Falso Caribe. Autor: José María Cepeda

Dijiste: “Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita…

Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás
.

Constantino Cavafis

Cuando uno viaja por el mundo con el único propósito, no confesado ni siquiera a sí mismo, de regresar a los colores, aromas  y sabores de la infancia perdida, cualquier cosa puede suceder, o ninguna.

En todo caso, si se pone empeño, una tienda anticuada con los estantes semivacíos, un bar con lo sillones de skai de los 60, incluso un soplo intempestivo de aire en cualquier esquina marítima que nos trae un olor salino puede cumplir nuestro propósito. Siempre incompleto, siempre diferente y distante como un horizonte que más huye de uno cuanto más se acerca.

Voy caminando por las calles de La Habana Vieja. Es de noche, bastante tarde y, además, es temporada baja. En estos instantes, la testa del Gran Caimán parece haber concedido una pausa a su trajín diario, un descanso a sus neuronas enfebrecidas por el sol de la primavera tardía.

Una especie de húmeda languidez, ritmo de olas crecientes y cataratas de espuma en el Malecón,  va invadiendo mi cuerpo al tiempo que voy adquiriendo la extraña consciencia de  que los buscavidas, jineteras, vendedores de puros y demás fauna urbana que rellena el espacio en blanco de sus días en los alrededores de  Obispo y Mercaderes han desaparecido del mapa urbano.

Tampoco están los vendedores de libros viejos (¿hay libros nuevos en Cuba?) de la Plaza de Armas ni los soneros ambulantes de guayabera y maracas, ni los conductores de cocotaxis, ni las santeras negras ataviadas de blanco de los pies a la cabeza.

Es la hora del silencio, un silencio punteado de lejanos sonidos, pues siempre hay en algún recodo del camino una puerta entreabierta de un bar a medio cerrar del que sale música suave de son o intempestiva de salsa. Pero el telón sonoro  de La Habana matinal, los pregones, los gritos de los niños que juegan al béisbol en calles encharcadas o intentan elevar cometas en los descampados, los chirridos de los frenos de los viejos chevrolets, los silbidos de los ociosos a las mulatonas que pasan meneando su opulento trasero, ha sido corrido y la representación teatral  engullida por la oscuridad.

A la luz tan tenue que proporcionan las escasas farolas, difusa luz amarillenta que refracta sobre la gris piedra caliza de la que están construidos los palacios coloniales (viejos patios con arcadas y palmeras reales), el transcurso de mi sombra en movimiento forma un curioso ángulo de ciento ochenta grados si miro a mi derecha, un abanico. Ciudad de buganvillas y abanicos, en este caso abanico oscuro. Nada que ver con las polícromas vidrieras en forma de cola de pavo real que coronan las ventanas de las mansiones señoriales, ni con las celosías semicirculares de Trinidad, que dejan entrar sólo un rayo de sol que basta para iluminar la estancia al mediodía y reflejarse sobre la caoba de las viejas mesas, la lámpara de Murano, la mecedora de rejilla y el metal de las camas adoseladas.

Una sombra negra que surge larga y difuminada detrás de mi y que, al paso rápido al que voy, pronto se pone a mi altura y me adelanta, avanza más rápido que yo, al tiempo que se va desvaneciendo para aparecer de nuevo detrás y repetir la misma operación una y mil veces.

Mis pensamientos, en esa hora, inconsistentes y volátiles, van a juego con el juego de la sombra. Soy un turista, apenas nadie. Un turista perdido en la noche habanera que busca  a quien preguntar una dirección y que se ha olvidado del paraguas, la dirección urgente de un hotel en donde alguien me espera con ansiedad, antes de que se precipite el aguacero traído por el viento fresco del norte, directo desde el estrecho de Florida. Soy un turista, un turista a ciegas en la noche tropical, que ha extraviado el rumbo pero que aún no ha perdido afortunadamente su “aura”, así llaman a la tarjeta de crédito en los países pobres, sin ella más te valdría no estar allí.

