14, rue Marcel Rivier. Autor: Css

Habrían pasado un par de horas desde que sus pies, sin consultarle nada, la impulsaran a salir.  Saludó a las trabajadoras nocturnas que paraban junto a su puerta y ascendió por las calles que la llevarían a Montmartre. Se dejó tentar por la melodía que brotaba de un piano y traspasaba las paredes púrpuras de una esquina. Al entrar se quedó parada como si esperara que alguien la recibiera.  Exploró el interior con la  mirada, giró la cabeza para comprobar que, también por dentro, las paredes ocultas detrás de los miles de papeles con mensajes, eran rojas.  Recién cuando encontró el rostro en blanco y negro de Jacques Brell,   tomó una mesa: estaba justo en el rincón, en el ángulo recto que formaba la esquina, y a espaldas del pianista.  Desde la nueva perspectiva volvió a recorrer el bar con ojos curiosos. Pidió un crêpe con nutella y una cerveza, “combinación rara” pensó y empezó a leer los papeles escritos en diferentes idiomas  que la hacían sentirse como en una  sucursal de Babel.

El plato ya estaba vacío sobre el mantel a cuadros rojo y blanco y la cerveza a la mitad, cuando una pareja la invitó a sumarse a su mesa.  Eran casi las once, una noche tranquila, afable.  Había pocos clientes: unos turistas alemanes que reían con intermitencia, una pareja que hablaba juntando sus narices, ella y esa dupla, que ahora le hacían señas amigables.

Teresa se acercó. Se presentaron: Yeya, era española y guía de turismo, hacía seis meses que traía grupos a Paris.  Él se llamaba Igór era estudiante, francés “hijo de croatas”, aclaró.    Ellos también se acababan de conocer.

Poco más tarde el  pianista hizo una pausa y también fue invitado a la mesa.   Se llamaba Patrice, era delgado, tenía el cabello largo y canoso, los ojos pequeños, color miel.  Mantenía, invariablemente, una sonrisa que dejaba escapar un cierto aire melancólico.  Aún con la poca luz del lugar, se hacía evidente que doblaba en edad al resto del grupo.  Llevaba cinco años trabajando allí, en el “Tire Bouchon”,  y había pasado muchos más navegando como músico en cruceros. Luego Yeya contó que había empezado una relación con un pintor de origen servio de los que se ganan la vida haciendo retratos en la plaza y  Teresa, que hacía un año que se había recibido de abogada, planeaba ingresar a la ENA[1]  para lo cual necesitaba radicarse un tiempo en Francia para imbuirse de su idioma y cultura.

Se volvieron a reunir la noche siguiente.  Al verlas llegar, Patrice  tocó la Cumparsita para Teresa y Candilejas para Yeya.  Entre charlas y risas Patrice buscó acercarse a Teresa durante toda la noche: la miraba fijamente mientras tocaba el piano, se sentaba a su lado, se apoyaba en su silla, buscaba excusas para hablarle al oído,  tocar su cabello, rozar sus manos.  Teresa se había dejado seducir por sus gestos y sus relatos. Su madurez le resultaba atractiva.  Buena parte en  francés, poco en español, las historias fueron pasando hasta el cierre del “Tire Bouchon”.  Patrice y Teresa bajaron juntos.

Él tomaba el metro en Anvers y aunque se alargaba unas cuadras su camino no le molestaba porque siempre era mejor ir acompañado. Caminaron lento, Patrice se apoyaba en su bastón con dignidad impostada. Le contó que había tenido un accidente y de allí le quedó la renguera. No agregó mucho más.  El sábado no trabajaba y la invitó a pasar el día en su casa.  Vivía a una hora de Paris.  Ella aceptó, sin saber muy bien por qué.

“Patrice 16-44-24-26-37 – 14 rue Marcel Rivier”,  escribió en un papel y lo dejó sobre la mesa del departamento antes de salir.  Le pareció que era el mínimo recaudo que debía tomar.

