Bitácora de viajes. Autor: Alfredo Villanueva-Collado

CARACAS

23 de enero, 1958.  Salimos ilesos del ametrallamiento en  Catedral, pero nos espera lo peor.  El edificio de la tan temida Seguridad Nacional,  la agencia de inteligencia, torturas y asesinatos de Pérez Jiménez,  queda a cuatro cuadras en la misma avenida del edificio donde rentamos la primera planta para la Academia Comercial Puerto Rico y el penthouse del séptimo piso. Ya la muchedumbre saquea el vecindario.  Mi madre agarra el rosario y reza por la seguridad de su familia y  su academia

Somos especialmente vulnerables ya que, por puertorriqueños, tenemos ciudadanía norteamericana. Todo el mundo sabe que el gobierno norteamericano ha mantenido al dictador en el poder mientras les ayude a contener la Amenaza Roja y les venda barato el petróleo. Mi padre, siempre rápido, se dispara una atrevida movida. Sin prestarle atención a las histéricas súplicas de mi madre sale a la terraza y cuelga una gigantesca bandera puertorriqueña. La muchedumbre, reconociéndola, comienza a gritar “!Abajo el imperialismo yanqui, viva Puerto rico Libre!” mientras papi nos ordena que los  saludemos frenéticamente.  Un soldado toca a nuestra puerta preguntando si queremos que se destaquen hombres en nuestra terraza para protección del edificio.

Suena la puerta de nuevo.  Es Delia, una ex-compañera de primaria, y su madre, en pijamas.   Les han destruido la casa en el Conde y no tienen a dónde ir.  Nos cuentan de cómo los esbirros que no han podido salir del edificio asediado han sido atrapados y arrojados a la muchedumbre desde el techo. Mami las calma, les da de comer, les proporciona una muda de ropa y las acuesta.  El cielo nocturno enrojece con la luz de incendios por toda la ciudad.  Balas perdidas rebotan en las paredes de la terraza.  Permanecemos acurrucados en las habitaciones interiores.

Al otro día, las calles siguen llenas de soldados, pero los saqueos y los asaltos han cesado.  Papá decide salir.  Regresa un par de horas después, con una maleta llena de libros antiguos empastados en finísimo pergamino, ediciones de clásicos españoles.  “Este tipo los había sacado de una biblioteca,” explica ufano, “y los iba a tirar a una hoguera.  Le ofrecí un bolívar por tomo y me los vendió.”

No los gozo por mucho tiempo.  En septiembre de 1958 abandono Venezuela con destino a Puerto Rico, a terminar la secundaria.  Mi hermana me sigue un año después.  Mis padres no llegan hasta 1961.

 

NUEVA YORK

Un mes desde que llegamos.  Es agosto. Él ya trabaja en una factoría;  yo tengo empleo en  la universidad municipal.  Nos sentimos en el tope del universo ya que he hemos conseguido un apartamento en forma de L en un último piso, con una vista espectacular.  Nuestros muebles: un barril con una tabla encima, que sirve de mesa, dos sillas plásticas inflables y un colchón que hemos encontrado en la basura, gracias a que el Rubio se levanta temprano los días de recolección y se tira a la calle a ver que han desechado los vecinos. “En una sociedad de consumo,” explica satisfecho, “uno puede vivir de los que otros desechan.  No hay necesidad de gastar nuestro dinero.”

Para celebrar decidimos brindar nuestra buena fortuna con Freixenet, el champán de las masas, mientras por la ventana admiramos la soberbia vista del atardecer hacia el aeropuerto Kennedy.  Pero allá abajo en la calle, se ha formado una tremenda pelea entre dos familias vecinas de italianos.  Hombres, mujeres y niños se atacan ferozmente con cuchillos, bates, tablas y todo lo que encuentran a mano.  En la confusión reinante,  un hombre apuñala a otro repetidamente.  La víctima se arrastra hacia una pared, se apoya contra ella, y se desliza hacia el suelo.  Parecería que descansa, excepto por la mancha roja que ha dejado sobre la pintura blanca, y el charco oscuro que se forma bajo su cuerpo.  Nadie se da cuenta.  El Rubio se vira hacia mí y con voz temblorosa me dice: “Llama al 911.  Creo que acabamos de presenciar nuestro primer asesinato en Nueva York.”

