La ruta del riachuelo. Autor: Antusas

Siempre me gustó ir al sur, es como caminar cuesta abajo, no sé si añadirle y sin frenos, pero algo de eso hay. Dicen que vivo en el Primer Mundo, que es civilizado, o desarrollado; que soy occidental, o sea del oeste; hasta que soy del norte, así para hacerlo más complicado. Todas nomenclaturas para diferenciarme del resto, que queda al otro lado, o más abajo, o lejos, que es más pobre, menos civilizado.

Se crean barreras, se amplían distancias, se separan natural, pero sobre todo artificialmente, como excusa para preservar,… el qué, si no lo que se cree ya está conseguido, ¡pero a qué precio!.

Siempre recuerdo, recordaré, un programa infantil de televisión, que veían todas las edades por aquella época, cuando la televisión era aún en blanco y negro, en el que uno de los protagonistas del programa decía ¨en mis viajes por todo lo largo y ancho de este mundo había,…¨ y ahí inventaba o tocaba decir alguna historia, la mayor de las veces rocambolesca, pero que sin duda tenía su gracia y ante todo enseñanza.

Y es eso lo que puedo decir de mis viajes por todo lo largo, alto, y ancho de este mundo, mundial, único, donde no importa si es norte o es sur, oeste u oriente; en cualquier lugar encontrarás el sur diferente, apasionante, difícil, donde vivir cuesta pero se lleva en la sangre, el sudor, las lagrimas, pero donde nunca tampoco falta alegría ni pasión.

Y como ese Capitán Tan de ese programa de televisión en blanco y negro, uno siempre tiene historias a color que podría contar, vividas en cualquier sur, muchas, muchas de ellas diáfanas, y que quedan ahí pegadas en la memoria y en la retina del tiempo que nos toca vivir.

Andaba yo por esos caminos de los Andes disfrutando de esos paisajes agrestes de subir y de bajar montañas, donde los volcanes atrás y delante del camino dibujaban escenas bucólicas; parecían conos blancos sobresaliendo de escenarios lunares, imponiendo su majestuosidad en tan inhóspitos parajes.

El pequeño autobús marchaba repleto de gente que iba recogiendo y dejando en el camino, con sus bultos y sus animales; a mis ojos casi todos iguales, enfundados en sus ropajes coloridos; ellas en sus anchas enaguas y ellos bajo sus inmaculados sombreros, que por lo visto se diferenciaban dependiendo de la zona por la que se atravesaba.

Mi vista no sólo se recreaba con esos paisajes llenos de luz, sino con todo lo que se iba viviendo durante la jornada dentro del autobús. Mi viaje iba a ser desde el inicio al final de la ruta diaria del autobús, un auténtico borreguero que me recordaba al tren que me llevó por primera vez a Madrid, a servir a la patria como a dos ilustres. Quería atravesar gran parte de esa zona para acercarme lo más próximo a otro país, con gentes que luego eran bien parecidas a las que viajaban conmigo en el bus, como lo son entre si nuestras gentes en los parajes del norte.

Absorto en ese ir y venir, subir y bajar, y en la ocasión en la que quizá el autobús iba más lleno al volverme a subir en una de las muchas paradas, y tener que ocupar uno de esos asientos plegables del medio, rodeado de bultos y alguna gallina atada a uno de ellos, a mi espalda intenté fotografiar como nunca antes lo había hecho aquella fascinante escena, y poder guardarla para siempre en mi retina.

Pero lo que vino algunos minutos más tarde es algo que si ha quedado retenido en mis recuerdos, y que como capitán de mi barco bergantín, que luego ha recorrido por aquí y por allí el mundo, cada vez que sale a la luz, por la causa que sea todavía, y mira que ha pasado el tiempo, me hace reír como loco.

Un pequeño riachuelo regaba desde atrás del bus el pasillo hacia la puerta de delante; el bus iba en ese momento cuesta abajo, y lo primero que pensé es que alguna botella de vidrio se habría roto, fluyendo su liquido como lo hace cualquier manantial.

Miré hacia atrás como buscando de dónde procedía, intentando saltar la vista sobre los bultos y la gente que había detrás de mí en el pasillo. Como no conseguía descubrirlo, mi insistencia llamó la atención de mis vecinos de al lado, y poco a poco la de algunos más, cuando empezaron poco a poco también a escucharse risas entre los presentes; mis vecinos primero y nuevamente poco a poco el resto del autobús, que empezaban a mirarme entre risas mostrando sus dentaduras sabedoras masticadoras de hojas sanas, pero pecadoras en el norte.

Pasó un rato hasta percatarme del por qué de tanta risa, todos mirándome, hablando graciosamente entre ellos su sacra lengua; risa contagiosa que me conquistó cuando por mi mismo descubrí de dónde procedía, más bien qué era aquel fluido, que parecía amarillo. Y no se señaló a nadie, nadie tampoco se confesó. El líquido escapó todo por la puerta, mientras todos, incluido el pequeño conductor, nos desternillábamos y se reían de este extranjero tonto, alto, blanquito, del norte.

El autobús y sus pasajeros continuamos la ruta, que para mi nunca terminó; sigue tan viva como la de aquel día que me enseñó que, aún sin frenos, es siempre bueno ir al sur.

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