Viaje al Faro del Fin del Mundo. Autor: El Patagón

A pesar del pronóstico meteorológico favorable aquellos temerarios marinos fueron alcanzados por  “las generales de la ley”. Como resultaba previsible, no bien se habían adentrado algunas millas en el Canal de Drake debieron enfrentar una furiosa tormenta. El viento del NW le imprimía al Mathilda una velocidad escalofriante. No les era posible reducir más la superficie velica por el riesgo de encapillar alguna de aquellas olas gigantes. EL cielo y el mar lucían con un siniestro color gris plomizo y por si todo esto fuera poco, nevaba.

-Seguir en este rumbo, barrenando casi sin control, es una locura- le comentó el Capitán del Mathilda al Vikingo, su tripulante. -¿Que te parece si viramos en redondo para buscar refugio en la Isla de los Estados?…

La pregunta fue un simple formulismo porque la decisión ya había sido tomada.

Luego de varias horas de incomoda navegación, aquellos peñascos casi siempre cubiertos por la bruma emergieron del mar como una silueta salvadora. La Bahía San Juan del Salvamento era un lugar de imponente y misteriosa belleza. Ninguna presencia humana, tan solo las aves marinas aportaban algún aura de vida. Extasiado ante el inhóspito paisaje el vikingo exclamó:

-No se como explicarlo, pero siento algo en el ambiente que me dice que no somos bienvenidos, algo inmaterial y misterioso… es como si el alma de está tierra nos rechazara.

El interlocutor  tuvo la misma sensación pero se abstuvo de comentarlo. Los hechos posteriores confirmarían que aquellas percepciones no carecían de fundamento.

Luego de fondear lo primero que hicieron fue ponerse ropa seca, revisar velas y aparejos, arranchar el Mathilda y recuperar energías con una comida caliente.

-Antes de tirarme a descansar un rato voy a pedir a la Base Naval de Ushuaia el parte meteorológico- dijo el Capitán.

Su sorpresa fue mayúscula cuando, luego de informar el punto en el que se hallaba el Mathilda, le solicitaron intentara (dada su cercanía con la isla Observatorio) llegar hasta el Faro Año Nuevo.

-Hace algunas horas, desde aquel  puesto,  hemos recibido un desesperado pedido de ayuda, pero a causa del fuerte temporal que azota la zona del Estrecho de Lemaire, nuestra asistencia se va a retrasar- informó el oficial a cargo.

Dicho “Mayday” había sido radiado durante la madrugada por alguno de los dos antropólogos que estaban investigando en la isla, únicas personas en el lugar dado que el mítico “Faro del Fin del Mundo”  había sido dotado recientemente de baterías solares  y no requería torreros para su funcionamiento.

Según la Base Naval, la comunicación se había interrumpido abruptamente razón por la cual el solicitante no habría alcanzado a dar ningún tipo de precisión: -Hasta el momento no hemos podido restablecer el contacto, lo que nos hace temer que les haya sucedido algo muy grave.

A pesar de su fatiga, los recién llegados no dudaron ni un instante en asumir el compromiso de prestar ayuda.

-¡Aunque estamos fundidos ya mismo vamos a ver que pasó!…- decidió el Capitán.

Lo primero que hicieron, antes de zarpar, fue consultar la documentación náutica de a bordo de la que extrajeron los siguientes datos:

 “…La isla Observatorio es un peñasco inhóspito, de formato casi circular, mayormente plano y con una extensión máxima de casi 3 Km. Sus costas son bajas, rocosas y bordeadas de arrecifes.

Su suelo es un manto de turba donde solo prospera la maleza achaparrada. La torre del faro es una estructura troncocónica, pintada a franjas horizontales negras y blancas, con una casa habitación al pie.

 A una 400 m se encuentran restos de lo que fuere una antigua estación científica, también existen algunos yacimientos arqueológicos… ”.

Aquel sitio se encontraba aproximadamente a 15 millas al NE de su posición actual, distancia que, navegando al socaire de la Isla de los Estados, podría ser cubierta en unas tres horas. Dicha estimación se cumplió casi al pie de la letra.

Como en el peñasco no existe muelle, optaron por desembarcar en la playa de la Olla. Amarrar les insumió bastante tiempo porque la Bahía Miguel ofrecía muy poco reparo.