 

PUERTO RICO

Un día bochornoso en Mayagüez, donde me encuentro asistiendo a un congreso feminista: hembras Alfa, machos Beta.  Mi ponencia trata de metasexualidad,  vasallaje y el parasitismo en Al vencedor, de Marta Lynch.  Todos nos agrupamos en el atiborrado anfiteatro del Colegio para la ceremonia de apertura.  En cada asiento alguien ha colocado una bolsita como muestra de la industria local: crema facial, latitas de atún y piña, un paquetito de café—todos manufacturados por trabajadores del patio para las firmas americanas que le dan vida  al  pueblo.

Las representantes de la intelectualidad burguesa puertorriqueña, envueltas en viejas cortinas de seda y brocado, rutilantes como recargados arbolitos de Navidad,  van y vienen del escenario donde reciben medallas y diplomas entre los abrazos, besos, risas y llantos de las organizadoras del evento.  Avalancha de extravagantes discursos sobre el incomprendido rol de las mujeres y la inevitable eliminación de reglas patriarcales y heterosexistas.

En las afueras del apiñado auditorio se agolpa un vasto ejército de sombras femeninas: las asesinadas por los innumerables regímenes de derecha e izquierda en toda Latinoamérica han venido a reclamar su justo lugar en los festejos. Golpean a las puertas con dedos esqueléticos, pero sus gritos no encuentran audiencia entre las participantes.  Aquellas cuencas vacías giran hacia mí.  Con la pelambre de punta agarro papel y lápiz y escribo frenéticamente: “Afuera/ han quedado las otras./  Llegaron en el viento, invisibles . . .”

Tan pronto terminan las ceremonias me busco una oficina abierta con maquinilla y copiadora.  A la hora del almuerzo distribuyo lo que he escrito.  Pronto comienzo a notar que soy el centro de miradas hostiles, de comentarios en voz alta preguntando quién ha escrito semejante documento antagónico.  Alguien me señala.  Una de las locales Ménades feministas, con el pelo sibilante y los ojos en llamas, mi poema en las garras, me confronta a todo pulmón, rodeada de curiosos.  Quiere saber cómo y por qué me he atrevido a robarme la voz femenina.  Aterrorizado, temiendo la suerte de Orfeo, tartamudeo que un poeta no tiene voz, la presta a quienes no la tienen.

Frente a mí salta una diminuta peruana como una leona protectora y anuncia con su propia voz estentórea, fuera de toda proporción con su pequeña figura: “¡Escuchen!  ¡Escuchen todas y todos!  ¡Lo que dice es cierto!  ¡Nadie ha mencionado todavía las miles de mujeres arrancadas de sus hogares, torturadas, asesinadas y arrojadas al mar y otras fosas comunes!  ¿Cómo es que a ninguna se le ocurrió incluirlas en este evento?  ¿Es que acaso esas muertes no forman parte de ‘la creación femenina en el mundo hispánico?’  ¡A todas nos debe dar vergüenza que haya sido un hombre sensitivo, un verdadero poeta, quien nos lo haya recordado!”

Al otro día,  la moderadora, con una miradita de reojo, me dice que  proceda a la lectura.  A los cinco minutos de haber comenzado, llega otra ponente, una literata del patio.  La moderadora interrumpe para anunciar su llegada, y con sonrisa cómplice me indica que debo retirarme porque he agotado mi tiempo.  Me salgo del salón enrabietado, llevando conmigo a una buena parte indignada del público.  Sentado bajo un árbol termino la ponencia.  Regreso al dormitorio, llamo a una aerolínea, compro para  el próximo vuelo. Dormiré  en casa, Nueva York.

