Volver a Inglaterra. Autor: Gloria V. Echeverría

Querida mamá:

Yo no creo que haya sido culpa tuya todo esto que me pasó, pero pudiste haberme evitado tanto viaje, tanto desamparo, tanta tristeza. ¡Era tan feliz con ustedes en Essex! Tenía amigas, tenía a mis hermanos, a pesar de que Charlie ya se había ido a Zimbabue a trabajar con el Ejército de Salvación. Cada tanto nos llegaban sus cartas. Las leías con lágrimas, y nos lo ponías como ejemplo de un buen presbiteriano. Así teníamos que ser nosotros, religiosos y solidarios. Menos con los irlandeses, claro, a quienes papá y tu criticaban, todos vagos, alcohólicos y pendencieros. No nos dejaban juntar con ellos, ¿te acuerdas?

Pero el Padre Finley era distinto, mamá. Con sus propias manos había construido la capilla católica de la Santa Cruz. Ayudaba a sus feligreses, los visitaba, trataba de buscarles trabajo. Cuando los irlandeses cobraban su sueldo, a fin de mes, se iban a tomar cerveza a la taberna. Ahí estaba el Padre Finley, convenciéndolos de que se fueran a sus casas y no se gastaran todo el sueldo en bebida.

¿Por qué le conté a Annie que estaba enamorada del Padre Finley? Con mis dieciocho años recientes, no podía evitar, cada vez que lo cruzaba en la calle, quedarme atrapada, como una polilla a la luz, en sus ojos azules. Me acuerdo de las pocas veces que hablamos, y me acuerdo de cada una como si fuera hoy. Yo busqué la primera conversación, le hice una pregunta sobre las diferencias de su religión, como si me importara. Hablamos un ratito, hasta que Annie me apuró, no estaba bien que habláramos con él, nos iban a reprender.

La segunda vez me paró él. Seguro que se daba cuenta de mi arrobamiento. ¿Cómo no se iba a dar cuenta del martillo de mi corazón, de mis mejillas de fuego?…Amable, me preguntó por mi familia, hablamos como si Annie no estuviera ahí, cada uno hundiéndose en los ojos del otro, mi pecho era como una vela encendida derritiéndose lentamente, y una sensación rara y blanda me acongojaba la boca del estómago.

Un día pasé por su capilla, vi que nadie me veía,  y entré. El estaba solo, arreglando un banco. Se sentó conmigo, trató de poner distancia, mamá, te lo juro. Pero nuestras manos se acercaron con voluntad propia. Así, me dijo que me amaba, que no sabía por qué, que no nos conocíamos lo suficiente.  Y también me dijo que esa debía ser la última vez que nos viéramos, que no podía arruinar mi vida, lo dijo llorando, mamá. Dijo que yo debía casarme con un buen chico, hacer mi familia…Nos quedamos mudos, mirándonos. Me acompañó a la puerta de la iglesia.

Allí me viste, mamá, llorando con él, de su mano aún. ¿Por qué no me preguntaste nada? ¿Qué te había dicho Annie? ¿Por qué solamente me encerraste hasta el mes siguiente, en que zarpó el barco, y me despidieron llorando? El viaje a Africa fue espantoso. No soportaba el balanceo, la suciedad, el trato falsamente amable de las mujeres del Ejército de Salvación que viajaban conmigo, que evidentemente, sabían. Trataban de que comiera, pero tenía el estómago revuelto. Llegué tan flaca como los perros de la aldea polvorienta que me recibió. Charlie me dio un abrazo tan cariñoso, que lloré como si no hubiera llorado lo suficiente. Me sentía débil, tenía fiebre, y me prepararon una cama en una choza donde dormía él. El médico venía cada tanto, lo esperaban de un momento a otro, pero pasó una semana y yo estaba peor. Te odiaba, mamá, quería morirme, ese sería tu castigo.

Cuando Charlie puso una hamaca afuera para que tomara aire, pude ver lo que me rodeaba. La tribu de los mbezu iba y venía por el campamento, como cuando uno pisa un hormiguero de hormigas negras. Una gran olla estaba siempre hirviendo, y la gente traía lo que recolectaba. Charlie repartía la comida, las vacunas, y los remedios, que nunca alcanzaban. Siempre estaba rodeado de chicos. Y siempre a su lado, Opango, un negro alto, que hablaba poco inglés y  parecía ayudarlo en todo.

Cada tanto, Opango hacía un emplasto con barro y hojas de un árbol, y me lo ponía en la frente. Luego me traía un cuenco de barro con un te amargo, que me instaba a tomar con una sonrisa. Charlie lo dejaba hacer, lo miraba con respeto y lo consultaba.