Un primer mal síntoma fue que durante dicho lapso no vieron ninguna presencia humana y, obviamente, en ese lugar un velero no podía pasar inadvertido. Nadie salió a recibirlos.

Se acercaron a los restos de la antigua estación científica desde donde anunciaron a gritos su presencia sin obtener respuesta. Frente a tan preocupante situación el Capitán decidió disparar varios tiros al aire.

Su propósito primario era llamar la atención de algún “distraído” ocupante de la isla pero subsidiariamente alertar a potenciales agresores que portaban armas y que estaban dispuestos a usarlas. Sin embargo ese recurso tampoco dio resultado. Cada vez con mayor inquietud y recelo, decidieron ingresar a la casa ubicada al pie del faro.

No sabiendo con que se podrían encontrar, se acercaron cautelosamente.  La puerta principal estaba entornada por lo que  entraron sin dificultad. Dentro del edificio no hallaron a nadie, ni tampoco indicio alguno que les ayudara a entender lo sucedido. La última opción de encontrar a alguien era el interior del faro cuyo acceso se hallaba muy próximo a la vivienda. La vieja y herrumbrada puerta no opuso resistencia. Entraron a la base y luego subieron a la torre; solo frio y soledad.

El no haber realizado ningún hallazgo macabro o descubierto la presencia de intrusos hizo que la prevención de los socorristas disminuyera, no obstante el enigma subsistía.

-¿Qué diablos sucedió aquí?…- se preguntó el Vikingo.

Antes de transmitir un informe a las autoridades de la Base naval, decidieron realizar un registro más minucioso del lugar. Comenzaron por las instalaciones auxiliares.

Las camas evidenciaban haber sido utilizadas recientemente. Los placares contenían una cantidad  de ropa acorde con la dotación y la actividad de sus dueños. Las mesitas de luz estaban  atiborradas de libros y apuntes sobre antropología y arqueología. No parecía faltar nada. En la cocina, tazas, cubiertos y platos sin lavar indicaban que habían sido utilizados hacia poco tiempo. La despensa estaba bien surtida y tenia víveres para varios meses. La radio parecía funcionar normalmente. En el cobertizo había suficiente combustible para alimentar la cocina, las estufas y el generador. El depósito de agua estaba lleno. El gomón, con el motor fuera de borda, permanecía sobre el tráiler. Ningún signo de violencia. En síntesis, nada hacia pensar en un abandono; ni voluntario ni forzado.

Ya casi sin esperanzas de hallarlos y como último recurso, decidieron explorar la reducida superficie exterior del peñón y las playas circundantes, para descartar cualquier tipo de accidente acaecido en esa zona. Ese relevamiento tampoco aportó nuevos datos. El único vestigio que concitó la atención de los socorristas fue un conjunto de excavaciones alrededor de una duna de turba, de escasa altura, ubicada en el extremo Sur de la isla. El promontorio tenía alguna similitud con los sitios de ceremonial construidos por los primitivos habitantes del litoral patagónico (los Yagánes).

Seguramente los científicos habrían estado investigando en el lugar. No habiendo nada más por reconocer decidieron volver a la casa para ahora sí comunicarse con las  autoridades de la Base Naval de Ushuaia.

Cuando los preocupados funcionarios se enteraron de las novedades se quedaron estupefactos. No podían creer que dos personas se hubieran esfumado sin dejar rastros. Bombardearon al Capitán con preguntas de todo tipo, la mayoría de las cuales, no pudieron ser respondidas. Agotadas las especulaciones les pidieron que se quedaran a pernoctar en el faro para atender cualquier contingencia, asegurándoles que en las primeras horas del día siguiente estarían en el lugar para hacerse cargo de la búsqueda. La solicitud, además de razonable, resultaba obvia, por lo cual los marinos dieron su conformidad.

-Sinceramente no me entusiasma demasiado tener que dormir en este lugar, pero no nos queda otra alternativa- comentó el Vikingo.

Aprovechando las últimas luces del día fueron hasta el Mathilda para controlar el fondeo y las amarras, utilizando la visita para hacerse de algunos enseres personales.

Una vez instalados en la casa pusieron el generador en marcha, encendieron luces y estufas y luego de inventariar los víveres disponibles, se dispusieron a prepararse la cena.

-¿Qué te parece un asado?…- preguntó el Capitán, quien sin esperar la respuesta de su tripulante sacó de la cámara de frio un cuarto trasero de cordero patagónico.