Se había despertado a las once y preparó el desayuno, casi almuerzo, por hora y contundencia: café con leche; huevos revueltos; unas tostadas de Harry´s brioche tranché, que había descubierto en su primera compra,  untadas con manteca y un poco de jamón.  Luego ordenó el departamento, Teresa tomaba la precaución de dejarlo siempre prolijo porque, si bien estaba segura de que Andrea  no pasaría,  se sentía más tranquila cumpliendo con el cuidado de la casa prestada.

Sabía que era una suerte incomparable tener un departamento para ella sola en París. Había dado con Andrea por verdadero azar, sin embargo, desde el primer encuentro parecían viejas amigas: se encontraron, charlaron y le dejó las llaves.  También con ella había organizado salidas.  Pensaba tomarse unas semanas sabáticas para luego empezar la búsqueda de algún trabajo.  El departamento estaba a dos cuadras de la estación Chateas Rouge en la, Gout d´or, un barrio exótico y atractivo, con gran  concentración de africanos y árabes que le daban su particularidad: peluquerías que exhibían cabellos plásticos,  telas africanas de  colores y diseños intensos, carnecerías con embutidos de cordero,  pequeños almacenes de productos exóticos y el raï sonando fuerte.

A las 16.30 hs.  Patrice la esperaba en  La Verière.   Teresa llegó con diez minutos de retraso,  poco impuntual para un trayecto desconocido.  Él  jugueteaba con el bastón cuando la vio bajar del tren.   Se paró rápido dándose impulso con la mano apoyada en el banco. Le sonrió.  Bajo un sol tibio pasearon por las calles que los llevaban hasta la casa de Patrice.

“Ésta es mi mansión” le dijo indicándole con la mano un pequeño chalet con techos de teja y una  tira de jardín, apenas arreglado.  Entraron a un pequeño hall. Dejó los guantes y la bufanda sobre un mueble y colgó el tapado en el mismo perchero que Patrice.

“Ésta es mi cocina.  Por acá se sale al patio donde vive mi tortuga”.  El ambiente estaba perfumado por un suave aroma que salía del horno.   La tomó de la mano  y la llevó al living.  Era una habitación no muy amplia, luminosa, tenía una mesa redonda con cuatro sillas y otras dos, como en penitencia,  contra la pared.  Un mueble sostenía el televisor y unos trofeos deportivos. A las  fotos familiares les dio un vistazo rápido pero no pudo detenerse en ellas.

Un sillón rojo con el tapizado raído y aspecto de cómodo, la hizo imaginarse a Patrice pasando largas horas sentado mirando televisión desde allí, estaba en una diagonal perfecta al aparato y a un costado del hogar, que no estaba encendido.

Patrice ya estaba a mitad de la escalera que conducía a su habitación, y Teresa se apuró para alcanzarlo.  El dormitorio tenía el espacio justo para una cama de dos plazas y delgadas mesas de luz. Teresa miraba los techos vecinos por la ventana que daba al patio y, que a esa hora despedía al sol,  cuando él la tomó por la cintura para invitarla a bajar.

Eran casi las seis de la tarde, Patrice encendió el fuego del hogar y luego sirvió un té, que acompañaron con unas galletas bretonas que él había preparado: “son sencillas y cuando tengo tiempo me gusta meterme un poco en la cocina”.  Teresa se había acomodado en un sofá clik clak, de los que no faltan en las casas francesas, y se dejaba halagar por las atenciones de su anfitrión.  Le acercó las fotos que estaban en el mueble para presentarle a su hijo Emil: un  nene rubio, de ojos muy azules, riendo pero con los ojos húmedos de quien recién dejó de llorar, una foto muy tierna;  en otra está con Patrice, los dos en la playa.  Patrice tan delgado como ahora, pero sin canas, el nene tiene unos diez años; en la otra ya es un adolescente y está con el equipo de rugby.

Acababa de contarle que siempre compartía los días libres con su hijo cuando se oyó el ruido de la llave en la cerradura, “ahí llega Emil” comentó Patrice sonriendo.  Se abrió la puerta y la imponente figura apenas dio lugar al ingreso de luz.  Era un joven de unos diecinueve años, alto, con el cabello más oscuro que en la infancia y  espalda ancha, fuerte.  Teresa quedó un poco impactada y sorprendida. Deseó haberlo disimulado bien. Tenía un tentador parecido a Jean Claude Van Damme,  una mirada entre tímida e insinuante y la sonrisa amplia, resuelta.

