La chica de cristal. Autor: Germán Gutiérrez Ruiz

La vida suele ser una mierda la mayoría de las veces. He intentado explicar esto en miles de ocasiones pero siempre salta un cabrón con filosofía barata. Desde Bucay hasta Coelho, pasando por todos los libros de autoayuda que hayan leído, me recitan las mismas mierdas una y otra vez.

Un día un hijoputa incluso me nombró al Dalai Lama.

Creo que en el fondo todo el mundo está de acuerdo conmigo, pero poca gente se atreve a reconocerlo. Nos han bombardeado con tantos finales felices que si te revelas te consideran un enfermo, un loco. Y ahí andamos, yo intentando demostrarle a la gente que el mundo está completamente jodido, y el resto de la gente queriendo meterme en la secta de los osos amorosos y salvarme.

Un día, hace algunos años, conocí a una chica que pensaba como yo. Me sorprendió bastante, tanto que al principió me cayó muy mal, no podía soportar su pesimismo. Siempre me hablaba de lo mal que estaba el mundo, de que todo era una mierda, de que se quería tirar al río y todo eso que hablan los locos. Lo bueno es que no era como las mujeres cuando llegan a los cuarenta y se vuelven profundas y místicas y quieren salvar los árboles y los animales y los niños. A esta chica le importaba un carajo todo eso, simplemente decía lo que veía.

He intentado recordar muchas veces dónde y cómo la conocí, pero no he podido. Nunca lo había pensado hasta entonces, pero es increíble lo difícil que es recordar la primera vez que viste a una persona. Muchos hablan de la primera vez que vieron a sus parejas, sus mujeres, sus novias, y te cuentan como el tiempo se detuvo y se dieron cuenta de que era la mujer de su vida y todo eso. Un carajo, es mentira. Nadie se acuerda. Haced la prueba, preguntad y preguntaos a vosotros mismos. Aunque quizás al fin y al cabo no sea tan importante.

Pero aún así, me lo he preguntado mil veces.

En definitiva, empezamos a vernos más a menudo y poco a poco me empezó a caer mejor. Nuestros lugares de encuentro siempre eran los bares más oscuros y tétricos. Y creedme, hay muchos en esta ciudad.

Ni yo ni ella trabajábamos, así que estábamos hasta tarde bebiendo y hablando de nuestras mierdas, casi todos los días.

Fue una buena época, si lo pienso ahora.

Una noche apareció de repente, me tomó de la mano y me llevó hasta una sucia habitación de hotel barato, sin decirme una palabra. Yo la seguí sin preguntar nada.

Sacó algo del bolsillo y me dijo:

– Quiero que pruebes esto. Es cristal.

Le dije que yo no tomaba esas mierdas, pero ella me dijo que aquello era diferente. Al final me convenció y tomamos juntos.

Fue un viaje irreal, entre la vida y la muerte, entre lo sublime y lo ancestral, donde se intensificaron todos mis sentidos sin límites. Me quemé por dentro, morí y volví a nacer.

Amanecí en el suelo al día siguiente. Ella estaba a mi lado, dormida. No sabía muy bien lo que había pasado, quizás follamos. Daba igual.

Después de eso, todo fue más rápido. Nos fuimos consumiendo entre alcohol y cristal, durante un tiempo que no puedo determinar.

Al final, un día, se suicidó.

Yo no lo supe hasta tres días después. En realidad nadie lo supo hasta tres días después, cuando sus vecinos empezaron a notar el mal olor.

Nadie la había echado de menos, sólo yo.

Pero ni siquiera supe nunca donde vivía.

Después de eso seguí con el cristal, pero no fue lo mismo. Nadie me hablaba nada interesante, solo escuchaba mensajes vacíos de que hay que seguir, que la vida es muy bonita y todas esas mierdas. Al tiempo yo también intenté suicidarme un par de veces, pero me fue imposible. Al final ella siguió su camino y yo el mío. ¿Cómo coño se acepta eso, joder?

Curiosamente, nunca he leído ninguna historia parecida en ningún libro del jodido Jorge Bucay.

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