–Bueno… pero lo hago yo, mientras vos destapas el vino- contestó el Vikingo.

La charla de sobre mesa derivó en comentarios tales como: -¿Quién iba a pensar que hoy cenaríamos en un lugar como  éste…no?

Una cosa trajo la otra y casi sin proponérselo la conversación se orientó hacia el tema que los tenía obsesionados; la inexplicable desaparición de los dos científicos.

Pasado un rato, y con el propósito de dar por terminado un asunto que se había convertido en reiterativo, el Capitán comento: -Yo creo que es inútil darle más vueltas a este asunto, lo único cierto es que todas las hipótesis, aun las más absurdas, pueden ser posibles…

La jornada había sido larga y agotadora, por lo que ambos decidieron irse a dormir. Previamente dieron una  recorrida a las instalaciones, cerciorándose que puertas y ventanas estuvieran bien cerradas.

Mientras lo hacían el Vikingo refunfuñaba entre dientes: -No se que sentido tienen estas precauciones si ninguna puerta tiene cerradura con llave o pasador… Yo más que en eso, confió en tener  la pistola a mano y sin seguro.

El sueño pudo más que la aprensión y a los pocos minutos ambos estaban profundamente dormidos.

Afuera la oscuridad y el silencio eran indescriptibles, solo el viejo faro, mudo testigo de mil sucesos, seguía de manera autónoma cumpliendo su misión, indiferente a todos los dramas humanos.

En medio de la noche el Capitán se despertó abruptamente sin poder identificar el motivo. Se incorporó en la cama, miró a su alrededor y aguzó el oído. No vio nada preocupante pero sí le pareció escuchar un lejano y extraño sonido que surgía desde algún rincón de la isla.

Luego de asegurarse que no se trataba de algo imaginario zamarreó al Vikingo y en voz baja le dijo: -¡Despiértate, afuera está pasando algo raro!

Ahora sí el gimoteo era claramente audible. Parecía una invocación mística. Totalmente desconcertados, se acercaron con  precaución a las ventanas tratando de averiguar el origen. El cuadro con que se encontraron fue alucinante; desde el médano donde habían descubierto las excavaciones surgía un tenue resplandor originado por una cantidad de pequeñas hogueras.

Alrededor de las mismas danzaba, entre cantos y suaves balanceos, un grupo de grotescas siluetas con el cuerpo cubierto sólo por una corta capa de piel. El humo y la bruma dificultaban su identificación.

-¿Canoeros Yagánes en esta época?… ¡Esto es un disparate!- musitó asombrado el Vikingo. Esas palabras dispararon un comentario del Capitán: -Estas islas son sagradas, aquí habitaban sus dioses…- pero de inmediato se arrepintió de haber exteriorizado aquel absurdo pensamiento.

El volumen de los cánticos aumentaba en relación directa con el número de figuras que se iban reuniendo en el montículo hasta cubrir el fuerte sonido del viento y el oleaje. En un momento dado la horda comenzó a avanzar desordenadamente hacia la casa blandiendo sus lanzones. La rítmica letanía inicial se transformó en un griterío infernal.

Frente a lo que supuso un ataque inminente el Capitán abrió fuego, a la vez que gritaba:-¡Vamos Vikingo dispara al montón, sin miramientos!…

Ante el estruendo de las detonaciones el avance se detuvo. Los intrusos se mostraron aparentemente sorprendidos, pero luego de unos instantes reanudaron la marcha con mayor brío. Increíblemente demostraban no ser vulnerables a las balas. -¡Es inútil, no los podemos parar!…- gritó aterrorizado el Vikingo. Los sitiados, confundidos por ese fenómeno, asumieron que la única alternativa  de sobrevivir era mantenerse fuera de su alcance.

-¡Metámonos en el faro que es más solido y trabemos la puerta!- ordenó el Capitán.

Una vez logrado dicho objetivo se asignaron tareas: -Tú vigílalos desde la torre para que no nos sorprendan, que yo me encargo de reventarles la cabeza si la asoman por la puerta-  bramó el Capitán con tono autoritario.

En esos momentos los invasores  estaban rodeando la casa, pero parecían no tener  intención de ingresar. Tan solo aullaban y saltaban agitando sus lanzas con ferocidad, aparentemente con fines intimidatorios. Luego, cambiando de estrategia se dirigieron hacia el faro.