Fui mejorando de a poco. Extrañaba a mis hermanos, a Annie, a ti, mamá, pero había mucho que hacer en el campamento, así que trataba de tapar con trabajo mi nostalgia y mi tristeza.

Empecé a enseñarles inglés a los niños. También a hablarles de religión. Opango me pidió que le enseñara inglés a él. Me sorprendía su inteligencia, aprendía rápido, y tenía un suave don de mando. Estaban terminando el pequeño templo, Charlie confiaba en él para todo. Yo miraba con admiración cómo mi hermano le obedecía.

Mientras, tus cartas no me traían alegría, no hablaban de llevarme de vuelta a Inglaterra. Te limitabas a describir lo que hacía cada uno allá. Me traían recuerdos de algo que fue tan breve, que a veces dudaba de que hubiera ocurrido. Y sentía que se habían librado de mí como de una piedra en el zapato.

Pasaron los meses. Me había adaptado al calor húmedo, no extrañaba el frío de mi país. Las mujeres del campamento habíamos formado un buen equipo. Opango había aprendido rápido mi idioma, y teníamos largas charlas. Me contaba las costumbres de su gente,  sobre todo lo que más le gustaba, la forma de curar con hierbas, que le había transmitido su padre.

Un día en que yo traía agua para el campamento, una espina me raspó el brazo, causándome una infección. Estaba caliente e hinchado. Charlie y Opango vinieron a verlo. Charlie levantó cuidadosamente la manga de mi vestido, y Opango comentó otra vez que no deberíamos usar mangas. Salió del campamento. Cuando volvió, yo estaba sola. Golpeó respetuoso la puerta, y me alcanzó una bebida amarga, que yo bebí. En una especie de sopor, noté que sacaba de su bolsa una pequeña serpiente, a la que le extrajo el veneno en una taza. Me tomó de los hombros, me miró a los ojos mientras me ponía una mano en la frente. Su calor verde me relajaba, era tan grande su mano, y yo sentía que me contenía toda la cabeza en un halo multicolor. Quería quedarme así, que no pasaran las horas. Él decía algo en su dialecto, muy suavemente. Luego mojó un dedo en el veneno, y lo pasó muy despacio por la herida de mi brazo. Las piernas se me aflojaban, me iba volando y volvía. Sus brazos me sostuvieron. Lo último que recuerdo es mi cara sobre su pecho.

No sé cuánto tiempo dormí. Cuando Opango se dio cuenta de que me despertaba, una sonrisa le iluminó los ojos. Me soltó la mano, me corrió el pelo de los ojos, y me rodeó los hombros para levantarme.

Alguien entró sin golpear, violentamente, las pisadas golpeando fuerte el piso de tierra. El doctor Evans había vuelto,  Charlie lo seguía. Parecía muy enojado, sacó a Opango de mi lado, y le preguntó qué era lo que yo estaba tomando. Charlie le dijo que no se preocupara, que mi brazo estaba casi curado. Salieron. Escuché su voz airada increpando a Opango, hablando de las medicinas tradicionales,  que el negro no debía entrar más en mi choza, que se limitara a hacer la comida y a las tareas de construcción.

Cuando me repuse, fui a buscarlo.

Mamá, ¿porqué mandaste a buscarme? Yo estaba feliz allá.

Pero cuando mi abdomen comenzó a crecer, Charlie se volvió como loco, me gritaba, me encerró. Yo ya no podía esconder nada. Primero me mandaron al campamento de Nigeria. Pasaron unos meses, no sé cuánto. Ellen, una hermana del Ejército de Salvación venía conmigo cuando subí al barco. Era una comadrona muy respetada. Ella me ayudó cuando nació el niño. Alcancé a ver su piel oscura y brillosa, antes de que Ellen se  lo llevara, envuelto en una manta, llorando ambos, como yo.

¿Qué hicieron con mi bebé, mamá? Nadie contestó mis gritos. Ellen volvió en silencio, y limpió todo sin hablarme. Cuando me pude levantar, lo busqué como una gata por todo el barco. Nadie abre la boca, me miran con lástima, nadie sabe. Me levanto a la noche a escuchar en las puertas de los camarotes, en los rincones, en la sentina, camino sin sentir frío por la cubierta, con mis oídos alertas. Ningún llanto se escucha, salvo el mío.

Y ya estamos llegando a Inglaterra. Ellen me dijo que hay un hombre que quiere casarse conmigo, que tiene una casa en el sur, y que haré bien en callarme la boca sobre lo que pasó, para no abochornar a mi familia y arruinar mi vida.

Me siento en un mar que va y vuelve, me lleva y me trae, y me aleja de todo lo que quiero. No me verá nadie, mamá, cuando me suba al borde de la baranda.

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