Los viajes del pasado. Autor: Ricardo García Delabat

¡Qué fácil es viajar en estos tiempos! Podemos organizar un viaje por nuestra cuenta a destinos remotos por raros y extraños que nos puedan parecer. Puede ser a Malasia o a Tierra del Fuego, Alaska o Vietnam. Podemos ir, siempre que el presupuesto acompañe, a dónde se nos antoje. Y todo con un simple clic. Gracias al desarrollo experimentado en las telecomunicaciones, sí eso tan familiar para todos como es Internet podemos organizar viajes a nuestra medida. Gracias a la red disponemos de autonomía absoluta para reservar vuelos, hoteles y un sinfín de servicios sin movernos de casa. Puedes incluso ver cómo será la habitación del hotel elegido para tus vacaciones. También puedes, si llega el caso, ver fotos de tu destino antes de hacerlas personalmente con tu cámara.

Pero los que ya peinamos canas, si bien en mi caso las peino desde muy joven, aún recordamos aquellos años en los que encontrar información de ciertos destinos para preparar un viaje de los que hoy se denominan “a tu aire” era casi un trabajo de investigación. Y no me refiero a exóticos viajes a lejanos lugares, en absoluto, me refiero a destinos muy cercanos, en los confines de nuestra piel de toro. Lugares muy cercanos en la distancia pero terriblemente lejanos, por sus malos accesos y por la dificultad para llegar a ellos. Afortunadamente para los viajeros actuales, hay cantidad de información casi de cualquier rincón de España, por escondido y alejado que quiera estar. Además con las mejoras habidas en las infraestructuras y en los mismos medios de transporte, sea cual sea el medio elegido, tierra, aire o mar, el concepto de lejanía ha cambiado notablemente. Al menos en lo referido a los viajes dentro de España.

En aquellos tiempos de juventud, en mi etapa de mochilero, cuando el presupuesto era algo más que exiguo, tanto mis ansias viajeras como la saturación propia generada por vivir en una gran ciudad, me hacían salir de la urbe en cuanto juntaba algún día libre y algo de dinero. Buscaba sobre todo montañas, pero no por ello pasaba de largo escondidos pueblos o añosos monumentos. Para llegar a aquellos destinos, por lo general tenía que desplazarme hasta recónditos rincones cuya localización no siempre era fácil. No obstante, esa dificultad nunca supuso un grave problema para mí. En muchas ocasiones, la localización de muchos de aquellos lugares, tan escondidos e ignorados en los mapas comunes de la época, pudo ser resuelta siempre en la biblioteca del Instituto Geográfico Nacional, IGN, de Madrid. Me resultaba cómodo ya que vivía muy cerca de ella. Gracias a esta biblioteca y a sus detallados mapas topográficos, escala 1:50.000, encontré pueblos y caminos, que de ninguna otra manera hubiera podido encontrar. Fueron muchos los pueblos, inexistentes en los mapas convencionales, que busqué y encontré en tan preciadas cartas geográficas.

Un día, pensando en mi próxima salida, decidí hacer un viaje, pendiente hacía mucho tiempo y del que solo conocía el final: Luarca, la hermosa villa marinera del occidente asturiano. El hecho de decidirme por aquel destino no fue fruto de la casualidad. Años atrás, cayó en mis manos, no recuerdo bien como, una vieja foto del cementerio de Luarca. Por extraño que pueda parecer, aquella foto me cautivó y pensé que algún día tendría que ir hasta allí para pasear con calma entre aquellos mausoleos modernistas. Y no es que sea especialmente morboso, más bien al contrario.

La ruta desde Madrid hasta Luarca, siendo evidente, no la tenía tan clara. Lo inmediato, sin duda alguna, era coger el tren hasta Gijón y desde aquí llegar hasta Luarca. Pero no, quería algo más. Busqué alternativas más atractivas; quería hacer un viaje de los de verdad. Y también quería ponerme en marcha lo antes posible.