-¡No sé que demonios son, pero que no entren porque sino estamos acabados!- presagió quien tomaba las decisiones, tratando de concientizar del peligro a su atribulado acompañante.

Golpeado por decenas de palos el viejo cilindro de chapa comenzó a temblar como si estuviera siendo azotado por un temporal.

En el interior el ruido era ensordecedor.

-¡Estos esperpentos van a terminar volteando el faro!- murmuró el Vikingo.

El tiempo transcurría con lentitud exasperante y la zozobra de los asediados iba en permanente aumento.

Luego de un lapso imposible de precisar vieron con relativo alivio que despuntaba el día.

Extrañamente, un arcoíris de increíble luminosidad  y belleza atravesaba el cielo. Tal vez había estado lloviendo hasta ese momento sin que ellos se hubieran percatado.

Como si aquellos espantajos respondieran a un mandato cósmico, repentinamente emprendieron la retirada hacia el médano, desde donde la noche anterior había partido el ataque.

El Capitán recordó que para los Yagánes el arcoíris, al que denominaban “Akainis”, era la representación de todas sus deidades. -Esto es un desvarío, pero tal vez aquella creencia y este fortuito fenómeno meteorológico nos acaban de salvar la vida- musitó en voz baja.

La pesadilla parecía haber llegado a su fin. Abrieron con precaución la puerta del faro para constatar que realmente volvían a ser los únicos seres vivos en el peñón.

El Vikingo se fundió en un abrazo con su Capitán, a la vez que le decía: -¿Te acuerdas que al llegar  te dije que percibía  algo inexplicable en el ambiente?

Luego se separó y clavando la vista en el médano continuó hablando como para si mismo:

-Como si los dueños de está tierra nos rechazaran…

Después de inspeccionar infructuosamente los alrededores en búsqueda de algo que probara la veracidad de aquel aquelarre, se quedaron azorados; tal como sucede en los espectáculos teatrales después del cambio de escenografía, no había quedado de lo sucedido durante aquella noche de terror, el más mínimo vestigio.

El buque de la Base Naval, con su estridente sirena, los arranco del estado de perplejidad en el que estaban sumidos. La tensión acumulada durante tantas horas les impidió aguardar pacientemente el desembarco. Sin pensarlo dos veces corrieron hasta la playa para dar la bienvenida a la tripulación.

Seguidamente de las presentaciones y saludos del caso, los protagonistas confirmaron a las autoridades la inexplicable desaparición de los científicos.

A lo largo del minucioso informe, y sin que hubiere habido acuerdo previo, ninguno de los dos marinos mencionó el insólito episodio que les había tocado vivir la noche anterior.

Los Yagánes habían sido cruelmente extinguidos por la “civilización” hacia casi dos siglos, por lo que resultaba absurdo mencionarlos. Para peor de males, no había ningún rastro que acreditara que persona alguna hubiere estado en el lugar.

Cualquier comentario sobre los supuestos intrusos hubiera sido calificado como una alucinación colectiva, provocada por el alcohol o por el miedo. En síntesis, contar lo sucedido no aportaba nada y, por el contrario, solo garantizaba ser rotulados como fabuladores o pusilánimes.

Antes del medio día, el Capitán y el Vikingo, a bordo del Mathilda partieron nuevamente hacia el Canal de Drake, para reanudar su interrumpida singladura en búsqueda de la Antártida.

En las jornadas siguientes se comunicaron reiteradamente con la Base Naval de Ushuaia, para saber sobre la suerte de los desaparecidos. La respuesta siempre fue la misma:

-Nada… ¡Como si se los hubiera tragado la tierra!

Con el paso de los días, y lejos de aquel escenario tétrico, el Capitán del Mathilda y el Vikingo se preguntaban, una y otra vez, si habían sido victimas de un espejismo o  si realmente “Tainowa” (el dios de la tierra, según los Yagánes) había convocado a sus muertos para que se vengaran por los despojos sufridos y las reiteradas violaciones a su santuario.

Luego de varios meses, y ya de regreso en Buenos Aires, creyeron por fin encontrar la respuesta. Aquella tarde, un diario sensacionalista publicaba en su tapa la siguiente noticia: “…En la noche de ayer, otra dotación de arqueólogos que se hallaban investigando en la Isla Observatorio transmitió un dramático pedido de auxilio sin llegar a informar los motivos. Cuando iban a hacerlo se cortó la transmisión y…” 

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