Detrás del Cristal. Autor: Pernando Gaztelu

Apagó la luz y se fue. Un piso vacío quedaba atrás. Con él un matrimonio fracasado y dos criaturas inolvidables. Hacía tiempo que no las veía, por esas cosas que tienen los divorcios. Cerró con llave y la dejó en el buzón, como había acordado con el propietario. Las horas allí habían sido un simple trámite, una transición del mar al abismo. Ya nada tenía sentido, sólo salir, olvidar, desaparecer.

Llevaba dos días pensando cómo huir, adónde ir, cuándo. Ahora estaba en la taquilla. «Un billete para el autobús que salga lo antes posible al destino más lejano». La mochila se le cavaba en la espalda y los recuerdos le herían el alma. En media hora se deshizo de la mochila —en la despensa del autobús—, el resto pensaba dejarlo abandonado en el primer pueblo perdido que encontrara.

Los postes de electricidad con sus vaivenes de líneas subiendo y bajando acompañan a Aritz. Tiene calor. El run run de la carretera y la soledad del camino se aprovechan de su débil voluntad de aventurero. Lo transportan a través de la ventanilla a los brazos de una hermosa ninfa. Por unas horas olvida el absurdo presente y lo deja cientos de kilómetros atrás.

Una parada y mil paradas después, bocadillos de cualquier basura, orinar en estaciones mugrientas y todo para llegar una pensión barata en el centro —o lo que parece el centro— de Maribor, Eslovenia. Soltó la mochila encima de la cama de al lado. Al caer aparecieron en la manta con rombos dos rostros tristes diciendo «¿dónde estarás papá?». Frente al espejo del lavabo apareció una cara barbuda y desconocida diciendo estupideces sobre la fuerza, la hombría y el ser fuerte. Pasaron dos semanas plagadas de silencio, de frases sueltas. Inglés, francés o una mezcla de ambos. El alemán habría sido más útil, pero era otro gran ausente. Tal vez por eso estaba en el paro desde hacía más de un año. Ella tenía razón, no era suficientemente fuerte para soportar aquello. Decidió marcharse de allí, a pie. Cargó unas cuantas latas de conservas del Lidl más cercano y en la gasolinera le indicaron el camino más corto a Croacia, le señalaron en el mapa un pueblo, Varazdin.

* * *

Los setenta y cinco kilómetros son una distancia importante, sobretodo para un informático habituado a estar encerrado mil horas programando aplicaciones androide y más después de la ociosa vida de desempleado. Se sintió un vagabundo. Un admirable y flamante vagabundo. Piernas cansadas, polvo en la chaqueta, barba sucia e incipientes ojeras estaban detrás de su orgulloso gesto de desterrado. No le pareció mala idea completar la imagen y compró una caja de vino tinto en la primera parada. La gloriosa entrada en Croacia la hizo suave pero con paso firme, España quedaba relegada a un recuerdo estúpido. Imágenes borrosas, autobuses extraños y ventanillas demasiado limpias que mostraban paisajes aburridos, conocidos, repetitivos. Croacia se presentaba virgen, verde y alegre. Las banderas a cuadros parecían marcar una llegada de carrera. Aritz González Alza abría los ojos a un nuevo mundo. Se llenó de ilusión al encontrar una pensión acogedora donde los dueños, dos gays muy simpáticos, le ofrecieron quedarse lo que hiciera falta mientras no viniera un verdadero turista —advirtieron su situación al instante— podía pagar la mitad de la tarifa. El sol era intenso por las mañanas. En Croacia creyó encontrar la paz que estaba buscando. Pero la dura realidad golpeó a su puerta a las dos semanas. Había salido de paseo con el pasaporte y el dinero en una pequeña cartera —por las dudas. Al volver no estaba la mochila, aunque los recuerdos que traía no se los pudieron llevar. Los gays le preguntaron si tenía dinero para pagar los desperfectos del robo. El español comprendió que no quedaba nada del sueño idílico de Varazdin y tomó el primer autobús a la capital. La suerte hizo que no esperara más de media hora en la horrible estación de autobuses, otra horrible estación de autobuses. Sentado del lado de la ventanilla —ahora era su único requerimiento al comprar un billete— olvidó una vez más todo. Luego personas, caminos, postes y más postes.

