Aeropuerto. Autor: Susana González Rico

Los cuerpos pasan frente a mí como una marea incesante, y comprendo que el movimiento propio es una mera fantasía. Intento leer los significados que justifiquen la angustia de la pausa. Descubro ausencias que ninguna carta podrá jamás llenar, hastío, rutina y hasta alivio. Un joven se lleva las manos a la cabeza preso de alguna angustiosa certeza repentina. Una madre exhausta recoge una y otra vez el juguete de su hija, que se divierte con el descubrimiento del enorme poder de sus manitas. Unos jóvenes esperan ansiosos a que sea el momento de ser engullidos por ese gusano de metal que los llevara en sus entrañas a la aventura de la vida.

Sentada en el piso, voy sorbiendo lentamente mi café. Entretengo el tiempo con los diálogos que imagino en los labios de los transeúntes: Un hombre palmotea la espalda del hijo que se marcha tras la ilusión de una vida mejor, y lo sorprendo llorando a solas en el baño cuando se da cuenta de que el amor de un padre jamás podrá competir con las luces del futuro. Una pareja en la puerta de embarque pierde la batalla contra el deseo de sus cuerpos de mantenerse unidos, despidiéndose con labios y manos temblorosas. Yo escribo una historia donde en pocas semanas se disipan las ansias pero no las ganas, y vanolvidándose y ahogando sus nostalgias en una calidez más cercana.

Cuando los ritos de la vida me sofocan y la melancolía se me hace extensa, busco el sosiego de esta manada que rota, mengua y crece, siguiendo misteriosos compases. Observo sus flujos, sus movimientos rítmicos consultando los relojes y las pizarras electrónicas. Intento adivinar el origen de los acentos que se escurren entre las expresiones criollas familiares. Busco pistas en las etiquetas de los equipajes y las bolsas de las tiendas Duty Free de otras ciudades.

Mi cuerpo se relaja y una sensación de bienestar me invade. Siempre me he sentido bien en este capullo de cristal y granito. Tal vez sea el anonimato con que arropa mis dudas o el recordatorio del cambio como única constante: aquí nadie se queda. Entras y sales, llegas y te vas. Su comodidad nunca es suficiente, y la impersonal amabilidad que sonríe a los viajantes tiene sabor a propina, a quince y último. Todo aquí es hermoso, frío y efímero.

Cierro los ojos, fatigada de la espera y pienso en mi caducidad. Un presente que ya no es más. Yo soy la transeúnte. El tiempo tantas veces postergado de la partida, ha llegado. Esta mañana no hay dudas, no hay miedos. Viajo con poco equipaje y me siento bien. Es tan liberador soltar los lastres, entender de una vez que no soy lo que tengo. Me siento leve, liviana, ligera. Nada quiero llevarme, y aun cuando sé que hay mucho que parte conmigo, también eso quisiera dejarlo atrás.

Nadie vino a despedirse. No tiene sentido decir adiós cuando siempre te has estado yendo. No me molesta, al contrario, me siento aliviada por la serenidad de este vacío que voy llenando de recuerdos. Saboreo mi soledad, mi silencio en medio del ruido, mi paz en la agitación del eterno transcurrir. Me voy sumiendo en un limbo, donde la realidad y el sueño, el pasado y el presenten, se confunden.

En silencio voy despidiéndome de mi padre muerto, de los anaqueles vacíos de mi biblioteca, de los compañeros que se fueron y los que se quedaron, de sus razones y argumentos. Me despido del caos, del miedo, del hombre que me secuestró, de lo que se llevó y de lo que me dejo sembrado. Le digo adiós al banco de la funeraria donde ya me despedí antes y a la impotencia de José el del abasto cuando le expropiaron su local. Me despido de las camisas rojas, del odio, del país de violencia que no es el mío. De los ojos de mis alumnos que me acusan de enseñarles un sueño improbable, de sus sueños rotos y del afán de entender. Me despido del petróleo que a tantos ha cegado y que manchó de negro el futuro que alguna vez me atreví a imaginar.

Le digo adiós sin muchas ganas a la sonrisa de los niños de mi cuadra, al señor que vende café en la puerta del metro, a la señora de las frutas. Adiós a los buenos días de café con leche y cachito de jamón. Adiós al señor que se colea en la parada, a la sifrina que bota la lata en la calle, al indigente que duerme en la esquina y a la vecina que me atormenta todas las noches con rancheras desde que el marido la dejo. Me despido de las mentiras repetidas, los irrespetos, el olor de orina en la calle, el miedo y los rumores. Me despido con pesar de las arepas, de las empanadas y del mejor chocolate del mundo. Del gobierno a la fuerza y las leyes flexibles. De mi madre que se queda sola, y del sentimiento de culpa que siempre siento con ella. De las caminatas por la playa. De mis hermanos y amigos que son como hermanos. Del parque del primer beso, y el bar de llorar los despechos. Digo adiós al mar, al hermoso Ávila que cobija los sueños, al cielo de Diciembre con su azul profundo. Al clima más generoso de la tierra y al pueblo más malagradecido. Me despido sobre todo de su historia, de esa que yo no escribiré. Me llevo lo que soy, y dejo atrás lo que fui y lo que seré.

No sé que me espera a donde voy. Tampoco me importa. Nada importa. Me cansé de alimentar la esperanza, de esperar el futuro, de vivir con miedo. Aquí no tengo miedo. Aquí no existo. Mi cuerpo va perdiendo las fuerzas, y de mi mano resbala el vaso derramando sobre el mármol los restos de píldoras que no se disolvieron en el café.

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  1. Evelyn

    Te referías a un viaje para no volver, pero ni se me ocurría pensar en ese final….muy bueno. Te felicito. Sigue…

  2. jose a.anciano

    no te conozco. nos presentò Ana Perez, tu amiga y mientras paseaban por el Aeropuerto….. me dejaron tus papeles… Ahora. te conozco mucho… tanto que no sé distinguir entre tù café y el mìo…..Tambien las palabras nos acercan y separan…. como los adioses con lo que dejan atrás y el vacìo que nos lleva a lo desconocido…..Perdona Susana…….pero tenemos todos derecho a que no te despidas del todo….. eres una escribidora nata con sentido de lo esencial y con lo esencial de lo efìmero….. Como en mi caso,que es uno más que camina los aeropuertos…porque no hay otro destino. en estos segundos he tocado contigo lo esencial de la vida…..la levedad del ser…. lo efìmero de nuestras batallas. Creo que ese instinto leve y pasajero de la vida suena tambien en muchas de esas caras anònimas que te cruzas…….No importa que no esperes nada…. Llevas contigo tu talento y el cofre de los recuerdos que es tambien otra manera de vivir la vida…. Escribe…escribe…escribe…..que muchos de los anònimos de los aeropuertos diremos y sentiremos contigo lo que siempre hemos sentido….. Sabrè de tì por Ana……pero no quiero dejar el que pongas en mi torpe boca…..lo que siempre he querido decir,aún en los silencios.

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