Salieron los tres juntos para hacer unas compras para la cena.  Ya era de noche, y hacía frío,  el pueblo se insinuaba deshabitado salvo por las luces que escapaban de algunas ventanas.   Dieron unas vueltas de más para ver un poco el lugar.  La Verière era una ciudad de casas nuevas,  edificios de dos o tres pisos.  Agradable, pero con poco atractivo. Patrice la había abrazado por la cintura y caminaba orgulloso.  Cuando se detuvieron para comprar verduras la tomó de la mano y elegía los vegetales indicándolos con sus dedos entrelazados con los de Teresa. Ella se sintió exhibida, como si fuera un anillo, una joya de colección que Patrice quería ostentar por el pueblo. El comerciante se sonrió cómplice, hizo a Emil algunos comentarios que Teresa no entendió y prefirió no preguntar.

Patrice entró a la cocina y con movimientos ágiles fue sacando tablas, fuentes y cuchillos  para preparar la cena mientras Teresa lo observaba en silencio.  Emil la distrajo de sus pensamiento proponiéndole bajar a buscar el vino.  “Yo no sé nada de vino” se excusó un poco sobresaltada.  Pero nadie le dio importancia, Emil la tomó de la mano y la condujo hasta el sótano.

La lamparita que colgaba sola en el centro del techo descascarado dió una luz débil y amarillenta que apenas dejaba ver las paredes de piedra. Era un ambiente que se debatía entre ser lúgubre o acogedor.  Emil le soltó la mano recién cuando se dispuso a buscar el vino en la pequeña bodega de madera, donde descansaban unas diez botellas, en un rincón de la habitación.   Mientras miraba las etiquetas dijo:

— Mi padre piensa instalar acá su piano,  ahora está en la casa de mi abuela.  Por el momento sólo guarda el vino.

— ¿Vos también tocás el piano? – preguntó Teresa mientras pasaba las manos por las paredes, que parecían de un castillo medieval, como pretexto para alejarse un poco.

—No mucho… aprendí un poco más de vinos, espero que conserve la bodega —  le respondió Emil, con la botella elegida y volviendo a tomarla de la mano para guiarla hacia la escalera.

Teresa se desprendió con un movimiento casi brusco.  Entraron juntos al living.

— ¡Linda pareja! — dijo Patrice mientras tomaba la botella y miraba la etiqueta – Emil podría ser un buen docente en materia de vinos – agregó mirando a Teresa con una sonrisa.  Ella hizo un gesto, que no alcanzó a ser sonrisa.

Patrice sirvió el vino y se ubicó frente al televisor, control remoto en mano.  Emil le contaba su último partido y la discusión que había tenido con uno de los entrenadores, mientras sus miradas apenas se separaban de la pantalla.   Un poco perdida Teresa buscó amparo en el sillón raído,  frente al hogar recién alimentado. Escuchaba el televisor, a ellos conversando en el comedor. Dejó de hacer el esfuerzo por entender.  Vió la escena desde afuera y se preguntó qué estaba haciendo ahí,  quién era Patrice.  Todo le pareció un absurdo.  Pensó en su madre, sus amigas y casi escuchaba los sermones que le darían si supieran que había aceptado ir a la casa de un desconocido que vivía a kilómetros de París.  Imprudente, se dijo, y resultó ser más  familiar de lo que hubiera imaginado.  Demasiado familiar.

Cenaron conversando poco. Mientras comían miraron un programa de humor que a Teresa le costaba mucho entender,  sus conocimientos del idioma todavía no le permitía reírse en francés  y tampoco estaba tan interiorizada en la política y la actualidad francesa, llevaba apenas una semana en París.

Una vez en la mesa, Teresa fijaba sus ojos en el televisor, manteniéndose indiferente al peso de la mirada insistente de Emil.  Por momentos sentía cómo el calor subía a sus mejillas, entonces miraba a Patrice y le hacía algunas preguntas que buscaban más el acercamiento y su comodidad que entender o aprender algo del idioma.

