Inocencia aparente. Autor: Pernando Gaztelu

Creer posible algo es hacerlo cierto. (Friedrich Hebbel)

 

Salía a correr por las mañanas, tres días a la semana. Decía que eso le ayudaba a desconectar (aunque no tenía mucho de lo que desconectar), odiaba la rutina y por eso cada dos por tres cambiaba los días, las horas y sobre todo los recorridos. Le gustaba curiosear en las obras de la ciudad, en los parques, e incluso iba a los polígonos industriales de vez en cuando. Con la excusa de hacer deporte conocía muy bien la ciudad pero muy mal a los vecinos, salía solo. No le gustaba llevar el ritmo de otros —le hubiera gustado que llevaran el suyo— hasta que conoció a Josefina.

Llevaba tiempo viéndola correr a distintas horas del día —en realidad era él el que cambiaba de horario— y alguna vez coincidió con ella en un pequeño tramo llegando al barrio. No prestó atención al ritmo que llevaba hasta la segunda vez que la vio. Solía parar cada pocos kilómetros algunos segundos, en las paradas miraba el reloj y volvía a lanzarse. Una rápida búsqueda en Internet reveló a Carlos que se trataba de “series” y que estaba haciendo algún tipo de entrenamiento a consciencia.

En su andar por las horas y los días de la semana, Carlos descubrió que pasaba cerca de la estación de trenes los martes alrededor de las nueve de la mañana. La siguió al final del recorrido unos cuantos metros por detrás.  Durante unos tres kilómetros no se separaron de las vías del tren y al llegar a la estación ella se apeó, hizo dos estiramientos junto a la puerta de entrada y desapareció en el hall.

Carlos esperó a que saliera. La acompañó con la mirada hasta una zona donde desapareció. Al ver que no aparecía, decidió entrar en la estación. Era bastante moderna y con mucho menos glamour que la típica estación de trenes de las grandes ciudades donde se suele guardar lo mejor del pasado para adornarlo con cosas de toda la vida. La buscó intentando ocultar su interés simplemente porque tenía miedo de que ella hiciera lo mismo. Había una maqueta de las obras —hacía poco habían terminado la remodelación— de la estación y de los trenes que solían llegar y salir cada día. Nunca le habían llamado la atención los trenes, más bien al contrario. En su juventud cuando se vio obligado a usarlos (por una obstinación de su padre) no había disfrutado lo más mínimo de aquel servicio público justamente por esa condición, la de público. Delante de la maqueta disimuló lo más que pudo la minuciosa observación de su entorno: azafatas con maletas, hombres trajeados con paso imponente, dos ancianas asistidas por una mujer sudamericana, un grupo de adolescentes bulliciosos, unos comerciales (no podían ser otra cosa con esos trajes baratos), ¿cómo le va Carlos, usted por aquí?, dos mujeres con maletas para diez personas, ¿qué lo trae por la estación?, una joven que se parece a… ¿cómo se llamaría?, un revisor haciendo señas desde el último escalón del tercer vagón, un silbido, ¿viene a despedir o a buscar a alguien?

Carlos despertó de su profundo análisis para hacer caso a esa voz chillona que no hizo más que arruinar el concienzudo estudio de un recinto tan grande y complejo como ese.

—Buenos días, no, sólo estaba…

—Ah, que suerte que respondió—interrumpió la mujer excitada—, ya estaba pensando que le pasaba algo. ¿Qué me decía Carlos?

—Nada, sólo estoy de paso. Bueno, que tenga buen día.

Y se alejó esquivando la investigación que intentaba hacer la mujer que se quedó pensando en lo cortante y poco amable de la actitud de Carlos —cosa que sería muy bienvenida en los cotilleos vespertinos— debía esconder algún secreto. Carlos ajeno a la elucubración volvió a centrarse en la corredora desaparecida. No podía estar lejos. Quitando el momento de incómoda conversación —en el que se vio obligado a mirar a la cara a su interlocutora— había estado atento todo el tiempo a la gran entrada de la estación. Nadie con la altura y la complexión física de su interesante corredora había salido por esa puerta. Fue a los andenes, tal vez había cogido algún tren pero era improbable (porque no llevaba equipaje). Dos trenes habían salido ya, no había nada que hacer con ellos y los otros dos en el andén fueron objeto de escrutinio a través de las ventanillas. No puso demasiado interés, se dio cuenta que estaba perdiendo el norte con aquella búsqueda, lo más sensato era intentarlo otro martes.

