Ruinas. Autor: Fine

Se encontraba en una cafetería de Maine cuando se fijó en la mujer que acababa de entrar en el local. Reparó en sus ojos oscuros como dos gotas de aceite, en la tez pálida, la blusa de rayas azules y la falda que dejó al descubierto unas piernas bonitas. No puede ser, se dijo. De inmediato se levantó del asiento y se dirigió hacia ella. Al ver a Ethan, Beatriz contrajo el rostro y entreabrió la boca en un mohín de perplejidad. Su piel se hallaba surcada de arrugas y en la comisura de los labios seguía manteniendo aquel lunar que tanto le atrajo años atrás. A veces le recordaba a Marilyn Monroe.

—¿Eres tú?

Ella asintió con la cabeza e infinidad de recuerdos atravesaron su mente como una legión de aves que sobrevuela los cielos de la ciudad.

—¡No has cambiado! —dijo entornando los párpados y llevándose las yemas de los dedos de la mano derecha al mentón—. ¡Ni que hubieses hecho un pacto con el diablo!

—¿Cuánto hace, Beatriz?

—Más de una década.

Tomaron asiento en uno de los reservados y comenzaron a hablar como dos viejos amigos que se reencuentran tras años sin tener noticias.

La conoció durante el viaje que le llevó a Salamanca a estudiar filología hispánica. Eligió la orilla del Tormes porque una hermana de su madre vivía allí. Se trataba de una ciudad pequeña y acogedora, con mucho bullicio por las noches. En sus calles hervía el ambiente universitario y el clima nada tenía que ver con las constantes lluvias de Portland. Es cierto que los inviernos eran fríos y secos. Aun así, la primavera y el caluroso sol del verano lo compensaban. De inmediato se enamoró de aquella cultura que difería bastante de la americana. Se confesó un adicto al jamón de Guijuelo y al tapeo en los bares. Salamanca poseía joyas arquitectónicas de una belleza sublime y los puntos neurálgicos se hallaban tan cerca que era imposible perderse y, además, no se necesitaba el coche para ir de un lugar a otro, circunstancia que agradecía.

Los estudiantes, cuando salían de fiesta, quedaban en la Plaza Mayor, debajo de los soportales del reloj. A veces se concentraban decenas de personas y a continuación iniciaban un largo peregrinaje a través de discotecas que solía durar hasta altas horas de la madrugada. A Ethan, después de salir de clase, le gustaba tumbarse en la Plaza de Anaya frente a la Facultad de Filología con una litrona de cerveza. Se metía en los jardines y disfrutaba de la compañía de sus amigos. Aquel lugar poseía una enorme belleza. La Casa de Las Conchas, la Catedral Vieja y la Casa Lis solían ser sus monumentos preferidos.

—Si regresas a Salamanca seguro que ya no la reconoces —dijo Beatriz—. Ha cambiado mucho desde la última vez. La guerra, las bombas, los edificios destruidos, las calles atestadas de mutilados. Ya no queda nada, de lo que una vez conocimos.

La contienda bélica que asoló España se inició a finales del 2016. La mala situación económica por la que atravesaba el país, las altas tasas de paro, el clima de malestar social, la corrupción política y el hambre desencadenaron una nueva Guerra Civil que duró casi un lustro. La península se convirtió en un frente de batalla y la película que se vivió durante 1936 se volvió a repetir. Un remake de terror que se llevó por delante millones de vidas.

—¿Qué hay del huerto de Calixto y Melibea?

En aquel lugar cruzaron sus miradas por primera vez bajo unos árboles, cuyas ramas proyectaban una espesa sombra sobre los bancos en los que se refugiaban las parejas. Aún tenía presenté el olor que desprendían las hileras de flores plantadas en la parte este del jardín y desde cuyo enclave se podía vislumbrar una magnífica panorámica del Puente Romano. Un cielo que se extendía en el horizonte como una inexpugnable alfombra azul. Allí besó por primera vez sus carnosos labios y la estrechó entre sus brazos.

—No queda nada. Solo escombros.

Sus mejillas se llenaron de lágrimas y la sombra de ojos afeó sus cuencas. Se fijó en sus patas de gallo, en la piel mustia y en la tristeza que desprendía Beatriz. Durante los cuatro años que estuvieron juntos, ella se convirtió en su guía. Le enseñó todos los rincones de la ciudad. Desde la catedral y sus misterios, hasta la Sierra de Béjar. Le habló sobre las leyendas y el padre Putas. Aquel sacerdote que traía a la ciudad a las mujeres de mala reputación tras el período de Cuaresma. Por eso comían aquel hornazo, una empanada de chorizo, lomo y jamón los lunes de aguas en el campo de césped de La Aldehuela.

—¿Y tu familia?

—A mi padre le fusilaron por incitar a la rebelión. Decían que pertenecer a una plataforma que defendía los derechos de las personas desahuciadas era un grave delito de desobediencia al estado.

Frente a frente, Ethan deslizó su mano hasta la muñeca de Beatriz y la acarició en silencio. Había amado a aquella mujer más que a su propia vida. Era difícil no sentirse atraído por la sensualidad y aquella mirada limpia, como la de un día sin nubes. Beatriz solía confesarle que para viajar no hacía falta salir de casa. Los libros hablaban. En sus páginas se apilaban millones de historias. Bastaba con abrir las tapas para recorrer los mares del Sur, pasearse por Macondo o perderse en Alaska de la mano de Jack London. Le enseñó a apreciar a Unamuno, a Baroja y a Carmen Martín Gaite, una escritora salmantina que poseía un busto en la Plaza de los Bandos y que él a veces se detenía a admirar.

Abonó la cuenta y salieron del local. Recorrieron las calles de Maine y la llevó hasta su casa. Al atravesar el umbral de la puerta, un hedor familiar captó el interés de Beatriz. Olía a incienso y enseguida se fijó en el quemador que Ethan siempre dejaba encendido. Más de una vez habían discutido por aquella extraña costumbre. A ella le disgustaba que la vela se quedase encendida cuando no estaban en casa. Podía originar un incendio.  No pudo evitar una sonrisa al recordar la tozudez de su ex novio.

Puso la radio y Lionel Richie vertió su torrente de voz por los altavoces. Hablaba sobre el amor y sus consecuencias, sobre los finales tristes. Él se acercó y la abrazó muy fuerte. Se empezaron a besar. Después, cuando concluyó la canción, se marcharon al dormitorio. Ella comenzó a desnudarse lentamente. Se deshizo de la blusa, la falda y la ropa interior. Él deslizó las yemas de sus dedos por la orografía de su cuerpo. Enseguida encontró un relieve escarpado, un mapa salpicado de arrugas, cicatrices, rugosidades y pliegues de piel que antes no existían y que se extendían por todos los rincones.

—¡No puedo, Ethan! —dijo enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.

Y así, como si estuviese ante un paraje en ruinas, la abrazó con todas sus fuerzas. Luego alzó la vista y, al reparar en sus ojos, vislumbró los de una desconocida.

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