Fui a la biblioteca del IGN. Blanca, la bibliotecaria, ya me conocía por mis muchas visitas y cada vez que aparecía por allí me atendía de maravilla. Cuando me veía siempre preguntaba ¿Qué, preparando otro de tus viajes?, ¿Adónde ésta vez? Siempre tenía palabras agradables para mí. Aunque también hay que decir que tenía muy pocos clientes tan asiduos como yo.

Le conté cuál era mi destino y Blanca, tan amable como siempre, me buscó las hojas que necesitaba. Después de verlas con detenimiento, elegí una ruta que incluía la ascensión de una montaña entre León y Asturias. Por entonces aún practicaba el montañismo con absoluta pasión. Era una travesía absolutamente desconocida para mí y también fuera de las publicaciones de montaña disponibles en aquel momento. Cruzaría de León a Asturias por caminos que sobre el plano prometían ser muy atractivos, mezclando montaña con el descubrimiento de nuevos lugares. Disponía de pocos días y por ello tenía que rentabilizar el tiempo al máximo.

Tenia que llegar a Ponferrada y desde aquí, hasta una ignota región, los Ancares leoneses, en concreto a Pereda de Ancares. Desde Pereda había que ascender al pico Miravalles, con una altura de 1.966m y el descenso lo haría por la vertiente asturiana para llegar hasta Degaña y desde aquí hasta Cangas del Narcea, primer núcleo urbano importante. Ya en Cangas, buscaría la manera de llegar a Luarca, final del viaje. Con las hojas topográficas adquiridas en el IGN tendría más que suficiente para hacer la travesía sin problemas.

Los Ancares, región situada al Noroeste de la provincia de León, lindan con Asturias y Galicia. Es una región de incuestionable belleza paisajística que, hasta no hace mucho, vivió sumida en una profunda depresión socioeconómica, fruto del terrible aislamiento en que estuvo inmersa. Durante mucho tiempo fueron tierras marginadas y apartadas, con pésimas comunicaciones y nulas infraestructuras. Sus carreteras, tratando de utilizar la definición más optimista, eran estrechas y repletas de peligrosas curvas con un asfaltado deplorable. Total, pensarían los gobernantes de aquella época, para el tráfico que hay, para qué malgastar el dinero. Durante muchos años, sus habitantes vivieron en pallozas, humildes construcciones, al parecer de origen celta, que más parecían corralizas para guardar al ganado que viviendas para los humanos.

Aquel lugar estaba fuera de las habituales rutas turísticas. El acceso no era ni fácil ni cómodo y la ausencia de información era absoluta. Eso era más que suficiente para justificar este viaje. Tenía razones de sobra para ir a los Ancares, región de la que por aquellos días casi nadie sabía siquiera de su existencia. ¡Qué buena ocasión para conocer nuevos pueblos y paisajes!

Llegó el día de salir. Madrugué, ya que el autobús salía temprano de la estación de autobuses de Madrid. El cielo estaba encapotado. La mañana era fría. Las expectativas para adentrarme en la Montaña Leonesa tampoco se presentaban muy halagüeñas. Haría aún más frío, lo que pude confirmar cuando llegué a mediodía a Ponferrada. El frío, según lo previsto, era realmente intenso.

Era el momento de buscar la parada del bus que me tenía que llevar a los Ancares. Comencé la búsqueda preguntando en la estación de tren. Pregunté a varios viandantes sin conseguir la información necesaria, es más había quien me miraba con extrañeza. Parecía que antes de empezar ya se empezaban a torcer las cosas. Pero había que continuar con la investigación.

Tras varios intentos, al fin un señor mayor, me indicó que “los autocares para los Ancares probablemente salieran de la calle…”, de la que hoy ya no recuerdo el nombre. Me dirigí a la calle indicada y no encontré ni autobuses ni a quién preguntar. Pregunté en un bar y finalmente me confirmaron el lugar que buscaba aunque nadie supo concretar muy bien cuál era la hora de salida, aunque sí me pudieron asegurar que salían por la tarde. A las cuatro de la tarde, tras un rato de paciente espera, llegó un autobús en el que en un cartel escrito a mano ponía “Pereda de Ancares”. Pregunté al conductor y me confirmó que aquel era el autobús que subía a Los Ancares. Compré un billete y me senté en un asiento próximo al conductor. Éramos muy pocos pasajeros. A las cuatro y media arrancó. Ya estábamos en marcha ¡Ya me iba quedando menos!