 

LONDRES:

Se hospeda en un hotel cuyo dueño, una afanosa loca británica, cuando se entera que le gustan los huevos hervidos y blandos, monta un espectáculo todas las mañanas porque nunca los comparte. Londres le huele a podrido.  El castillo de Windsor, la Abadía de Westminster rezuman sangre seca.  Pero se le saltan las lágrimas cuando se encuentra parado sobre una placa conmemorando su poeta favorito.

Pasa el tiempo en el teatro o tomando paseos a sitios históricos cercanos.  Una noche decide visitar una barra. Se acomoda en una esquina, escribiendo en su diario que lleva con él a todas partes, rodeado de extraños altos y pálidos, hablando un dialecto ajeno que apenas comprende, Escucha la última llamada,  aunque no es siquiera medianoche.  Recuerda que los bares cierran temprano, y la clientela se traslada a otro tipo de club.  Está preparado: una dirección local y su pasaporte.

Un hombrón alto y sólido, de mirada dulce, se le sienta al lado. Le pregunta de dónde viene.  De Nueva York.  Pero pareces italiano.  De hecho, soy puertorriqueño.  Ah, he oído hablar de esa isla, soy sueco.  Te seguí desde el bar.  No debieras estar escribiendo aquí.  La gente cree que eres periodista, o peor, un agente encubierto.  ¿Qué planes tienes para esta noche?

Regresan a su hotel, hacen el amor toda la noche.  Para su sorpresa, el sueco lo invita a viajar con él a Oslo,–le encantan los tipos peluditos mediterráneos.  Pero lo esperan en Ámsterdam, de donde debe partir de regreso a casa en un par de semanas.  Por la mañana, se asoma al pasillo.  Su ansiosa hada padrino espera. Ordena dos desayunos. Pide que le sume los cargos extra.  El desayuno llega envuelto en una nube de rosas.

Camino al aeropuerto, abre la cuenta y encuentra, escrito en tinta lavanda: “No cargos extra.  Vive l’amour.”


FLORENCIA.

Al fin hemos llegado a Florencia.  Nos sigue acompañando la suerte. Almorzamos ravioli de pulpo en salsa de langosta,  un buen Chianti, zabbaglioni. Encontramos habitación al tiro, un hotelito de precio moderado en el medio de la acción.  La desventaja: a pesar del calor sofocante, sólo hay un abanico de techo.  No es una criatura del calor, como yo.  Se siente soñoliento, a punto del desvanecimiento.  Qué extraño, observar la que es, aparentemente, su única flaqueza.

Cruzando un parque, veo lo que creo ser una orquídea en la copa de un árbol.  Explica: importados de Norteamérica, los árboles de gardenia sureños se han adaptado muy bien al pegajoso clima de Italia. “!Billy Holiday!’ exclamo.  “La quiero.” Me hace subir al árbol, parándome sobre su espalda.  Cuando alcanzo la flor, me sorprende su fragancia.  No me baja, sino que corre conmigo sobre sus hombros ante las asombradas, divertidas  miradas de otros en el parque.  Exhibe su considerable fuerza física y su nuevo juguete de cuarenta y dos años.

Es casi de madrugada.  Hemos estado bebiendo toda la noche, caminando calles arriba y calles abajo.  Nos duelen las vejigas y no hay un bar por ninguna parte.  La luna llena brilla sobre nosotros mientras cruzamos otro de los puentes sobre el Arno, buscando la casa de Galileo. “Hagámoslo aquí,” dice.  “No,” respondo horrorizado.  “!Nos verá todo el mundo!”  Se ríe, el chorro se arquea grácil, oro líquido bajo luz de luna.  Me le planto al lado, mi propio oro líquido fluyendo desvergonzadamente, intersectando el suyo.  “Mira,” dice, “!fuentes florentinas!”

