De bar en bar. Autor: Pernando Gaztelu

—Otra igual.

—Marchando— gritó el mozo desde la otra punta de la barra.

— ¿Porqué no pedís otra cosa? ¿O vamos a otro bar mejor?

—Dejate de joder. Dejame tranquilo, acá estamos bien, o por lo menos yo estoy bien. Si no te gusta, andate.

—Qué pelotudo sos, no podés. Siempre que estás depre hacés lo mismo. Querés estar solo y tratás mal a tus amigos… ¿Qué te creés, qué no me doy cuenta?

—Dejate de sicología barata Callate o te pego una patada en el culo. No quiero pensar en nada, sólo quiero otra cerveza.

—Sirvase señor.

—Diculpame, ¿podrías sacarle un poco de espuma? Me parece que la serviste un poco mal.

—Ahora mismo— con cara culo lo respondió el barman.

—Mariano, dejame tranquilo. ¿No ves que todo me sale mal?, ni siquiera una birra decente puedo tomarme. Vos andá con tu familia, disfrutá. ¿Por qué tenés que amargarte acá conmigo? Mirá, son las nueve de la noche, deberías estar en tu casita bañando a tus nenas, riéndote con tu mujer. No seas boludo, andate.

—Che, a ver. ¿Cuánto hace que nos conocemos? ¿Diez? ¿Quince? ¿Veinte años? Contame que te pasa.

—¿No podés dejarme tranquilo? Cuando pueda hablar te lo contaré. Mirá, si te querés quedar, tomate una cerveza y callate.

—Listo. Hacemos así. Pero ya sabés, cuando querás, me contás. No me dejés así…

Mariano le hizo caso a su amigo de toda la vida. No ganaba nada jodiendo con preguntas, total, lo que tiene que hacer un amigo es escuchar y estar ahí en esos momentos.

Como a las once de la noche, el silencio se hizo aburrido hasta para Alberto, que con la cara larga hizo un gesto y se bajó del taburete alejándose de la barra.

—Che, gracias por la compañía. Creo que me voy al sobre, estoy cansado.

—Dale, sin problemas. ¿Nos vemos mañana?

—Te llamo. Cuidate.

—Vos también.

Con paso lento, mirando al suelo y pateando colillas, Alberto dobló la esquina mientras su amigo lo veía alejarse. No era fácil verlo así, aunque no era la primera vez. Sus altos y bajos eran cara vez más frecuentes. Eso no era buena señal, podía caer en cualquier mierda de un día para otro. Cuando eran chicos, se habían metido en cosas jodidas pero siempre salieron juntos de esos quilombos. Unas veces tiraba él, otras Alberto. Eran inseparables y ni se le ocurría pensar qué le habría pasado si su amigo no hubiera estado ahí en esos momentos. Habría terminado metido en la droga, en la barra brava del club o en la cárcel, a saber. Le debía mucho a Alberto, y por eso estaban juntos.

Pero esta vez la cosa era muy rara. No tenía la más puta idea de lo que le pasaba a Alberto. Una chica que lo estaba volviendo loco no podía ser, se habría dado cuenta de algo, al boludo se le complicaba mucho guardarse esas cosas. Un asunto de plata tampoco era, porque no andaba sobrado, no le faltaba guita, es de familia bien y tienen un negocio, así que laburando poco vive bastante bien. ¿Qué podía ser? Iba a ser mejor averiguarlo antes de que fuera a peor la cosa. Cada día estaba más triste, más pachucho; cada día era menos el Alberto Gómez de toda la vida.

Pasaron dos semanas, tres, un mes. Para Mariano era imposible seguir viéndolo así. Alberto se paseaba como un alma en pena arrastrando los pies, de la casa al bar, del bar a otro bar y de éste a casa de nuevo. Comía algo en el primer bar, como a las dos de la tarde o así. Después como a las cinco se iba al bar de más cerca de su casa, unas birras —no muchas— y de ahí al catre como a las once, nunca más tarde. Una secuencia estúpida y aburrida que no acababa nunca, pero que tenía que acabar tarde o temprano, o al menos eso pensaba su compinche, que no entendía nada y lo sufría todo.

