Platero y Fez. Autor: Eduard Figueres Volart

La primera vez que la olí fue en una estrecha callejuela de l’antigua medina de Fez el Bali. Todavía hoy me pregunto cómo pudo alcanzarme su olor refinado a través de ese laberinto infinito de callejones, mercados y curtidurías. ¿Cómo pudo sortear los intensos olores de especias, el perfume de las aceitunas, el aroma de los jabones de sándalo y el aceite de argán,  la fragancia del jazmín enramado, el humo de las brochetas a la brasa, el hedor de la piel curtiéndose a base de estiércol, amoníaco y ácidos inframundanos? Los misterios del amor escapan a la lógica de un pobre burro como yo.

Por ese entonces, hacía un par de años que trabajaba en Fez como porteador de cacharros, cachivaches estrambóticos, sacos de comida y materiales de toda clase. Recuerdo que antes de partir del pueblo, mi padre me advirtió de que en la ciudad no encontraría la felicidad. Te harán trabajar más que a una mula, ¿y para qué?, por un mísero puñado de garbanzos y cuatro briznas de paja seca. Los hombres de la llanura son crueles. En efecto, se trataba de una faena dura, monótona y mal pagada, pero a mi me gustaba. Para un pollino como yo, recién bajado de las montañas de Ifrane, era fascinante conocerse todos los rincones de esa urbe, un universo lleno de sorpresas y de historias interminables. Por sus empinadas callejuelas corrían ríos repletos de personajes y colores nuevos cada día.  Había mercaderes altivos con barbas largas y chilabas pesadas, mujeres hermosas conocedoras del secreto del Tajine, jóvenes que preparaban sopas de caracoles en ollas gigantes, mendigos ciegos devotos de Alá, centinelas de la cotidianidad adictos al té a la menta, pandillas de abuelos estrategas de las cartas, eruditos estudiosos de la ciencia y los maqams, carniceros, pasteleros, zapateros, sastres, herreros, carpinteros, cuantacuentos, curanderos, boticarios…  y sobretodo niños, muchos niños. Fez era el reino de pequeños príncipes de la travesura que se dedicaban a martirizarme estirando de mi cola en cuanto me despistaba. ¡Qué arte y destreza la suya para esquivar mis coces demasiado ciegas y torpes!

Cuando el muecín llamaba a la oración de los viernes, la ciudad se sumía en un estado de frenesí parejo a la tormenta que precede a la calma. Los ríos de gente entraban en una ebullición burbujeante de caminares acelerados y los negocios se apresuraban a cerrar a cal y canto. Como si Dios hubiera sacado el tapón que retenía las aguas de la medina, las puertas de la gran mezquita succionaban aquel mar de almas danzantes y las calles se quedaban secas, desérticas y silenciosas. Entonces, mientras los hombres se arrodillaban en busca de una esencia que mi limitado intelecto nunca logró comprender, la ciudad se convertía en un remanso de paz  que me recordaba a los campos helados de mi infancia. Los gatos aprovechaban ese momento para salir tímidamente de sus escondites en busca de manjares olvidados en los suelos, y los équidos porteadores gozábamos de un merecido descanso en la sombra. Fue durante una de esas pausas cuando mi hocico quedó turbado por su olor penetrante y embriagador. Perdí la noción del tiempo y quedé enredado en una burda confusión de los sentidos. Oí una luz cegadora como un relámpago en el cielo; degusté el martilleo de herraduras en los yunques; vi el sabor de la leche ácida y dulce que me daba mi madre. Por primera vez en mi vida tuve ese sentimiento profundo e inconcreto del que hablan los poetas: ese cosquilleo en el vientre, esa calidez en los lomos.  Sin haberla siquiera visto yo ya la amaba con toda mi alma.

Aunque Fez siguió sumida en su imperturbable bullicio y pese a que los sacos de trigo siguieron pesando lo mismo, a partir de ese viernes ya nada fue lo mismo para mi. Las jornadas me pasaban volando, con los nervios a flor de pelo y la tensa ilusión de lograr cruzarme con ella por caprichosa casualidad. Mi olfato infalible me indicaba que ella seguía dentro de las murallas pero no había manera de que nuestros caminos coincidieran. Así se sucedieron muchos viernes, los hombres celebraron la fiesta del ayuno, la matanza del cordero y junto al cálido aliento del desierto los vientos trajeron al fin la primavera. Fue en la primera semana del mes de abril cuando aconteció el encuentro tan esperado. Me bastó un fugaz cruce de callejón para convencerme de que era la borrica de mi vida. Todo en ella era perfecto: sus estilizadas orejas puntiagudas, el elegante caminar de sus cascos juguetones, un brillante pelo negro como el azabache y una mirada tan dulce como la remolacha.

