Tardes de lluvia. Autor: Blaise

La pequeña Kai-Mook llegó al Palacio de las tres mil doncellas una tarde que llovía. Estaba descalza y su única indumentaria consistía en un ligero vestido que dejaba transparentar los diminutos huesos de sus delgados hombros. El agua de la lluvia se deslizaba serena desde su pelo oscuro hasta los dedos de sus pies, como por un cauce natural, pero a ella eso no parecía importarle. El calor era asfixiante y el agua le refrescaba.

Tres días antes su padre la había dejado de la mano de la señora Malai, la mujer más elegante y guapa que Kai-Mook hubiese visto nunca, con su impecable kimono de seda roja y sus manos de nácar que se movían como pájaros en pleno vuelo. Ese día de primavera su corazón dejó de palpitar un segundo, tal vez dos. Hasta entonces Kai-Mook había vivido con su familia en el campo. Su padre y sus dos hermanos salían de la casa antes de que el sol despuntara y no volvían hasta el anochecer, y ella y su abuela preparaban la cena para cuando ellos volviesen.

Y ahora aquella mujer distinguida les prometía un trabajo en la ciudad para ella y dinero para todos.

Su padre se negó en rotundo, no solo de viva voz, sino también con las líneas de su frente y la comisura de sus labios bien marcadas, y eso hizo que  Kai-Mook lo reverenciara aún más, pero en la siguiente visita la señora Malai trajo regalos y comida y las cosas empezaron a cambiar, hasta que por fin su padre accedió.

El día comienza temprano en el Palacio de las tres mil doncellas. Las dependencias y sus moradores deben estar preparados para los amigos a los que les gusta madrugar. Como el señor John, por ejemplo, el “amigo” de Kai-Mook, que a veces llega antes de amanecer.

La primera vez que el señor Jonh entró en el Palacio de las tres mil doncellas y miró con sus ojos verdes sin brillo la fila de niñas dispuestas para él, y pasó sobre ella y volvió a ella y dijo ella, señalándola con su dedo índice, a Kai-Mook le dio un vuelco su pequeño corazón. Kai-Mook cumplía ese mismo día diez años, pero en el Palacio de las tres mil doncellas eso no tiene la menor importancia, nadie sabe los años que tiene nadie.

Desde entonces ha transcurrido el tiempo suficiente como para que el corazón de Kai-Mook no tiemble de la misma manera.

Has tenido suerte, le dice muchas veces la señora Malai, no todos se portan como él.

Y Kai-Mook piensa en el señor John, que siempre que viene a visitarla esconde en sus bolsillos algún regalo, pequeños objetos que ella debe encontrar en un divertido juego y que luego ella guarda como si fueran un auténtico tesoro.

Aunque lo que en verdad le gusta a la pequeña Kai-Mook del señor Jonh es su olor, y cuando se sumerge en él no le importa la flacidez de su cuerpo blanquecino, ni el tacto húmedo de sus largas manos, ni el brillo mate de sus ojos verdes; ya no.

El señor Jonh huele a nardos y madera de sándalo, lleva años usando ese perfume, se lo regaló su madre el día de su graduación y él le ha permanecido fiel como un símbolo de lealtad en su vida. Un bote de 50 mililitros de esa exquisita combinación de esencias le cuesta lo mismo que tres encuentros seguidos con la pequeña Kai-Mook, un capricho compensatorio a esta despreciable ciudad.

El señor John llegó a Bangkok una tarde que llovía. El agua caía sin cesar y la mayoría de las calles estaban inundadas. Y hacía un calor asfixiante. El chófer que habían enviado a recogerlo le comentó que llevaba cinco días lloviendo sin parar.

Es el monzón, le dijo, como queriendo disculparse por la lentitud con la que avanzaban.

El señor John se quitó la chaqueta y la corbata y las arrojó al otro extremo del asiento, en un gesto que evidenciaba su enojo.

El hecho de que su compañía le hubiese asignado Bangkok no le agradaba en absoluto, porque eso significaba, cuanto menos, que tendría que viajar allí varias veces al año, y no le gustaba ausentarse con tanta frecuencia de su casa.

