La vuelta a casa. Autor: Germán Gutiérrez Ruiz

Había estado varios años fuera de casa, y al volver a mi país todo me parecía un poco raro. Todo seguía igual en mi pueblo: las mismas caras, los mismos sitios, nunca cambia nada. Aunque cuando me miraba al espejo sí que veía cambios, sentía como me hacía viejo y la pregunta de si estaba desperdiciando mi vida me venía una y otra vez a la cabeza. Aunque eso es otra historia.

Los primeros meses los pasé durmiendo de día y emborrachándome de noche. Casi siempre solo, como yo había visto cuando era más joven que hacían algunos solitarios. En aquellos momentos los miraba y me hartaba de reír con mis amigos, aunque en el fondo me daban pena. Ahora supongo que la gente tendría esa misma sensación enfrentada al mirarme.

Una noche vino a verme un tipo que decía que me conocía. Yo era la primera vez que lo veía, pero él insistía.

– Chino, soy yo, Joaquín. Maricón, ¿dónde has estado tanto tiempo?

–   Vete a tomar por culo – le dije y seguí con mi cerveza. Todo lo que quería en ese preciso instante era beberme esa cerveza, lo demás me daba igual. Había llegado en mal momento.

El pobre tipo pidió una cerveza y siguió llamándome chino hasta que se cansó de que lo ignorara y se fue.

Allí siempre me habían llamado chino, así que supongo que era verdad que ese tipo me conocía. Pero yo sólo quería beberme esa puta cerveza, no sé por qué nadie entendía eso.

Al rato llegó otro tipo más o menos de la misma edad, y también me llamó chino. Me invitó a una copa y me la bebí de un trago, luego me cagué en su puta madre y me largué.

Estaba bastante borracho, y tenía mucho frío.

En aquella parte del mundo es muy complicado tener frío en verano, aunque sea de noche, así que supuse que algo no andaba bien. De repente vomité y me sentí mejor. Dios, olía fatal. ¿Así era yo por dentro? Después de otro rato vomité otra vez y me caí al suelo, y cuando desperté estaba en un hospital lleno de tubos. Creí recordar que era el mismo sitio donde me había despertado después de mi primer coma etílico, puede que incluso fuera la misma cama. Graciosa coincidencia. Aunque aquella vez me harté de reír con mis amigos e incluso nos hicimos fotos. Esta vez no había nadie con quien compartir la gracia. ¡Mira, mira, al chino le ha dado un coma etílico!

Sí, fue gracioso en aquel momento.

Intenté levantarme pero no podía. Me estaba cagando, pero lo que hice fue vomitar otra vez. Me acordé de aquel cantante que había muerto ahogado en su propio vómito. Menos mal que yo había despertado unos minutos antes, no hubiera querido morir de una manera tan estúpida.

Bueno, bien pensado, tampoco creo que mi muerte vaya a ser mucho más digna.

Vomité otra vez y me desmayé. Cuando desperté me di cuenta de que me había cagado y meado encima, y aparte estaba todo lleno de mi propio vómito.

–   Joder, debo haber batido algún record – pensé. Siempre pienso ese tipo de estupideces en momentos como esos.

Llamé a la enfermera, que era gorda y vieja, y no me hacía ni puto caso. Después de un rato llegó, me dijo que me estuviera quieto y se fue. La enfermera de mi primer coma etílico estaba buenísima. Tanto que me empalmé al verla y durante algún tiempo me masturbaba pensando que me hacía una rehabilitación especial. Siempre soñé con volver a despertarme en aquella misma cama. Los sueños son una mierda, sí.

Al día siguiente ya me encontraba mejor y el médico estuvo hablando conmigo muy seriamente. Me preguntó dónde vivía, si tenía familia y todas esas mierdas. Me prohibió volver a beber.

Yo le dije que no tenía familia allí y que no iba a volver a beber.

Salí de allí por mi propio pie y de camino a casa me compré una caja de cervezas y un par de botellas de whisky. Un par de días después alguien me encontró inconsciente en el suelo de la cocina y me llevaron al mismo hospital. El mismo médico habló conmigo. Alguien les había dicho quien era yo y cual era mi familia, así que tuve que aguantar ver aparecer a mi anciana madre y que se pusiera a llorar como una Magdalena. Fueron unos hijos de puta, la verdad.

Me internaron en un centro para alcohólicos durante un tiempo. No lo recuerdo bien, pero fue muy doloroso y había cabrones por todas partes. Una mañana me abrieron la puerta y me dejaron ir.

–   ¿Dónde coño voy yo ahora? – pensé.

Ni siquiera sabía donde estaba.

Había escuchado mil veces esas historias de gente que sale de la cárcel y quiere volver porque no se acostumbra a la libertad y todas esas gilipolleces.

A tomar por culo. Me compré un par de botellas, cogí el primer autobús que vi y me largué de allí.

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