Se fue mirando al suelo como quien ha perdido algo que ya no espera encontrar. Se le escapó un “habría estado bien” entre susurro y aliento y salió a la calle. En ese mismo instante apareció reflejado en su mente el rostro de la joven. Acababa de verla de refilón. Como si de un robot se tratara y sin pensarlo volvió sobre sus pasos —marcha atrás, sin girar— dos metros hasta volver a cruzar el dintel de la gran puerta. Aún deslumbrado por el contraste entre el la luminosidad del exterior y la relativa oscuridad del hall, giró la cabeza a la izquierda, dejándola así hasta que volvió a ver. Sólo distinguió transeúntes con maletas, y billetes de tren. Entonces volvió la vista a la derecha y entre las taquillas la encontró. La reconoció pero no era la misma. Vestía uniforme y estaba detrás de las taquillas. Sonreía a un cliente mientras entregaba unos billetes por la caja metálica —esas por las que se pasan en un sentido los billetes de pago y en el otro los de tren. Era otra pero era la misma, eso cautivó aún más a Carlos, él no esperaba a esa joven, aunque la estaba buscando desde hacía casi una hora. Extraña sensación invadió a aquel estorbo vivo ante la puerta de entrada de la estación de trenes. No había encontrado a su corredora, sino a una parte oculta de la vida de su corredora, esa parte que no le interesaba lo más mínimo hasta que la descubrió e hizo que quisiera conocer a la empleada de la estación de trenes que corre por las mañanas.

Por primera vez en mucho tiempo una mujer despertó ese extraño sentimiento dentro de él. Era una atracción insana que afortunadamente aparecía pocas veces y que lo trasformaba completamente. Durante dos semanas intentó negar que hubiera llegado ese maldito momento —tan maldito como la última vez— pero no había nada que hacer. Su mente ya estaba preparada para un nuevo ataque, una estrategia limpia y efectiva para abordar a la joven, para conquistarla, enamorarla de su obra, hacerla presa de su sex-appeal y saciar sus más profundos deseos.

* * *

En la ducha comprendió que iba a ser un gran día. La mañana había sido hermosa, un sol estupendo y en el último tramo había visto salir los trenes que normalmente estaban aún apeados al llegar a la estación. Era extraño que salieran antes de su hora, —e incluso que salieran después— su ritmo de carrera había sido muy bueno y eso era una buena razón para empezar bien la jornada. Había sudado más que otros días, así que frotó muy bien la esponja, quería dejar allí todo resto de suciedad y negatividad. Sintió placer al frotarse, había poesía en la ducha esa mañana; algo singular iba a pasar ese día, estaba segura y preparada para lo que fuera.