Tras una parada intermedia en Lillo de Fabero, llegamos, por fin, a Pereda de Ancares. Era un pueblo pequeño, diminuto, con pocas casas, menos habitantes y varios corrales, muchos de ellos con notables signos de abandono, en un estado ruinoso. A primera vista daba la sensación de estar andando por un pueblo deshabitado. El frío era todavía más intenso que en Ponferrada. Estaba anocheciendo y había comenzado a nevar copiosamente, sin que se viera que pudiera parar en las próximas horas. Dejé el autobús detrás y encontré un bar abierto. Entré para tomar algo caliente que entonara mi destemplado cuerpo y saludé a los escasos parroquianos presentes, jóvenes casi todos, que me miraban un tanto extrañados. No era frecuente ver a un viajero por aquellos lares, y menos aún con la que estaba cayendo. Viendo la cara de algunos se podía leer su pensamiento, en el que ponía “¿Qué se le habrá perdido a este hombre por aquí?”.

Pedí un café bien caliente y antes de que me lo sirviera el camarero, se me acercó uno de los presentes con un aspecto peculiar. Tenía gran parecido a los celtas o vikingos que salían en algunas películas, con unos rasgos muy marcados: baja estatura, complexión fuerte, rubio, largas melenas que caían por debajo de los hombros, nariz gruesa, anchos hombros. Los brazos, pese a estar disimulados bajo un grueso jersey, no podían ocultar su gran fortaleza. El acento al hablar era una mezcla entre gallego y asturiano. Por su manera de hablarme, Antonio que fue como se presentó, me inspiró confianza y tranquilidad. Antonio curioso se interesó por la razón de mi paso por aquellas tierras:

– Qué, ¿De turismo por aquí?

Me quedé un poco sorprendido, tanto por la pregunta como por el tono empleado, ya que tenía un tono un tanto jocoso.

– Hombre, respondí, turismo entre otras cosas, pero mi primera intención, si es que la nieve lo permite, es la de subir hasta Miravalles y desde allí bajar hacia Degaña.

– ¡Eh, escuchad todos!, dijo Antonio dirigiéndose al resto de parroquianos que pegados a una vieja y herrumbrosa estufa de hierro, se calentaban como mejor podían. ¿Qué os parece lo que dice este paisano? preguntaba Antonio sonriente. Que dice que quiere subir mañana al Miravalles.

Aquello creó tanta expectación entre la concurrencia que algunos se levantaron y vinieron hacia nosotros para intervenir en lo que parecía ser una entretenida conversación. Antonio, con una sonrisa de oreja a oreja, me miró fijamente y continuó diciéndome:

– Eso es una locura. Con la que está cayendo hoy, y estando nosotros delante, tú no sales de aquí ni mañana ni pasado, al menos para subir esa montaña. El temporal acaba de comenzar y va para varios días. Esa montaña lleva ahí muchos años y ni se ha ido ni de momento creo que tenga intención de hacerlo. Creo que deberías dejarlo para mejor ocasión, cuando el tiempo esté bueno. La ascensión a MIravalles es preciosa. Pero con este tiempo es realmente peligrosa, más aún si no conoces la ruta. Y sobre todo, yendo solo. En mi opinión lo más sensato es que renuncies a tan absurda aventura. ¡No seas loco! Pudiendo evitarlo, te agradeceremos que no nos compliques la vida.