Mañana sale mi vuelo hacia España, llevo dos semanas en Cuba (¿es esta su primera visita? Oh, sí, pero me ha encantado tanto la isla que volveré, sin dudarlo volveré…lo mejor que tiene Cuba son los cubanos…) y todas esas frases hechas que durante días has ido repitiendo a todos tus interlocutores: taxistas de La Habana, conductores de autobuses a Viñales, dueños de paladares en Cienfuegos, trovadores improvisados en Trinidad, solícitos camareros de hotel “todo incluido”en los Cayos del Norte…que seguro que hubieran preferido mejor que les soltases un CUC que buenas palabritas pero que como son tan educados te las han aceptado con una sonrisa, y aún me pregunto si de verdad estoy aquí.

“La respuesta está muy clara”, me diría un avezado viajero, de esos que aseguran viajar sin billete de vuelta pero que temen perder su “aura” tanto como yo: “Estás y no estás al mismo tiempo porque te empeñas en ver un Caribe falso. Viajar es otra cosa, lo tuyo es un mero desplazamiento de lugar”. Y luego, rebuscando algo en su repleta mochila (tal vez su PDA, quien sabe si un libro gastado de Norman Lewis) antes de soltarme la parrafada, me miraría con la superioridad moral con la que un ser libre mira a un esclavo.

“¿Acaso has recorrido algo más que los centros de las ciudades, los mil y un museos, los hoteles convencionales, mi daiquiri en el Floridita y mi mojito en la Bodeguita del Medio, acaso sabes lo que es alojarte en una casa particular de cubanos, has conocido los barrios periféricos de La Habana (sí, esos de pisos sacados del realismo socialista de los 70) o directamente las villas miserias sin luz ni red de agua potable?”

Tendría, tal vez, que bajar la vista y confesarle avergonzado que no, que no he visto tales cosas.

“Por cierto, ¿ has tenido tiempo de charlar con la gente del campo, de fumarte un buen puro con un guajiro que te cuente, mientras se quita el sombrero de palma, se seca el sudor de su frente morena y  posa un brazo sobre la yunta de bueyes,  lo cara que se ha puesto la vida y a dónde carajo se fue la zafra? ¿Y lo que piensa de verdad el pueblo del barbudo y sus secuaces?”

Ahí podría responderle que un poco, sí, los cubanos son tan habladores que esas cosas te las cuentan aunque se la jueguen. Te apartan un poco, te llevan fuera de la vista del miembro omnipresente del CDR y, al final, terminan largando en voz baja, qué mejor terapeuta que un turista a quien no vas a volver a ver en tu vida. También es verdad que eso me ha ocurrido más en las ciudades que en el campo, allí aún parecen creer en la Revolución; más, cuanto más al occidente de la isla.

“Y encima has venido a la isla con tu esposa—casi puedo ver su cara a punto de estallar de la risa–. Pero, hombre, a quien se le ocurre venir con su mujer a Cuba, eso es como comerse un bocadillo de chorizo antes de ir a una cena en el Ritz”—y ahora sus ojos se han vuelto picarones y me lanzan un guiño de entendidos—

¿Y qué podría contarle yo, pobre consumidor de paquetes turísticos, a mi interlocutor imaginario? Instalado en su estética de intrépido ciudadano del mundo, ¿podría intuir algo de mis creencias,  miedos y limitaciones, acaso podría entender mis palabras aunque habláramos los dos el mismo idioma?

Tal vez le podría responder que sólo he visto reflejos, reflejos fugaces, pequeños trozos de un espejo roto que he ido recogiendo velozmente de acá y de allá como he podido.

¿Y de qué están hechos los viaje más que de impresiones etéreas de una realidad que se te escapa, como se te escapa el tiempo?

También, en el caso de que quisiera contraatacar, podría preguntarle yo a él  de qué o de quién huye y que, en el probable caso de que sea de sí mismo, advertirle que la cuestión no se arreglará con un simple cambio de cielos. Pero, ¿serviría de algo, conocerá él, por ventura, otros lugares de La Habana que yo sí he conocido durante mi breve estancia real en la ciudad tantas veces leída y soñada?

Ciudad de juegos. Niños mulatos jugando a los naipes al atardecer, con cartones de cajetillas de tabaco que piden a los turistas y luego recortan, en torno a la fuente de la Plaza Vieja. Pilluelos que parecen sacados de un cuadro de Murillo.