Pero poco a poco el señor John fue descubriendo la ciudad.

Y entonces conoció a la pequeña Kai-Mook.

Lo que al señor Jonh le gusta de la pequeña Kai-Mook es lo lista que es. Sabe lo que tiene que hacer en cada momento, él se lo explicó una vez y fue más que suficiente. Y la forma en que mueve sus delicadas manos, y su piel de terciopelo, y su tenue sonrisa, pero sobre todo lo que al señor John le gusta de la pequeña Kai-Mook es su voz suave y delicada. El señor Jonh se sumerge en ella y olvida.

─Susúrrame, le pide cariñoso una y otra vez, y la pequeña Kai-Mook le pía como un pajarito diminuto.

Y cuando todo parecía funcionar sobre ruedas, le comunican en su empresa que tendría que establecerse en Bangkok al menos durante tres años.

Y eso significaba que su esposa vendría a vivir con él tarde o temprano.

La señora John llegó a Bangkok varios meses después de que a su marido lo destinaran a Bangkok definitivamente, cuando el monzón procedente de China refrescaba el ambiente y los días de lluvias solían ser infrecuentes. Pero ese día la lluvia inesperadamente había hecho acto de presencia desde primeras horas de la mañana y no parecía que fuese a amainar en toda la tarde.

A la señora John le gusta el olor de Bangkok, un olor que le desagradó profundamente cuando su marido vino a recogerla aquel día de lluvia insospechada, pero que se fue haciendo poco a poco soportable y por algún motivo ha terminado haciéndose suyo, como si hubiera estado ahí desde el principio.

Durante las primeras semanas se alojaron en un hotel, el mismo en el que el señor John solía hospedarse, pero era evidente que ahora necesitaban una vivienda para los tres años que el matrimonio tendría que pasar allí.

Y en eso empleaba la señora John la mayor parte de su tiempo.

La acompañaba en la tarea Sittichai, un hombrecillo menudo y amable que la llevaba sin rechistar de un lado para otro y que intentaba hacer de intérprete, pero la señora John aprendió en poco tiempo diez o doce palabras y se hacía entender sin mucha dificultad.

Casi todas las casas le parecían demasiado grandes o demasiado pequeñas, o demasiado ostentosas o demasiado parcas. Hasta que por fin encontró lo que buscaba, un apartamento de dos dormitorios con unas vistas extraordinarias al río Chao Prhaya, en la zona más moderna de la ciudad.

De esos días de búsqueda incansable le quedó  a la señora John el gusto de perderse por las calles y mezclarse con la gente, tan extraño a la ciudad de la que provenía y a ella misma. Pero nunca se había sentido mejor que ahora, formando parte de aquel revoltijo de personas y cosas.

Sittichai la seguía a todas partes. Le gustaba esa mujer grande y rubia que olía extraordinariamente bien y nombraba su ciudad con su nombre verdadero, Krung Thep, la ciudad de los ángeles, alargando la e final como él le había enseñado. Nada de Bangkok, un nombre que los extranjeros se habían sacado de la manga.

El olor de la señora John transportaba a Sittichai a un lugar en el que nunca había estado, porque Sittichai no conocía más límites que los arrabales de Bangkok, una ciudad que imaginaba tan limpia y pura como ella.

─Ese barrio no es bueno para usted, señora ─le prevenía Sittichai cuando sus pasos se encaminaban a alguna zona que su marido habría considerado sin duda prohibida.

Pero la señora John le sonreía y seguía adelante. Y Sittichai la acompañaba a donde quiera que fuese.

En las inmediaciones del Palacio de las tres mil doncellas fue donde lo vio. El señor John se inclinaba ligeramente y una niña menuda rodeaba su cuello robusto con sus brazos desnudos.

La señora John se detuvo en seco, a escasos metros de donde estaba su marido, pero él ni siquiera la vio.

Sittichai quiso llevársela de allí y por primera vez osó tocarla. Con extremada suavidad posó su mano sobre su espalda y la empujó levemente, intentando voltearla y perderla por aquellos oscuros callejones, pero Sittichai ya conocía la tozudez de la señora John y supo que su atrevimiento no serviría para nada.

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