—Mirá, ya me estás tocando las pelotas mal con este jueguito de mierda tuyo.

—¿De qué me hablás? ¿Otra vez con tus pelotudeces?

—Contame de una puta vez que te está pasando.

—Ja, otra vez con la misma cantinella…— Alberto se rascó la cabeza, y mirando al suelo y después para arriba, como buscando una mancha en particular entre las del cielo raso asqueroso del bar, le dijo —Te lo voy a contar, pero acá no. A ver si así me dejás tranquilo de una puta vez. Estoy hasta las pelotas de vos. Igual con suerte, con lo que vas a escuchar, te vas a la mierda y me dejás tranquilo.

—Dale, largá.

—No, acá no, ya te dije. Pagamos y vamos a mi casa.

—Listo. No, pará, yo invito— pagó y salieron del bar, doblaron a la izquierda.

Mariano estaba algo más relajado. Por fin había llegado el momento. Se iba a aclarar todo. No dudaba para nada de que le contara lo que le contara su amigo no iba cambiar su forma de pensar, iba seguir con él hasta el final. Los amigos de verdad son amigos para toda la vida, eso lo mamó desde chiquito y lo sentía bien adentro, y ahora —en las malas— más que nunca… Pero, ¿qué sería lo que tenía este tan guardado? ¿Por qué le dijo que igual podían dejar de ser amigos después de escuchar lo que le iba a contar?, después de tantas vivencias juntos? Era impensable. No se figuraba nada y eso que siempre destacó entre los dos por intentarse historias locas que hacían reír a Alberto. Ahora Mariano sólo podía suponer cosas simples, cosas dolorosas pero aguantables. Que se había vuelto un borracho, o que estaba deprimido y no quería ir al sicólogo, o que era adicto a las mujeres, o igual se dio cuenta de repente que odiaba a alguien por algo de cuando era chico, a alguien de su familia o de alguna historia de la secundario o del colegio, cosas de ese tipo.

Llegaron a la puerta de su casa. Era una casa baja, con la vereda llena de hojas. Un olmo era el culpable, sumado a su dejadez y poco amor por la limpieza del exterior. Entraron. El desinterés también se veía en el interior. Mariano ya casi ni se acordaba de cómo era la casa de Alberto. No había pasillos, era un gran loft, de los que estaban de moda en los ochenta, o noventa. La cama al fondo, al lado el único espacio separado del resto, un baño bastante grande con ducha y bañera —raro pero cómodo cuando hay dos personas en casa. Al lado del baño una cocina abierta al gran estar, repartido entre sofá y televisión, zona de juegos —un billar, un gimnasio y una bicicleta de spinning— y por último, una salamandra que no pegaba con nada, pero que estaba ahí.

Había ropa repartida entre la cama y los sofás, amontonada al azar. Cerca de la cama había un quilombo de medias y pantalones; más allá del sofá y de la tele, otro montón de remeras. La cocina era un caos, aunque tampoco se veía muy asquerosa. Parecía que a pesar de estar tan mal, un mínimo de higiene quedaba en el día a día del Alberto Gómez raro de hoy, ese que estuvo tantos años viviendo en casa de sus viejos y que  hacía sólo tres años que vivía solo.

Apenas entró, Alberto se fue directo al baño. No cerró la puerta e hizo pis. Se lavó las manos y fue a la cocina. Hizo café y lo sirvió en dos tazas grandes, la cafetera estaba llena hasta la mitad antes de llenar las tazas.

—Sentate, ponete cómodo. Tirá eso al otro sofá— señalando una montaña de ropa — esa está limpia, no pongás cara de asco.

—Ja, si, no huele mal. Te la dejo encima de la cama.

—Donde querás. Ahora voy con los cafés. ¿Querías café? No te pregunté antes, que boludo.

—Si, si. Olvidate. No pasa nada.