Bares del Paseo del Prado con viejos camareros de cara de color de puro, pulcramente ataviados, que sirven a clientes tan añejos como el ron que beben  y como el propio establecimiento, que juegan sin prisas al dominó sobre mesas gastadas por el roce de tantos codos, de tantas manos…

Ciudad de muertos más o menos ilustres. ¿Has tenido el privilegio de encontrarte entre las tumbas de la Necrópolis de Colón una tarde eléctrica de rayos y truenos y has tenido que correr para resguardarte del aguacero bajo la pérgola chorreante de una ostentosa tumba; has reparado en la estela modernista en la que la Muerte, como una madre, acoge entre sus manos la cabeza sin vida del atleta; sabes que alguien que fue “héroe nacional” y luego dejó de serlo está enterrado en el Callejón K, Tumba nº 46 bajo el epígrafe “Nombre desconocido, ocupación desconocida, causa de la muerte desconocida”?

“ Tristes trópicos no tan tópicos”, que tal vez dijera Cabrera Infante.

Ciudad de trabajo duro y alegre melancolía bajo el colorido disfraz de la indolencia. Pura fibra humana en camiseta que abre zanjas en las calles mientras el sudor resbala por una piel tan negra y flexible como la goma de los neumáticos, textura y agilidad de pantera, guaguancó ofrecido a los Orishas.

¿Sabes algo de lo que hicieron aquí esos antepasados, tan tuyos como míos, te suenan las frases grandilocuentes de Martí, la voladura del Maine, la política de concentración de Weyler, los uniformes de rayadillo de los desgraciados soldados españoles cuya pobreza no les  permitió redimirse a metálico de una  guerra ajena, lejana y cruel? Si  no sabes nada de eso, tampoco sabrás otras cosas y cuando pasees por Centro Habana pasarás de largo, sin fijarte en los caserones de una arquitectura tan ecléctica y mestiza como el propio pueblo cubano construidas y pagadas, peso a peso,  por vascos y catalanes, canarios, asturianos y gallegos.

 “Somos vuestros hijos”, acertó a decirme una cubana en Remedios, y a mi, qué quieres que te diga, esa frase se me quedó en el alma.

Ciudad de lemas, palabras y canciones. Dos cosas te chocan de forma imperceptible al llegar a Cuba, en eso supongo que también estarás de acuerdo: la ausencia de publicidad comercial y la sobreabundancia de pomposas frases hueras en carteles y edificios.

Aunque también es verdad que “alguna gente se muere, para volver a nacer…”

Te confieso que la canción de Yupanqui no dejó de atronarme interiormente los oídos durante todo el trayecto. El indio lo clavó.

 “Los cubanos tenemos espíritu internacionalista, misionero. Eso nos lo enseñó el Che”, me dice el taxista que me lleva a los Cayos del Norte al pasar por Santa Clara, ese taxista al que tú no habrás tenido necesidad de recurrir para ganar tiempo, porque habrás ido en un autobús de Viazul, para mezclarte con el pueblo.

En esa ciudad del centro de la isla, cuya visita tendré que dejar para mejor ocasión, fue donde Ernesto Guevara, ya elevado de médico del “Granma”  a Comandante de Sierra Maestra, logró hacer descarrilar un convoy en el que viajaba un contingente de tropas y municiones del ejército de Batista. Allá están sus restos traídos, junto a los de sus compañeros de aventura, de la selva boliviana, para enterrarlos en un suntuoso mausoleo. Eso sí lo sabrás, lo saben todos los viajeros.

El recuerdo del barbudo revolucionario, la figura épica fijada para la posteridad en el retrato de Alberto Korda, sigue viva entre el pueblo al que contribuyó a liberar o eso creo.

Lo que vino después, la revolución que se devora a sí misma y deviene en otra tiranía, es otra historia mucho menos romántica. Pero qué se le va a hacer, así han sido, son y serán todas las revoluciones, y el que tenga alguna duda que se lo pregunte a Robespierre o a Lenin.