Para cuando sirvieron el postre – Teresa había elegido un petit fondant au chocolat- había empezado un programa de concurso.  A éste lo pudo entender un poco mas, era algo así como un juego de diccionario, en el que daban definiciones y los participantes debían decir la palabra.  Recién cuando terminó levantaron la mesa y  un rato más tarde Emil subió con su computadora al dormitorio. Le besó la mejilla, muy cerca de sus labios,  mientras la tomaba por la nuca.  “Nosotros dormiremos en el living” le dijo Patrice y luego la invitó con una copa de Kalhúa, un licor mexicano que había adoptado para la sobremesa en la época que hacía cruceros en el Caribe.   Teresa recuperó tranquilidad. Disfrutó de estar a solas con Patrice.  Se dejó envolver por su vos áspera. Se dejó deslizar por las historias que él narraba.  Se dejó sorprender por un suave perfume a tabaco, a alcohol, a hombre de mundo.

El día había sido extraño, inquietante. Había bebido vino, licor.  Teresa deseaba que la noche se empezara a cerrar. Bostezó.  Patrice entendió rápidamente y convirtió el clik clak en cama.  Tendió unas sábanas de aspecto aterciopelado de color azul y trajo un edredón enfundado en una tela imitación cuero de cebra.  Teresa pasó al baño. Salió con remera  y medias y de una corrida se metió en la cama.  El televisor estaba todavía encendido pero ella se quedó mirando el fuego.  Patrice hacía algunos ruidos en la cocina. De arriba no se oía nada, apenas se veía una línea de luz que salía de la puerta mal cerrada.  Deseó que ese momento fuera tan largo como para quedarse dormida.  Por momentos la mirada se le iba al televisor y ella la volvía al fuego.  Los ojos se le comenzaban a cerrar cuando llegó Patrice,  apagó la luz y se metió rápido en la cama. Copió la forma del cuerpo de Teresa con su cuerpo y le preguntó:

— ¿La pasaste bien? — Tenía olor mentolado, a dientes recién cepillados.

— Sí – respondió con la certeza de que esa breve palabra cargaba con, por lo menos, un cincuenta por ciento de mentira.

— ¿Viste qué lindo mi hijo?

— Sí, muy lindo – contestó cumplidora.  Sintió un golpe en el estómago como si el corazón hubiera caído en él; como si la verdad que prefería mantener oculta hubiera sido descubierta.

Él había empezado a acariciarle las piernas, y despacio iba subiendo su mano.

— Tiene un cuerpo formidable, entrena mucho — le decía mientras metía la mano dentro de la  bombacha y la llevaba lentamente a la vagina — Es simpático… algo tímido, pero le va bien con las chicas.

Teresa giró un poco la cabeza para buscar en los ojos de Patrice lo que en verdad estaba diciendo. La besó, la siguió acariciando, llevo las manos a sus pechos y volvió a llevarla entre sus piernas,  entre besos seguía hablando de Emil.  Teresa estaba como paralizada, tensa. Buscó reponerse. Lo acarició. Fue bajando su mano. Se detuvo en la cicatriz de la ingle, era ancha y llegaba hasta la parte interior de la pierna.  Él seguía  diciendo  “cuerpo joven, piel tersa…”.