 

ASUNCIÓN

Me encuentro en Asunción un sábado por la tarde para un congreso literario de una semana.  Aerolíneas Argentinas ha perdido mis maletas. En un par de horas cierran las tiendas.  La ropa que encuentro es de ínfima calidad. En la vitrina de una librería, una colección de cinco volúmenes documentando que el Holocausto ha sido una patraña sionista.

Me hospedo en la zona vieja, frente a la costanera; un hotel modesto, a un costado de la plaza.  Los hoteles cobran más si uno viene de Estados Unidos.   Hace un calor infernal; hordas de mosquitos atacan sin misericordia.   La ciudad queda frente a un lodazal en las riberas  del río, cuyos bordes acogen un escuálido arrabal maloliente.

Ceno temprano en una fonda a la vuelta de la esquina: lomito con un huevo frito, arroz blanco, vino y café por menos de cinco dólares.  Me llama la atención  un chiquillo precioso, como de siete años, con la mirada más triste del mundo, que se ocupa de lustrar zapatos a los clientes.  Se me aproxima, pero al ver que llevo zapatillas deportivas (el único calzado que tengo por el momento), hace un gesto de derrota y se aleja.   Pregunto por él al camarero.  Me informa que “es de la casa,” el hijo del cocinero. Le ordeno un helado.  Se sienta al mostrador con una gravedad inaudita, dándome la espalda. El padre me sonríe desde la puerta de la cocina, saluda con la mano.  Luego se acerca al hijo y le susurra que se apure, porque hay clientes.

Me da con asistir a una misa vespertina. El atrio de la iglesia está ocupado por campesinos desarrapados pidiendo tierra.  Hay que pasarles por encima para poder entrar al templo.  La música es de guitarrita folklórica.  Los feligreses deambulan, se persignan, se requedan por diez minutos hablando con amistades en las esquinas, sin ocupar asiento,  y se salen.  El sermón es un fárrago repetitivo.  Me da ira el contraste entre las señoras enjoyadas,  los señores barrigones y la pobreza real que rodea el recinto, los campesinos en el atrio, el arrabal al lado del río, los chiquillos andrajosos que cuidan los coches.  Regreso al hotel.  Descubro el piso de la habitación cubierto de cucarachas.

 

BOGOTÁ

He llegado cargando todos los documentos necesarios: carta de admisión a una universidad norteamericana, certificados de vacuna, papeles del banco probando que tengo los medios suficientes como para patrocinarlo.

Llega el día de la entrevista.  Nos levantamos temprano, tomamos un taxi  hasta el consulado, una fortaleza en las afueras: gruesas paredes de cemento gris, alambradas de púas, y adentro, un patio abierto con sillas.  Nos dan un número, nos dicen que esperemos.  Al fondo, del otro lado de una serie de ventanillas a prueba de balas, sombras siniestras que se mueven de un lado para otro.

Mientras esperamos, somos testigos de los resultados de las entrevistas.  Familias. La abuela y la nieta consiguen la visa, pero no la madre, arruinando así un viaje a Disneylandia.  Marido y mujer consiguen visas pero no el chiquillo de nueve años.  Ningún soltero la consigue. Una mujer se marcha gritando: “¡Cinco años corridos!  ¡Cinco años corridos!  Dios mío, ¿cuándo los volveré a ver?” Comienzo a percibir un patrón perverso, un des/orden organizado, una voluntad maliciosa.  Le llega el turno.

Regresa llorando.  Le han negado la visa por haberse quedado más allá de su fecha de partida.  Ha intentado explicar que ya la había cambiado por una visa de estudiante, al matricularse en cursos de inglés  mientras vivía en Nueva York.    Me acerco a la ventanilla.  Un hombre pálido, con ojos de un azul desvaído, en camisa y corbata, sudado, me ladra mientras examina los documentos: “ ¿Cómo es que usteid tienei uno pasaportei si es puertorikenou?  ¡Puertorikenous no ser ciudadanous americanous!  ¿Vendei usteid drogas ou algou?  Y anyway, rompiou la ley, no se puedei hacer nada!”