Bueno, mi amigo, termino. No te quiero cansar más con esta pesada diatriba que, en el fondo, ni te da ni te quita la razón, puesto que no eres más que un ser imaginario, que me he inventado tal vez para paliar la frustración de no tener más remedio que viajar como un turista.

O, ahora que lo pienso, lo más probable, es que, en el fondo, sin darme cuenta esté hablando  conmigo mismo, con la parte más inconformista de mi yo.

Anda, tómate, si es que existes en algún rincón del mundo, un mojito a mi salud, yo invito, o, si no me lo tomaré yo por ti, qué importa uno más. Pero antes me vas a escuchar dos últimas palabras.

El Caribe al que tú llamas real  dejó de interesarme hace tiempo, de verdad te lo digo. Tengo ya muchos años sobre el lomo y aguanto mal las incomodidades y pijerías innecesarias. En alguna ocasión padecí ese Caribe, cuando era más joven, y a estas alturas de mi vida no estoy dispuesto a repetir la experiencia. Playas aparentemente paradisíacas de la Riviera Maya, preciosos rincones del Oriente de Venezuela o del Atlántico de Costa Rica vienen a mi memoria, alojado en bohíos insalubres sin luz ni agua corriente, comido por el calor abrasador y por los mosquitos y encima teniendo que aguantar la plasta diaria de argentinos pseudohippies perdonándote la vida a cada instante. No, amigo, esos “momentos maravillosos”, perfectos para ser retransmitidos en un whatsapp, te los regalo a ti, que quizá aún seas joven de espíritu y todavía te quede alguna esperanza de comerte el mundo como si fuera una cajita de congrí o una porción de pizza callejera. Yo prefiero quedarme con mis tópicos y mis recuerdos desvaídos mejor que con tu auténtico Caribe.

Así, cuando mañana regrese a casa, podré compararlos con mis viejas fotos en sepia del “Paris-Match”, que deben de andar por algún cajón perdido y polvoriento,  en las que recuerdo que salían los revolucionarios con sus gorras caquis, sus barbas hirsutas y sus pistolones al cinto, la bandera al fondo de la nueva patria con su estrella clara sobre el triángulo rojo y sus franjas azules y blancas como un amanecer sobre el mar.

Tendré que buscarlas, eso sí, pero si no las encuentro en un lugar físico, no importa. Las tengo enterradas bajo mi ceiba sagrada, en el sótano oculto de mi memoria.

Anuncios

  1. FRANCISCO CALDERON VALLEJO

    Soy cubano y he leido con gran interes este relato de Jose Maria Cepeda… sus impresiones de La Habana, mi Habana, son muy interesantes… una ciudad que ha quedado varada en los anos sesenta. He disfrutado sus descripciones y la opinion objetiva de un visitante espanol que ha quedado prendado de las bellezas urbanas necesitadas de reconstrucción, y el caracter amistoso y jovial de una inmensa mayoria de cubanos que siempre le dan la bienvenida al visitante, muy especialmente a los visitantes de Espana que sin duda son los mas queridos. Felicidades, Senor Cepeda, si este comentario le llega. Como cubano, me siento orgulloso y muy complacido con su resena. Francisco Calderon Vallejo

  2. Carmen karin Aldrey

    Me ha gustado mucho el relato de José María Cepeda, sobre todo porque su enfoque se desarrolla a través de un desmigajamiento lírico hilvanado con la visión histórica del turista no convencional, no es el simple “acaparador” de experiencias superficiales y divertimentos, es el hombre al encuentro de la esencia y el espíritu de una cultura, una nación en conflicto que emerge como un golpe certero a su mirada de ser pensante, sensible e inteligente. Lo felicito de corazón por haber logrado un texto que desde el comienzo mantiene un nivel narrativo apreciable, coherente y ameno.

  3. eleanor

    Me encanta! Es un relato donde un puñado de impresiones poeticamente descritas se hilvanan en un discurso filosofico sobre el fin último de los viajes, y la manera de enfocarlos. Me parece muy sugerente y creo que da una imagen de Cuba ajustada a la realidad.

  4. luisa cacheiro q

    Para mi este relato de José María lo toma como un ir y venir de antaño es bastante profundo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s