Lucía— sigue con tus aventuritas. Pierde el siguiente tren, no pasa nada. Aquí trabajamos todos por dos, pero tú viaja, hijo, viaja…

— ¿Lucía? —cortó en seco a su hermana— Vete a la mierda, tú y tu dinero.

Y colgó el teléfono de repente, algo sorprendido. Nunca había hablado así a su hermana, de hecho nunca había hablado así a nadie. Y por alguna extraña razón, tuvo la sensación de que era la única manera de hablarles a las personas. Dio la vuelta sin despedirse ni dar las gracias a la atenta muchacha del mostrador.

Se dirigió a la salida de la estación y, una vez fuera, el aire frío de enero le abofeteó la cara. No sabía dónde estaba, no conocía a nadie, ni hablaba bien el idioma; no tenía ni un céntimo, ni saldo en el teléfono. A pesar de todo ello se sentía bien, notaba cómo un calor inexplicable, agradable, le nacía en la boca del estómago. Allí, en alguna parte o en cualquier lugar, estaba su lugar en el mundo.

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