Dos días más tarde aborda el avión para Cali, abordo el avión para Nueva York.   No nos volveremos a ver.

 

SANTIAGO DE CHILE

De Montevideo a Santiago.    Los contactos se han hecho apresuradamente.  Tengo todo un programa de presentaciones, reuniones y entrevistas.

Un chico me entrevista para un programa radial. Preguntas difíciles, respuestas difíciles. Esa noche, salgo con un amigo a conocer a una eminente escritora y al famoso/infame/ fundador del grupo de un guerrilla teatral  El encuentro tiene lugar en el lugar favorito de locas de todos los sexos y  la incipiente juventud alcohólica de Santiago. Ambos llegan acompañados: ella, por una amiga feminista, quien me da copia de su libro, escrito en la jeringonza internacional del postmodernismo; el performero, quien desgraciadamente se parece a Aubrey Beardsley,  por un callado noviecito de diecinueve años.

El performero  ataca furiosamente a mi amigo por no haberlo invitado nunca al grupo homosexual, mientras que invitan a extranjeros como yo.  La feminista lo aporrea por intentar conseguirme una presentación en la Biblioteca Nacional.  Procede a citar una sarta de previos invitados para enfatizar que hay suficiente cultura en Chile y que soy demasiado poca cosa para merecer tales honores.  Entonces se enredan todos en una tremenda discusión sobre “Locas revolucionarias” (el performero) y “homosexuales burgueses” (yo) que atrae la atención de todo el mundo, mientras busco cómo meterme debajo de la mesa.

La loca rábida propone que movamos la farra a un cabaret llamado “El Triángulo,” pero que en realidad se debiera llamar “La Pesadilla.”  Todos los muebles muy de vanguardia, en colorines, triangulares,  ridículamente incómodos. Nos encontramos con otro miembro de la bohemia intelectual santiaguina,  un borracho recitando poesía que siempre termina en un silbido y que luego, compasivo,  me cuenta la historia de cómo llevó a Gorbachev a Chile. Nadie tampoco le hace ningún caso.  Esta gente bebe pero no paga. Me toca sufragar las siete botellas de vino que han consumido.   Regreso a las dos de la mañana, muerto de hambre, de cansancio, y con ganas de llegar a Nueva York.

PARÍS

Otros toman esta droga para juegos eróticos.  Mi Mentor hace claro que no es nuestro propósito.  Me pide que concentre, penetre la estructura de mis pensamientos, vaya a la búsqueda de mis seres múltiples.  Trago el fármaco con agua.  Me tiro en el colchón en el piso, esperando, contemplándolo trabajar en su escritorio, desnudo,  despreocupado.  Al poco tiempo me  flotan las entrañas, sudo agua viva, comienzan las visiones.

Adolescente de uniforme, ensangrentado, arrastra un estandarte hecho trizas a través de un paisaje congelado.  Ha sobrevivido el hambre y el frío porque todavía no encuentra el cuerpo del hombre al que ha seguido hasta el corazón de la batalla, a cuyos pies ha dormido tantas noches.  Un semblante lo mira bajo del hielo.  Se le tira encima, coloca contra él su rostro ya insensible, se entrega al cansancio y al sueño.

Coche de cuatro caballos, abalanzándose a través de un paso de montaña. Gemelos apenas pueden sostenerse uno junto al otro.  Se abre una puerta, cae un cuerpo al vacío.  Separación infinita, terror de aperturas y alturas.

Fraile envuelto en un sambenito, letrero sobre el pecho, amarrado a una estaca.  Las llamas ya le han alcanzado. Las contempla en las pupilas del otro,  que los guardias sujetan frente a la pira.  Su último grito es tanto una maldición como un juramento. El Hermes altera las reglas del juego.  Las Nornas cantan lo que depara el futuro.