Fue un martes intenso, con muchas ventas, consultas de horarios —la época estival hacía multiplicar por dos o por tres los visitantes a la ciudad y cada vez había más extranjeros— en castellano y en inglés, era una de los pocos que dominaba a la perfección la lengua de Shakespeare y los demás no tenían reparo en confiarle sus clientes. Josefina estaba feliz con su trabajo, pero a última hora estaba menos contenta que por la mañana. El último de sus clientes fue particularmente agradable. Preguntó prácticamente de todo: horarios, combinaciones, servicios, precios, descuentos. Parecía saber de lo que hablaba al preguntar y se mostró realmente agradecido de cómo Josefina satisfacía uno a uno sus requerimientos hasta el último de ellos, precisamente a la hora de cierre de las taquillas. Él le propuso tomar un café en la cantina de la estación. Ella dijo que no, le explicó que tenía que ir a casa rápido. Él no insistió, pero se mostró triste, muy triste y su cara reflejó la soledad. Esa que nunca nadie había mostrado a Josefina de una forma tan conmovedora. Ella sabía prácticamente todo sobre él: que vivía solo, que iba a ver a sus padres ancianos a la capital, que viajaba por el norte del país muy a menudo, que no tenía mascotas ni fumaba, que no tenía coche; tantas cosas, él tan solo y ella tan sola, “y esta maldita sociedad que no te deja salir con alguien porque puede ser un asesino, un loco o un degenerado, pero que también te hace dejar pasar oportunidades como este tipo que parece ser un amor, pero que puede que sea cualquier cosa, si me escuchara mi mamá pensando esto me mataría, pero que le voy a hacer siempre fui así, y no, no voy a salir con él aunque me de una lástima que me dan ganas de matarme mirale esa carita de pobre, ahí sentado en el asiento tan solo que no se le acerca nadie ni para hablar y parece que un día de estos se va a tirar al anden de pura tristeza…”

Ese café fue el mejor café en años para los dos, y no tenía nada más de especial que la dulce compañía de dos almas solitarias que ahora compartían más de lo que miles de parejas son incapaces de compartir. Desde aquel café Carlos comenzó a seguir el ritmo de Josefina en su recorrido hasta la estación. Los martes se despedían allí y no se veían hasta que ella salía del trabajo. Se transformó en una rutina fija —aunque a Carlos le pesara— de los martes. Josefina se olvidó del “asesino de la taquilla” y Carlos empezó de sentir ese cosquilleo en las sienes y en las palmas de las manos, como hacía unos años, pero más intenso. Esta vez era diferente, no quería que pasara de nuevo, pero estaba pasando y fue muy rápido. La boda de un amigo de ella, bebieron, hicieron el amor —en la cocina—, “te quiero” un martes, se fueron a vivir juntos un sábado, salían a correr los jueves, luego los sábados, después los lunes. Josefina dejó de llegar pronto los martes, y el resto de los días; dejó de aceptar clientes de sus compañeros que no hablaban inglés. Quería salir pronto del trabajo para estar con Carlos; viajar con él, conocer nuevas ciudades, escuchar sus historias —que eran cada vez más intensas— y compartir nuevas aventuras solos los dos. Él le descubrió su verdadera pasión, las historias, la literatura, el arte escénico. Contar historias era lo que lo movía. Descubrió a Josefina su más profundo y bien guardado secreto: “la mejor historia no es la que nace de la ciencia ficción, sino la que nace en tu mente y se hace realidad”. Josefina vivió con profunda pasión —en cuerpo y alma— los cuentos eróticos que Carlos guardaba en su alcoba, los relatos de viajes y aventuras en pueblos lejanos, las memorias de los ancianos más atrayentes. Todo llenaba tanto sus horas de lectura como sus experiencias vitales diarias, todo excepto aquella novela negra que Carlos no terminaba nunca y que había leído a trozos cuando él no estaba en casa.

“Verdugo aparente” era el título y trataba sobre un joven universitario muy adinerado que estudiaba derecho con la esperanza de un día ser una persona de bien aunque sabía que nunca lo sería, porque luchaba sin descanso —excesivos capítulos de lucha para su gusto— contra un mal interior que lo hacía sentirse sucio. Un verdugo en potencia que soñaba con cinco asesinatos y los revivía como si fueran reales. Las últimas páginas escritas trataban sobre el momento en que conoció en un tren a una chica y en un largo viaje —de esos que ya no existen en tren— se enamoraban los dos. Las escenas de amor llevaban meses de cambios que daban vueltas en círculo cada semana. Josefina sentía que Carlos estaba bloqueado en el amor entre los dos jóvenes y eso no le permitía cerrar el nudo de la novela de una vez. Ella quería ver quién era realmente el protagonista: el joven rico que había encontrado el amor, decidía que era lo más importante de la vida y dejaba todo por ella o, ese malvado asesino marcado por una dolorosa infancia que jamás debiera haber tenido lugar. Lo que más admiraba Josefina de Carlos era la sensibilidad para acercarse a los personajes y sus detalles, en aquel joven rico había llegado a su máxima expresión. Para Josefina era tan intenso el amor que sentía por la joven que el único final lógico podía ser el primero, el amor para toda la vida, aunque eso hiciera difícil explicar tantos capítulos de reflexión y lucha interior del complejo personaje.

