La isla de al lado. Autor: Alfredo Villanueva-Collado

Martes: Viajamos a Santo  Domingo al congreso que ha organizado nuestro grupo literario, también patrocinado por la Universidad Autónoma.  Los aeropuertos son lo de lo más fácil, ya que al viajar con e-tickets y con bultos de mano nos ahorramos las interminables filas.  Viajamos en grupo.  No hay nadie esperándonos.  Se nos une una italiana y alquilamos un minivan para llegar al hotel.

Desafortunadamente, el Hispaniola es el mismo hotel  donde me quedé con el grupo de mi colegio hace 10 años y agarré una tremenda infección de las vías respiratorias por causa de la falta de ventilación en los cuartos y el AC a todo meter.  Lamento informar que si era mediocre ha descendido a pésimo.  Un personal morosamente indiferente, pasillos cavernosos y sin buena iluminación, toallas con  agujeros, una hora para traer hielo.  Depositamos las maletas y salimos corriendo para llegar  a la última parte de la apertura, una representación por el Ballet Folklórico de la UASD seguido de recepción.

El ballet me comprueba que en RD el folklore se limita a un ritmo único, el merengue, con diferentes coreografías.  Predomina el elemento africano, porque ahora la vanguardia dominicana ha decidido considerarse negra y si es posible, haitiana.  La recepción, abierta al público, se colma de estudiantes y cacheteros, así que desaparece la picadera en un dos por tres y nos quedamos con hambre.

Miércoles.  Al prepararme para ir a la conferencia, me doy cuenta que el día anterior había viajado con zapatos negros de diferentes pares, así que lo primero que hacemos es ir a la zona colonial.  Pero imprudentemente nos vamos a pie. Nos siguen muchachitos ofreciendo toda clase de servicios: madres, hermanas, hermanos, ellos mismos. Entre las aceras destruidas y sin reparar y el tráfico de maniacos, nos echamos una hora.   Compro unos Reeboks de $70 y nos gastamos otros $100 en discos: Felipe Rodríguez, Odilio González,  Julito Deschamps, un combinado con las voces de tres excelentes cantantes dominicanos—Fernando Casado, Luchy Vicioso e Hilda Saldaña—y lo que para cada uno es la sorpresa:  Aber al fin consigue el disco con los éxitos de Basilio, el cantante panameño de “Cisne blanco, cisne negro” y yo encuentro el segundo disco del declamador Jorge Raúl Guerrero, por el  que me habían pedido $32 en Internet.  Un pésimo almuerzo en un “restorán francés”  donde sirven chivo con papas fritas porque “no hacen tostones” sale en $50.  Regresamos molidos al hotel, y me quedo dormido encima de los lentes.

Por la noche, asistimos a un grupo de representaciones. Nuestras participantes divierten y hacen pensar con sus monólogos.  El más cómico, el de la inefable española, quien sostiene una pelea con su estómago, al que llama “Manolo,” porque siempre está hambriento y la obliga a romper la dieta. Y por último, un divo performero del patio, deja saber que resiente ser el único varón, aparecer de último, y actuar de gratis.  Después de contorsionarse en escena, decide leer una ponencia—a esa hora—sobre qué es el performance a diferencia del teatro.  Llego a la conclusión, viendo la grosera mamarrachada que ha hecho, que la diferencia es muy clara: el teatro tiene disciplina escénica, el performance no.  La gente aburrida y agotada se le sale de la sala.

Después, buseta, zona colonial, “Zona Sur,” y un espectáculo de “micrófono abierto” con otra gran diva lesbiana del patio con fama de  no presentarse—y no se presenta– y luego Víctor Víctor.  Le piden a uno de los nuestros que llene el hueco, pero la administración del local no puede arreglar luces ni micrófono, así que termina todo el mundo bailando.  Yo he tomado una mesa al lado del escenario, donde nos sentamos con la españolita, ya que ménades y divas se sientan todas juntas.  ¡Pues después de una hora me mandan a mudar para acomodar a un grupo de productores cubanos!   Respondo a toda boca que no me vuelven a agarrar en uno de estos congresos. Para colmo, pedimos un sándwich cubano y nos informan que se tomará media hora.  Nos paramos y tomamos un taxi al hotel.

