Un viaje de ida y vuelta al volcán. Autor: Rudy Hedemann

Las mujeres observaban el celeste del Mediterráneo que reflejaba sobre la isla el tibio sol de un atardecer de principios de otoño. Hablaban del volcán y de sus vidas.

Estaban en Sicilia. Una  tierra dura y pródiga, previsible e inestable, mansamente indomable, donde todo es posible; su destino está marcado por el carácter del Etna, esa montaña empecinadamente activa. Las piedras de la isla parecen ser las mismas que cuando los temblores de la tierra las parieron, ubicándolas en el lugar que hoy ocupan y con la estética que sólo la naturaleza puede tener.

Sus habitantes son tan duros como esas rocas, apasionados como su volcán, persistentes como su vegetación, insondables como los mares que la rodean. Si es cierto que las geografías marcan el carácter de los hombres, los sicilianos son la  mejor muestra. No hay posibilidades de escindir ese paisaje, su clima, su cielo y sus aguas, de cada uno de sus habitantes. Ellos son así porque lo fueron desde los siglos para permanecer por los siglos. Gente que se va y vuelve empecinadamente en un viaje DE ida y vuelta que sólo ellos entienden.

Y los pocos que tejen sus vidas lejos de esa tierra saben que sus hijos, o los hijos de sus hijos volverán a recorrer los senderos ondulantes y las laderas escarpadas, deteniendo la vista en las azules aguas del mar para terminar fijándola en la tierra de sus ancestros. Acariciándola, porque en última instancia es la propia.

Algunos viven tan cerca del Etna como la misma montaña se los permite, sabiendo que en algún momento deberán partir, perdiéndolo todo. Es el viaje de ida.

Una de las mujeres, llamada Silvana, desgranaba su propia historia:

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Un mediodía de calor pegajoso, sentados a la sombra de frutales y enredaderas, dos familias cerraban un pacto que las uniría: Giuseppe se casaría con Silvana, apenas la chica cumpliera dieciocho años. Nadie percibió cómo les centellaron los ojos a los recién comprometidos, cómo una sonrisa se truncó para no ser descubierta en los labios de la nueva novia y cómo Giuseppe apretó sus manos en una demostración silenciosa de alegría.

Se casaron en otoño, cuando el calor dejaba de apretar.

La novia estaba espléndida con ese vestido usado oportunamente por su abuela y su madre, que había desafiado al tiempo, las modas y el volcán. El novio, de traje negro y camisa de cuello incómodamente duro, resistió estoico las groserías de los hombres presentes, quienes le auguraban una noche de pasión.

Al final de la fiesta, la mamá le dijo a Silvana:

—Aprenderás a mantener la casa, parirás hijos, colaborarás con tu marido y aceptarás sus requerimientos. No tendrás nada que preguntarte, no deberás dudar, no deberás quejarte.

Era el predominio del hombre.

Y a los nueve meses de las nupcias, Silvana dio luz a su hija. El parto lo atendió la comadrona que había traído al mundo a la mayoría de los habitantes de la comarca. Fue corto y poco doloroso, quizás porque la madre primeriza deseaba a esa hija con toda el alma, a pesar de que las dos familias esperaban al varón. La acunó con ternura mientras su marido levantaba los brazos al cielo agradeciendo a Dios por tener esa criatura sana.

Al año de nacer la niña, la montaña entró en erupción.

Todos los campesinos que vivían en el pequeño poblado se vieron obligados a marcharse de sus casas abandonando pertenencias y sembrados. Fue el primer viaje de la criatura, la primera huida del volcán que recordaría con claridad como si llevara sus erupciones en los genes.

En esa oportunidad, el volcán parecía enloquecido. Los pobladores, acostumbrados a los estruendos de la montaña, decían que parecían los ataques

 

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histéricos de un chiquillo malcriado. Todos esperaban un milagro. Pero una boca situada casi en la cima del volcán invadió con estruendos iguales a los de un gigantesco soplete. Los campesinos esperaron que se acallara, pero la erupción aumentó en intensidad. Las señales de la catástrofe eran cada vez más claras. Los movimientos de tierra se sucedían y los animales estaban inquietos. Las gallinas cacareaban día y noche, los burros rebuznaban excitados, las cabras saltaban las cercas y huían por las laderas. Los pájaros  pasaban en bandadas rumbo al interior de la isla. Los viejos podían descifrar esos mensajes sabiendo que el Etna mostraría su máximo furor en cualquier momento.

Así, tensos, durante varias noches los hombres permanecieron en vela, hasta que una madrugada corrió de boca en boca la noticia: era urgente irse. La lava había aumentado la velocidad de su desplazamiento y el frente de la colada era cada vez más ancho. Las cenizas volaban en remolinos y los lapilli aumentaban en cantidad.

—No podemos esperar más —urgió Giuseppe a su esposa.

—Un momento, necesito llevar ropa para la niña. Vete, yo te alcanzo —contestó la mujer, haciendo un desprolijo atado con prendas de su hija.

—¡No, nos iremos juntos! Vamos, la montaña ha enloquecido.

Antes de partir, el hombre se hizo tiempo para abrir la puerta de los corrales.

—Los pocos animales que quedan intentarán salvarse —se dijo a sí mismo.

Nadie sabía hasta dónde podía llegar la furia del volcán. Las cenizas semejaban una lluvia gris y compacta que rodeaba todo, mientras las hojas y los pastos volaban a causa del viento desencadenado por el calor. La visión disminuía ante esa espesa nube oscura.