Pasaron los meses y aunque la novela seguía dando vueltas, Carlos no dejaba de tener nuevos proyectos literarios que requerían “decorados” reales. Ese invierno concibieron un viaje a Escandinavia. El último cuento de Carlos estaba ambientado allí y pidió a Josefina hiciera la realización del mismo. Ella compró todo según sus indicaciones: pelucas rubias, maletas antiguas, abrigos de piel, billetes de tren en primera clase, reservas en hoteles emblemáticos a lo largo de la ruta… Era excitante pensar que iban a escenificar aquel cuento de Carlos. Por lo general las producciones eran bastante espontáneas y no hacía falta mucha elaboración para llevarlas a cabo, pero esta vez era un juego que salía de lo normal y los llevaba a terrenos intensos y apasionantes. Las escalas en el viaje eran como capítulos de una historia que combinaba del amor al odio, del sexo a la pasión; todos componentes de una buena novela. En Dinamarca Josefina no pudo más.

—Me encanta la novela, no puedo esperar para ver el final, ¿cuándo toca?

—¿Qué dices? ¿Qué novela? Estamos con el cuento del sueco…— su cara estaba desfigurada, como ver una rata ahogarse en una botella de agua.

—Carlos, lo sé todo. Llevo “hojeando” tu novela algún tiempo… esto no es un cuento, es la novela que hace meses escribís…

—¡Porqué miras mis cosas! ¿Quién te ha dicho que puedes hurgar donde no te corresponde?— Se levantó lanzado del asiento, abrió la puerta automática y accedió al pasillo de los baños y las puertas de acceso al tren. Comenzó a golpear las paredes como un enfermo.

Josefina dudó por un momento en ir o no a su encuentro, pero al oír los golpes en las paredes entre tanto traqueteo decidió ir a calmarlo. Encontró a un hombre sentado en el suelo, con una pierna estirada y el pie dentro del baño, la otra pierna rodilla arriba empujando una pared y dando puñetazos a la pared por encima de su hombro. Estaba llorando. Se puso delante de él, entre sus dos piernas. Estaba agitado pero había dejado de dar puñetazos. Ella se agachó acercando las rodillas a su pecho, pudo ver sus ojos y por fin su barbilla temblando.

—Lo siento mi amor, lo siento mucho. No debí hacerlo, no sabía que era tan importante para vos guardar esa novela. Entendeme, admiro tu obra, admiro tu forma de escribir y cómo llevás a la realidad la literatura… Perdoname.

Él no dijo nada. Sólo dejo de llorar, de temblar. Sus ojos no la miraban aunque ya no forzaba la cabeza para ver el suelo; relajó sus brazos y los dejó caer por completo, también dejó caer la pierna que estaba doblada. Ella quería abrazarlo, quererlo, sentirlo, pero algo le decía que no era el momento, todavía no. Había visto una violencia exagerada y tenía miedo. Tenía miedo de Carlos. Tenía miedo del hombre que acababa de ver, tenía miedo del joven de la novela, tenía miedo de las muertes, de los capítulos de lucha interior, de la incertidumbre del final, del odio del personaje por las mujeres rubias, de la peluca que tenía puesta, del tren en el que estaban, de la fuerza con la que se levantó Carlos, de cómo introdujo una llave en el circuito de seguridad del tren y de cómo abrió la puerta con el tren en movimiento y la lanzó con el impulso de uno de sus potentes brazos.

* * *

Instantáneamente desapareció el cosquilleo en las palmas de las manos y en las sienes. Dejó de oír aquella voz que decía “es ella” una y otra vez y tiró de la maneta de emergencia. Cuando el tren frenó lo suficiente, saltó y puso fin a su historia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s