Todos los presentes asintieron dando por buenas las sabias palabras dichas por Antonio. Tan serias advertencias, me hicieron ver que Antonio no hablaba en balde. Por mi parte sabía y tenía claro que subir montañas podía ser apasionante, pero como buen conocedor de la montaña, tenía también muy claro que la prudencia y la seguridad han de primar ante todo. Y por eso decidí hacer caso de tan sabios consejos. Sería mejor obedecerles y renunciar a mis intenciones. Tenía que cambiar el plan establecido. A nuevos problemas, nuevas soluciones. Doña Improvisación había decidido viajar conmigo y sería mi compañera inseparable durante el resto del viaje. Posiblemente lo mejor fuera volver por dónde había venido, lo que tranquilizó a la concurrencia.

Seguimos con nuestra charla y en pocos minutos me sentí tan integrado en el grupo que parecía que toda mi vida hubiera vivido allí. Eran gente afable, a los que hacía ilusión que algún foráneo se interesase por conocer su pueblo, aunque como era mi caso, fuese de pasada. Por eso les agradaba recibir y atender como mejor sabían a los escasos visitantes que por allí pasaban.

Casi todos le estaban dando al orujo, ese esplendido orujo blanco berciano, tan sabroso y envolvente, tan aromático y delicioso. El frío exterior animaba a la ingesta del licor que poco a poco iba alegrando el por momentos. Dos rondas de orujo después, nos encaminamos agrupados hacia el otro bar que había en Pereda, conocido como “el de arriba”, a escasos metros del que estábamos, “el de abajo”.

En el de arriba continuaron las rondas orejeras y tras unos cuantos brindis más, de los que perdí la cuenta, llegó la hora de dormir. Era ya muy tarde y pensé que era un buen momento de retirarme. Al día siguiente, a primera hora, a las ocho, tenía que estar en la parada del bus para ver si, con un poco de suerte la carretera no estaba cortada y podía salir el autocar hacia Ponferrada. Agradecido por la magnífica acogida que tuve, me despedí uno por uno de mis nuevos amigos, prometiéndoles que volvería por allí en poco tiempo. Fue una afectuosa y cálida despedida. Me indicaron que bajo los protegidos soportales de la vieja Iglesia encontraría un lugar seco para dormir. Fui hacia allí y me gustó, duro pero bien guarecido frente a la nieve que caía. Extendí mi saco de dormir y me instalé como mejor pude; me puse ropa cómoda y abrigada y me preparé para dormir las pocas horas que me quedaban de noche.

La noche fue buena pero corta. El saco de dormir cumplió con creces y en ningún momento pasé frío. Recogí mis bártulos y me dirigí hacia la parada. Puntualmente a las ocho de la mañana, el mismo conductor que me había traído el día anterior, arrancó, dando algún que otro patinazo sobre el nevado asfalto, aunque al fin sin grandes problemas, camino de Ponferrada. El paisaje, que no puede ver el día anterior, lo aprecié entre nieblas y nieves. Era realmente hermoso.

Íbamos solos el conductor y un servidor. Al llegar a Ponferrada, fui a la estación de ferrocarril y saqué billete para el primer tren que saliera hacia Asturias, un cercanías que iba hasta Gijón. El viaje fue largo, cerca de cinco horas. Durante este tiempo pude gozar sin prisas, a través de los sucios cristales del vagón, de aquel magnífico paisaje de la montaña leonesa completamente nevada. Nieve que duró hasta muy cerca del final del viaje.

Al llegar a Gijón caía un orvallo, fino y persistente, más llevadero que la espesa nieve del día anterior. La temperatura, sin embargo era suave, casi agradable. Era la primera vez que estaba en Asturias y desde entonces me enganché por esta verde tierra, enganche que todavía hoy continúa. Bajé del tren y crucé a la estación de autobuses. El primer autobús en salir era destino Candás. Me pareció una buena opción ya que era en dirección hacia mi destino. Además era un trayecto corto hacia un pueblo costero donde podría ver el mar. Desde Candás, como aún era de día, continué ascendiendo por la carretera de la costa, camino de Luanco, capital del conceyu de Gozón. El paisaje era un regalo para la vista.