Estaban nerviosos los dos. ¿Café? No entendía nada. No tenía nada que ver pasarse en el bar todo el día, y después tomar café en casa, lavarse la ropa y tenderla en una ventana, limpiar la cocina aunque fuera cada muerte de obispo. Era todo tan extraño. Crecía más la intriga en la cabeza de Mariano. Los minutos eran eternos y el ceremonial del café innecesario. Tantas semanas esperando y ahora se lo tomaba con toda la calma del mundo. El baño, el café, ponete cómodo. ¿Qué pasa? ¿Se olvidó de todo? El reloj de arriba de la puerta de entrada, gigantesco —para poder verlo desde la otra esquina—hacía un ruido insoportable. Tic, tac, tic, tac, tic, tac. Olía a café, bastante. Tic, tac, tic, tac. Insoportable.

— ¿Qué mirás? ¿El reloj? Es un regalo de mi vieja, por eso no lo tiré. Ya me acostumbré al ruido choto ese. Cuando te acostumbrás ya ni lo escuchás.

—Ah, no me imagino que pudiera acostumbrarme, a mi me parece que es bastante ruidoso— dijo mientras pensaba “¿No te das cuenta que no aguanto más? ¿Te olvidaste o te estás haciendo otra vez el pelotudo…? Aguantá Mariano, Aguantá, si le soltás una burrada no te va a contar nada, aguantá”. Su cara era viva imagen de una olla a presión a punto de estallar.

—No, no es una impresión. Es ruidoso, pero qué sé yo. Ya me acostumbré

Esto no iba a ningún lado. Esto no tenía sentido. Esto tenía que acabar. “Pedazo de pelotudo, contá de una vez lo que tenés que contar. No presionar, esperá, calmate, si tuvo la idea de contármelo en el bar, es porque lo necesita y porque cree que ha llegado el momento.” Respiró hondo otra vez, no tenía que cagarla. Paciencia.

La charla siguió en plan banal por un rato más. Mariano respiraba hondo, sabía que tenía que aguantar. Alberto estaba extrañamente relajado, como si supiera que el momento había llegado y que tenía que disfrutarlo. Saboreaba el café y las palabras. Las cervezas que habían probado hacía un rato, las noticias de la semana, las teles nuevas de leds, las vacaciones del año pasado en Mar del Plata, hablaron de todo un poco. Estaba preparando el camino. Estaba a punto de contarlo todo.

—¿Está bueno el café? Lo hice ayer.

—Si. No está mal. No es el peor de mi vida —sonrió nerviosamente.

—Bueno, te lo voy a contar. ¿Estás preparado?

—Dale, soltalo.

—No lo vas a entender nunca…

— ¡Che, me voy, ya está! —se levantó he hizo ademán de dirigirse a la puerta— Chau.

—¡No! No, quedate boludo. Que te lo quiero contar, en serio, pero entendé que me cuesta un montón. No es fácil, ¿sabés?

—Te entiendo, dale, pero soltalo de una puta vez.

Alberto respiró hondo, tan hondo que se notó cómo se le salía la remera del pantalón. Sentía latir sus orejas, latidos fuertes, constantes. Respiró de nuevo y le salió una voz un poco ronca, pero clara.

— ¿Sabés lo que es un viaje astral?

— ¿Un qué?

—Es una cosa rara. Charlando una vez con un amigo que no conocés, me contó que si te relajabas bien, si respirabas hondo y hacías un montón de boludeces como esas, podías despegarte del cuerpo, salir volando con el alma…

—No me digás que…

—Shhhh, callate. Dejame seguir que es difícil. —Mariano se puso serio, guardando la sonrisa que había empezado a dibujar—. Me pareció una boludez y no le hice caso cuando me lo contó. Pasaron unas semanas y nos vimos de nuevo. Me contó que casi lo había logrado, que la relajación lo había dejado hecho una seda. Me pintó la idea, era como un masaje gratis. Así que me decidí. Me tiré en la cama, relajado, muy relajado. Poca luz. Empecé la secuencia de respiración rápida, subiendo de a poco. No era tan relajante al primero, era como correr, pero tirado en la cama, agitado. Después había que recorrer todo el cuerpo de a poco, para sentirlo, así tiene que ser, así me dijo este, de la cabeza a los pies. Y me quedé dormido…

— ¿Y?