Aquella misma noche escapé del cercado cercano al río donde mi dueño solía guardarme y enfilé decidido en dirección a la fortificada medina. Entré triunfante por la azulada puerta Bab Bou Jeloud y al galope crucé la entrada de la calle Talaa Kebira, el refugio de los carniceros, donde un cartel nos vetaba el acceso a asnos, caballos y mulas. En el corazón de ese pasaje prohibido, una cabeza lengüeante de camello colgada de un gancho adornaba el mostrador de un puesto de carne.  Quedé petrificado y en el acto los guardianes nocturnos de la medina se abalanzaron sobre mi. Afortunadamente, desprovistos de la agilidad propia de los niños no pudieron esquivar un par de limpias coces que los dejaron fuera de combate. Tras esa primera escaramuza huí como un forajido por calles oscuras siguiendo el rastro de mi amada, el cual me condujo hasta la puerta infranqueable de un majestuoso caravasar alzado a prueba de saqueos y bandidos. La llamé con un tímido resoplido al que ella respondió con un bufido que erizó todos los pelos de mi cuerpo. Y así, pese a los muros, los contrafuertes, las cerraduras y las puertas, nuestros rebuznos se unieron al fin en una melodiosa y ensordecedora algarabía apasionada. Allí permanecí hasta que llegaron los guardianes con refuerzos. Peleé con la fuerza de un toro y el coraje de un caballo pero fui vencido ante la maña de las cuerdas y los lazos. Recordé entonces los augurios de mi padre y pensé que ese sería el fin de mis aventuras pues ante esa terca osadía me debía esperar la misma suerte que aquel pobre camello decapitado… Pero por lo visto la carne de burro es demasiado dura para las dentaduras humanas; así que me salvé de acabar en una olla. Sin embargo, el destino me reservaba una sorpresa cruel y burlona: un empacho de carne de caballo.

Una yegua es la burda caricatura de una burra. Es hiperbólica, demasiado grande, demasiado melenuda, demasiado angulosa y respingona. Pero de la unión con un asno nace una raza que, por su fuerza y obediencia, es ideal para el trabajo pesado. Por lo visto, esos hombres de Fez vieron en mi temple y fogosidad las cualidades apropiadas para jugar el desagradable papel de progenitor de mulas. Así que me confinaron en un establo tenebroso donde fui forzado a montar un sinfín de yeguas inocentes. Al principio las odié con espíritu de criminal, pero luego sentí compasión por ellas y en cierta manera logré reconciliarme con su raza. En el fondo, iban a ser las madres de mis hijos que, pese a su condición mestiza y a que probablemente nunca los vería, eran merecedores de todo mi cariño paternal.

Cuando por fin volví a pisar las calles de Fez, el verano ya estaba muriendo y el olor de mi burra se había esfumado por completo. Aunque mi corazón se había curtido como la piel de unas babuchas, un frío sentimiento recorrió todo mi cuerpo escarchando la sangre de mis venas. La pureza de mi amor platónico había sido ultrajada por el episodio de las yeguas y con la certeza de haber perdido a mi amada, mi espíritu quedaba herido de muerte. De esta manera, hundido en una tristeza infinita aguanté el otoño cargando bultos que pesaban como ataúdes llenos de arena, y ese mismo invierno el dolor pudo con mi alma y el frío con mis huesos. Seguí viviendo, pero sin esperanza. Mi pelo, otrora brillante como la plata, se había ido apagando lentamente y era ahora de un triste gris ceniciento.  Mis patas se habían vuelto flacas como las de un flamenco del río Muluya. Mi fuerza menguaba sin cesar. Me había hecho viejo y estaba solo.

Desde entonces no he parado de cargar los tesoros de los hombres con caminar errabundo y mirada perdida. Sin embargo, si un genio me diera la oportunidad de volver al pasado para no llegar nunca a Fez, la rechazaría. No me arrepiento de nada. Esta ciudad me lo ha dado todo. Sus hombres no son crueles. Simplemente son hombres. Esta ciudad me trajo el amor de mi vida. Un amor que, aunque a veces es cruel, no cambiaría por nada del mundo. Todavía ahora, durante la oración de cada viernes me parece olerla allá en las profundidades de los bazares, oír su  rítmico cascoteo sobre los adoquines y ver su sombra escurridiza en los muros de las casas. ¿Saben por qué es tan triste la mirada de un burro? Detrás de nuestro carácter parsimoniso encerramos sentimientos muy profundos. Somos soñadores de quimeras que nos resultan imposibles. Me gustaría ser el pájaro que me picotea los lomos. Volar y encontrarla.

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  1. luisa cacheiro q

    Platero se había enamorado de una burrita.Y el amor si es profundo está por encima de todo y no le importaba hacer trabajos duros con tal de volver a ver a su querida burra.Con ello los animales también poseen sus sentimientos.
    Aunque sea una metáfora.

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