Llegó a Zagreb esa misma tarde y se convenció de que las grandes ciudades son bellas siempre que uno quiera estar en grandes ciudades, pero son sólo ciudades grandes cuando uno quiere estar en cualquier parte. Dio un paseo, compró víveres y una pequeña mochila de supervivencia —casualmente de oferta en su supermercado alemán preferido— la cena y dos cajas de vino tinto. Una plaza bien iluminada cerca del casco antiguo sería su dormitorio. Ideal para una templada noche de junio. El vino y un perro solitario completaron una noche llena de pesadillas y fantasmas del pasado.

Aún adormecido por la mañana, se odió a sí mismo más que otras veces por no ser capaz de reconstruir su vida y dejarlo todo definitivamente.  Vio a un grupo de jóvenes haciendo auto stop, los envidió de la peor manera posible y después de que lo llamaran, subió al camión que los llevaba al sur este. Kutina, Nouska, la frontera y luego Derventa, Doboj y por fin Sarajevo. Gente diferente, otros ambientes. El paso fronterizo fue una experiencia parecida a la despedida en San Sebastián, preguntas inútiles de personas sin importancia. El aire era fresco, estaban más al sur así que se llevaba mejor. Los compañeros de viaje también llevaban vino lo que simplificaba enormemente los problemas idiomáticos y el peso de tantos kilómetros por carreteras rurales. De nuevo una gran ciudad aunque esta vez una marcada a fuego por la guerra. El grupo se dividió al llegar a las afueras de la capital de Bosnia y Herzegovina. Un sentimiento de soledad invadió a Aritz al ver cómo se alejaban dos a dos o tres a tres sus compañeros de viaje. Milivoj y Valentin lo invitaron a continuar camino con ellos. Iban a una casa ocupada al norte de Sarajevo.

Compartieron la cena con «la familia» —unos indigentes que vivían allí—, intercambiando pan duro, latas de conservas pero sobretodo el sentimiento de odio y el dolor. La guerra marcaba sus vidas desde hacía más de diez años de forma evidente. La hermana de Milivoj contó cómo los represores mataron a su marido delante de sus tres hijos y cómo la violaron después. Siguieron los amigos de Valentin y él mismo completando la sinfonía de preparación para regresar al frente. Aritz viajó sin querer de la soledad a la euforia libertadora. Aquella noche pensó en lo que Nekane, su ex, le había dicho tantas veces. No sabía medir. Nunca había sabido medir, pero ¿por qué tenia que ser eso algo malo? Lo único que venía a su mente era la cara de sus hijos viendo cómo lo mataban con un cuchillo en la garganta. Los ojos del pequeño desechos en lágrimas, la voz desgarrada de tanto gritar y sangre en sus caras. Ojos desorbitados y dolor, mucho dolor. Objetivo Pristina, la capital de un país dentro de Serbia.

Al llegar a Kosovo —dos kilómetros antes de la frontera a pie y los dos siguientes también— sintió que su vida volvía a tener sentido. Valentin era el más efusivo. Defendía ideales de los que nunca había tenido experiencias, pero que estaban incrustados muy dentro suyo, probablemente a base de muchas generaciones de odio reprimido. Aritz pensó de nuevo en sus hijos, en lo que no podía enseñarles, lo que otros les inculcarían por él y lo poco que iba a conocerlos dentro de algunos años. No pasaron por la aduana ni por el paso fronterizo. Los trámites fueron un zig-zag al trote entre trincheras y muros derruidos, entre vehículos abandonados y risas compañeros. «Vamos a morir sin hacer nada por la revolución», decían. «Sería una pena y también un alivio» repetían improvisando una canción. Eran las diez de la noche cuando empezaron a cruzar. Para la medianoche estaban en un piso franco de Pristina, la improvisada capital de un país que aún no ha terminado de nacer.

El terror terminó de desgarrar el corazón de Aritz. Combate cerrado, cócteles molotov, armas automáticas. Ahora veía las cosas de un modo diferente a la noche antes de entrar a Pristina cuando compartía las razones de sus amigos para entrar en combate. No podría justificar el dolor de ellos con el del soldado Serbio que cayó de un tiro y al que Valentin remató cortándole la garganta. Fue la primera de docenas de imágenes, una tras otra, que asquearon al informático. «La libertad no vale tanto, así no» pensó al fin. Se despidió de ellos como si fueran amigos todavía. Las horas de vómitos continuos le habían quitado el hambre y las ganas de cualquier cosa que no fuera salir de allí, salir de patrias legítimas, pero asesinas. Fue la primera vez que pensó en volver. Nada podía ser peor que lo que acababa de vivir. Las diferencias que pudiera tener con Nekane pasaron a ser estupideces. Podrían dejar todo atrás como si no hubiera pasado nada. Sabía que no era tan sencillo, no dependía sólo de él. En una parada camino a Sofía, unos intensos ojos marrones lo observaron desde lejos a través de la ventanilla. Tenía velo y el semblante triste —¡Nekane!—, la misma expresión que no había vuelto a ver desde hacía más de seis meses.

