Nosotros era Yo. Autor: Francisco Javier Muñoz Moya

En pocos días me aburrí de “la calle“, los bares y las playas llenas de mosquitos y empecé a prepararme mentalmente para el viaje a mi siguiente destino. Quería llegar a Livingston, en el extremo oriental de Guatemala. Me gustaba el nombre y era una de las mejores formas de llegar hasta Belice… o eso pensaba yo. Lo que si tenía claro es que desde Utila iba a ser un largo viaje.

Un día me levanté temprano y agarré el primer ferry a La Ceiba, de ahí un autobús a San Pedro Sula, otro a Puerto Cortés que encanché con uno a Omoa para tomar desde allí otro minibus hasta Corinto, donde se cruza la frontera de Honduras, por último un taxi me dejó en la frontera de Guatemala. Ya solo me faltaba un bus más hasta Puerto Barrios y el barco a Lívingston. Total, 11 horas si encajaba todo perfecto.

Era una misión complicada cuadrar tanta cantidad de buses, taxis, barcos… pero más o menos tuve suerte de enganchar unos con otros sin muchas esperas, excepto el bus de la frontera de Honduras a Guate. Ahí sufrí un interesante parón técnico. El minibus no salía hasta que se llenase y aquel no era un paso fronterizo demasiado transitado. De repente me llamaron de una furgoneta que acababa de llegar y me ofrecieron llevarme hasta Puerto Barrios. Cambie las mochilas y me subí. Todos menos yo eran hondureños.

En un momento del camino nos paró la policía fronteriza hondureña, nos pidió la documentación, la entregamos y un policía le empezó a increpar a uno de los pasajeros y le dijo que no le había entregado nada. Discutieron un poco y le sacó de la furgoneta, el resto de los que estaban dentro le entregaron algo y al poco tiempo volvió a entrar y continuamos el camino.

Yo no tenía muy claro lo que estaba sucediendo pero empecé a olérmelo, les pregunté y su intención era llegar a los Estados Unidos, les esperaba un largo viaje, cruzar Guatemala, entrar en México y conseguir llegar al norte de Río Bravo para intentar huir de los salarios de hambre que azotan América Central. Solo un sueño, como el que tuvieron los primeros peregrinos del Mayflower, un futuro mejor.

Entonces les comenté que si eran hondureños porqué habían tenido que pagar “mordida” para entrar a Guatemala cuando entre ambos países hay un acuerdo fronterizo para la libre circulación de personas. La respuesta fue sencilla, uno de ellos perdió su “cédula” hacía unos meses y conseguir otro DNI en Honduras es un proceso burocrático que puede dilatarse demasiado tiempo.

Solo le costó 30 dólares salir de Honduras sin identificación. Entonces la furgoneta paró y le hicieron bajarse antes de cruzar la frontera de Guatemala. Para no entorpecer al resto él pasaría andando y le esperaríamos al otro lado de la frontera.

Llegamos a la frontera, empezaron a ponernos los sellos y yo estuve hablando con los guardias mientras “el indocumentado” pasaba por detrás. Salimos de la frontera, le recogimos y al poco tiempo paramos al borde de la carretera. Me estuvieron contando como hacen para pasar “indocumentados” cuando son grupos grandes, lo hacen en la noche y por el interior de la selva, me contaron los precios que llegan a pagar a los “coyotes” que les llevan hasta su Ítaca particular, los Estados Unidos, y son cantidades que rondan los 15 o 20.000 dólares, una cifra muy alta en Centroamérica, me contaron como les trata “el narco” en el norte de México, como los secuestran, les roban y extorsionan, a ellos que no tienen nada más que sueños. Me contaron lo difícil que es dar un futuro a sus familias en sus países y lo duro que es hacerlo estando fuera. Para alguno ya era el tercer viaje entre deportaciones y expulsiones.

Me vieron tan interesado que les sorprendió, me preguntaban si era prensa, miraban mi cámara, me preguntaron por mi las fotos, por mi viaje… y en un momento dado me ofrecieron acompañarles en el suyo. Me dijeron que podía documentar su “aventura“, su camino a “El Dorado“.

Pude estar 20 minutos dándole vueltas, era una historia muy interesante, pero muy arriesgada. Si quería ir con ellos todo el camino tenía que entrar ilegalmente en México y USA. Entonces algunos de ellos empezaro a decir que tal vez fuese muy peligroso para mi ir con ellos por el norte de México, un europeo con cámara de fotos entre un grupo de “sinpapeles” hondureños. Un botín para “el narco“. En ese momento el conductor decidió continuar el camino, pero los planes cambiaban, me dejaban en un cruce esperando que pasase otro autobús y ellos modificaban la ruta, mejor no arriesgar, que ya les habían parado antes de entrar en Guatemala.

Y fue en un cruce de carreteras, a 4 km de Puerto Barrios, donde me despedí de ellos y les vi partir con esa mezcla de ilusión y miedo del que va camino de algo mejor que lo que deja atrás. Sin más equipaje que una mochila con una muda y algo de comida, Hector me dijo que no hace falta nada más para empezar una nueva vida.

Supongo que si dejas atrás tu familia, tus amigos y todo lo que eres, si partes sin saber cuando volverás, sin saber si conseguirás llegar, si barajas la idea de que ese viaje pueda ser el fin de tu camino, tal vez tiene razón y lo menos importante es lo que llevas en la mochila.

Al poco tiempo pasó otro autobús camino de Puerto Barrios, para cuando llegué ya había salido el último ferry y tuve que hacer noche allí. En una ciudad portuaria, húmeda, calurosa y un tanto sórdida. Un lugar de paso, la ciudad que fue uno de los cuarteles generales de la United Fruit Company en la época en que esta transnacional estadounidense tumbaba y nombraba presidentes a su antojo en toda América Central.

Y en un hostelucho pasé la noche pensando en Hector, Mario, Carmen y el resto de hondureños de la furgoneta, pensando en sus mochilas, en que tal vez las llevasen llenas de recuerdos para su nueva vida, pensando en la ironía que me resultaban sus sueños de vivir en el sistema que ha devorado sus países y que luego, tal vez, los vomitará a ellos. Pensando en la pobreza que azota la región en la que me encontraba y pensando en Galeano y sus “Venas abiertas“ el libro que tenía entre manos en ese viaje:

“América es, para el mundo, nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una subAmérica, una América de segunda clase, de nebulosa identificación.

Es América Latina, la región de las venas abiertas.”

Ahora releo ese párrafo y pienso que “nosotros” son “ellos“, pero aquella noche, en aquella habitación, dando vueltas en la cama sin poder dormir por el asfixiante calor y con el sonido de la lluvia golpeando contra el tejado de uralita, aquella noche, “nosotros” era “yo“, y yo era Hector, y era Mario, y Carmen, y Luis, y Alfredo, y Néstor y Laura.

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  1. luisa cacheiro q

    a vaces suele ocurrir así qué los otros era ýo´,en este caso.
    Suele pasar Francisco J.,en este escrito qué he leido se complican la cosas y a veces no hace falta ir a América latina en este caso.
    Las pateras y los qué van en ellas dejan lo poco qué tienen para embarcarse como nos dice la misma palabra a una vida qué a veces no hay un sentido felíz para ellos.Pero,lo intentan,tan breve es en circunstancias tan penosas pero es lo qué les toca vivir,sin duda.

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