Jueves.  Al colocar los anteojos en el mostrador del baño, se les cae un tornillo.  Alterado, me afeito y me corto el lóbulo de una oreja, con el correspondiente baño de sangre.  Llegamos para el almuerzo, y el funcionario de la UASD a cargo de nosotros promete arreglar los lentes, pero mientras tanto ya he comprado un par de lectura, por si acaso.  El almuerzo se efectúa en la Casa de Profesores al lado del malecón.  Nos llevan en buseta. Buena comida, lindo paisaje al lado del mar . . . pero llegamos una hora tarde a los eventos, incluyendo mi lectura de poesía.  El día anterior me había encontrado con el peruano cuya novela  se supone que  yo hubiera presentado en el congreso, si el programa no hubiese estado pre-hecho.  Me reconoció por una foto que le había enviado por Internet.  Resulta que dejó a Lima y ahora vive en RD.  Había dicho que asistiría a mi lectura—pero cuando nos tropezamos me informa que había un nutrido público pero que, al no aparecernos, se había largado, y él mismo se tenía que marchar.  Las ménades salen disparadas para su panel y nos dejan tirados, porque ni la moderadora, —dominicana–nos ha esperado.

Otras divas dominicanas tampoco se presentan, así que quedamos los que  hemos viajado de Neva York.. Pero el funcionario de la UASD se aparece con mis anteojos arreglados.  Hago de moderador impromptu, hay suficiente público. La italiana lee un poema en su idioma, Un chico anuncia que también quiere leer y se dispara un horroroso poema “a su bella patria.”  Cuando ya estoy  por clausurar, llega otra estrella del patio y con una de las nuestras lee poemas de una diva local—bastante buenos. Estoy despidiendo al grupo y llega otro, que se hace de rogar para leer unos poemas espeluznantes.   Nos montan en la buseta—uno de los peores inconvenientes es precisamente reunir al grupo para transportarlo, porque siempre hay que esperar a alguien—y nos llevan al hotel porque nos informan que nos llevan al “Scherazade,” un restorán de lujo, para una cena cortesía de la rectoría de la UASD, pero NO SE PUEDE  IR EN JEANS.

Así que a correr a cambiarse.  El lugar, abarrotado. El merengue, en vivo, a toda boca—uno no se puede oír a sí mismo o hablar con el vecino.  Después de esperar casi una hora nos informan que, debido a la demanda, se ha acabado el filete así que irónicamente, tenemos comer pavo.  ¡Y yo que había leído “Thanksgiving Dinner,” donde daba gracias de que en el Caribe no existiera tal pájaro! Apenas lo pruebo.  Llegamos al hotel a medianoche, y cuando voy a sacar la insulina, bingo, ¡me han cerrado el minibar con llave por no consumir!  Llamamos a recepción y, como no encuentran la llave, es casi a la 1.00 AM que al fin pueden abrirlo a marronazo limpio.  Al parecer, el hotel ha estado cobrando el consumo en los minibares a los  clientes, pero no lo entrega a la compañía que los administra y ésta ha decidido tomar esta medida.

Viernes.  Mi compañero se larga para Santiago a primera hora a visitar su familia.  El programa comienza casi con hora y media de retraso.  Tengo el segundo turno, pero no se ha presentado ni la moderadora ni las otras dos ponentes—dos de las tres, divas dominicanas.  Una verdadera erudita mejicana  modera impromptu y meten a la italiana.   Leo lo mío—o lo hablo—y ella hace una excelente comparación, con clips, de “Como agua para chocolate” y “Eat, Drink, Man, Woman” en términos de cocina, sexualidad y relaciones familiares.  Nutrido público de estudiantes, tomando notas.  Un tipo que se identifica como de “relaciones públicas de la UASD” me pide la ponencia y le doy la copia que he llevado.  No dudo que aparecerá publicada en alguna revista de la UASD con una firma que no es la mía.