Dos días en la capital Búlgara, para de González Alza otra gran ciudad pidiendo que la abandonara a su suerte —ni mejor ni peor que antes de conocerla. «El autobús, la parada, Nekane» El mapa en la ventanilla de la estación de Sofía, Burgas. Una ciudad en la costa, muy lejos de todo, muy cerca del mar. «Decidido». Mochila de soldado, asiento de segunda clase y una hermosa ventana —polvorienta por fuera— sus compañeros de viaje. Cuatrocientos kilómetros y un diario que acababa de comenzar. Las frases de Milivoj, el odio de Valentin, en el frente, en las noches de Maribor, Varazdin, todo comenzaba a tener forma, a ser redondo y mullido, claro y espeso en las palabras de un desterrado. Llegó por la tarde, casi de noche. Ya no se preocupó por buscar un albergue barato, aunque si lo encontraba su cuerpo agradecería una buena cama. Llevaba algo de dinero Búlgaro, en Sofía le había dado tiempo a cambiar algo del botín de guerra de Kosovo. No estaba orgulloso de ese dinero, pero sí de cómo había sobrevivido a aquello y cómo veía ahora la libertad, las necesidades de un pueblo y la forma de satisfacerlas. Había aprendido su propia forma de ver las cosas, algo que hasta entonces no le importaba. Apoyó la mochila en la arena y cerca de unas rocas se instaló. No había vino. En Kosovo aquella historia había quedado atrás. No necesitaba más que estrellas, sus hijos, San Sebastián, el futuro, las olas y el inmenso mar azul oscuro.

* * *

Las últimas semanas en Burgas fueron las que ocuparon una línea por día en su libreta. Aritz comenzaba el regreso a casa. Estaba cansado de tanto ajetreo y la vida podía ser útil —después de todo— en el lugar que lo vio nacer. Completaría la aventura en Estambul, quería poner un pie en Asia. En barco a la capital del imperio otomano. Butaca, ventanilla y salir más tarde a respirar mar. El plan era sencillo a partir de entonces: disfrutar y volver a casa. No más aventuras, nada de aprender a golpes. Pero como de golpes está hecha la vida del pobre y Aritz nunca había sido rico, la fortuna le hizo que sobreviviera a un asalto y golpiza la primera noche en Turquía. La confianza lo había vuelto distraído y no siempre es tan seguro como él pensaba dormir al aire libre. Las navajas se reflejaron a la luz de la luna y agradeció —a Allah— seguir en este mundo. No intentó defenderse. Había cometido errores estúpidos —en Kosovo al luchar a vida o muerte— y no era momento de corregirlos, sino de pensar en su familia. Por la mañana fue a la policía y luego al puerto a buscar trabajo. Pasó hambre durante unos días, mendigando en las mezquitas, en las iglesias. Un mercader que viajaba al sur del país se ofreció a pagarle y darle cobijo si le ayudaba con las mercancías. El recorrido que hacía era Estambul – Ankara – Gaziantep y de regreso a Estambul vía la capital. Ismail era afortunado, tenía dos familias, una en Estambul y otra en Gaziantep. Viajaban dos veces por semana, siempre paraban en Ankara. Aritz cogió cariño a su jefe y a sus dos familias. No podía entender cómo era posible que una persona amara a dos mujeres, a los hijos de las dos y que todo fuera tan tan natural. Legalmente Ismail no estaba casado con una de ellas, pero sí lo estaba según su religión. Eran una comunidad feliz y él amaba tanto a su familia como a su trabajo. El español sabía que él nunca podría hacerlo, no lo habían educado así, aunque comenzaba a entender que se pudiera vivir feliz de aquel modo. Sentía cada vez más nostalgia por su familia, su familia rota. Estaba por volver a casa gracias a su jornal —y a los regalos de Ismail— cuando Aishe, la mujer de Estambul, llamó. Fatma, la madre de sus hijos en Gaziantep había sido secuestrada por rebeldes sirios. Pedían un rescate que Ismail no podía pagar, pero que los rebeldes necesitaban para su guerrilla contra el régimen. Tardaron en llegar a Gaziantep. Al llegar les informaron de los detalles del secuestro, dónde llevar el rescate y cómo se realizaría el intercambio. Ismail insistió en ir solo, pero Aritz entendió que debía devolver a Ismail lo que le debía y eso era mucho más que el dinero. Dos familias dependían de aquel hombre y no podía dejar que muriera en un mugriento hospital de Alepo o en un tiroteo estúpido en Homs. Esas eran las dos ciudades donde podían estar, porque los rebeldes se movían constantemente de una a otra para nos ser encontrados.