La pareja corría tomada de la mano, con la niña llorando desconsolada en brazos de su padre. Se hacía difícil caminar sin ver dónde se pisaba. Silvana caía repetidamente al suelo sin soltar el bulto de la ropa.

Irían a la casa de Margarita, la hermana de Silvana, quien vivía más allá de un valle que protegía el lugar de las lavas del Etna.

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Margarita y su esposo no tenían hijos. Era triste, sobre todo para él, porque para un siciliano es un estigma no tener descendencia. Los amigos y vecinos los miraban con lástima y comentaban que el pobre había tenido mala suerte al casarse con Margarita. Es que si una pareja no tiene hijos, la culpa es de la mujer.

Cuando Silvana y Giuseppe vieron la casa de Margarita recortada a lo lejos, distinguieron a la mujer esperándolos en la puerta. Ella sabía que sus parientes pronto llegarían. Las llamas amenazantes que subían hacia el cielo con cada vez mayor ímpetu se lo indicaban. Ya tenía preparada la cuna para su sobrina, ese montón de carne tibia sonriente al que amaba como si fuera una hija.

Margarita no era de esas mujeres que envidian la suerte de otras. Era feliz de que su hermana hubiera sido madre. Ella conocía bien sus entrañas: no podría engendrar. No sabía por qué, nunca había visto a un médico y ni siquiera se le ocurrió consultar con uno, pero cuando a los tres años de casada perdió un embarazo incipiente, supo que había sido su única oportunidad. Desde entonces, hacía el amor con su marido porque era su obligación, nada más. Le habían enseñado que el sexo para las mujeres era para tener hijos y ella no podría tenerlos. Cerraba fuerte los ojos y se dejaba estar hasta que su esposo se dormía. Después, escondía las lágrimas que mojaban su almohada, mientras  apretaba los labios para no dejar escapar ni un quejido.

Margarita besó y acarició a su sobrina, que había dejado de llorar como si supiera que estaba a salvo.

—Adelante, pasen, ya tenemos todo preparado. Aunque la casa es chica, siempre hay un lugar para ustedes.

—Ese maldito volcán siempre está dispuesto a estallar —agregó el esposo de Margarita a modo de saludo.

En verdad, la casa era pequeña, pero no mucho más que la mayoría de  las de los lugareños. Al igual que las viviendas de la comarca, estaba construida con piedras y madera,, constituida por un solo ambiente que hacía las veces de cocina, comedor y dormitorio. Una angosta y empinada escalera llevaba a un cuarto en el

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piso superior donde pequeñas ventanas dejaban pasar apenas el sol. Desde una de ellas se distinguía a lo lejos, erguida, desafiante y humeante, la boca enloquecida del Etna. De no ser por la destrucción que sembraba, era un espectáculo espléndido y colorido, un  gigantesco fuego de artificio

Los colchones ya estaban en el piso y la cuna preparada para la sobrina.

—Gracias por recibirnos. Apenas el volcán se calme volveremos a nuestra casa —anunció Giuseppe.

—Silvana, ¿por qué insisten en quedarse allá? —interrogó Margarita después de servir a todos café con leche—. Es una lucha desigual… y al final, el volcán siempre ganará. ¿Por qué no se mudan por esta zona, al menos?

—El abuelo nos regaló esa finca, que no es muy grande pero alcanza para  una buena plantación. Es todo lo que tenemos, más nuestras manos y la seguridad de que algún día nuestros hijos, o nuestros nietos, o los nietos de nuestros nietos podrán vivir allí sin ningún peligro… hace siglos que los sicilianos luchamos contra el Etna —respondió Silvana después de un suspiro prolongado.

—Pero es una lucha tan larga… tan desigual.

—Larga como los siglos que tiene esta tierra. Si tantos sicilianos han dejado su vida en la lucha ¿por qué vamos a ser nosotros quienes la abandonemos? Sería cobarde… volveremos para allá apenas podamos. Nos iremos y regresaremos cuantas veces sea necesario. Será un viaje de ida y vuelta esperanzador.

Los hombres quedaron solos.

—Giuseppe, ¿por qué no me acompañas al bar a tomar una grapa? De paso miramos un poco de televisión y te olvidas un rato del Etna.

-—No es fácil olvidarse… pero no vendría mal.

Los hombres salieron por la senda zigzagueante, mientras Silvana y Margarita observaban por la ventana el Etna embravecido. En tanto, la niña entrecerraba los ojos acariciando sueños infantiles que, desde entonces y para siempre, incluirían un volcán en el horizonte.

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Apenas el Etna dejó de tronar y la lava ardiente perdió fuerza, Giuseppe, Silvana y la niña regresaron. Era el viaje de vuelta.

Al llegar, vieron la casa que, dolida, se mantenía en pie. Algunos animales ya estaban en sus corrales. El burro, parado en la galería, parecía esperar a sus dueños. Sólo tres gallinas y una cabra con su cría no habían regresado. La situación parecía estar mejor de lo esperado, aunque el sembradío lucía chamuscado y hundido entre cenizas. Debían volver a empezar. Igual que ellos, una comarca entera se dispuso a retomar las tareas. Sin quejas, sin permitirse ni lástima por ellos mismos, se agacharon sobre el surco durante semanas para limpiar la tierra y prepararla para una nueva siembra. Era su destino.

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