Teresa sintió el salto desesperado de su corazón. Una idea le invadió la cabeza: Patrice quería a Emil con ellos, en la cama.  El cuerpo se tensó alarmado.   Ella había fantaseado con estar con dos hombres a la vez pero nunca se lo propuso seriamente.    Trató de relajarse,  buscó estimularlo para que dejara de hablar.   Lo volvió a besar con  pasión  fingida y bajó su mano. Acarició sus testículos, pequeños. El pene, todavía inerte.  No entendía qué sucedía.  Ahora una nueva idea le golpeaba la sien: quería verla con Emil.  El corazón empezó a saltar angustiado.  Miró hacia la escalera. No veía nada. La línea de luz seguía marcando los escalones.  Desapareció el poco interés que había tenido por el sexo. Teresa perdió toda humedad y los dedos de Patrice la lastimaban. Le corrió la mano y el volvió.  Cambió de posición y él la buscó. Pidió disculpas para ir al baño.  El pecho le latía desesperado. Sentada en el inodoro, inmóvil,  intentaba revelar lo que había sucedido en el living. Los pies absorbieron el frío del piso de cerámica. Tiritaba.  Se paró para buscar la bata de toalla que colgaba de un perchero plástico. Se acurrucó sobre el inodoro.  Recordó la nota sobre la mesa, se sintió una idiota.   Se paró y apoyó su oreja contra la puerta. No se oía nada. Caminó por el baño hasta cruzar su cara en el espejo.  Al verse contuvo las lágrimas. Aspiró hasta que sus pulmones quedaran repletos de aire y lo soltó con fuerza como si pudiera expulsar todo el temor y las sospechas.  Abrió la canilla y dejó correr el agua hasta que llegara caliente. Se lavó la cara y dejó sus manos bajo el chorro tibio.  Cuando la cerró, escuchó voces en el living. Se quedó inmóvil apoyada en la pileta. Hablaban en voz baja, no podía entender ni una sola palabra. Tomó la toalla, que alguna vez fue blanca, y se secó la cara, tenía olor a limpio, Patrice la debió cambiar antes de acostarse. Se cerró la puerta, era la de calle, alguien debió salir de la casa o tal vez alguien llegó. Se acurrucó, otra vez sobre el inodoro, miraba la puerta, como si pudiera ver algo a través de ella.

— ¿Está todo bien? – la sorprendió la voz de Patrice.

— Sí, sí.  Ya salgo – le respondió sobresaltada y en español.

Poco después salió despacio. Pasó por la cocina a buscar un poco de agua. El corazón todavía se mostraba inquieto. Volvió al living.  Patrice estaba dormido.  Respiró aliviada y se acercó a la cama cautelosa como si llevara una bandeja cargada de copas de cristal.  Se quedó muy quieta, estirada, rígida en el borde de la cama.  No quería despertarlo.

— ¿Estás bien? —  Murmuró Patrice acercándose a ella – ¡estás helada!   La abrazó.  Ella no se movió. Apenas se levantaba el pecho al ritmo de su respiración.  Después de un largo rato se durmió.

Cuando miró el reloj eran las 11,10.  Se había despertado con el beso de Patrice.  “Voy a preparar el desayuno ¿querés darte una ducha?” le dijo con voz suave.  Teresa hizo un gesto complaciente y se quedó un ratito más en la cama.  Todavía perturbada trataba de descubrir alguna señal de lo que pasaba en la casa.  Sólo  escuchaba los ruidos de Patrice en la cocina.  Se vistió rápido.  Desayunaron café con unas tostadas .  Teresa tomaba su taza en silencio.  Forzaba unas sonrisas.

—  Emil se fue anoche, me pidió que te diera un beso de su parte.

— ¿Algún problema? — preguntó como interesada.

— No, lo llamó un amigo, alguna salida de último momento.

En el tren hablaron del tiempo: estaba más frío y nublado que el día anterior.  Siguieron con el  trabajo  de Patrice y los planes de Teresa para los próximos días.  La noche anterior había desaparecido.

Antes de separarse Patrice le propuso tomar algo.   Entraron a un bar,  sólo tenía barra. Un deprimente bar de estación, de paredes opacadas por el humo y los años.  Unos hombres tomaban cerveza y miraban futbol.  Él también tomó cerveza, ella, un café.

— ¿Pasas esta noche? — dijo Patrice después del primer trago.

— No, hoy no voy a poder, te acordas.  Mañana — le respondió Teresa apurándose a terminar el café y desviando la vista.  Ya se quería ir.  Miró el televisor y le preguntó quienes jugaban.

— Te voy a estar esperando — le dijo en el abrazo de despedida.

— Hasta mañana — dijo Teresa con la certeza de que esas dos palabras eran en un ciento por ciento mentira.  Le sopló el beso que puso en su mano y rápidamente le dio la espalda. Caminó lento.


[1] – Ecole National d´Administration  ( Escuela Nacional de Administración)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s