Por la noche cruzaron la frontera a pie —una vez más, para Aritz— y en Alepo encontraron de frente la cruda realidad de la guerra civil. En un tiroteo, González Alza dio sentido a su viaje salvando la vida de Ismail y esa noche salieron en un coche robado a Homs. Fue un trayecto cruel, uno de los que los acompañaba, un refugiado, recibió un disparo durante el viaje. Una bala perdida. Murió en los brazos del español mientras Ismail conducía y oraba por sus almas en la noche cerrada. Amaneció y Gonzalez Alza, aún con el cuerpo en sus brazos, miraba las marcas de sangre en la ventanilla del coche, las palmeras inmóviles y el sol creciendo en el horizonte. Sólo si encontraban a Fatma, sólo si la encontraban con vida, aquella primavera podía estéril podría transformarse en verano.

El edificio indicado estaba en ruinas. Según los vecinos había sido atacado por bombardeos. Era evidente. Corrieron a buscar entre los escombros. Encontraron primero armas, luego soldados rebeldes y después nada. Nada. Un silencio sólo roto por el ruido de los escombros y los quejidos de dolor, por las llagas en sus manos. Nada y sangre. De pronto oyeron voces, lejanas, turbadas, pidiendo auxilio, voces de mujeres, de niños, cada vez más cerca. Pidieron ayuda, el barrio se les unió al rescate. Dos, tres, cinco horas y las voces cada vez más cerca. Ya con la luz de la luna los gritos sordos se transformaron en voces humanas, en gemidos, en sollozos y luego en abrazos y más abrazos. Detrás de aquellas mujeres, apareció Fatma rodeada de niños.

«Así, hijos míos, nunca he dejado de pensar en vosotros, nunca. La vida es emocionante, única, y hay que vivirla, pero siempre pensando en los demás» escribía Aritz de regreso a Estambul junto a Fatma. Ismail había decidido reunir a ambas familias para festejar el rescate de Fatma y la partida de Gonzalez Alza. Le pidió quedarse un tiempo más, pero sabía que Aritz necesitaba volver a casa. Allah le había mostrado lo importante de la vida y tenía que compartirlo con los suyos, como él estaba haciendo en ese mismo momento. En la facturación del aeropuerto pidió ventanilla y aunque el paisaje prometía ser más aburrido —no había postes de electricidad— volvió a ver a Nekane, esta vez para pedirle perdón. Le pidió perdón por todo, por sus errores y por el tiempo, por no saber esperar…

Al llegar a San Sebastián lo estaban esperando. No quería estar solo en el aeropuerto, no quería estar nunca más sólo y les había avisado que volvía. Se abrazaron los cuatro. Lloraron. Aritz González Alza pisaba por primera vez Donostia. Una luz resplandeciente iluminaba el metro, el Kursaal, la catedral. Un mundo de gente disfrutando de la vida, de estar donde querían estar. Ismail, Fatma, Aishe, Valentin, Milivoj quedaron atrás, estaba junto a Nekane y sus hijos. Pasaron muchos días. Nekane leía los diarios de viaje y Aritz olvidaba la realidad para sentir que todo era ficción, que no acababa de volver a un mundo que tal vez había dejado, pero que no se parecía en nada a lo que había querido dejar.

Aunque ella le pidió no confundir las cosas, las cosas se confundieron con el tiempo. Esta vez se fueron confundiendo poco a poco. Se confundieron como los dos esperaban que ocurriera. Cuando volvieron, Aritz recordó el piso vacío, las llaves en el buzón y el cristal polvoriento desde el que vio esos ojos marrones, esos que no esperaba encontrar.

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