 

CÓRDOBA

Me hospedo en un moderno hotel en medio de la ciudad.  Todos los días a la una se corta el servicio de electricidad.  La administración coloca  un boletín en la puerta del elevador, advirtiendo que hay que abandonar las habitaciones en los pisos superiores o corren el peligro de tener que usar las escaleras.  La electricidad generalmente regresa alrededor de cuatro a cinco de la tarde.

Unas compañeras de las Canarias desean enviar unas postales a la familia. Camino al correo, sentimos un enorme estruendo.  Decidimos quedarnos frente al hotel hasta que averigüemos qué pasa.  Una multitud de ancianos llena la calle, golpeando cacerolas.  Preguntamos el motivo de la manifestación.  Los jubilados de la ciudad  hace cuatro meses que no han recibido los cheques de pensión.

Al fin llegamos a la oficina de correos, donde nos informan: “Lo sentimos.  No tenemos estampillas aéreas.  Les podemos dar estampillas domésticas por el mismo monto, pero necesitarán tantas que no tendrán donde escribir el mensaje o poner la dirección. Las postales no tiene espacio suficiente.”

Un restaurante muy recomendado.  El lugar se ilumina con la luz que entra por los grandes ventanales que dan a la calle.  Mis amigas desean remozarse el maquillaje antes de ordenar.   Un camarero las conduce hacia el oscuro interior del local, iluminando el camino con una vela.  Se estaciona frente a la puerta del excusado hasta que salen, y las regresa, cuidadosamente apagando el cirio cuando las deja ya sentadas a la mesa y después de haber tomado la orden.

Pasamos por una librería donde, para mi asombro, consigo la edición de 1902 de los poemas de José Asunción Silva con el prólogo de Unamuno.  El dueño, un gallego culto y parlanchín, nos deja saber que los argentinos son una manga de atorrantes que   no han sabido desarrollar el potencial económico del país.  “Fíjense ustedes, miles de kilómetros de litoral, y nadie come pescado ni mariscos, sólo carne!”

Para matar otra hora y media, postres en una pastelería semi-desierta.  Un solitario camarero se ocupa de los escasos clientes.  En la calle, una bandada de chiquitines, el mayor de no más de cinco años. Entran y salen pidiendo monedas. Una muñequita como de tres años me llama la atención, muy blanca, vestida con un burdo delantal manchado,  los ojazos negros fijos en las bandejas de tortas y pasteles en una carretilla en medio del local. Cada vez que el camarero desaparece en dirección a la cocina, se escurre hacia la bandeja de pasteles, arranca un pedacito de un pellizco, y se lo mete apresuradamente a la boca Mesmerizados, la dejamos hacer.  Deseamos pagar por un postre para la chiquilla.  Cuando llamamos al camarero, nos responde: “Lo siento mucho pero no puedo  acceder.  Ustedes son extranjeros, y entiendo que sientan piedad por estos pibes callejeros.  Pero si se acostumbran a que los parroquianos les compren pastelería, nos van a hacer la vida imposible y  espantar la clientela local.”

De vuelta al hotel,  envueltos en un silencio preñado de culpa y una rabia impotente.

 

CODA DE LOS SENTIDOS

Olores.  El abasto a la vuelta de la casa en la parroquia Candelaria.  Olor seco de sacos multicolores colmados de caraotas, garbanzos, guisantes, arvejas. Apetitosa y acre pestilencia de jamones colgando del techo. Sensual juego del pimentón ahumado. El ligeramente enfermizo hedor del azafrán, menos atrayente que el robusto tufo de los ajos guindando en trenzas. El se-me-hace-agua-la-boca perfume a pernil asado de la Lechonera en Arecibo. El aroma de la sopa de pescado de la Titi Pucha al atardecer en la Parguera.  Despierta-ahora llamado del café que de madrugada mi madre nos trae a la cama