Buseta, Casa de Profesores, otro retraso de una hora.  Llega el panel sobre Literatura, enfermedad y SIDA, en el que no me habían dado participación, pero, siguiendo el libreto, la diva dominicana a la que le tocaba presentarse  no aparece, así que el moderador me pide que llene el espacio y me encuentro en el único panel completamente de puertorros. Me toca último y debo decir que, como grupo, nos botamos.  Sólo leo un poema, “Muerte,” de Pan errante, porque me interesa más dar un marco “teórico,” que monto con unas cuantas notas  escritas a la carrera mientras hablan los demás.  Nos alaban por nuestra “valentía” y alguien hace saber que la hemos hecho llorar.  El moderador peruano, protegido de una diva argentina que quiere ser “loca” y ya parece un travestido, hace repetidos comentarios al efecto de que “Alfredo no se calla nunca” tanto cuando me presenta como cuando estamos interactuando en el panel. Él, en cambio, no parece tener nada más que gelatina entre las orejas.

Una de las mejores escritoras dominicanas nos invita a una cena en su casa.  Nuestra directora informa que no va porque le interesa más ir a un pueblo cercano a ver el baile de los Atabales. Me largo para el hotel, dispuesto a encerrarme y descansar antes del viaje del día siguiente.  Me encuentro con mi cara mitad, quien ha llegado y sale a escuchar un panel sobre cine.  Cuando regresa, me informa que el panel fue un desastre por falta de equipo técnico y que la conferencia de cierre sobre el artista a quien le habían dedicado el congreso se había cancelado, pero que la fiesta se va a dar.   Total, que se organiza un grupo de una docena, llamamos un minivan y nos vamos.

Un exquisito apartamento de varios pisos en la zona colonial, lleno de arte, y una terraza con vista de la bahía. Abersio puede finalmente compartir con un buen amigo, quien le promete conseguirle copia de “Ciudad romántica,” la novela de Cestero que será la base de su disertación.   Nos encontramos el grupo de cubanos—todos gente realmente interesante, pero la chica con quien había hablado muchísimo, no va. Los libros que hemos llevado nunca se ponen a la venta, ya que no se puede conseguir que la UASD se responsabilice  por su seguridad o venta y monte una exhibición.  Para no cargar con ellos, dejo instrucciones que se los den a la delegación cubana.  Lo más probable es que no suceda.

Sábado. Tenemos vuelo a las 8.00 AM, y por las nuevas reglas antiterroristas hay que estar tres horas antes, así que pido un taxi para las 6.00 AM.  Tres otros congresistas tomarán ese mismo vuelo y nos piden que compartamos la transportación: la diva peruana,  su protegido y  un performero puertorro.  Les advierto que no esperaremos por nadie.  Empacamos esa misma noche.  Al otro día ya a las 5.00 AM bajamos al vestíbulo.  A un cuarto para las seis, nos encontramos con el performero, que tiene problemas en pagar por el cuarto por unos consumos que al parecer ha hecho la persona con quien lo comparte.  Intentamos llamar a la diva, pero no aparece en el registro del hotel.  Llega el taxi a la hora prevista y nos largamos sin nuestros compañeros de viaje.

A media hora de salir el avión, los vemos entrar a la sala de espera.  La diva argentina, sin su maquillaje acostumbrado y con el pelo parado en punta parece ahora una bruja que hubiera perdido el rostro y la escoba.  Se abalanza sobre nosotros a recriminarnos el haberlos “abandonado” después de haber hecho el “compromiso” de llevarlos al aeropuerto.  Frígidamente contesto que se les advirtió a todos que estuvieran listos cuando llegara el taxi.  No se nos acercan durante todo el vuelo y ya en Kennedy cada uno agarra por su lado.  Me juro que no volveremos a viajar en grupo.

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  1. alfavil

    Como todo era pago, nos mantenían juntos, como al ganado. Sin embargo, en retrospectiva, fue divertido e instructivo. Por cierto, que me separé de la organización poco después.

  2. luisa cacheiro q

    casi siempre es mejor acudir solo que con grupo para algun premio como en este caso,pues uno suele quedar en evidencia.O cada uno por su lado.
    El hotel es clara evidencia qué con los años se ha deteriorado mas y no han hecho el más minimo esfuerzo siquiera lavarle la cara y adecentarlo un poco.
    Nuestro caballero qué escribe aquí se ve desafortunado por todo esto qué ocurre en dicho viaje.

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