—Después empezó todo. Soñé que me iba a un bar. Como el de la esquina, pero hablaban raro. Me pedí una birra. Me miraron raro y respondieron más raro aún. Era gracioso el sueño. Estaba en otro país.

— ¿Dónde?

—Eso mismo me preguntaba yo en el sueño. Era gracioso, estaba como despierto, pero todo era muy real. No había visto la gilada esa del cordón que te une al cuerpo, ni mi cuerpo durmiendo ni nada de eso. Así que no tenía que ser un viaje astral. Aproveché el sueño y me puse a charlar con unos que estaban ahí en la barra al lado mío. Resultó que estaba en Irlanda, así que me pedí unas Guiness. Lo pasé rebien. Después, sin darme cuenta de nada me desperté en casa al rato.

—Que boludo. ¿Y eso es lo que tiene mal? Ja ja ja —Mariano se rió como un loco, soltó toda la tensión acumulada en la risa.

—Shhhhh. Callate. ¿No ves que no he terminado?

—Ah, bueno. ¿Pasó algo más?

—Claro, ¿qué te creés? ¿Que soy tan tarado de preocuparme por un sueño de mierda? La cosa me gustó. Yo nunca me había acordado de los sueños que tenía hasta entonces. Dicen que todas las noches soñamos, para mí hasta entonces era mentira. Así que aproveché el tirón y me puse a “viajar” a mi manera. Llevo viajando qué sé yo cuanto, meses, ya perdí la cuenta. Me mamo de día, eso debe ayudar, y después viajo de noche. He estado en París, Dublín, Atenas, Las Vegas, Toronto, Nueva Dehli, Sidney, Caracas, Río de Janeiro, Lisboa, Madrid, Colonia y no se cuantos lugares más. Un día, no sé porqué, se me ocurrió una idea. Siempre me acuerdo de la gente con la que estoy, pero a saber si ellos se acuerdan de mí. Igual les pasa lo mismo a los que están conmigo, pensé. Puede que fuéramos “voladores” y nos encontráramos por ahí, o no, ¿qué sé yo? Bueno, se me ocurrió, hablando con la gente que me encontraba, decirles que si me mandaban algo, un souvenir. Alguno se reía y no decía nada, otros me pedían el correo o el e-mail. Ahí quedó la cosa. Mirá.

—¿Qué es esto?

—Mirá la foto. Mirala bien.

—¿Qué? Son dos tipos en una barra de un bar. Parece que no es acá, el suelo está sucio, está escrito en inglés…

—Es un bar irlandés en Madrid. En el barrio de La latina. Yo nunca he estado en Madrid. ¿Querés ver mi pasaporte?

Mariano se echó para atrás asustado. Parecía haber visto un monstruo, un espectro. En la foto antes no había prestado atención a los segundos planos. Había visto a dos tipos, tomando unas cervezas. La barra era recta y luego se hundía hacia el fondo del bar, hacía una “L”. Casi llegando al extremo, en medio de la gente, pegado a la barra, estaba Alberto con otra persona, brindando los dos.

—Tranquilo, tranquilo. No soy un espectro. Soy real. Y entiendo esto menos que vos.

—Pero, entonces…

—Nada, no hay nada más que te pueda contar.

—Esto es…— se quedó congelado, no podía decir nada más.

—Che, si te lo he contado es por algo.

—¿Cómo?¿Que has dicho? Disculpame, estoy… —Respiró hondo, tomó aire, la cosa seguía y tenía que escucharlo, era su amigo…

—Eso, que te lo conté por algo.

—¿Y por qué me lo contaste?

Alberto, más relajado que nunca, volvió a respirar hondo, esta vez menos fuerte. Lo peor había pasado y lo mejor venía ahora mismo. Se rió un poco, pero mantuvo el gesto serio. Era importante lo que iba a decir, y era lo que realmente había querido decir desde el principio.

—Esta tarde viajo de nuevo, ¿querés venir?

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