Bienvenido tufo fuerte y grasoso del regazo de Doña Antonia, nodriza canaria que  dejó atrás siete vástagos, aventurándose a tierra extraña para intentar mantenerlos.  Carnoso y excitante sudor macho de obreros italianos y polacos apiñados en autobuses, trenes. Azucarado hechizo de una magnolia florentina. Fragancia sutil y liviana que precede a mi madre, o nube iridiscente de colonia  que sigue a mi padre.  Penetrante alfilerazo de las aplicaciones de Vic Vaporub o inocencia frutal de las cataplasmas de Neumoticine sobre el pecho congestionado.  Vaho mohoso del antiguo teatro al que asiste con sus amiguitos cuando se proyecta “La criatura de la laguna negra.”

Sabores.  Seda de una merengada de papaya o coco.  Prepotencia de tortilla de chorizo flotando en aceite de oliva.  Temido  golpetazo del aceite de ricino o de pasote.  Mordida metálica del “azul de metileno” sobre  amígdalas y gargantas infectadas. Deliciosa pegajosidad de las Frunas. Chuletas y remolachas con mayonesa. Anticipada presencia de pedacitos de jamón en la carne mechada de mami. Tom Collins de papi, con su  toque de granadina y amargo de Angostura. Desvestida honradez del arroz blanco. Inesperado comino en el pastel de choclo. Bárbarica pampa del churrasco. Ajiaco redolente a quinto patio. Incomparable dulzura de arepa con perico. Salchichas con repollo, cerveza negra; ravioles de langosta con prosecco.

Sonidos.  Cacofonía de gallinas en el último patio de la casa solariega en Candelaria. Infernal griterío de cotorras, periquitos y canarios en la terraza del apartamento sobre el garaje de mi tío.  Melancólica flauta del amolador de cuchillos,  rítmicos pregones del marchante de vegetales, la mujer de los dulces, el vendedor de frutas, por las calles de la ancestral parroquia. Organilleros en las esquinas de Ámsterdam.  La radio AM del carro público que me lleva de San Germán a Punta las Marías, descargando boleros y rancheras a lo largo de la esplendorosa madrugada caribeña. FM en Crotona Park a toda boca. Voces sobrehumanas: Sutherland, Callas, Caballé, Rivera. Voces orgásmicas: Aznavour, Tito Rodríguez, Simone, Sinatra. Pajarillo anónimo que llena los techos de la calle Quince cada primavera con sus trinos operáticos. Olor salado que sube desde el Hudson.  Recuerda la perdida bahía de Cataño.

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  1. Adriana García Dávila

    Como en sus anteriormente publicados relatos, Alfredo Villanueva-Collado demuestra no haber perdido la habilidad de relatar y retratar la problemática del hombre que sufre al comtemplar la realidad que le rodea y su impotencia por no poder cambiar los acontecimientos. Como antes lo he hecho, vuelvo a felicitarlo por estas estampas?

  2. Abersio Núñez

    La prosa de Villanueva-Collado es fácil y fluída, además de meter al lector, sin mucho esfuerzo, en cada una de las situaciones que describe. Es como leer capítulos sueltos de una novela por entrega o episodios de una película en serie.

  3. Philip M. Reilly

    Ciertamente es una crónica llena de aventura y de experiencias singularmente notables. Espero que no sea la única aportación a este blog. La descripción de los eventos es brillante y sólida creando una imagen en la mente del lector de lo que está experimentando, o experimentó el autor. Excelente narrativa y cautivantes imágenes.

  4. Yvonne Villanueva

    Excelentes relatos de diversos lugares y experiencias! Hemos coincidido en varias de estas ciudades y en varias de estas experiencias y claramente recuerdo tambien el ruido de las ametralladoras, los libros en la calle y el maravilloso sabor de la batida de lechoza con leche…

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