Mientras andaba por la carretera, el agua, inseparable compañera de viaje, continuaba cayendo. Anochecía y se avistaban, tímidamente pero muy cercanas ya, las primeras luces de Luanco. Había pensado vivaquear, dormir al raso, pero la persistente lluvia se empeñaba en incordiar sin descanso por lo que preferí alojarme en un pequeño hostal situado a la entrada del pueblo. La noche fue bastante mejor que la pasada bajo los soportales de la minúscula Iglesia de Pereda, sobre todo por el mullido colchón en el que pude reposar el cansancio del día.

Con la grisácea luz que entraba por entre las cortinas me desperté y me asomé para mirar por la ventana. Con cierto desanimo vi como, desde un cielo plomizo, la lluvia seguía cayendo sin cesar. Los chubascos seguían cayendo sin descanso. Las grises y pesadas nubes imprimían el ambiente propio de aquellas tierras norteñas. Tras un buen desayuno, fui a pasear por el pueblo, disfrutando con calma las calles de aquella hermosa villa marinera. Aunque estaba disfrutando de aquel paseo, debía proseguir mi ruta, por lo que recogí la mochila y continué. Salí del pueblo caminando, sin prisa, en dirección al Cabo de Peñas.

Pasé por Bañugues, El Monte y Viodo, pequeños pueblos en el camino hacia el cabo de Peñas. En la entrada de Viodo, un cartel señalaba la dirección del cabo. Para asegurarme de que iba en la dirección correcta llamé a la puerta de una casa y pregunté a la amable señora que me abrió. Me dedicó un buen rato de charla y a continuación se ofreció para guardarme la mochila, lo que agradecí ya que cuanto mas ligero fuera de equipaje mejor podría disfrutar de las sorpresas que me aguardaban. Agradecido, deposité allí mi impedimenta. Me enfundé la capa de lluvia y cogí la cámara de fotos, una antigua pero resistente Zenith soviética. Al rato de iniciar el camino se veía como la tierra terminaba de manera abrupta, cayendo verticalmente un centenar de metros hacia el mar.

El viento soplaba con fuerza y con mucha precaución me asomé. En la base del acantilado las olas rompían con una gran violencia, golpeando sin tregua las duras rocas de los cantiles. El espectáculo que tenía frente a mi era absolutamente maravilloso. Me detuve a disfrutar de la vertiginosa altura de las paredes de aquellos acantilados, de las agresivas olas luchando sin parar para escalar aquellos farallones rocosos, de las aves marinas, que revoloteaban con todas sus fuerzas, forzando sus alas hasta el límite para controlar el vuelo e impedir que el viento las empujara contra las afiladas rocas de la pared. Recorrí con calma los bordes del acantilado, disfrutando con cada paso, de cada instante, con tanta belleza que tenía por delante.

Cuando di la visita por terminada, cogí un autobús de línea sin tener claro donde bajaría, pero no me preocupaba ya que iba en dirección a Luarca. Llegué a un pueblo de agradable nombre, casi musical, Soto de Luiña, (Sotu Lluiña n’Asturianu). Me gustó aquel nombre y me bajé del autobús. Anochecía y me metí en el primer alojamiento que encontré en el que guarecerme de mi constante perseguidora, la insistente lluvia. Era un pequeño hostal, limpio y agradable donde además de cobijarme me dieron buen trato y una excelente cena, tras la cual decidí que lo mejor era irse a dormir. Aquel día había andado bastante más de lo que pensaba, o al menos así lo sentían y lo indicaban mis piernas.

La noche fue estupenda. Dormí a pierna suelta y cuando desperté me encontraba realmente descansado. Como cada mañana me asomé por la ventana y pude ver, ¡Por fin! un sol radiante del que casi me había olvidado. Tras varios días de dura batalla, el sol había conseguido vencer a la lluvia. Desayuné. Dejando la impedimenta en el hostal bajé caminando a una playa cercana al pueblo, la playa de San Pedro, que la encontré en plena bajamar. Ante mí, un inmenso y húmedo arenal, rodeado por verdes laderas exultantes de vegetación. Completamente solo por aquel playazo y sin nadie que molestase podía  observé todo sin perder detalle. Las aves marinas con agitado e incansable revoloteo sobre la orilla, picaban sobre la húmeda arena de la orilla en busca de sustento. Tan abundantes que formando enormes y variadas bandadas, entre graznidos y gritos, ejecutaban una escandalosa sinfonía.

Cerca de Soto de Luiña, estaba Oviñana, pequeño pueblo del que salía el camino que llevaba al cabo Vidio, con agrestes acantilados que competían dignamente con los del cabo de Peñas. También aquí el bravío mar norteño, había labrado con dureza las laderas de la montaña, dejando al descubierto peñones e islotes rocosos de considerable altitud, que al asomarse sobre aquél elevado y vertical mundo, hacía que inevitablemente, te considerases muy pequeño. Paseé por el cabo. La comparación el cabo de Peñas, se hacía casi obligada. Intentando ser lo más ecuánime posible, decidí situar a ambos cabos en lo más alto de un imaginario podio, compartiendo medalla de oro. Buen rato pasé admirando aquellos acantilados y hubiera estado todo el día, pero aún quedaban kilómetros por andar.

Tras aquella maravilla visual, llegué a Novellana y sus cercanos acantilados. Llamó de mi atención de manera especial el tremendo ruido producido por los cantos rodados que se veían en la playa. Un incesante ir y venir producido por el imparable batir de las olas, que muchos metros hacia abajo formaban la playa de Ballota. Era tan fuerte el ajetreo del mar que al desplazar esa ingente masa de redondeadas piedras, parecían protestar por el incómodo y continuado zarandeo, uniéndose y gritando al unísono, dando lugar a un escándalo imponente. Tras el roquero concierto, seguí mi andadura en dirección a mi meta que estaba ya muy cerca.

Llegué a Luarca al final del día y me alojé en una pensión, el presupuesto iba tocando a su fin, situada en el centro la villa. Preferí esperar al día siguiente para ver con calma lo que me había llevado hasta allí. En uno de los muchos bares del puerto me concedí una buena cena con la que repuse bien las energías gastadas ese día; había mucho que celebrar aunque me recogí pronto para descansar, el día había sido muy largo y necesitaba estar en óptimas condiciones para afrontar la cita que me había llevado hasta aquella hermosa población.

Me levanté temprano y paseé tranquilamente por las calles del casco antiguo, estrechas, escalonadas y muy empinadas. Ascendí hasta un promontorio, conocido como La Atalaya. Allí se encuentran compartiendo rincón y paisaje el camposanto, el faro y la ermita de la Atalaya. Nada más entrar en el cementerio llamaba la atención que todo en él era blanco, sereno, silencio; su interior estaba poblado por bellos panteones modernistas ricamente decorados. El panorama era grandioso, con magníficas vistas sobre la villa, el puerto pesquero y el inmenso mar. Era aquel un lugar ideal para disfrutar de la belleza de aquel peleón Cantábrico. El mar parecía querer lucirse antes de despedirme en mi último día de estancia en Asturias. El temporal continuaba batiendo las aguas del mar y las inmensas olas seguían empeñadas en que me llevase el mejor recuerdo posible. Y bien que lo consiguieron, saltando majestuosas sobre los diques del puerto mientras inundaban el aire de espuma y salitre, mostrando la salvaje bravura del mar al que nada puede detener. Bravura que por mucho que el hombre se empeñe en luchar contra ella, es arrolladora, indomable, incontenible.

Encerrado tras aquellos albos muros todo era paz, tranquilidad, sosiego, calma; solamente el ruido de las olas en su ajetreo inagotable sacudiendo sin tregua los riscos peñascosos situados en la falda de la atalaya era capaz de interrumpir tal quietud. A la salida del cementerio me senté para tomar unas reparadoras viandas, era ya mediodía y el hambre iba haciéndose notar. En ese rato, mientras comía, pensaba en el final de aquel grandioso y maravilloso viaje. Había merecido la pena. Gentes estupendas, paisajes para los que las palabras se quedan cortas a la hora de describirlos. Muy a pesar mío había llegado ya el momento de pensar en mi regreso.

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